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La polémica entre Valério Arcary y Alejandro Iturbe en torno a la situación de Venezuela (los dos últimos artículos están aqui y aqui) permite una serie de reflexiones teóricas en torno a conceptos políticos fundamentales para el marxismo y, en particular, para el trotskismo. Mi intención es contribuir a esa discusión con nuevos elementos, asumiendo aquí una posición crítica a los argumentos presentados por Arcary.

Por: Pablo Biondi

En su último texto en el portal “Esquerda Online”, Arcary reitera su entendimiento de que: i) el gobierno Maduro sería “relativamente independiente” en el ámbito del sistema internacional de Estados; ii) la defensa de Maduro contra un golpe supuestamente orquestado por la oposición burguesa (y no por el propio gobierno) no sería una política campista; iii) el proceso político venezolano sería semejante a lo que pasó en el Brasil, en el sentido de un “golpe” aplicado por la oposición burguesa.

En lo que respecta al primer punto, el gran argumento de Arcary consiste en invocar la derrota militar del imperialismo estadounidense en Afganistán e Irak, lo que habría permitido un ablandamiento general del yugo sobre los países semicoloniales y dado oportunidad al surgimiento de gobiernos relativamente independientes en la periferia del capitalismo. Se ve aquí un argumento puramente formal: la derrota militar de un país imperialista habría creado condiciones para gobiernos políticamente soberanos en la esfera internacional. Y digo que se trata de un razonamiento formal porque él no articula la situación concreta de Venezuela con los hechos tenidos como determinantes.

Miremos los acontecimientos con la debida atención. Es verdad que las tropas estadounidenses pasaron por malos momentos en Irak. Tanto es así que frente a una resistencia popular superior a lo que se esperaba, los Estados Unidos tuvieron que apurar el retiro de sus efectivos militares del país. Ese retiro anticipado, por lo tanto, puede ser considerado como una desmoralización para el imperialismo estadounidense y como una victoria de las masas iraquíes. No obstante, esa victoria contra los Estados Unidos no alteró en nada la condición colonial iraquí, tampoco impidió la permanencia de gobiernos fantoches y de toda una estructura de Estado reconstruida por fuerzas externas a aquella nación.

Pues bien, si la desmoralización de los Estados Unidos en Irak no revirtió la posición de ese país en el sistema de Estados, con mucha mayor razón ella fue inocua en lo que respecta a Venezuela. El razonamiento de Arcary podría ser válido para las breves y excepcionales experiencias de revoluciones anticoloniales que generaron gobiernos independientes. Pero esa independencia política fue siempre efímera, pues ella solo podría consolidarse por medio de una ruptura con el imperialismo y con el propio capitalismo, cosa que las burguesías coloniales jamás podrían admitir.

Para la tradición trotskista, es inconcebible esperar que las burguesías coloniales y sus gobiernos nutran reales aspiraciones de independencia de cara al imperialismo. Al contrario de la dupla Stalin-Bujarin, Trotsky nunca tomó en serio el alegado nacionalismo del Kuomintang chino. El fundador de la IV Internacional percibió desde temprano que el nacionalismo burgués en China jamás se dispuso a romper con la dominación imperialista. El máximo de su osadía fue apartarse de cierta potencia imperialista para apoyarse en una potencia imperialista rival.

En el caso de Venezuela, la tesis de Trotsky se confirma de modo pleno. El chavismo nunca fue una amenaza real para el imperialismo de los EEUU, ni desde el punto de vista del abastecimiento de petróleo ni desde el punto de vista de la seguridad de los negocios norteamericanos en el país. Si los EEUU siempre prefirieron la oposición burguesa fue solo por saber que no podrían contar perpetuamente con los servicios de un régimen bonapartista que, como tal, está condenado a la inestabilidad, por más que pueda lograr alguna estabilización en dadas coyunturas. Y si el chavismo entró en conflicto con Washington en algunos instantes, fue mucho más en el ámbito del discurso que en el ámbito de la política y de los intereses económicos. Chávez y su sucesor nunca ahorraron críticas (ni teatralidad en el modo de presentarlas) al gobierno estadounidense (salvo en la era Obama), pero sus discursos inflamados eran –y todavía son– vacíos de sentido, por el respeto reverencial de la política económica chavista en relación con las multinacionales estadounidenses, europeas y japonesas.

