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Desde los primeros años de Chávez en el poder, hemos caracterizado que el chavismo había construido un régimen político burgués que Trostky (a finales de la década de 1930, al estudiar el gobierno liderado por el general Lázaro Cárdenas y el régimen dominado por el PRI – Partido Revolucionario Institucional) definió como “bonapartista sui generis”.

Por: Alejandro Iturbe

Veamos el análisis de Trotsky:

“En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política (del gobierno mexicano, ndt) se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las compañías petroleras”[1].

En otro escrito de la misma época, Trotsky explicaba que un rasgo importante de estos regímenes de los países atrasados es que “aprovechan los antagonismos entre los distintos países y grupos de países imperialistas para defenderse”. Agreguemos que, más tarde, también aprovecharon las contradicciones entre los países imperialistas, por un lado, y el bloque de la URSS y los Estados obreros, por el otro, para intentar crearse un espacio propio. Una expresión de ello fue la creación, en 1961, del Movimiento de Países No Alineados (con 29 integrantes).

Algunas características

Estos regímenes expresaban sectores de las burguesías nacionales de esos países que querían negociar en mejores condiciones con el imperialismo. Por eso, adoptaban una ideología nacionalista burguesa (“defensa del país frente al imperialismo”), impulsaban algún grado de coordinación con otras naciones similares (la Patria Grande latinoamericana de la que hablaba el peronismo argentino o el panarabismo del egipcio Gamal Abdel Nasser), e incluso coquetearon con ideas como el “socialismo nacional” o el “socialismo árabe”.

Para tener un control mayor de la economía nacional, tomaron algunas medidas antiimperialistas (expropiaciones y estatizaciones o el impulso desde el Estado de ramas de la economía) pero nunca sobrepasaron los límites del sistema capitalista ni del Estado burgués. Este aspecto se encuadra dentro de lo que el propio Trostky definió como “capitalismo de Estado”.

Por otro lado, para contrapesar la presión imperialista, se apoyaron en un grado muy controlado de movilización de masas y, por eso, les daban concesiones para lograr su apoyo y su identificación con el régimen. Al mismo tiempo, necesitaban ejercer un férreo control sobre ellas para evitar que esa movilización los desbordase, avanzara a niveles superiores y amenazase el sistema capitalista y el Estado burgués.

Por eso, es un régimen diferente del democrático-burgués (articulado alrededor de las elecciones y el Parlamento). Sus instituciones centrales (con distintas combinaciones de peso relativo según los casos) son el líder o comandante, las fuerzas armadas y el Partido-Estado (al que se disciplinan los sindicatos). Por la misma razón, incluso los más fuertes de estos movimientos (como el peronismo argentino o el nasserismo egipcio), en sus momentos de apogeo, tuvieron siempre un importante componente represivo, expresado en la represión a las huelgas, la persecución, la cárcel y hasta el asesinato de los opositores (en especial si eran dirigentes obreros).

Sus orígenes

A lo largo del siglo XX (particularmente después de la Segunda Guerra Mundial), surgieron numerosos regímenes de este tipo. Eran el resultado de revoluciones anticoloniales triunfantes (como Argelia en la década de 1960 o Libia en la de 1970) y de revoluciones también triunfantes contra dictaduras, dirigidas por direcciones pequeñoburguesas o nacionalistas burguesas independientes, que habían destruido las fuerzas armadas del régimen anterior (México, a partir de 1910; Nicaragua, 1979). En otros casos, era un sector de la cúpula de las fuerzas armadas, o una segunda línea, las que encabezaron el derrocamiento del régimen anterior (como Kemal Ataturk en Turquía, en la década de 1920, o Nasser en Egipto, en la de 1950).

El peronismo argentino nace bajo circunstancias diferentes: el retroceso del dominio del imperialismo inglés en el país después de la Segunda Guerra Mundial y las aspiraciones de un sector burgués de resistir la ofensiva semicolonizadora de Estados Unidos. El origen del chavismo también es específico: es una consecuencia distorsionada y demorada del proceso revolucionario abierto con el Caracazo.

