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Derrota de la derecha, rechazo al plan neoliberal y al régimen.

Derrota de la derecha, rechazo al plan neoliberal y al régimen político

Así resumimos los resultados electorales de las elecciones del 9 de abril: Una derrota contundente de la derecha y su pretensión de continuar y endurecer aún más la aplicación de su plan neoliberal al servicio de las multinacionales, derrota reflejada en la ínfima votación de su candidata Lourdes Flores. Y un sólido clamor de los trabajadores y del pueblo, por un cambio profundo en la política económica y en el sistema político, destinados a satisfacer sus principales necesidades de empleo, salario y derechos sociales. 

Cuando los ricos también lloran

Lourdes Flores corrió peor suerte que el escritor Mario Vargas Llosa, el otro caballo de Troya de la burguesía y el imperialismo en las elecciones del 90. Luego de encabezar las «encuestas» por varios meses, con una campaña llena de publicidad y con cobertura de todos los medios bajo control de la burguesía, muestras de opulencia  y absoluta seguridad de triunfo sobre el resto de sus contendores, la candidata de la derecha tradicional  ha obtenido apenas un 20% del total de votos y ha elegido a 15 de las 120 bancas en el parlamento (*). Estas horas la soberbia de Lourdes Flores se inclina ante el conteo de votos, donde regatea uno a uno implorando al Supremo, la posibilidad de pasar a la segunda vuelta electoral.

Cuando hablamos de la derrota de la mensajera de la gran burguesía y del imperialismo no es una cosa menor. En 15 años se aplicaron reformas neoliberales que desnacionalizaron nuestra economía, se privatizó casi todo, se entregó a las multinacionales nuestros grandes recursos naturales (gas, petróleo, minería), se endeudó más al país y se impuso condiciones de superexplotación sobre la clase obrera. Este nuevo modelo de acumulación exhibe por un lado una gran bonanza económica de la que usufructúan las multinacionales, la burguesía asociada a ella y la alta tecnocracia, en tanto el 52% de la población vive en condiciones de pobreza y pobreza extrema, el 75% sufre desempleo o subempleo crónicos, el 60% vive en la informalidad, el 70% carece de jubilación; porcentajes que llegan a ser más escalofriantes en las regiones andinas y selváticas del país, donde literalmente no «chorrea» nada.

El imperialismo y la gran burguesía pretenden reforzar este modelo con una segunda ola de reformas, siempre con la misma cantaleta de modernidad y una prosperidad futura que ya nadie cree. Ahora se trata de la concreción del TLC con los EE.UU. (que llevará a la completa ruina de nuestra empobrecida agricultura, entre otras calamidades), la privatización de las empresas que quedan (Sedapal, Puertos, Aeropuertos), la privatización de la salud y la educación, el achicamiento del Estado despidiendo más trabajadores, la profesionalización del aparato represivo (Policía y FF.AA). Todo con el objetivo de insertarnos con zapato y todo en los mercados internacionales como presa de las multinacionales y los estados imperialistas. Lourdes Flores, la mensajera de este plan, ha sido derrotada de manera abrumadora.

Pero igualmente ha sido derrotado el oficialismo que mantuvo la rigurosa continuidad del plan neoliberal durante estos cinco años, traicionando su compromiso de cambio con el que fuera  elegido Toledo. Los trabajadores y el pueblo le respondieron con grandes luchas que en varias oportunidades y lo colocaron al borde de la derrota, pero en las urnas le pasaron la factura definitiva: Perú Posible, el partido de Toledo, pese a la multimillonaria campaña que realizó y al apoyo del Estado, hoy lucha voto a voto su existencia política, y su aliado, el FIM, del mafioso Fernando Olivera, simplemente fue sepultado.

