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Desde 1999, el proceso que el fallecido Hugo Chávez y el chavismo encabezaron en Venezuela fue apoyado por numerosas organizaciones de izquierda, millones de trabajadores y miles de luchadores, en su país y en todo el mundo, entusiasmados por el proyecto que se autodenominó Socialismo del Siglo XXI (Chávez, incluso, llegó a declararse “trotskista”). En los hechos, surgió un “movimiento chavista” internacional que, aunque nunca tuvo una unidad organizativa formal, llegó a ser la principal corriente de la izquierda mundial, a inicios del siglo XXI.

Por: Alejandro Iturbe

La actualidad es completamente distinta de aquellos momentos de gloria. Dentro del país, el gobierno de Nicolás Maduro (sucesor de Chávez desde 2013) es apoyado por apenas 20% de los venezolanos, en el marco de una realidad de hambre y represión para los trabajadores y el pueblo. En el mundo, parte importante de las organizaciones que apoyaron y defendieron al chavismo hoy toman distancia de él (otras siguen apoyándolo) mientras los millones de trabajadores que simpatizaron con ese proceso lo ven como un nuevo engaño que no cambió nada y acabó empeorando las cosas para el pueblo.

En la revista Correo Internacional n.° 14, de noviembre de 2015 (poco antes de que el chavismo perdiese las elecciones legislativas frente a la oposición de derecha, en una proporción de 2 a 1), decíamos que las razones del fracaso del proyecto chavista estaban en su raíz de clase burguesa. Por eso, nunca realizó una construcción socialista y ni siquiera avanzó en ese camino. Siempre mantuvo intactas las bases del sistema capitalista venezolano y actuó dentro de una institucionalidad burguesa del Estado.

A diferencia de otras corrientes de izquierda que fueron cambiando sus posiciones, de nuestra parte, no es una conclusión reciente sino la posición que sostuvimos desde el propio comienzo del proceso. Una definición que nos llevó a ser, desde el inicio, oposición de izquierda al proyecto chavista, en defensa de los intereses de la clase obrera.

Por eso, para entender los debates actuales (que desarrollamos en otro artículo), nos parece necesario realizar un repaso de la historia venezolana de las últimas décadas, para entender, por un lado, el contexto del surgimiento de Chávez y el chavismo y, por el otro, su verdadero papel en ese contexto.

El modelo de acumulación capitalista venezolano

El marco de este proceso histórico es que en Venezuela, lo largo del siglo XX, se consolidó un modelo de acumulación capitalista que hemos definido como rentista, petrolero, parasitario y semicolonial.

La economía del país se basa en la extracción y la exportación de petróleo y gas (posee las mayores reservas de hidrocarburos de Latinoamérica). Es un modelo rentista porque funciona alrededor de la renta petrolera: un margen de ganancia superior al de otras actividades productivas y que depende mucho menos de las inversiones burguesas. Por eso, las fluctuaciones del precio internacional del petróleo son las que determinan el marco de fondo de la dinámica de los procesos políticos venezolanos.

Ese carácter rentista se transforma, inevitablemente, en parasitario. Casi toda la burguesía nacional vive de parasitar esa renta, a través del Estado o en la actividad privada, y de ella también extrae ganancias el imperialismo). Así, se desarrolla una tendencia a invertir y producir cada vez menos en el país (alimentos y productos industriales) y obtenerlos a través de la importación. También proviene de la importación el consumo suntuario de la burguesía.

Finalmente, es semicolonial porque parte importante de la riqueza nacional es apropiada, a través de distintas vías, por el imperialismo (la explotación directa del petróleo, el pago de la deuda externa, las ventas de productos, etc.).

El auge del régimen de Punto Fijo

Sobre la base de este modelo de acumulación, entre 1958 y 1989, la política burguesa venezolana se asentó en el régimen institucional iniciado con el “Pacto de Punto Fijo”. Fue firmado por los principales partidos burgueses del país: Acción Democrática (AD) y Partido Social Cristiano (COPEI).

Este pacto buscaba, en primer lugar, terminar con la permanente intervención de las FFAA (a través de golpes y gobiernos militares) en la vida política del país. En segundo lugar, constituir un régimen democrático burgués sólido y estable, basado en las instituciones «normales» de este régimen (elecciones, presidente y Parlamento). Los resultados electorales se respetarían: la presidencia correspondía al candidato más votado, pero el gabinete debía formarse, en forma equilibrada, con ministros de todas las organizaciones (sobre la base de un «programa mínimo común»), y así repartir la administración de la parte de la renta petrolera que quedaba en el Estado.

Este régimen burgués se fue consolidando y logró una estabilidad institucional que duró tres décadas. Los ingresos por la riqueza petrolera le permitieron a la burguesía venezolana discutir sus negocios de modo más tranquilo y, a la vez, dar algunas concesiones a los trabajadores y el pueblo.