Más allá de las especificidades de su génesis, estos regímenes tienen dos elementos comunes. Por un lado, gobiernan países que logran un cierto grado de independencia o autonomía relativa con respecto al imperialismo (resaltamos el concepto de “relativa”). Por el otro, necesitan “institucionalizar” (o, lo que es lo mismo, detener y “congelar”) las revoluciones o procesos revolucionarios en que se asentaron.

Son regímenes que expresan una combinación contradictoria. Son burgueses y frenan las revoluciones y, por eso, son reaccionarios y enemigos de los trabajadores. Por otro lado, esta característica central se combina con aspectos progresivos: sus roces y resistencia al imperialismo, y las concesiones a las masas (por lo que estas, durante todo un período, los apoyan y se identifican con ellos).

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Por esos roces y resistencia al imperialismo, muchas veces este los atacaba, a través de sanciones, intentos de golpe de Estado, e incluso agresiones militares. Cuando estas situaciones se producían, no hemos tenido ninguna duda en defender al país más débil agredido, frente al imperialismo.

Nacen nuevos sectores burgueses  

Ese carácter burgués se expresó en el surgimiento de nuevos sectores burgueses (o el desarrollo de sectores preexistentes) a partir de parasitar y usufructuar el control del Estado. En otros artículos, ya hablamos de la boliburguesía venezolana.

El caso de Khadafi en Libia es aún más obsceno. En 2011, un artículo del diario inglés The Guardian estimaba la fortuna familiar en decenas miles de millones de dólares con cuentas secretas en bancos de Dubai, el sudeste asiático y el Golfo Pérsico (una dinastía familiar decadente, ávida de dinero”). En Italia, tenían inversiones en la Fiat, en centros turísticos y en el club de fútbol Juventus. Vivían en medio de un “lujo asiático” de grandes mansiones y autos carísimos, no solo en Libia sino en Europa y otros países. Los hijos de Khadafi llegaron a pagar un millón de dólares a la cantante Mariah Carey y otro millón a Beyoncé para que realizaran shows privados para ellos, en la isla caribeña de San Bartolomé. Los beneficios se hacían extensivos a la “familia grande” (el “clan Khadafi”), y su influencia se ampliaba, en círculos concéntricos, a los clanes amigos[2].

No fueron los únicos; el mismo artículo informa que el derrocado dictador tunecino, Ben Ali, tenía 30 cuentas secretas solo en Suiza, y que la fortuna del ex presidente egipcio, Hosni Mubarak ascendía a 70.000 millones de dólares.

Posiblemente, la boliburguesía no ha llegado a estos niveles de acumulación. Pero repite en escala el mismo proceso: enriquecimiento por la vía de parasitar el Estado y exhibición pública de esa riqueza (al estilo de los “nuevos ricos”). Una ostentación (asociada a una corrupción evidente) que comienza a acumular odio en los trabajadores y en las masas y que es uno de los componentes centrales de su ruptura con estos regímenes y de su enfrentamiento con ellos.

La degradación genera un cambio regresivo en el régimen

Estos regímenes, al no superar los límites del capitalismo, el imperialismo y sus aliados nacionales, mantuvieron intactas, en gran medida, las bases económicas que luego utilizarían para avanzar y dominar el país. Por eso, su independencia es sumamente inestable y transitoria, porque sus gobiernos la erosionan permanentemente. Refiriéndose a Libia y a su líder de aquellos años, Moreno señalaba en la década de 1980:

“Khadafi es un caballo de Troya contra la independencia. Porque, mien­tras no se avance en la expropiación de la burguesía, mientras no se implante un Estado obrero y la economía plani­ficada, siempre estará rondando el peligro de que la crisis lleve a la burgue­sía independiente a someterse a la dependencia política del imperialismo. Toda la política de la pequeña burguesía o de la burguesía nativa al frente de estos Estados, siempre lleva a la pérdida de la independencia, a un callejón sin salida: para mantener la independencia hay que avanzar al socialismo, pero no quieren ir en esa dirección”[3].

Existe una premisa: quien no rompe con el capitalismo imperialista acaba siendo, tarde o temprano, su instrumento. Eso fue lo que ocurrió con estos regímenes: acabaron socavando la independencia relativa de sus países. Un hecho casi tragicómico lo grafica: en la Libia de Khadafi, sus tres hijos se pelearon por ver cuál de ellos asumía la dirección local de la empresa Coca-Cola (que acababa de instalarse en el país).  