Se derrotó la campaña demoledora de la derecha con clases de civismo

Pero aquí quizá lo más importante no sólo sea la derrota de la derecha sino el desmoronamiento de todo su tinglado político y electoral con infamia incluido, puesto al servicio de su plan continuista. Lourdes Flores sabía que los votos de la burguesía y de las clases medias acomodadas de Lima y las principales ciudades del país que son su base social más inmediata, no le eran suficientes para ganar las elecciones. Necesitaba el voto de los obreros, campesinos y de los pobladores de los grandes barrios de Lima y del interior. Con este fin, mismo caballo de Troya, barnizó su lista sustituyendo a sus personajes más quemados por otros menos conocidos, y el hombre que la banca (el poderoso don dinero) puso en su plancha, Ronald Woodman, prácticamente fue encerrado en un closet durante toda la campaña. Ella misma subió y bajo cerros, comió la comida de los pobres, vistió su indumentaria, bailó folclore, visitó cuanta provincia pudo y explotó su condición de mujer con mensajes dirigidas a las mujeres del pueblo que cargan con las miserias y pobrezas de sus hogares. ¿Candidata de los ricos? No, que va, es una gran calumnia, respondía con enojo la candidata. Aprendiendo la experiencia fallida del laureado escritor que el 90 dijo que aplicaría el shock económico y por eso perdió, ella mintió a diestra y siniestra prometiendo el cielo a los más necesitados: 650 mil empleos por año, cambio del modelo económico para ponerlo «al servicio de los pobres», tronaba con más fuerza tanto como caían sus intenciones de voto en las encuestas. Por arriba, por supuesto, risotadas. Para ellos la política se ha hecho para mentir.

Para el capital las leyes del mercado son las de la selva. En política también. Su moral son la de la ganancia, y ganancia es controlar el poder como sea. Para ello, y usando todo lo que tiene a su servicio y en particular los medios de prensa, impulsó una estrategia orientada a demoler a la principal candidatura que amplios sectores populares habían hecho suya: Ollanta Humala. Se husmeó sobre todos los aspectos de su vida, incluso su pase por las FF.AA. donde (al igual que tantos otros oficiales de mayor graduación de quienes no se dice nada porque no son candidatos) violó los derechos humanos, se aprovechó al máximo las declaraciones xenófobas y homofóbicas de sus familiares, se explotó la fragilidad de su entorno político armado al última hora con toda laya de oportunistas. La guerra sucia  explotó al máximo sus propias culpas y pecados, e inventó mucho más. El objetivo era presentarlo como el demonio que ahuyentaría las inversiones, impondría una dictadura, fusilaría homosexuales, eliminaría la libertad de prensa, en fin acabaría con la sacrosanta «democracia». Ollanta no tuvo capacidad de responder a semejante campaña.

Todos sintonizaron con el plan: los candidatos «democráticos», el APRA, AP, hasta algunos pequeños candidatos de «izquierda» reformista. Se sacó del armario lo último de su cartelera: Vargas Llosa y el mismo cardenal Cipriani salieron a llamar al voto por la democracia y contra el violentismo. Alejandro Toledo, que no tenía vela en este entierro, mostró toda su miseria humana cuando en el último minuto, en plena veda electoral, hizo un llamado clamoroso en el mismo sentido, como si alguien todavía lo escuchara. Al mismo carro se subieron todo el espectro de los intelectuales pequeñoburguéses y de otros de dudoso renombre, para advertir que el voto por Humala era «un salto al vacío», un voto inconsciente, irreflexivo, es decir de ignorantes, y llamaron insistentemente a un voto «informado», «conciente», «reflexivo» y civilizado. Clases de moral y civismo de los pudientes.

La campaña alcanzó cierto impacto: logró exacerbar el odio en los sectores altos, y en los sectores medios e incluso de trabajadores sembró la confusión. La exacerbación de los ánimos en los sectores altos mostró sus garras el mismo día de las elecciones: una masa de elementos de clase media acomodada atacaron violentamente al candidato Ollanta Humala cuando éste se aprestaba a votar en un centro de votación ubicado en una zona casi exclusiva de la gran Lima. Por supuesto, esto no impidió que Lourdes y Alan, lavándose las manos, después de azuzar el fuego inmediatamente reclamaran por el respeto y la «tolerancia».