Y, más allá de respetar esas empresas, el chavismo profundizó el carácter colonial de la economía venezolana. Estamos hablando de un país cuya economía está casi enteramente dedicada a una única actividad productiva. Hubo un recrudecimiento brutal de la dependencia de Venezuela frente al imperialismo. En la división internacional del trabajo, ese país se reduce a la condición de exportador de una única commodity. Si el pueblo venezolano es rehén de las oscilaciones en el precio internacional del petróleo, eso se debe en gran parte a la complicidad de Chávez y Maduro con ese modelo económico. Fue ese el proyecto de país conscientemente abrazado por la ultra parasitaria boliburguesía venezolana, que tiene en el chavismo su mayor expresión de cúpula. Siendo así, ¿cómo podría un gobierno de ese tipo dar pasos largos en el camino de la colonización y, al mismo tiempo, ser “relativamente independiente” en el plano político?

Arcary compara Venezuela con Cuba, Rusia y China –y aquí él se mueve del ámbito del gobierno para el del Estado con bastante discreción. Si evita el alarde, es para ocultar la circunstancia desfavorable, para su tesis, de que la existencia de gobiernos independientes al frente de Estados subsirvientes solo puede ser pensada como una hipótesis absurda. Pero ignoremos, por ahora, esa maniobra sutil. Hagamos el juego que nos es propuesto. ¿Sería posible comparar la posición de Rusia, de China y de Cuba con la posición de Venezuela en el sistema de Estados? En el caso de los dos primeros, la insuficiencia económica es mucho menor, aun cuando ella no deshaga el carácter semicolonial de esos países. Lo que los pone en destaque en el ámbito geopolítico es su poder militar desproporcional a su poder económico. Esa desproporción, ciertamente, genera inconvenientes para el imperialismo, pero no compromete en nada su supremacía económica sobre esas naciones. La enorme fuerza militar rusa hizo la diferencia en Ucrania y en Siria, lo que no impidió que la Unión Europea, con sus sanciones y sus ventajas monopolistas, demostrase a Putin que en el orden capitalista internacional todo el poder emana del capital (y no meramente de las armas).

No obstante, la Venezuela de Maduro está muy distante de la Rusia y de la China contemporáneas, sea desde el punto de vista económico, sea desde el militar. Está más próxima de Cuba, pero nunca está demás recordar que la tierra del castrismo solo respiró aires de relativa independencia frente al imperialismo cuando se consagró como un satélite del Estado soviético. Y si ese Estado ya no existe –Arcary y su organización saben de eso mejor que cualquier persona–, entonces no hay ningún factor político que pueda mínimamente contrabalancear la grave dependencia económica cubana. De ahí la proximidad actual con la localización política venezolana. Luego, si ni siquiera Rusia y China pueden decirse libres del poderío económico imperialista en torno al cual nuestro mundo orbita, con mucha más razón se puede rechazar esa posibilidad para Venezuela.

Solo podemos concluir por la actualidad de los postulados elementales de Trotsky sobre la Teoría de la Revolución Permanente aplicada a los países coloniales: la lucha por su independencia económica y política frente al imperialismo solo se puede dar con la movilización revolucionaria del proletariado en un proceso que, en su dinámica, solo puede ser llevado hasta el fin con la expropiación de la burguesía y con la dictadura del proletariado. Con el chavismo, tenemos lo opuesto: la dominación imperialista asociada a la boliburguesía chavista y la represión despótica contra las masas, lo que se verifica tanto por el control burocrático sobre el movimiento sindical venezolano como por la auténtica concentración bonapartista de poderes.

El segundo punto de la argumentación de Arcary es una defensa contra la acusación de campismo. Para el autor, habría una amenaza inminente de intervención imperialista a partir de Trump para derrocar a Maduro y para apoyar a la MUD, identificada como dirección de las movilizaciones de calle. Y él también afirma que el triunfo de la oposición burguesa llevaría a un gobierno “mucho peor” que el gobierno de Temer en el Brasil, el cual, por su parte, sería también mucho peor que la gestión de Dilma. Defender la igualdad objetiva entre los gobiernos sería una “fórmula semianarquista” según la cual todos los gobiernos burgueses son igualmente reaccionarios.

