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La crisis en Venezuela está ocupando un enorme espacio en los medios de comunicación alrededor del mundo. En la medida en que la situación se agrava, sobre todo en cuanto a la brutal crisis social que atraviesa el país, las diferencias entre los “chavistas” y lo contrarios al régimen de Maduro también se intensifican.

Por: Gabriel Huland

La enorme mayoría de la izquierda mundial se posiciona en el campo político de Maduro, contra una supuesta injerencia externa perpetrada por potencias internacionales contra el país caribeño. En el Estado español, importantes figuras de la izquierda, como Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, han publicado textos en los que, en mayor o menor medida, tratan de convencer a sus lectores de que en este momento tiene lugar un intento de golpe para desestabilizar el país y, en última instancia, derrocar a Maduro e imponer una serie de retrocesos a las “conquistas” de la revolución bolivariana. No obstante, al hacer un contraste mínimo con la realidad vemos que este discurso no tiene ni pies ni cabeza, pero no es este el objetivo del presente texto.

Por otro lado, observamos que Venezuela está en cierta medida aislada en la comunidad internacional. Tanto la ONU como distintos países y líderes mundiales han rechazado las recientes elecciones para la Asamblea Constituyente que se formó casi completamente con políticos leales a Maduro. No se trata de un rechazo al régimen de Maduro en cuanto tal, sino a la Asamblea Constituyente recién formada. La “comunidad internacional” está preocupada ante todo con la desestabilización del país, que es uno de los principales productores de petróleo del mundo. La mayoría de los líderes mundiales no apuesta por la derrocada de Maduro, sino por la negociación entre los dos sectores enfrentados.

Venezuela está bastante bien integrada a la economía mundial. Ni Chávez ni Maduro han llevado a cabo ninguna ruptura con el orden económico, que pudiera servir de modelo para otros países. Venezuela, como es bien sabido, ha vivido en los últimos años básicamente de la renta petrolera.

Sin embargo, uno de los regímenes que apoya abiertamente a Maduro y se solidariza con el chavismo es el de Bashar al-Assad, el dictador sirio que está en el poder desde el año 2000, cuando sucedió a su padre, Hafez al-Assad, que a su vez ya había estado por cerca de cuatro décadas al mando de Siria.

Desde el año 2011, Bashar al-Assad enfrenta a hierro y fuego, con armas letales, bombas y el uso de la fuerza, la fuerte revolución social –convertida hace años en guerra civil– que estalló en su país por demandas de libertad y justicia social. Viene cometiendo brutales crímenes de guerra que dejarían boquiabiertos a muchos dictadores. Barriles explosivos lanzados aleatoriamente contra zonas civiles, detenciones arbitrarias, expulsión de poblaciones enteras de sus ciudades, uso de armas químicas, torturas y violaciones periódicas, entre distintas otras terribles formas de represión.

Amigos para siempre

Assad y Maduro han dado en varias ocasiones grandes demostraciones de afecto mutuo. Así como en su momento lo habían hecho Assad y Chávez. En una de las últimas ocasiones en que los presidentes de Venezuela y Siria han hablado por teléfono, en enero de este año, Maduro felicitó a Bashar al-Assad por los “grandes avances obtenidos en la guerra contra el terrorismo”. Bashar al-Assad, a su vez, se mostró totalmente solidario con Venezuela “en su lucha contra los intentos por parte de potencias extranjeras de desestabilizar y debilitar el país”.

También se sabe que Venezuela ha enviado en diversas ocasiones navíos de la “República Bolivariana” cargados de petróleo a Siria, como muestra de las excelentes relaciones entre los dos países y de su apoyo incondicional a Assad en su lucha contra “los grupos terroristas financiados por potencias extranjeras”.

La comunidad siria en Venezuela es grande, cuenta con cerca de dos millones de personas, y goza de prestigio e influencia política y social. Algunos de sus miembros llegaron incluso a asumir cargos de ministros durante las presidencias de Hugo Chávez. Venezuela mantiene también una relación privilegiada con Irán, uno de los grandes apoyadores de Assad en su guerra contra la revolución siria y hoy en día el país que, junto con Rusia, realmente dicta las reglas a Assad.

El discurso de la injerencia externa

No se trata de una coincidencia que tanto Maduro como Assad utilicen el mismo discurso, el de la “injerencia externa”, para justificar la escalada represiva que llevan o llevaron a cabo en sus respectivos países. Ambos gobiernos se encontraron ante situaciones similares. Tanto en Siria como en Venezuela protestas pacíficas populares han irrumpido por mejores condiciones de vida y más derechos democráticos. La creación de un enemigo externo ficticio fue la mejor manera para justificar la represión.

Es verdad que hay diferencias importantes entre los regímenes de ambos países. En Siria, las protestas se dieron en el marco de la llamada “Primavera árabe” y rápidamente se expandieron por todo el país, con la formación de los comités locales, y se convirtieron en una verdadera revolución social.

En Venezuela, la oposición de derecha, totalmente alineada con los intereses de Estados Unidos, cumple un papel importante en “controlar” las protestas y mantenerlas dentro de unos límites “aceptables” para el capitalismo y la democracia representativa liberal. La MUD no quiere hacer una revolución.

Sin embargo, los gobiernos de Venezuela y Siria comparten varias características político-sociales que merecen la pena ser recordadas. Ambos son regímenes “nacionalistas” que utilizan una retórica llena de conceptos como “patria”, “nación” y “pueblo”.

Podemos caracterizar el régimen sirio como una dictadura. El régimen venezolano no se trata todavía de una dictadura “clásica”, pero camina hacia allí. Maduro intenta cada vez más controlar de manera autoritaria el poder y aprueba leyes cada vez más represivas. La última medida anunciada fue la pena de cárcel de hasta 25 años para los que salgan a la calle a protestar.

La reciente declaración de Maduro de que “lo que no había conseguido con las urnas lo conseguiría con las armas” es una pequeña muestra de hasta dónde pretende ir para mantenerse en el poder.

Por otro lado, la postura de Assad cuando los inicios de las protestas en Siria en 2011 fue muy similar. Nunca reconoció a los activistas contrarios a su gobierno como interlocutores válidos. La oposición nunca fue aceptada, y sus miembros estaban en la cárcel o en el exilio. Lo mismo hace Maduro.

El discurso de la injerencia externa, que en general es utilizado por dictaduras que se ven amenazadas por protestas sociales, ha sido instrumentalizado por una parte de la izquierda para justificar su apoyo a regímenes supuestamente “progresistas”, “antiimperialistas” o incluso “socialistas”.

Una parte de los grupos que hace uso de esta retórica binaria y simplista, que divide el mundo entre “buenos” y “malos”, está vinculada directamente al aparato “castro-chavista”. Otra parte, lamentablemente, tiene su origen en los viejos partidos comunistas financiados por la exURSS y se han distanciado tanto de las luchas sociales (solo se preocupan en elegir parlamentarios) que siempre analizan la realidad desde una perspectiva político-partidaria-electoral (la superestructura política) sin dar importancia a lo que realmente pasa en la base de la sociedad, con la mayoría de la población, sobre todo con los segmentos más pauperizados de la clase trabajadora.

En Venezuela solo ven el chavismo y la MUD y por eso prefieren el chavismo, porque la MUD es la derecha. En Siria solo ven a Assad y a los “extremistas islamistas”, y por eso entonces prefieren a Assad.

Si el objetivo es la disputa electoral, esta lógica dualista puede incluso funcionar, porque las elecciones son un terreno lleno de ilusiones y falsas conciencias. No obstante, si el objetivo es la transformación social, esta forma de analizar la realidad no sirve para nada.