Pero ni el disfraz ni la mentira, ni el poder del dinero y de los medios de comunicación, ni las lecciones de moralidad y civismo burgueses democracia dictadas a última hora, nada impidió que el pueblo se manifestara clara y tajantemente contra el modelo económico neoliberal y contra el sistema político que lo sostiene. Salvo las zonas conservadoras de Lima y Callao (donde habitan la mayoría de los que se benefician del plan y del «chorreo»), que votaron por Lourdes Flores, la gran mayoría de los distritos pobres de la capital y casi todo el interior del país votaron de manera abrumadora demandando el cambio. 

Este voto se expresó, pese a todo, en el sólido 25 % de los votos emitidos a favor de Humala a nivel nacional, voto que en las zonas más pobres de Lima, en todo el interior del país y en particular el sur (Cusco, Ayacucho, Puno, Apurimac, Huancavelica, Arequipa, Tacna), fue bastante contundente. De manera distorsionada se expresó también en el voto de un gran sector de clase media empobrecida, agricultores y de la clase trabajadora, a favor de Alan García, que logró capitalizar el descontento con el modelo, pero de los que desconfían de Humala o fueron impactados por la campaña en su contra.

Tan contundente es el resultado que detrás del resultado electoral todos los analistas burgueses descubren ahora una alarmante «fractura social», es decir la existencia de un gran sector del país miserable y pobre, que no escucha ni cree en sus instituciones ni en su política, y que exige y lucha por cambios reales. De acá sacan la conclusión de que se hace preciso concertar fuerzas, entablar diálogos e introducir algunos cambios para hacer gobernable al país. ¿Estarán a tiempo para poner el parche?

El fenómeno Ollanta Humala

La búsqueda del cambio vino expresado principalmente por el masivo vuelco de los sectores populares,  campesinos y obreros hacia la candidatura de Ollanta Humala y su organización el Partido Nacionalista. Humala es un oficial en retiro que tenía el mérito de haberse alzarse en armas contra Fujimori, y se benefició de la rebelión de su hermano Antauro Humala contra Toledo, en enero del año pasado. Humala elaboró un discurso dirigido a atacar al sistema político (el parlamento, los partidos burgueses y demás instituciones) que las masas identifican como corruptos y culpables de su miseria y abandono, y a reivindicar, contra la política neoliberal, «el nacionalismo».

Humala en todo momento ha pretendido haber logrado lo que nadie ha alcanzado hasta hoy: constituir un movimiento con una masiva adhesión en todo el país, sobre de los más pobres, en apenas ocho meses. La verdad es que no estamos ante ningún gran fenómeno. Estamos ante una mayoría obrera, campesina y popular que hace años viene enfrentando en las calles al plan neoliberal y a los que lo aplican. Esta mayoría nacional no tiene una alternativa electoral propia por el fracaso de la izquierda reformista. Esta izquierda dirige sus principales organizaciones, pero de manera burocrática y con una política de colaboración con el gobierno y de adaptación al sistema político. Tal es el repudio de las bases a esta clase de dirigentes que sus candidaturas (Javier Diez Canseco y el MNI que postularon, entre otros burócratas, al máximo dirigente de la CGTP), han obtenido una vergonzante cantidad de votos que equivale a un verdadero castigo.

Ollanta Humala, desde el lugar que tenía ganado, ocupó este amplio espacio de las mayorías necesitadas de alternativas, y éstas se apoderaron de su candidatura como una esperanza y posibilidad de cambio, frente a la amenaza de continuismo de los otros partidos y candidatos identificados con el poder.  La burguesía puso su parte para el encumbramiento de Humala. Su ataque sistemático contra él y las denuncias de su «nacionalismo» y apego al presidente Chávez, en los mismos términos insultantes con que atacan las luchas y reclamos del pueblo, unificó e identificó a un gran sector de oprimidos y explotados en torno al movimiento humalista.

El apoyo a la candidatura de Humala se extendió como reguero de pólvora. Obreros, campesinos la gente de a pié de los barrios y del campo encontraron en él la expresión de su protesta. Los ataques de presuntos fusilamientos y «autoritarismo» no cayeron mal en amplios sectores que creen que éstas son medidas necesarias para poner orden y poner fin a la gigantesca corrupción del Estado. El mismo fujimorismo se beneficia de esta creencia y un amplio sector, pese a su carácter dictatorial y mafioso, reivindica de él sus obras asistenciales y populistas, por ello también le generoso con su voto en estas elecciones (9% del total de votos). Estamos, evidentemente, ante el fracaso absoluto de la «democracia» de los ricos. Pero las masas no reivindican un proyecto dictatorial sino buscan medidas radicales para salir de su situación, y ante la carencia de alternativas democráticas y autoorganizadas depositan ilusiones en un salvador, con ilusiones nutridas de su propia herencia cultural.