 En la década de 1970, se dieron los «años de oro» del régimen y de la burguesía tradicional venezolana. En especial, a partir de 1973, cuando el precio del petróleo se duplicó en pocas semanas y, luego, continuó subiendo. Las grandes compañías petroleras internacionales ganaron fortunas y, a la vez, los países exportadores recibían importantes ingresos adicionales de dólares.

En 1974, asume la presidencia Carlos Andrés Pérez (AD). Con esos altos ingresos, Pérez y la burguesía venezolana pudieron darse muchísimos lujos. En 1975, se nacionaliza la industria del hierro. En 1976, la industria del petróleo, y se crea PDVSA (Petróleos de Venezuela) como monopolio estatal. Se construyen autopistas, represas y centrales eléctricas, barrios de vivienda populares… Hay una situación de pleno empleo y los trabajadores, con sus luchas y reivindicaciones, consiguen importantes conquistas económicas. Al mismo tiempo, la burguesía y los sectores medios del país vivían una «fiesta de importaciones» de lujosos automóviles, electrodomésticos y artículos suntuarios. En ese marco, como una espada que luego sería muy peligrosa, la deuda nacional interna y externa se multiplicó doce veces.

El “fin de la fiesta”

Pero la fiesta iba a terminarse: el precio del petróleo en el mercado mundial se congeló a finales de los ’70, luego comenzó a derrumbarse y, con él, cayeron los ingresos del país. Pérez terminó su mandato en 1979, y dejó como herencia una pesada deuda pública, un Estado gigantesco y un régimen cada vez más corrupto.

El cumplimiento de la deuda pública se hacía cada vez más pesado y esto obligaba a los distintos gobiernos a realizar ajustes permanentes, ordenados por el FMI. Las condiciones de vida de los trabajadores y las masas se deterioraban cada vez más: crecía el desempleo, bajaba el poder adquisitivo del salario, se achicaban o desaparecían las conquistas y beneficios sociales de la década anterior. La bronca de las masas se acumulaba y eran más frecuentes las huelgas de diferentes sindicatos, las manifestaciones estudiantiles, y las protestas populares en varias ciudades. En 1987, hubo una importante huelga general. Los gobiernos que se sucedían eran cada vez más débiles.

El Caracazo

Acción Democrática (AD) era considerada «el partido del pueblo», con una historia de lucha contra las dictaduras y de apoyo a la revolución cubana. Era un partido de masas, que dirigía el movimiento sindical (controlaba la Central de los Trabajadores de VenezuelaCTV). En este marco, Carlos Andrés Pérez, luego de un amplio triunfo electoral, asume nuevamente la presidencia a inicios de 1989. Los trabajadores y las masas tenían la esperanza de que se repitieran los «años de oro» de su anterior gobierno.

 Pero estas esperanzas duraron muy poco. A los pocos días, con las reservas internacionales agotadas, un déficit fiscal monstruoso, desabastecimiento generalizado y servicios públicos deteriorados, Pérez lanzó un brutal «paquetazo» económico contra los trabajadores y el pueblo: duplicación del valor del dólar (lo que disparó una gran suba general de precios), aumentos en los intereses bancarios, alza de 80% en los precios de la gasolina y de 40% en todos los servicios públicos.

La respuesta obrera y popular no se hizo esperar. El “vapor acumulado” durante varios años estalló a finales de febrero de 1989 en una gran insurrección contra las medidas, en Caracas y en varias ciudades del interior. Centenares de miles de personas de las barriadas salieron a la calle a protestar y saquear comercios, y se enfrentaron con barricadas, piedras y armas a la durísima represión ordenada por el gobierno. Murieron cientos de personas, la mayoría en los enfrentamientos entre los manifestantes y las fuerzas represivas. La represión fue violentísima, con asesinatos, torturas y prisiones arbitrarias.

Al mismo tiempo, mientras la policía prácticamente se “disolvía”, se dieron numerosos episodios de división en las FFAA, con sectores (especialmente de suboficiales y tropa) que se negaban a reprimir o, directamente, participaban de los saqueos.

El Caracazo fue una insurrección obrera y popular que marcó un nuevo curso en la historia de Venezuela: puso en crisis a todas las instituciones del poder, que fueron incapaces de frenar la rebelión, y por eso hirió de muerte al Régimen de Punto Fijo. En ese marco, como un elemento fundamental, el pilar último y central del Estado burgués (las fuerzas armadas y de represión) estaba quebrado.

Debilitadas al extremo sus bases económicas; corroídas por la corrupción y el desgaste sus instituciones de gobierno; golpeados los partidos burgueses, la izquierda reformista y la burocracia sindical, y casi sin apoyo popular, el régimen de Punto Fijo iniciaba su agonía. Como un resultado retardado, Pérez renunciaría en 1993, en medio de nuevas movilizaciones populares y luego de un juicio político por corrupción.