En el marco de la ofensiva recolonizadora desarrollada por el imperialismo desde las décadas de 1980 y 1990, la negativa a superar el capitalismo y el Estado burgués los lleva inevitablemente a transformarse en agentes del imperialismo. Pierden así su aspecto progresivo central (los roces y la resistencia al imperialismo). Podemos discutir si pasan a ser los “agentes preferidos” o si el imperialismo preferiría otros protagonistas (acá entran toda una serie de factores específicos). Pero el contenido de estos regímenes pasa a ser garantizarle al imperialismo la apropiación de gran parte de la riqueza nacional, a través de la entrega de los recursos naturales y las empresas privatizadas, y el pago de la deuda externa.

Al mismo tiempo, la caída de los precios de las exportaciones de los últimos años socaba cualquier posibilidad de mantener las concesiones que antes daban a las masas y comienzan a atacarlas de modo permanente. Ya no hay forma de convencerlas de que ese es “su régimen”. Hambre y miseria crecientes, entrega de la soberanía y la riqueza nacional, y ostentación obscena de riqueza por parte de los privilegiados del régimen alimentan el odio de las masas, que rompen con él y empiezan a luchar cada vez más por derribarlo.

A esta ruptura de las masas, los sectores burgueses que sustentan y usufructúan el régimen le responden con la eliminación de cualquier aspecto democrático y con una durísima represión que deja de ser selectiva para pasar a ser masiva y, a veces, alcanza niveles genocidas, como en Siria. Al perder sus aspectos progresivos y “endurecerse” frente a las masas, comienzan a transformarse en dictaduras clásicas.

La política del imperialismo

El imperialismo estadounidense tuvo diferentes políticas hacia estos regímenes a lo largo de todas estas décadas. Después de la Segunda Guerra Mundial, durante la llamada “Guerra Fría” los consideró “hostiles” y “enemigos”. Por eso, impulsó golpes de Estado militares para derrocarlos, como en Guatemala contra el gobierno de Jacobo Árbenz (1954), en Argentina contra Perón (1955), o en Indonesia contra Sukarno (1967). O realizaba directamente ataques militares, como el bombardeo ordenado por Ronald Reagan contra Libia.

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La derrota en la Guerra de Vietnam, en 1975, sumada a la revoluciones en Irán y Nicaragua en 1979 obligaron al imperialismo a cambiar de táctica y comenzar a aplicar lo que hemos denominado “reacción democrática” (ver artículo de debate con la izquierda). Esto se combinaba con una política de “cooptación” a través de asociarlos en los negocios del país y de sus regiones. Por ejemplo, la política de Reagan hacia el sandinismo nicaragüense combinó un poco de “garrote” (el impulso a la guerrilla “Contra”) pero puesto al servicio de llevar a los sandinistas a las negociaciones de los Acuerdos de Contadora y a la capitulación que de ella resultó. Al mismo tiempo, la cúpula sandinista se fue transformando en una nueva burguesía.

En el inicio del siglo XXI, el gobierno de George W. Bush intentó cambiar esta política con su proyecto del “Nuevo Siglo Americano” y la “Guerra contra el Terror” destinada a los países que integraban el “Eje de Mal” (entre ellos, varios de estos regímenes). Invadió Afganistán e Irak, derrocó los regímenes de los talibanes y de Saddam Hussein, e impulsó el golpe contra Chávez.

Pero el curso desfavorable de estas guerras así como la derrota del golpe en Venezuela, provocaron nuevamente un cambio de política y el retorno pleno a la táctica de “reacción democrática”. Una expresión de ello fue el acercamiento de Obama al régimen de los ayatolás iraníes (antes integrante del “Eje del Mal”) para integrarlos en la búsqueda de “pacificación” de la compleja situación de Medio Oriente.