El vuelco fue abrumador. Las más conservadoras encuestas colocaban a Humala con un promedio de 40% de intención de voto. Por eso se desata la furibunda campaña sucia de la burguesía, sus partidos y voceros. Cuando Humala dijo que podía ganar en primera vuelta estaba diciendo la verdad. Evo Morales había logrado esa hazaña en Bolivia.

Humala: un candidato de los pobres asociado a burgueses

Pero Humala no es Evo Morales. El líder boliviano es dirigente campesino con una larga trayectoria de lucha, y su partido, el MAS, es un movimiento de izquierda basado en organizaciones campesinas y populares. Humala en cambio ha sido un alto oficial de las FF.AA. que ha fundado un partido burgués rejuntando a personajes de toda calaña. Humala ni siquiera hizo lo de Lucio Gutiérrez en Ecuador, que constituyó un frente con las organizaciones campesinas, indígenas y partidos de izquierda, lo que le permitió salir elegido. Humala simplemente rechazó todo tipo de acercamiento con las organizaciones de izquierda y en su lugar estableció acuerdos con sectores de la burguesía, que son los que financian su campaña.
Humala está lejos de ser el candidato de los pobres como lo pueden mostrarlo sus grandes locales ubicados en las zonas más exclusivas de la gran Lima (San Isidro, Miraflores), la presencia en su entorno de Isaac Merkel, representante de grupos empresariales vinculados a la pesca, de Leopoldo Lerner denunciado por sostener turbios negocios con los gobierno de Fujimori y de Toledo, de Gonzalo García funcionario de Toledo en el Banco Central de Reserva, de Torres Caro, ex fiscal al servicio de Blanca Nélida Colán, y de altos oficiales con vínculos inocultables con el montesinismo. A todos ellos se han sumado algunos fracasados ex izquierdistas.

No son precisamente dirigentes campesinos y obreros, o luchadores populares los que están en el entorno de Humala. Ellos son los que realizan la campaña, buscan el voto y ponen el pecho en las movilizaciones. Coherente con los sectores sociales a los cuales se ha aliado Humala levanta un programa absolutamente anodino y gaseoso que no expresa una alternativa clara frente al programa de la derecha y del APRA. No plantea No Pagar la Fraudulenta Deuda Externa, No firmar el TLC, la nacionalización de los recursos naturales y de las multinacionales que saquean nuestro país, la restitución de los derechos laborales, la defensa de las empresas públicas, la plena gratuidad de la salud y de la educación. Sin estas medidas es imposible postular una verdadera alternativa obrera y popular.

Habla de «nacionalización» pero vaciado de contenido, es decir no se trata de expropiar a las multinacionales que saquean nuestros recursos sino de que «se pongan al servicio del país» (?). Plantea renegociar los contratos con dichas empresas a fin de que dejen algo de las suculentas ganancias, pero a cambio de que sigan operando. No rechaza el TLC sino plantea negociar otro. Plantea también «refundar la República» mediante una Asamblea Constituyente, pero la única república que puede refundar una Asamblea Constituyente es esta misma república burguesa. Rechaza al neoliberalismo, pero dice que mantendrá la misma política macroeconómica, que es la base en la que se sustenta. Algunos quieren identificar al proyecto de Humala con el de Chávez. Pero es casi imposible, porque el venezolano nada en petrodólares, en cambio Humala no tiene de donde agarrarse porque las arcas del Estado han sido saqueadas.

Los planteamientos de Humala cuestionan al modelo ultraneoliberal que las masas repudian, pero sus alternativas se quedan en medio camino y es más discursivo, reflejando que sus verdaderos intereses no apuntan a favorecer a los obreros y campesinos, sino a los sectores de la burguesía afectados por el expolio imperialista, muchos de los cuales son parasitarios.

