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El último 20 de junio un misil iraní derribó un avión de espionaje americano no tripulado, por valor de U$S 130 millones, que invadió su espacio aéreo.

Por: Fabio Bosco

Un día después, el presidente americano Donald Trump decidió bombardear tres bases iraníes pero retrocedió diez minutos antes del inicio de la operación. Alegó que tomó conocimiento de que hasta 150 iraníes podrían ser muertos en la operación.

El propio diario The New York Times, en editorial de 21 de junio se extrañó de que la administración Trump haya suspendido una decisión para evitar muertes, ya que todos los días inmigrantes latinos mueren en la frontera con los Estados Unidos y las bombas americanas son lanzadas contra la población yemení.

Ese conflicto fue precedido por la ampliación de la presencia militar americana en la región y por pequeñas explosiones –en cuatro navíos petroleros– próximas al estrecho de Hormuz, un pasaje marítimo por el cual transita 30% de las exportaciones mundiales de petróleo.

Los gobiernos israelí y saudita presionan a los Estados Unidos para que inicien una agresión militar a Irán, bajo cualquier pretexto. Dentro del propio gobierno americano, el secretario de Estado Mike Pompeo, y particularmente el consejero de seguridad nacional John Bolton, son portavoces de la agresión y ocupación militares.

No obstante, hasta el momento esta no es la política de Trump. Su decisión de romper el acuerdo nuclear firmado por Obama en 2015, imponer sanciones económicas durísimas, aumentar la presencia militar en el Golfo Pérsico (también llamado de Golfo de Arabia) y lanzar varias denuncias contra Irán (en general infundadas), atiende sus intereses electorales, mostrándose cada vez más duro que el ex presidente demócrata Barack Obama, e incluso sin cualquier acción armada beneficia directamente la industria armamentista y petrolífera americanas.

Bajo el efecto de la amenaza de guerra, se ampliaron las ventas de armamento para Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Jordania, además de la venta para el propio gobierno americano.

El clima de guerra y la reducción de las exportaciones iraníes (debido a las sanciones) también elevan el precio del petróleo. Esto favorece a las empresas petrolíferas en general, y viabiliza económicamente la prospección de petróleo a partir del esquisto dentro de los Estados Unidos.

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De esta forma, Trump alcanza sus objetivos electorales y económicos sin involucrar a los Estados Unidos en una guerra mucho más arriesgada que las invasiones de Afganistán (2003) y de Irak (2005) en las cuales los intereses americanos hasta hoy no fueron alcanzados.

Sanciones: la guerra por otros medios

Las sanciones económicas y políticas contra Irán fueron retomadas por Trump en 2018 al anunciar la ruptura con el acuerdo nuclear con Irán, firmado en 2015 por el gobierno Obama y potencias europeas.

El carácter abarcador de esas sanciones tiene para la economía iraní y para la población trabajadora un efecto más devastador que una guerra en sí misma.

Desde su anuncio, las exportaciones de petróleo están en caída, el desempleo aumentó, la inflación alcanzó 50% al año, y faltan medicamentos y otros productos importados.

Desde 1980 el gobierno americano, aisladamente o en conjunto con los gobiernos europeos y la ONU, aplica sanciones contra Irán.

Esto se debe al hecho de que la revolución iraní de 1979 mudó la relación con los Estados Unidos, que en 1953 se convirtiera en un satélite americano luego de un golpe de Estado patrocinado por el MI6 británico y la CIA.

Junto con el Estado de Israel y Arabia Saudita conformaba un trípode de apoyo americano en Medio Oriente.

Luego de la revolución democrática de 1979, Irán hizo acuerdos con los Estados Unidos como la compra de armas en los años 1980 (que se tornó el escándalo Irán-Contras en los Estados Unidos) o incluso el apoyo a los gobiernos títeres en Afganistán y en Irak, impuestos por el gobierno americano.

En otros momentos estuvo en disidencia, como con la cuestión nuclear y la agresión saudita a Yemen.

Irán, un país capitalista dependiente

Las sanciones económicas fueron más duras entre 2010 y 2015, cuando llevaron al colapso de la moneda iraní, el riyal, en 2012, y desde 2018 con Trump.

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A pesar de que las sanciones económicas fueron vendidas como alternativas más humanas o más inteligentes que la agresión militar, la experiencia muestra que estas afectan duramente a la población trabajadora, mientras los regímenes dictatoriales, como el iraní, se fortalecen internamente.

Si las sanciones fuesen eficaces para impedir la proliferación de armas nucleares, no habría casos con el de Corea del Norte.

La cuestión de las armas nucleares

Los trabajadores y trabajadoras en todo el mundo repudian las armas nucleares y de destrucción en masa.

No quieren más atrocidades como las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945 ni las armas químicas usados por los Estados Unidos contra la población en la guerra de Vietnam. Incluso la utilización de energía nuclear en sí es objeto de debate.

Esa poderosa tecnología, en manos de grupos económicos capitalistas puede llevar a nuevos desastres como los de Three Mile Island en los Estados Unidos, Chernóbil en la antigua Unión Soviética, o más recientemente, Fukushima en el Japón.

La lucha contra las armas nucleares comienza por el desarme del arsenal de los Estados Unidos, el mayor del mundo, y también el único país en lanzar bombas atómicas para fines militares.

Mientras eso no ocurre, es derecho de cualquier país semicolonial o dependiente desarrollar armas, incluso nucleares, para su defensa.

Irán está amenazado por dos potencias nucleares: los Estados Unidos y el Estado de Israel, que posee un gran arsenal de bombas nucleares (cerca de 300 ojivas según algunos especialistas). Defenderse es, entonces, su derecho.

La lucha contra la dictadura en Irán

La revolución iraní de 1979 tuvo como bandera principal la lucha contra la dictadura del Sha Reza Pahlavi, por libertades democráticas, por justicia social, contra la dominación americana (entendida por la población como la principal responsable por el régimen dictatorial), y contra la alianza con el Estado de Israel.

No obstante, la dirección más reconocida de la revolución, el Ayatollah Khomeini, no compartía estos mismos objetivos.

Por el contrario, silenciosamente trabajó por un nuevo régimen autoritario denominado “Velayat-e-Faqih” (algo así como “régimen del jurista islámico, en farsi/persa) y consiguió imponerlo auxiliado por el apoyo de la tradicional burguesía comercial del bazar[1], y por la capitulación de la burguesía “democrática” y de las principales organizaciones de izquierda que eran muy influyentes.

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Otros factores que fortalecieron ese régimen autoritario fueron la agresión iraquí incentivada por los Estados Unidos (la guerra Irán-Irak, 1980-1988) y las sanciones económicas y políticas.

La agresión militar y las sanciones ampliaron el control del régimen sobre la economía y justificaron el autoritarismo y las políticas de austeridad.

Necesariamente, la lucha contra la dictadura en Irán tiene que estar combinada con la lucha contra cualquier agresión o sanción, con el apoyo incondicional al pueblo palestino en su lucha contra el Estado racista de Israel, y con las revoluciones en el mundo árabe.

[1] Bazar se refiere a un mercado, muchas veces cubierto, típico de las culturas persa, hindú o islámica, cuya etimología proviene del antiguo dialecto pahlavi baha-char que significa “el lugar de los precios”, ndt.

Traducción: Natalia Estrada.