 El ascenso de Chávez

A partir de ahí, siguieron años de convulsiones sociales, con gobiernos cada vez más débiles y una insatisfacción creciente de las masas. En 1994, es electo como presidente el viejo político burgués Rafael Caldera, con apenas 25% de apoyo electoral y sospechas de fraude sobre el dirigente sindical de las siderúrgicas de Guayana, Andrés Velásquez. Una medida importante de su gobierno fue la llamada “apertura petrolera” que quebraba el monopolio estatal de PDVSA por la vía de las “empresas mixtas” y las concesiones de explotación a compañías extranjeras.

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(AP Photo/Ali Gomez)

Antes de eso, en un intento de dar respuesta a esta situación de crisis institucional global, el coronel Hugo Chávez junto con un grupo de jóvenes oficiales (que habían participado de la represión al Caracazo) encabezó una tentativa de golpe militar, en febrero de 1992. El golpe fue derrotado y Chávez fue preso y condenado a 20 años de prisión. Pero, desde la cárcel, comenzó a ganar prestigio entre los sectores obreros y populares porque aparecía opuesto al «sistema».

En 1994, por exigencia popular, Caldera liberó a Chávez, quien comenzó a formar su propia corriente política (el MBR – Movimiento Bolivariano Revolucionario), e inició su recorrido hacia la candidatura presidencial. Fue electo en diciembre de 1998 con 56,24% de los votos. Asume en febrero de 1999 y, en su discurso, convoca a un plebiscito para formar una Asamblea Constituyente con el objetivo de recomponer las estructuras destrozadas del Estado. El «sí» obtuvo 73% de los votos, y luego los “bolivarianos” logran una amplísima mayoría de los diputados constituyentes. La Asamblea modifica la Constitución y reforma todas las instituciones: nace el término V República y el país cambia su nombre por el de República Bolivariana de Venezuela. El MBR se transforma en MVR (Movimiento V República)

En 2000, se realizan nuevas elecciones, después de una huelga petrolera fuertemente reprimida por el gobierno. La balanza petrolera estaba en alza. Chávez es reelecto, ahora para un mandato de 6 años.

Las contradicciones con el imperialismo

 Ya en ese momento comienzan los debates en la izquierda. En un material anterior escribimos:

“Para la mayoría de las corrientes de izquierda que reivindican al chavismo, su triunfo electoral y su posterior gobierno son el producto directo del Caracazo y del ascenso que lo continuó, es decir, su genuina y progresiva expresión política. Para nosotros, en cambio, siendo un subproducto del ‘Caracazo’ y del ascenso, el chavismo es un movimiento de la segunda línea de la oficialidad militar, que se montó sobre el ascenso para frenarlo o, por lo menos controlarlo, para que no desbordase hacia la revolución socialista y, esencialmente, para cerrar la fractura de las FF.AA. y así reconstruir plenamente el Estado burgués”(1).

A estos elementos, cabría agregar también las aspiraciones de ese sector de la oficialidad de las fuerzas armadas que acompañó a Chávez: como había ocurrido otras veces en el pasado venezolano, querían controlar el Estado para usufructuar la renta petrolera y transformarse en burguesía (acompañados de otros sectores burgueses menores o desplazados, que tenían la misma aspiración).  

Las contradicciones con el imperialismo

Esto no significa que no hubiera contradicciones con el imperialismo estadounidense. Fundamentalmente durante el período de George W. Bush y su proyecto del Nuevo Siglo Americano, cuyo eje central era obtener el dominio de los recursos naturales en el mundo (especialmente el petróleo) y el uso de métodos agresivos para ello.

Chávez pagaba puntualmente la deuda externa y nunca propuso revertir la apertura petrolera hecha por Caldera. Además, abastecía regularmente de petróleo a EEUU. Pero intentó un mayor control del Estado sobre PDVSA, con una mayor participación fiscal para mejorar la recaudación, y defendía la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo) como “cartel regulador” de los precios. El gobierno de Bush no aceptaba esta política y organizó el golpe de Estado de abril de 2002, el lockout de diciembre del mismo año, aliado con los sectores burgueses desplazados por el chavismo.

El golpe de 2002 y el contragolpe popular

En este marco, 2002 fue un año decisivo. Se conforma una alianza golpista formada por la federación patronal venezolana Fedecámaras, los burócratas de la CTV, la alta burocracia estatal de PDVSA, los militares ligados a las antiguas oligarquías, los dirigentes de AD y de COPEI, la alta jerarquía de la Iglesia Católica y los dueños de los grandes medios de comunicación, como Gustavo Cisneros; todos articulados por el embajador estadounidense, Charles Shapiro.

Esta alianza convoca una huelga general desde el 9 de abril. El 11, realiza una marcha hasta el Palacio Presidencial de Miraflores, apoyada por la policía de Caracas. Hay enfrentamientos con grupos y activistas bolivarianos y mueren 15 personas. Chávez es acusado de «crímenes contra la humanidad» y detenido por militares golpistas. Los medios anuncian su renuncia.