De otra parte, el candidato se presentó como el candidato contra el «sistema» y para ello no se cansó en  exhibir su condición de militar capaz de poner orden y combatir la corrupción, en una suerte de reedición de Sánchez Cerro o Velasco Alvarado, o del presidente Chávez. Se le enrostró su actuación genocida en la guerra contrasubversiva y sin embargo, ni se inmutó. Este estilo no necesariamente causa rechazo sino al contrario despierta cierta simpatía en sectores populares y del campo, pero no así en otros sectores obreros, juveniles y de clase media que vivieron la experiencia de la lucha contra la dictadura. Entregar el poder a Humala, aliado a sectores burgueses y con respaldo de las FF.AA., equivale a jugar a la ruleta rusa.

Humala pierde votos, Alan García y el APRA resucitan

Sobre este estilo político alentado por Humala se montó la campaña de la derecha para inducir miedo. Pero su plan no logró engordar con votos a la candidatura de Lourdes. Al contrario, creo el perfecto escenario que permitió el retorno de Alan García y su partido, el APRA, ambos ya casi en el olvido en medio de la crisis general de la institucionalidad burguesa y de sus propios pecados.

La polarización de la campaña alentada por la derecha logró restarle votos a Humala y a la favorita Lourdes Flores, y alimentó el centro político donde se colocó hábilmente García. De un estimado de votos superior al 40% en su mejor momento Humala  cayó al 25%. Lo mismo ocurrió con Lourdes Flores que cayó sostenidamente hasta el mismo día del voto. Hasta pocos semanas antes de las elecciones García no superaba el 10% y un amplio porcentaje entorno al 30% votaba viciado, en blanco o simplemente no opinaba mostrando que ninguna de las candidaturas convencía a un gran sector. Alan y el APRA con cerca de 80 años de experiencia política interpretaron bien este escenario, y salieron con un mensaje dirigido a hacerse un espacio exigiendo cambios en la política económica: se la agarraron contra la «candidata de los banqueros», desempolvaron su discurso populista contra las services, su reclamo de la jornada de 8 horas, su  demanda de libre desafiliación de las AFPs, el crédito agrario, etc. Y atacaron virulentamente a Humala en los mismos términos de la derecha, desdibujando su propuesta «nacionalista», postulándose como una opción de «cambio en democracia».

El partido que hundió al país a fines de los 80, que produjo la masacre de los penales (300 muertos), cuyas bandas paramilitares asesinaron al dirigente minero Saúl Cantoral, que fue tan corrupto como el gobierno de Fujimori y que estos años ha sido un soporte fundamental del gobierno de Toledo, razón por la cual tiene fuertes resistencias en amplios sectores, salió así de su estado de postración para erigirse, con 20% de los votos, en una opción de «mal menor» para un sector de obreros, campesinos y clases medias empobrecidas aterrorizadas por la amenaza de dos extremos encarnados por Lourdes y Humala. Hoy Alan García y el APRA disputan con mucha opción su pase a la segunda vuelta, y hasta pueden ganar el gobierno, circunstancia que no estaba en los cálculos ni de los pitonisos.

De este modo, si bien en las urnas se expresó un rechazo contundente al modelo neoliberal de la derecha, no surgió un claro ganador con un proyecto que entusiasme y le de perspectivas a las mayorías obreras y populares. El resultado electoral en particular representa también un golpe para Humala que vio restada sus posibilidades de consolidarse como una opción popular. El hecho lo celebran hasta la banca de inversión (Merry Linch, BP Morgan) y la Bolsa, cuyos indicadores están al alza, porque tienen la confianza que en la segunda vuelta Lourdes o Alan vencerán a Humala.

No obstante no tienen mucho que celebrar. Todos tienen minoría relativa en el Congreso y aún los que pasen a la segunda vuelta necesitarán establecer alianzas para ganar y gobernar con cierta estabilidad. Necesitan urgente otro «Acuerdo de Gobernabilidad», como el que le salvó las papas a Toledo. Así está la «democracia» de los ricos,  fragmentada, cuestionada y con un futuro incierto.

