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Los artículos que incluimos en este Especial sobre la “crisis del chavismo” fueron publicados en Correo Internacional n.° 14, de diciembre de 2015, dedicado a la explosiva situación política, económica y social de Venezuela y a la profunda decadencia del movimiento político creado por Hugo Chávez, el chavismo, en su país de origen y en su influencia mundial. Este es el primero de los textos que hacen parte del “Especial”.

El fallecido Hugo Chávez fue, sin dudas, una de las figuras más importantes e influyentes de la política del siglo XXI. En Venezuela, se transformó en el gran dirigente de los trabajadores y las masas. A partir del proceso que encabezó en su país desde 1999, numerosas organizaciones de izquierda, así como millones de trabajadores y miles de luchadores, en todo el mundo, fueron parte de un “movimiento chavista” internacional, aunque este nunca tuvo una unidad organizativa formal. En la práctica, llegó a ser la principal corriente de la izquierda mundial de los inicios del siglo XXI.

Hoy, el chavismo vive una profunda crisis en Venezuela (ver los artículos de esta revista escritos desde este país) y su influencia internacional se reduce aceleradamente. Es cierto que la muerte de Chávez (marzo de 2013) y la asunción de Nicolás Maduro aceleraron el proceso, pero este ya se había iniciado en los últimos tiempos del propio Chávez. En las próximas elecciones parlamentarias, es muy probable que haya una derrota del PSUV y que, además de su pérdida de influencia electoral y popular, el gobierno de Nicolás Maduro quede en minoría en el Parlamento. Pero Maduro tiene mandato hasta 2019 y esta situación agravaría la crisis del gobierno. Puede estar planteada así una situación en la que la oposición cuestione la continuidad de Maduro y exija su salida anticipada. Esta definición de “profunda crisis” no la tenemos solo nosotros (que siempre fuimos críticos del chavismo desde una posición de izquierda y de clase); lo afirman también numerosos artículos escritos por varios autores que simpatizaron e incluso militaron en esa corriente. Entre esos artículos, citamos algunos de títulos muy elocuentes: “¿Fin de ciclo? Los movimientos populares y la crisis de los “progresismos” gubernamentales” (Franck Gaudichaud, publicado en la revista Memoria de México y reproducido por el site rebelión.org); la entrevista al sociólogo de izquierda Edgardo Lander, publicada por la revista venezolana Contrapunto (http://contrapunto.com) y el artículo “Adiós al chavismo”, de Roland Denis (ex viceministro de Planificación y Desarrollo del gobierno de Chávez en 2002-2003).

Un primer debate: la caracterización del chavismo

Por el peso político que tuvo el chavismo (y, en parte, aún mantiene), es evidente que es necesario un balance profundo de este proceso[1].

El chavismo se presentó a sí mismo como el impulsor del “Socialismo del Siglo XXI”. Es decir, una actualización de las propuestas de Marx, Lenin e, incluso Trotsky, para lograr un cambio social y estructural profundo. La mayoría de la izquierda “compró” este discurso y lo apoyó incondicionalmente (abordamos este debate en un artículo específico de esta edición). Otras corrientes fueron más moderadas y lo apoyaban como parte de procesos antiimperialistas y “progresivos”, opuestos al neoliberalismo.

Desde el inicio nos opusimos a estas definiciones y debatimos fuertemente con ellas. Eso no impidió que estuviéramos junto con los trabajadores y las masas venezolanas defendiendo el gobierno de Chávez frente a los ataques del imperialismo y la burguesía de derecha que intentaron derribarlo, como en el golpe de abril de 2002 y el posterior lockout patronal, ese mismo año.

Siempre caracterizamos al chavismo como un movimiento nacionalista burgués, de bases políticas e ideológicas similares al peronismo argentino de las décadas de 1940 y 1950, o al nasserismo egipcio de las décadas de 1950 y1960. Es decir, movimientos políticos que expresaban a sectores burgueses nacionales que aspiraban a quedarse con una porción mayor de la riqueza producida en el país, por lo que tenían roces con el imperialismo, pero que no estaban dispuestos a llevar a fondo este enfrentamiento ni a sobrepasar los límites del capitalismo en su propio país.

Por un lado, se apoyaban en un cierto grado de movilización de las masas, para fortalecerse en su negociación con el imperialismo. Pero, por el otro, necesitaban establecer un férreo control sobre las masas, para evitar el desborde de su movilización. Por esta razón, construyeron regímenes políticos que Trotsky (en su análisis sobre México de la década de 1930) denominó bonapartistas sui generis de izquierda o populistas. En un artículo de esta edición se aborda, precisamente, el tema de estos movimientos y su evolución regresiva a lo largo de casi un siglo.

El modelo rentista petrolero semicolonial

Esta limitación de clase del chavismo es la raíz más profunda de su fracaso. Acá se aplica con todo rigor una premisa cada vez más actual: quien no rompe con el imperialismo y con el capital financiero acaba, tarde o temprano, siendo su instrumento. Una ley de la historia que en Venezuela demoró poco más de una década en corroborarse. Pero que en Grecia, con Syriza, solo necesitó unos pocos meses.

Sobre esta base, hay otros dos elementos muy importantes a considerar. El primero es que el nacionalismo burgués de Chávez fue “tardío”: durante la segunda posguerra, las condiciones de la situación económica y política mundial dejaban cierto espacio para experiencias “autónomas” nacionales como el peronismo y el nasserismo. Pero esas condiciones comenzaron a liquidarse desde la década de 1970 y hoy se han restringido al mínimo.