Pedro Carmona de Fedecámaras es designado presidente y se forma un nuevo gobierno que disuelve la Asamblea Nacional, el Tribunal Superior de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, y destituye a alcaldes y gobernadores. Después del golpe, se lanza una dura represión: fuerzas golpistas apoyadas por grupos paramilitares «cazan» a militantes chavistas, a dirigentes sindicales y comunitarios. Esa noche se produjeron varias muertes.

Si bien Chávez nunca firmó su renuncia, el aparato del chavismo estaba derrotado y se había entregado sin luchar. Por eso, al inicio, las masas no reaccionaron. Pero, luego, entraron con toda su fuerza y determinación. El 12 por la noche, comenzaron las movilizaciones en Caracas, y el 13, se generalizaron en todo el país. Los obreros metalúrgicos de Guayana tomaron las fábricas, los trabajadores de Carabobo y los petroleros de Puerto La Cruz se prepararon para resistir. Comenzaron a rodear los cuarteles para pedir armas. En varios de ellos, los soldados realizaron asambleas para discutir y se definieron contra los golpistas.

En Caracas, miles de personas descienden nuevamente de los barrios pobres de los cerros, como en el «Caracazo», toman las calles y montan barricadas para enfrentarse con la policía. Los enfrentamientos se generalizan. Se cierran las avenidas con barricadas de madera y neumáticos ardiendo, se cercan las redes de televisión y se exige transmitir “la verdad”. A la cabeza están los jefes comunitarios de los círculos bolivarianos, que se multiplican cada vez más. Nuevamente, una insurrección popular toma Caracas y comienza a derrotar el golpe. Cada vez hay más sectores militares antigolpistas que empiezan a marchar hacia Caracas: el comando de la Guardia de Honor (tres mil hombres) retoma parte del Palacio Presidencial.

«El suelo se hundía» para Carmona y su gobierno golpista: anuncia que va a convocar la Asamblea Nacional con carácter extraordinario. Era tarde: el golpe había sido derrotado por las masas (no por el aparato chavista). Carmona intenta huir pero es detenido en el propio palacio presidencial. Para contener a las masas insurrectas, la burguesía no tiene otra alternativa que traer a Chávez de vuelta, con la tarea de recomponer el Estado(2).

El lockout patronal

Derrotado el golpe, el imperialismo, la oposición política de derecha y la patronal realizan un nuevo intento conspirativo contra el gobierno, a través del lockout patronal realizado entre diciembre de 2002 y febrero de 2003, que buscaba paralizar la producción de país y así ahogar el gobierno de Chávez “por hambre”. Parte central de este plan fue la paralización de la producción petrolera para cortar el oxígeno de la economía del país. Este lockout contaba con la colaboración de gran parte del cuadro de gerentes e ingenieros de PDVSA, que utilizaron el sabotaje y la destrucción de los controles automáticos. El producto dejó de ser bombeado a sus destinos y los depósitos y puestos de bombeo amenazaban estallar.

No lo consiguieron porque se enfrentaron con los obreros y técnicos de las operaciones de pozos, tanques de depósito, refinerías y embarques, a lo que se sumó la reacción popular. Juntos, comenzaron a tomar los depósitos de gasolina, los tanques y las refinerías. En el Estado de Carabobo, los obreros tomaron el depósito de gasolina de Yagua y lo pusieron a funcionar de forma manual. Lo mismo ocurrió en Carenero y Guatire. Los petroleros reconquistaron las refinerías de El Palito y de Puerto La Cruz, y las reactivaron. Mantuvieron las plantas en operaciones, de forma democrática, con la elección de nuevos supervisores.

Hubo también lockout en otros sectores: disminuyeron el horario y las operaciones de los bancos; las escuelas privadas, el comercio y las industrias cerraban sus puertas. Algunos sectores más radicales comenzaron a realizar algunos atentados terroristas, destruir máquinas e instalaciones, y robar materiales.

Pero la resistencia empezó a crecer. En Caracas, la población se organizó en los barrios para una justa distribución de gasolina y gas, el reinicio de las clases, y la defensa contra los ataques de la derecha y su policía. Se montaron comercios comunitarios donde se repartían alimentos gratuitos o se vendían a precios más bajos. Una multitud rodeó un canal privado de TV en una zona residencial de clase media alta, y lo obligó a transmitir un comunicado firmado por más de 100 organizaciones comunitarias, políticas y sindicales, exigiendo, entre otras cosas, el control social de los medios de comunicación.

Los metalúrgicos de Guayana, ante la amenaza de que las fábricas quedaran paralizadas por falta de gas en los hornos, decidieron viajar en más de 15 ómnibus hasta Anaco y tomaron las puertas de PDVSA-GAS para exigir su reactivación. La Parmalat fue tomada por la población que exigía su reapertura. La cervecera Polar y la Coca-Cola, en Valencia, fueron tomadas por la Guardia Nacional y se confiscaron millares de litros de agua mineral, maltas y refrescos. A pesar de que anunciaron que tomarían medidas legales, estas empresas fueron obligadas a reabrir sus fábricas. Sectores de la clase media y de la propia burguesía (perjudicados por las pérdidas que comenzaban a tener) empezaron a defender el fin del “paro”. 