Es en esos términos que Arcary niega la adhesión a una visión campista. Cosa notable: es como si un individuo nos describiese a una animal de cuatro patas que ladra, jurándonos, en el instante siguiente, que no se trata de un perro. Confiado, él pretende que la presunción de su palabra derogue la validez de los hechos objetivos. Es realmente curioso que alguien quiera recubrir una performance lambertista con una declaración oficial de morenismo.

El análisis de Arcary es a tal punto campista que él anticipa en el plano fáctico un movimiento que Trump no hizo y difícilmente hará, hasta porque la entidad llamada Estados Unidos de América, en su funcionamiento cotidiano depende de otros factores además de los impulsos del individuo que ocupa su presidencia, siendo que un análisis serio demostrará que esos impulsos son lo que menos importa en la determinación concreta de la política del país. La MUD no puede ser vista, en esa visión, como mera oposición burguesa local. Hay una necesidad campista de imaginarla como una prolongación directa del imperialismo para justificar la mantención de Maduro en el poder.

Tanto es así que Arcary dice expresamente que hay gobiernos burgueses que son peores que otros, sugiriendo que no debemos posicionarnos igualmente contra los campos que puedan encabezarlos, y nos los dice con una formulación bastante abarcadora. Ora, si eso no es campismo, entonces es difícil imaginar qué lo sea. Vale recordar, incluso, que estamos hablando de un concepto introducido por Nahuel Moreno, el cual fue bastante enfático al sostener, en su obra “La traición de la OCI”, que no solo no podemos considerar ciertos gobiernos como progresistas en relación a los otros dichos de “derecha”, como tampoco podemos siquiera reivindicar algunas de sus medidas supuestamente progresistas.

Moreno propone la máxima independencia de clase frente a todos los gobiernos burgueses, lo que significa que es preciso rechazar a todos con la misma intensidad, so pena de capitular a uno de ellos. No puede haber, para los revolucionarios, la preferencia por tal o cual gobierno de turno. Lo mismo no puede decirse ya sobre la cuestión de régimen, y es imposible que Arcary desconozca la diferencia entre gobiernos y regímenes, de lo que solo podemos concluir que su omisión sobre ella es deliberada.

Me explico. Es verdad que los revolucionarios, en tanto conspiradores, actúan contra el Estado burgués cualquiera sea el régimen bajo el cual este se presente. Todavía, y pensando justamente en las posibilidades de organización del proletariado para destruir ese Estado, Lenin indicó que la lucha revolucionaria no debe ser indiferente en cuanto a la cuestión de régimen. Pues, si hay más represión (y ella siempre existirá bajo las formas políticas del capital), disminuyen las capacidades organizativas de los trabajadores. En ese sentido, la “república democrática” (o democracia liberal) es preferible a una dictadura abierta, pero solo y tan solamente para que sean mitigados los obstáculos en la lucha contra el propio aparato estatal y la sociedad por él abrigada. Se torna justificable, así, una unidad de acción más amplia en defensa dela libertades de las masas.

No se puede decir lo mismo con relación a los gobiernos. El cambio de un gobierno tenido por más “a la izquierda” para otro más “a la derecha”, considerándose apenas la plataforma programática de ellos, no justifica, de manera alguna, el apoyo de un campo por sobre el otro. Sugerir lo contrario es bandear para los lados del frentepopulismo más rastrero e indigente, incapaz de presentar a la clase trabajadora algo mejor que la opción por aquello que se considera “menos peor”.

El problema que se plantea para Venezuela, como para cualquier otro país, no es si tendremos un gobierno peor o mejor con X o Y, sino cómo organizar al proletariado para, en mejores condiciones, movilizarse y tirar por tierra a la burguesía y sus variados representantes. Fue por ese criterio que Trotsky no capituló a Blum en los años de 1930. Fue por ese mismo criterio que Moreno no capituló a Mitterrand en los años de 1980. En ningún caso se pretendió escoger el alegado “mal menor”. Trotsky y Moreno, según los parámetros de Arcary, probablemente habrían trabajado con una “fórmula semianarquista” que igualaba a todos los gobiernos como reaccionarios.