Este “aprendizaje” del imperialismo en el mundo se expresa en la comprensión de que las acciones militares prolongadas en otros países terminan en la mayoría de los casos como en Vietnam, Irak y Afganistán (enfrentando guerras prolongadas contra una resistencia militar de masas, muy costosas políticamente y de resultado imprevisible. Es decir, empeoran la situación que se quería resolver. En el mejor de los casos, El imperialismo ahora puede realizar acciones aéreas limitadas y rápidas (sin invasión terrestre) combinadas con asesores militares, y la entrega de algunas armas a las fuerzas en que intentan apoyarse en algún país (como se dio en Libia, y ahora en Siria).

Trump tiene una política más oscilante y “amenaza” mucho más que Obama: juega públicamente el papel de “policía malo”. Pero al estilo de Reagan, es una variante un poco más agresiva verbalmente para imponer la “reacción democrática”. Es que la realidad de la lucha de clases le impone mantenerse esencialmente dentro de esas tácticas.        

El caso de Siria

Este país obtuvo su independencia de Francia en 1946, a través de un proceso fundamentalmente negociado y avalado por la ONU. En 1948, formó parte del bloque militar árabe derrotado por Israel (habría dos nuevas derrotas militares, en 1967 y 1973). Entre 1958 y 1961, se fusionó con Egipto en la efímera experiencia de la República Árabe Unida.

En un marco de inestabilidad y golpes de estados, en 1963 tomó el poder el partido Baath, que se reivindicaba panarabista, nacionalista y “socialista”. Se apoyaba en los sectores más pobres de la población y expresaba a sectores burgueses postergados por la gran burguesía comercial e industrial urbana y los mayores terratenientes. Entre 1964 y 1965, el Baath impulsó una reforma agraria y la estatización de las principales industrias y empresas, en una política de “capitalismo de Estado”, que realizaba importantes concesiones a las masas.

En 1970, Hafez al-Assad da un golpe dentro del régimen y asume el poder. Según Joseph Daher, al-Assad era parte del “ala pragmática” del Baath. Comienza a limitar la “política social” anterior e “inicia un viraje hacia la conciliación con los otros sectores burgueses” y “los países conservadores de la región”[4]. Este giro a la derecha fue denominado “movimiento corrector”. Lo realizó aliado a la gran burguesía remanente y apoyándose cada vez más en las nuevas capas burguesas en ascenso, que surgían del propio aparato estatal. Al mismo tiempo, creó una red de “apoyadores” basada en el “clientelismo”.

Luego de la derrota en la guerra contra Israel de 1973 (a pesar de haber perdido el territorio fronterizo de las Colinas de Golán), Hafez pactó un tregua de hecho con el Estado sionista y se transformó en un “aliado silencioso”. Actualmente, es considerado por el premier israelí Benjamin Netanyahu como “el mejor gobierno posible” para Siria.

En su artículo, Joseph Daher define que al-Assad “Construyó un régimen autoritario, que prohibió la existencia legal de todas las organizaciones políticas y sociales que no lo apoyaran y se opusieran a su clientelismo y la masiva corrupción de la clase dominante […] El nuevo régimen también creó un ejército totalmente sometido al poder personal del dictador y de su guardia pretoriana […] Gracias a esta estrecha articulación de intereses públicos y privados, el Estado se ha transformado en una maquinaria que permite la acumulación de recursos cuantiosos (…) especialmente para los círculos cercanos al máximo líder, a su familia y a sus más fieles representantes. Las redes informales y el nepotismo, que comunican entre sí a los diferentes sectores del Estado con la economía, se han multiplicado y han dado origen a una ‘nueva clase’ de rentistas burgueses a través del desvío de fondos”[5].

En 1986, hubo una crisis de la moneda nacional. El régimen decretó las primeras medidas de desregulación y de privatizaciones. Parte de los grandes beneficiarios fueron el clan al-Assad y su círculo de aliados, que ahora pasaron a ser una burguesía del “sector privado” en diferentes ramas de la economía, blanqueando los capitales acumulados a través de diversos decretos. Así, pasaron a dominar (en muchos casos asociados a inversiones imperialistas) áreas que hasta entonces habían sido monopolio del sector público: la industria farmacéutica, la agricultura, la producción de alimentos, la hotelería y el transporte.