La presión y la acción de los trabajadores y el pueblo obligó al gobierno a endurecer sus posiciones: suspendió la venta de divisas, estableció el control de cambios y de precios, y despidió a cerca de cinco mil saboteadores de PDVSA (entre ejecutivos y directores). Finalmente, el lockout fue quebrado y se levantó en febrero de 2003. Este resultado significó un amplio triunfo de los trabajadores y el pueblo, y una nueva derrota de la alianza imperialista-burguesía de derecha.

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A pesar de la política de Chávez y la cúpula chavista, en todo el proceso los trabajadores habían avanzado en su conciencia y organización, a través de los círculos bolivarianos que enfrentaron el golpe, y las movilizaciones y las experiencias de control obrero que quebraron el lockout patronal. Los militantes de la LIT-CI en Venezuela (hoy agrupados en la UST – Unidad Socialista de los Trabajadores) tienen el orgullo de haber estado en la primera línea de esas luchas.

Chávez concilia con los golpistas y los saboteadores

Todo el proceso de 2002 e inicios de 2003 dejó una relación de fuerzas muy favorable a los trabajadores y las masas frente a sus enemigos, profundizando aún más lo que se ya se daba desde el Caracazo. En este sentido, esa situación favorable también lo era para el gobierno chavista, como expresión distorsionada del proceso revolucionario. Estaban dadas las condiciones para asestar un golpe liquidador a la contrarrevolución y avanzar en un proceso verdaderamente socialista.

Pero Chávez y el chavismo hicieron lo opuesto. En primer lugar, buscaron desmovilizar a los trabajadores y las masas. Derrotado el golpe de abril de 2002, después de volver al Palacio de Miraflores, Chávez declaró: «Calma, todo está bien, vuelvan a sus casas, todo está bajo control…, los Círculos Bolivarianos, por favor, no los quiero con armas, esta es una revolución pacífica». Después de quebrar el lockout, en 2003, se dedicó a desmontar la organización de trabajadores que había recuperado y puesto en funcionamiento las refinerías y fábricas bajo control obrero.

Esto se dio especialmente en PDVSA, donde reemplazó los comités surgidos de la lucha por gerentes y supervisores provenientes del aparato chavista, para así ponerla al servicio de la naciente “burguesía bolivariana”. Un documental muy interesante (realizado por un equipo de cineastas franceses) muestra los diferentes momentos de esta historia, con reportajes muy vívidos a sus protagonistas (3). Al mismo tiempo, concilió con los golpistas: el único preso fue Pedro Carmona, que luego “huyó” a la embajada de Colombia. Los demás (ni los golpistas activos ni los que estaban por detrás) no sufrieron ningún castigo.

El imperialismo y la burguesía tradicional aprendieron con las derrotas de 2002-2003 y pasaron a defender otra táctica, con el mismo objetivo estratégico de defender sus intereses. Dejaron de lado su política golpista y pasaron a la “convivencia” con los gobiernos chavistas. Al mismo tiempo, el imperialismo apoyaba a la oposición de derecha para capitalizar electoralmente el inevitable desgaste de los gobiernos chavistas y reconquistar el gobierno más adelante. Es decir, encuadraron su política en la táctica que hemos denominado “reacción democrática” y que analizamos en el artículo de debate con la izquierda.

En ese marco, en los años siguientes, aprovecharon el puente que les tendía el gobierno para hacer muy buenos negocios. Así pasó con el grupo Cisneros (dueño de los principales medios de prensa y de numerosas empresas), el grupo de bebidas y alimentos Polar-Mendoza (hizo numerosos acuerdos para abastecer las Misiones), y las compañías petroleras estadounidenses (como Chevron, Exxon y Texaco), que aumentaron su inserción en el sector gracias a la profundización de la “apertura petrolera” que impulsó el gobierno. La naciente boliburguesía incluso comenzó a hacer inversiones en empresas y propiedades en EEUU (como la formación de la petrolera CITGO por parte de PDVSA).

La maniobra del plebiscito (2004)

El cambio de táctica del imperialismo y de la burguesía tradicional venezolana se expresó en el impulso de un petitorio para la realización de un “plebiscito revocatorio” (mecanismo previsto por la Constitución chavista). A pesar de la intensa propaganda, el dinero invertido, las presiones a los trabajadores de sus empresas para que firmaran, y las falsificaciones de firmas, no consiguieron el número requerido por la Constitución. Sin embargo, finalmente Chávez aceptó realizar el referendo.