Arcary tiene todo el derecho de discordar de Trotsky y de Moreno, pero no es correcto que los reivindique en abstracto para defender posiciones opuestas. Pues su política para Venezuela es tan campista como su política para el Brasil y el Paraguay. Le parece más cómodo ignorar los lazos de continuidad entre los gobiernos que se sucedieron e imaginar una voltereta brutal en la pauta política y económica de esos países. Sin embargo, tratándose de Venezuela, la defensa del campo de Maduro es mucho más problemática: si ella no justifica inmediatamente el endurecimiento de la violencia estatal, al menos crea una expectativa en ese sentido. Al final, si él dice que hay un golpe promovido por la oposición burguesa y por el imperialismo, ¿no se debería exigir que el gobierno venezolano reprimiese a las fuerzas golpistas? Esa es la consecuencia lógica que cabe, y también ahí fracasa la justificativa del autor. Valério Arcary está contra la tentativa de “golpe” por la MUD y contra las respuestas policiacas de Maduro. ¿Estaría proponiendo una resistencia más amena al golpismo imperialista? Tal inconsistencia deriva, como demostraré a seguir, del menosprecio por las determinaciones políticas del régimen venezolano.

La extrema superficialidad con que Arcary encara los elementos políticos ligados a los regímenes es detectable en varios momentos de su elaboración, pero ella aparece de modo más nítido en sus apreciaciones sobre lo que entiende por “golpes”. El historiador llega a afirmar, para tener una idea, que vivimos en una etapa en la cual los golpes proimperialistas no precisarían recurrir a las fuerzas armadas, bastando apenas una dada movida institucional considerada ilegítima o ilegal (es lo que se puede inferir). Pero enseguida después, él confunde el movimiento golpista, la ruptura institucional, con el contenido de las políticas aplicadas por el nuevo gobierno. Así, si un gobierno promueve una serie de contrarreformas neoliberales, este pasaría a tener cierto carácter golpista, tal vez por el simple hecho de haber degradado más la vida de los trabajadores. Vale recordar que fue ese tipo de argumento apelativo que llevó a ciertos sectores de la izquierda a la tesis delirante de que el propio PT sería parte del “golpe” en el Brasil, ya que también habría actuado en pro del ajuste fiscal.

Véase que, en la perspectiva de Arcary, los golpes son una constante en la vida política y social de las poblaciones. Si la implementación de políticas neoliberales puede ser tratada como golpismo, entonces esa práctica impregna todas las naciones capitalistas, en mayor o menor medida, desde las últimas décadas del siglo XX hasta el presente. Como mínimo, es una visión ingenua sobre el capitalismo, porque este sistema no precisa recurrir a golpes para intensificar el nivel de explotación del proletariado. Esa intensificación corresponde a la propia dinámica del capital, al sentido de su movimiento y de su existencia.

Es preciso que se comprenda de forma más rigurosa, por lo tanto, lo que son los golpes de Estado. Si Arcary los ve en todas partes, deberá proponer, también en todas partes, una serie de medidas que, en condiciones diferentes, serían inoportunas. La apelación a una amplia unidad, siendo reiterado como una regla general, se transforma en aquello que pasa con la mayoría de las organizaciones que reivindican el marxismo: una completa negligencia con el horizonte estratégico de construcción de un partido revolucionario, y que se manifiesta como un impulso en dirección a una zona amorfa de “unidad de la izquierda”, ese mantra obsesivo, esa noche en que la que todos los gatos son pardos (¡y lo son al fin de cuentas!), en que las diferencias más significativas se disuelven para evitar los “sectarismos” y las “autoproclamaciones” de aquellos que denuncian al reformismo.

Para discutir qué son los golpes de Estado, cabe entender la mecánica de los regímenes, justamente uno de los puntos ignorados por Arcary. Este autor sobrevuela el tema de los regímenes políticos a una altitud tan elevada que no le permite visualizar las diferencias entre el Brasil y Venezuela. Desde su distante punto de observación, la acumulación bonapartista de prerrogativas en el Poder Ejecutivo, subordinando al Legislativo y al Judicial, no es diferente del modelo democrático-liberal basado en la primacía del parlamento, aunque en última instancia (como en el presidencialismo). Tal vez él diga lo mismo sobre el férreo control autocrático sobre el sindicalismo del país. Y también debe sonar bastante “liberal” el uso expreso de municiones letales contra manifestantes en tierras venezolanas, así como las relaciones promiscuas entre las fuerzas armadas, la boliburguesía y el aparato del Estado.