En segundo lugar, el chavismo se asentó sobre una base productiva y un desarrollo industrial capitalista mucho menor y más débil que los del peronismo en Argentina. El modelo de acumulación capitalista de Venezuela, desarrollado a lo largo del siglo XX, puede ser definido como rentista petrolero parasitario y semicolonial.

Es rentista porque el motor de esa acumulación es la renta obtenida con las exportaciones petroleras. Es parasitario no solo por ese carácter rentista y poco productivo sino porque toda la burguesía nacional (de modo directo o a través del Estado) vive de esa renta, y de ella también extrae ganancias el imperialismo.

Además, hay una tendencia a producir cada vez menos en el país (tanto alimentos como productos industriales) y de reemplazar estos a través de la importación. El punto máximo de ese modelo se alcanzó en la década de 1970 (la llamada “Venezuela saudita”) con el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez (CAP). Una gran diferencia con el peronismo de los años ’40 y ’50, cuyo modelo era el opuesto (sustitución de importaciones por producción nacional).

Finalmente, es semicolonial en su funcionamiento económico general porque parte importante de la riqueza nacional es apropiada, a través de distintas vías, por el imperialismo. El chavismo no solo mantuvo sino que profundizó este modelo de acumulación. Veamos algunos datos: el petróleo pasó de representar 64% de las exportaciones en 1998, a 92% en 2012. A su vez, los ingresos por el petróleo representan 90% de los recursos del Estado.

Al mismo tiempo, el país se desindustrializó: este sector representaba 18% del PIB en 1998, mientras que en 2012 cayó a 14%. Los gobiernos chavistas incluso desaprovecharon las renacionalizaciones para impulsar un desarrollo industrial. La producción de Sidor (acero) cayó 30% desde su estatización y ALCASA (aluminios) solo produce 70.000 toneladas con una capacidad instalada para 210.000.

También mantuvo el carácter semicolonial del país: su política petrolera fue mucho más entreguista y privatista que la del primer gobierno de CAP, que creó PDVSA y había decretado el monopolio estatal de la explotación. Profundizando la “apertura petrolera” de Rafael Caldera, sus medidas permitieron que las grandes empresas imperialistas, como Chevron o Exxon-Mobil, controlen ya más de 40% de la producción y exportación petroleras a través de concesiones, asociaciones y empresas mixtas. Esta porción de control extranjero de la rama petrolera va a crecer, ya que se ha entregado a Petrochina (CNCP) la explotación de la Faja del Orinoco.

Este carácter semicolonial del país se expresa actualmente también en otros datos centrales. Por ejemplo, el pago puntual (e incluso anticipado, en años anteriores) de la deuda externa pública, en el marco de la pertenencia del país al FMI (a pesar de lo cual esa deuda ha crecido constantemente tanto en términos absolutos como en peso relativo sobre el PIB). O la situación de ramas de la producción como la automotriz y la de autopartes, en las que dominio imperialista alcanza 90%.

Un fracaso anunciado

Durante los gobiernos chavistas, este modelo de acumulación logró funcionar más o menos bien en tanto se mantuvieron altos los precios del petróleo. La parte de la renta que quedaba en el Estado permitía cumplir con el pago de la deuda externa, otorgar algunas concesiones a las masas (como las Misiones), renacionalizar alguna industria (como Sidor o Electricidad de Caracas), dar negocios para otros sectores burgueses, y también crear su propia “boliburguesía” (ver artículo sobre este tema).

Pero como no se cambiaron (y ni siquiera se atenuaron) las bases de este capitalismo rentista semicolonial, se preparó una caída inevitable que, en los últimos años, se haría acelerada y estruendosa, a partir de la baja de los precios del petróleo.

Los artículos que hemos citado antes apuntan en esta misma dirección: Franck Gaudichaud habla del “maldito modelo extractivista” como parte de la “herencia colonial latinoamericana”; Edgardo Lander analiza que el fracaso del chavismo se debe a que “profundizó el modelo rentista petrolero”.

Es lo que estamos viviendo hoy en Venezuela: la explosiva crisis socioeconómica y política muestra con claridad que el profundo cambio estructural que decía impulsar el chavismo era pura retórica de un proyecto burgués sin ninguna audacia real

El chavismo no construyó el “Socialismo del Siglo XXI” ni tampoco un país más autónomo del imperialismo, incluso en los marcos del capitalismo. Para nosotros, era un “fracaso anunciado”: las burguesías de los países semicoloniales son estructuralmente incapaces de llevar adelante la tarea de la “liberación nacional” del imperialismo.

Por eso, mantiene toda su vigencia la conclusión de Trotsky en uno de sus análisis de la realidad sudamericana: “Solo el movimiento revolucionario de las masas populares contra el imperialismo podrá alcanzar el objetivo de la independencia nacional. (…) No será la retrasada burguesía sudamericana la llamada a resolver esa tarea sino el joven proletariado quien dirigirá a las masas”[2].

Entonces, si el chavismo agoniza, ¡paso a los trabajadores y las masas, y a su organización independiente y a su lucha!

[1] Balance que, en realidad, ya está en curso, tanto en los materiales que hemos citado como en varios artículos de la sección venezolana de la LIT-CI (la Unidad Socialista de los Trabajadores – UST) y en el libro Venezuela después de la muerte de Chávez: un balance necesario, publicado por Ediciones Marxismo Vivo, 2013.

[2] TROTSKY, León, “Haya de la Torre y la Democracia”, Escritos. Editorial Pluma. Tomo X, p. 142.

Lea más en www.litci.org – Especiales: “Crisis del chavismo”