¿Por qué se dio esta coincidencia entre el imperialismo y la oposición burguesa, por un lado, y el gobierno chavista, por el otro? Porque, más allá de sus roces y enfrentamientos, ambos sectores tenían un objetivo común: sacar a los trabajadores y a las masas de las calles, la auto-organización y la lucha, y meterlas en el terreno de las elecciones y las instituciones normales de la burguesía. En ese marco, Chávez estimó correctamente que ganaría la votación.

Para convencer al pueblo venezolano que no apoyaba la realización del plebiscito, Chávez lo comparó con una lucha popular del siglo XIX y dijo que se trataba de una “nueva batalla de Santa Inés»(4). De hecho, Chávez ganó el referendo con un margen de 18 puntos (59 contra 41%). Pero, detrás de esta victoria electoral se escondía un objetivo mucho más profundo: el chavismo utilizó este proceso para esterilizar los círculos bolivarianos formados en la lucha y transformarlos en “comités electorales” controlados por cuadros designados desde el gobierno. El proceso revolucionario nacido con el Caracazo comenzaba a ser “congelado” y sometido al férreo control del aparato chavista.

El verdadero curso que adoptaba el chavismo se hizo evidente poco después de las elecciones: Chávez firmó un acuerdo de 5.000 millones de dólares con la Texaco-Mobil y con la Exxon, para que exploraran y explotaran los campos petrolíferos y gasíferos en la Faja del Orinoco.

Los años de oro del chavismo

Como vimos, entre 2003 y 2004, el chavismo logró desmontar los procesos de control obrero y “domesticar” a los comités bolivarianos. Al mismo tiempo, tendió un puente al imperialismo y a la burguesía tradicional. Había logrado sus objetivos (frenar la revolución y negociar un espacio mayor para un nuevo sector de la burguesía venezolana), y se consolidó en el poder.

Contradictoriamente, se abrieron los que fueron sus “años de oro”: el alza permanente del precio del barril de petróleo en los mercados internacionales (superó la barrera de los 100 y llegó a cotizar a 140), permitió un gran crecimiento de la renta petrolera que quedaba en el Estado y así “lubricó” su relación con todos los sectores sociales.  

El aumento de la renta petrolera impulsó un crecimiento anual del PIB de 12%, y, con esa base, era posible otorgar negocios al imperialismo y a la burguesía tradicional, pagar la deuda externa (incluso anticipadamente en algunas ocasiones), crear su propia boliburguesía (ver artículo de debate con la izquierda) y hacer concesiones a las masas con mayores inversiones en el área social (con programas de salud, educación, construcción de casas populares y microempresas).

Eran “medidas asistenciales” que no quebraban ningún criterio capitalista ni cambiaban la estructura económico-social (incluso eran recomendadas por los organismos de la ONU). Pero significaron una mejora real en la vida de extrema pobreza de sectores de la población que, por ejemplo, accedían por primera vez a una atención médica. Por eso, las organizaciones sociales responsables de estas políticas (las Misiones) se implantaron profundamente en los barrios más pobres. El chavismo reforzaba ahí su base electoral y fortalecía su apoyo de masas, lo que le permitió a Chávez ganar todas las elecciones en las que se presentó.

Incluso pudo nacionalizar algunas empresas como la telefónica CANTV, Electricidad de Caracas y Sidor (Siderúrgica Orinoco). Estas medidas, si bien pueden considerarse “progresivas”, no tienen ni un poco de “socialistas” ya que fueron hechas según las reglas capitalistas aceptadas (compra del paquete accionario).

Apoyado en esa bonanza, fue un período en que el chavismo “enrojeció” su discurso: dejó de referenciarse en el peronismo argentino y pasó a decir que estaba construyendo el “socialismo del siglo XXI”. En enero de 2007, Chávez incluso declaró que era partidario de Trotsky y de la revolución permanente. Se trataba, como hemos visto, de “propaganda engañosa”, pero aumentó su apoyo en la izquierda mundial por parte de muchas corrientes provenientes del trotskismo que creyeron (o eligieron creer) en esta propaganda.    

Se acentúa el bonapartismo

Al mismo tiempo que “enrojecía” su discurso, el chavismo acentuaba las características bonapartistas del régimen. Veamos dos elementos.

El primero fue la formación del PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) en 2007, como partido oficial del régimen. Podemos definirlo como un “partido-régimen”, una herramienta política típica del bonapartismo sui generis (ver artículo sobre tema). A través de este partido, desde el aparato del Estado, Chávez y el chavismo podían ejercer un control mucho más férreo sobre el movimiento de masas y, al mismo tiempo, disciplinar verticalmente, en esta estructura, a todos los cuadros del movimiento chavista (todas las organizaciones que no integraban el MVR pero que apoyaban el gobierno fueron obligadas a entrar y disolverse en el PSUV). Este tipo de partido no era una ninguna novedad histórica: repetía esencialmente lo que habían hecho el PRI mexicano, el peronismo argentino o los partidos del nacionalismo árabe.