Sabemos que la burguesía brasileña es diplomada en promiscuidad, pero en lo que concierne a la participación de las fuerzas armadas, ella es, como mínimo, más discreta. Ya en Venezuela, tenemos una camada de altos oficiales que se tornaron empresarios en función de sus relaciones con el gobierno. Se formó una casta burocrático-militar fuertemente “aburguesada” que representa el brazo armado de la boliburguesía, constituyendo hoy el único pilar de sustentación de ese bonapartismo putrefacto. Y ese bonapartismo, en tanto régimen político determinado, consiste en una forma de organizar el funcionamiento institucional del poder de Estado sensiblemente distinto de aquel propiciado por la democracia burguesa. Porque la democracia burguesa depende del parlamento como una arena política de negociación y confrontación entre las fracciones del capital, cosa que no se consigue verificar en el régimen bonapartista; de ahí la exigencia de un liderazgo que, posicionándose por encima de las clases dominantes, promueva la gobernabilidad que ellas mismas no consiguieron promover.

Es precisamente ahí que reside el recrudecimiento del despotismo político estatal. Es en esa dinámica que se encuentra el verdadero golpismo. Ora, Arcary ignora todos esos factores, y compara el embate PT vs. PMDB/PSDB con el embate Maduro vs. MUD. La única cosa que hay en común en esos embates es una polarización que esconde los reales intereses de la clase trabajadora, y que, en su superficie, se sirve de representaciones dichas de “izquierda” o de “derecha”. En una palabra: campismo.

Se observa que la visión de Arcary ignora con tanta naturalidad la diferencia entre un régimen democrático-burgués y un régimen bonapartista que le causa extrañeza la comparación de la Venezuela de Maduro con la Argentina de Videla. En efecto, el bonapartismo venezolano se expresa más en la preponderancia exacerbada del Ejecutivo sobre el Legislativo, mientras que las dictaduras militares latinoamericanas se marcaron más por la consolidación de una camada militar tutora del conjunto de las instituciones.

En el arreglo institucional (y, pues, en la organización del poder) hay diferencias a ser consideradas. Mientras tanto, en aquello que se refiere a las libertades de las masas, el numen autoritario es semejante. Tendencialmente, una dictadura militar es más represiva que un régimen bonapartista, pero un régimen de este tipo está más próximo de una dictadura que de una democracia liberal, en que las fuerzas parlamentarias burguesas sustituyen la figura del Bonaparte o de la administración militar. No hay nada de esdrújulo, así, en la comparación entre Maduro/Venezuela y Videla/Argentina, sobre todo porque Maduro acentúa cada vez más el aspecto represivo-militar del Estado, y porque sus dignatarios más leales son los generales que él ayudó a convertir en burgueses.

Por todo lo expuesto, se percibe que las posiciones sostenidas por Arcary para justificar su localización dentro del “campo político-militar” del gobierno Maduro no consideran en absoluto el autoritarismo bonapartista del régimen y el perfil proimperialista del propio gobierno. Su narrativa sobre Venezuela apunta hacia un falso enfrentamiento entre una derecha entreguista, golpista e inmediatamente vinculada al imperialismo y una izquierda nacionalista, al menos celosa por la independencia del país.

Peor que eso, [su posición] está basada en el uso abusivo e indiscriminado de la noción de golpe de Estado. Pero seamos justos: Valério Arcary no es del todo indiscriminado en el uso de este concepto. Él también sabe ser selectivo. No por casualidad, toma el impeachment en el Brasil como un golpe pero posee un juicio infinitamente más complaciente acerca de las acciones del gobierno venezolano contra todo el parlamento. Por cierto, nadie llegaría a un resultado tan inconsistente como ese en el plano del análisis sin una buena dosis de selectividad campista.

Traducción: Natalia Estrada.