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Nace así una “‘nueva clase’ de ricos: una burguesía híbrida, surgida de la fusión de la burocracia estatal con los sobrevivientes de la antigua burguesía ‘privada’”. Uno de sus exponentes es Rami Makhlouf (hijo del ex comandante de la Guardia Republicana y primo en primer grado de Bashar al-Assad), que dirige un red de empresas (petróleo, construcción bancos, líneas aéreas y comercios) que en 2011 controlaba cerca de 60% de la economía del país (Barout 2012). Su fortuna personal se estima en cerca de 6.000 millones de dólares.

Simultáneamente, el régimen se tornaba cada vez más represivo, golpeando a todos los movimientos, partidos y asociaciones que no formaran parte del Frente Nacional Progresista-FNP (la coalición de fuerzas leales al régimen). Una represión que incluía la prisión e incluso los asesinatos.

Luego de la muerte de Hafez, en 2000 asumió la presidencia su hijo Bashar. En medio de una situación social y política que comenzaba a tensarse, hizo promesas de “apertura” y de “reformas”. Se inició una oleada de surgimiento de nuevas organizaciones y de movilizaciones en reclamo de una democratización del Estado. Pero estas promesas eran “propaganda engañosa del régimen”. Entre 2004 y 2006, diversos levantamientos fueron duramente reprimidos en Damasco y en los cantones kurdos. Más de 200 activistas fueron detenidos y muchos otros se vieron obligados a abandonar el país.

Las consecuencias sociales de las políticas neoliberales aplicadas por el régimen (20-25% de desocupación, un tercio de los sirios debajo de la línea de pobreza) y la comprobación de que no habría ninguna “apertura democrática” alimentaron la caldera que estalló en el proceso revolucionario de masas contra Bashar y el régimen, en marzo de 2011.

La respuesta del régimen fue una represión genocida y se inició una guerra civil cuyo curso se ha vuelto cada vez más complejo. El análisis de lo ocurrido después de 2011 excede el objetivo de este material. Pero una cosa es clara: en ese enfrentamiento, Bashar y su régimen representan la contrarrevolución.

Una comparación válida

En los debates con algunas corrientes de izquierda hemos dicho que defender al gobierno de Maduro en Venezuela es como defender a Bashar al-Assad en Siria. Algunas corrientes de izquierda que defienden el gobierno venezolano (entre ellas, el MAIS del Brasil), nos criticaron mucho por esta comparación.

Es evidente que existen grandes diferencias en el grado que alcanzó la lucha de masas contra Assad (especialmente en los primeros años) y también en el nivel de represión con que, consecuentemente, le respondió el régimen sirio. Pero en su conformación, ambas situaciones presentan muchas similitudes: son el resultado de la putrefacción de un régimen bonapartista cada vez más odiado por las masas.

Por eso, entre las hipótesis posibles en que puede evolucionar la situación venezolana, una de ellas es claramente la “dinámica siria”: un proceso revolucionario de masas para derrocar el régimen que sea respondido con una represión genocida por parte del chavismo. No es casual que una corriente que ha roto con el gobierno de Maduro y el PSUV por la izquierda (Marea Socialista) diga que en Venezuela hay “un intento de una contrarrevolución abierta, con métodos de guerra civil selectiva, que ya se están aplicando”. Es decir, entre Siria y Venezuela existirían niveles diferentes de desarrollo de una situación básicamente similar (“contrarrevolución” y “guerra civil” impulsados desde el régimen).

Maduro y el régimen chavista, como resultado de su degradación, representan hoy el principal enemigo contrarrevolucionario para los trabajadores y las masas en Venezuela. Este es el elemento clave para la definición de qué lado ubicarnos en esa lucha.

Notas:

[1] TROTSKY, León. “La industria nacionalizada y la administración obrera”, 12 de mayo de 1939.

[2] MORENO, Nahuel “Intervenciones en el CEI de la LIT-CI de abril de 1986” en: http://www.geocities.ws/moreno_nahuel/49_nm.html#_Toc536853247

[3] Datos tomados de https://www.clarin.com/mundo/Kadafi-familias-ricas-planeta_0_SkVIX-LpwQe.html

[4] [5] Todos los datos históricos son tomados del artículo de Joseph Daher “Siria después de la independencia” en: http://www.corrienteroja.net/siria-despues-de-la-independencia/

Artículo publicado en la revista Correo Internacional n.° 18, octubre de 2017.-