Otro terreno en que el chavismo avanzó en esta política bonapartista fueron los sindicatos. La relación del gobierno con los trabajadores asalariados (especialmente con el movimiento obrero industrial) siempre fue mucho más crítica que con los sectores populares. Esto se debe a varias razones: la mayoría de los obreros industriales trabajan en empresas privadas y no en el aparato del Estado (la excepción más importante era PDVSA y, más tarde, Sidor). Si bien el gobierno otorgó algunas concesiones (como una mayor estabilidad en los contratos laborales o la elección de los delegados de prevención de salud y accidentes), el nivel salarial general siempre fue muy bajo y las condiciones laborales pésimas. Por eso, si bien la mayoría de los obreros industriales y trabajadores asalariados simpatizaba con Chávez y votaba por él, lo hacía desde una actitud mucho más autónoma y desarrollaba luchas por sus propias reivindicaciones (salarios, contratos colectivos, condiciones laborales, etc.), independientes del aparato chavista.

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En el marco de todo el proceso, la vieja burocracia sindical de la CTV vivía una crisis aguda y se había dado un riquísimo proceso de reorganización “por abajo”, expresado, en esos años, en la fundación de la UNT (Unión Nacional de Trabajadores), con la confluencia de diversos componentes: desde chavistas “puros” y rupturas de la CTV hasta sectores encabezados por dirigentes provenientes del trotskismo. El chavismo impidió la consolidación de una UNT independiente o democrática. Primero la dividió para formar su propia central sindical (la FSB), luego fue obligando a los sindicatos a entrar en ella y les impuso dirigentes adictos. Recordemos que, en 2007, Chávez había realizado un discurso atacando duramente la “autonomía sindical”. Como corolario de eso, desde hace dos años, el gobierno de Maduro suspendió las elecciones en los sindicatos porque sabe que, de realizarse, los dirigentes chavistas serán desplazados y reemplazados por dirigentes opositores más combativos, como es el caso de la federación nacional de trabajadores petroleros.  

En estos “años dorados”, el chavismo intentaba “mediar” en la mayoría de estos conflictos entre obreros y patrones (nunca apoyaba a los obreros en esas luchas). Pero, en otros, aplicaba una durísima represión y a los activistas que los dirigían. Una lista muy incompleta incluye la represión a la huelga petrolera de 2000; la durísima represión de la Guardia Nacional a los trabajadores de Sanitarios Maracay (2007); el asesinato de los dirigentes sindicales Richard Gallardo, Luis Hernández y Carlos Requena (dirigentes sindicales del Estado de Aragua y militantes de la organización que hoy se llama PSL), en 2008, y el asesinato de dos trabajadores de la fábrica Mitsubishi por parte de la fuerza policial, en 2009. Nunca los represores fueron castigados ni los asesinatos investigados. Ya en esos años comenzaron a aparecer los primeros grupos armados de militantes chavistas.

Esta avanzada bonapartista quiso coronarse con la reforma constitucional que impulsó en 2007. El texto otorgaba poderes absolutos a Chávez: introducía la posibilidad de su reelección presidencial indefinida (mientras ese derecho le era negado a los gobernadores o alcaldes); le daba la facultad de modificar, según su parecer, la división político-administrativa del país, creando nuevos Estados o fusionando otros (muy útil para eliminar gobernadores molestos). Finalmente, otorgaba rango constitucional al control del régimen sobre el movimiento obrero (eliminando de hecho los sindicatos independientes y a sus dirigentes legítimos) a través de la creación de los llamados Consejos Laborales, tal como denunció en su momento el dirigente sindical Orlando Chirino (4).

La reforma fue rechazada por la mayoría de los votantes (fue la única derrota electoral del chavismo en vida de Chávez). Más allá de este traspié, desde 1999, el chavismo ya había ido construyendo un régimen de tipo bonapartista sui generis (categoría creada por Trotsky en la década de 1930 y que analizamos en otro artículo de esta revista).

Comienza la decadencia 

Hemos dicho que el modelo de acumulación capitalista semicolonial de Venezuela se basa en la renta petrolera, y que el chavismo profundizó esto. Su dinámica y su evolución, por lo tanto, deben analizarse con el marco de fondo de los precios internacionales del barril de petróleo (y, por lo tanto, con la fracción de la renta petrolera que queda en el país y en el Estado).

Entre 1999 y 2008, este precio siguió una dinámica ascendente constante pasando de algo menos de 25 dólares hasta tocar un pico de casi 140 dólares. No es casual que este período coincida con sus “años de oro”. La crisis económica internacional iniciada en 2007-2008 abrió un período de caída de su cotización (con algunas recuperaciones menores en el medio) hasta tocar un piso de 40 dólares en 2016. Tampoco es casual que empiece ahí su decadencia.

Con la abrupta caída de la renta petrolera, el PIB venezolano acumula una caída de cerca del 30% y esta crisis profunda del modelo rentista agudiza todas las contradicciones. Por un lado, hace mucho más duros los enfrentamientos de la boliburguesía con los otros sectores burgueses que quieren retomar el control del Estado para garantizar sus negocios.

Por el otro, como elemento fundamental, enfrenta al régimen con las masas a las que no solo no puede darles más concesiones sino que las condena a una existencia cada vez más miserable y, si protestan, la reprime con dureza. Por eso, estas rompen mayoritariamente con el chavismo y comienzan a movilizarse contra el gobierno de Maduro. El propio aparato político chavista empieza a desgajarse.

Este proceso puede haberse acelerado con la muerte de Chávez y la designación de Nicolás Maduro (con mucho menos prestigio y habilidad política) como su sucesor. Pero las bases del fracaso y las raíces de clase que lo originaron ya estaban en desarrollo: haber congelado la revolución y haberse limitado a un tímido proyecto burgués que no cambió nada de la estructura socioeconómica del país.

Esta ruptura de los trabajadores y las masas con el chavismo comenzó a expresarse en el ajustado triunfo de Maduro sobre Henrique Capriles (figura con que la oposición burguesa de derecha había renovado su cara), a finales de 2012. Y se expresó con mucha mayor claridad en las elecciones legislativas de 2015: los candidatos chavistas fueron derrotados por los de la MUD (la Mesa de Unidad Democrática) en una proporción de 2 a 1.

La farsa de la reciente elección para Asamblea Constituyente mostró que el gobierno de Maduro hoy solo tiene el apoyo de 20% de la población. El resto lo rechaza. Basado en esa minoría, el apoyo de la cúpula de las fuerzas armadas (íntimamente compenetradas con la boliburguesía) y en su control del aparato del Estado, el régimen va transformándose en una dictadura antidemocrática y represiva.

El gran problema es que el feo rostro de la realidad actual del chavismo, la decepción de grandes sectores de masas por la estafa que sufrieron sus esperanzas y sus luchas, y la desmoralización en que ha quedado la mayoría de la izquierda venezolana que lo apoyó, han hecho que sea la vieja derecha camuflada con nuevos rostros quien capitalice una parte importante de este descontento y que los trabajadores organizados todavía no entren claramente en escena. La responsabilidad de esta situación es del propio chavismo, no solo por la estafa que protagonizó sino porque, con su accionar represivo, le regaló a esa derecha las banderas de la defensa de las libertades democráticas.

En ese marco dificilísimo, es necesario insistir en una política para que sean los trabajadores y las masas con sus propias banderas, reclamos, organización y métodos, los que lleven adelante una gran lucha nacional para echar al gobierno de Maduro y el régimen bonapartista que construyó el chavismo. Solo así se podrán lograr libertades democráticas y solucionar los gravísimos problemas que los afectan (como el hambre y la miseria o la feroz represión). Es decir, avanzar en el camino de un gobierno obrero y popular que inicie la construcción del verdadero socialismo y no la farsa burguesa (hoy trágica) que llevó adelante el chavismo.

En Venezuela y en el mundo, es necesario también que las organizaciones que lo apoyaron honestamente, y los muchos activistas y trabajadores que simpatizaron con él realicen un balance profundo de este fracaso para no caer en nuevas frustraciones y derrotas.

Notas:

(1) Venezuela después de Chávez: un balance necesario, Alejandro Iturbe (Org.). San Pablo: Ediciones Marxismo Vivo, San Pablo, 2013.

(2) Para ver imágenes de todo el proceso y, en especial, la profunda diferencia entre la actitud del aparato chavista y la de las masas, recomendamos ver los videos “Golpe de Estado en Venezuela, abril 2002, llegada del Presidente Hugo Chávez, golpistas huyen” en: https://www.youtube.com/watch?v=ELU1U2e7oPk Y “La revolución no será televisada” en: https://www.youtube.com/watch?v=Cko8R2ZSEzE

(3)  Ver “Nuestro petróleo y otros cuentos” (cuya exhibición hoy está prohibida en el país) en http://www.soberania.org/Articulos/articulo_6072.htm, y el libro “Luta operária e participação popular na Venezuela: estudo sobre a resistência dos trabalhadores – O paro petroleiro de dezembro de 2002”, de Fernando Damasceno.

(4)  Esta batalla ocurrió el 9 y 10 de setiembre de 1859. Durante la Revolución Federal (1859-1863), Ezequiel Zamora dirigió un levantamiento de campesinos pobres y ex esclavos contra los hacendados y latifundistas. En la batalla, Zamora fingió huir para llevar a las tropas enemigas a un terreno más favorable para él, y allí los aniquiló.

(5)  Quienes tengan interés en conocer más sobre este tema, recomendamos leer el artículo “El carácter de la reforma propuesta por Chávez: ¿socialista o burguesa bonapartista? En: revista Marxismo Vivo n.° 16 (2008), o en el libro ya citado Venezuela después de Chávez…

Artículo publicado en la revista Correo Internacional n.° 18, octubre de 2017.