La opción de Humala: aliarse a los obreros y campesinos

Lo que no tiene claro Humala es que la burguesía no le perdona ni le perdonará en modo alguno que cuestione la continuidad de su plan, que le cierre el paso a su candidata, que lance discursos nacionalistas por más que sean confusos, que cuestione su sistema político hecho a su medida. Pero sobre todo no le perdonan que detrás de él y más allá de su voluntad, se avizore a una inmensa masa de oprimidos y explotados ansiosos de justicia y dispuestos a ir hasta el final para acabar con su estado de miseria y postergación. Por eso lo atacan y lo atacarán más en la segunda vuelta, produciendo un nuevo cierra filas que permita asegurar el triunfo de Lourdes o García. Si Lourdes es la carta de la gran burguesía García lo será a regañadientes. El Alan candidato no será el mismo en el poder. Sin ninguna duda olvidará sus promesas, se disciplinará a los intereses y necesidades del gran capital y sacará el garrote, como ya lo hizo antes y como lo muestra la presencia en su plancha de Giampetri, un conspicuo personaje genocida de la dictadura. Hoy mismo García, angurriento de votos, coquetea con la representación fujimorista y lo hará mañana con la derecha. Humala, en cambio, no tiene ningún apoyo de la gran burguesía y del imperialismo para acceder al gobierno. La campaña contra él volverá a arreciar con mayor o la misma fuerza que en la primera vuelta.

En este contexto, ¿cuál es la opción de Humala? Para ganar necesita aliarse a los sectores obreros, campesinos y populares, los únicos que pueden darle la victoria en la segunda vuelta. Humala tiene la posibilidad de encarnar realmente las esperanzas y exigencias de cambio de las amplias mayorías. Para ello debe romper con la burguesía y los personajes impresentables que lo acompañan, y asumir un compromiso directo con las organizaciones campesinas, obreras, juveniles y populares, en torno a un programa que recoja sus exigencias más sentidas:

 Rechazar el TLC de Toledo y la suscripción de cualquier otro.
 Suspender el pago de la fraudulenta y millonaria deuda externa para destinar sus recursos a educación y salud.
 Nacionalizar (poner bajo control del Estado) todos los recursos naturales y las empresas multinacionales (Camisea, Yanacocha, Antamina, Telefónica, el Grupo Endesa, Repsol) y defender las empresas públicas (Sedapal, Petroperú, Aeropuertos, Puertos). 
 Restituir los derechos laborales, la libre desafiliación de las AFPs, la devolución de los fondos del FONAVI.
 Entregar la tierra al campesino pobre, y crédito, asistencia técnica y precios justos para su producción.
 Empleo masivo con inversión pública y aumentos de 100% de los sueldos, salarios y pensiones.
 Castigo a los genocidas y corruptos de la dictadura.

En base a esta propuesta u otra similar, todo el pueblo, incluso los que votaron por García u otros candidatos, los que votaron en blanco o viciado al no encontrar alternativas, respaldarán su candidatura y asegurarán su victoria electoral. Solo de esta manera puede aparecer claramente como una alternativa de los sectores obreros y populares, frente a la alternativa de la derecha y de la burguesía, en las personas de Lourdes o Alan. En estas condiciones el PST sin ninguna duda se pondrá al servicio de la campaña de Ollanta Humala

Humala se corre a la derecha

¿Lo hará Humala? Su conducta anterior y su desenvolvimiento actual indican que no será así. Ante cada ataque Humala tiende a correrse a la derecha. Como lo atacan de «dictador» trata de ser tolerante y democrático, como acusan a su propuesta de ahuyentar las inversiones las dosifica. Para dar mayor confianza conversa bajo cuerdas con los grupos de poder, personalmente o a través de sus emisarios (Torres Caro con Delgado Parker). En medio de la presión y la inmunda campaña de los de arriba, Humala fue moderando cada vez más sus posiciones: renegociar los contratos con las multinacionales, Asamblea Constituyente, etc., todo lo fue relativizando bajo la promesa de que nada hará compulsivamente si no mediante el «diálogo» y la «negociación», como si los lobos se dejaran sacar los pelos con su consentimiento. Frente a los ataques de «fascista» trató de mostrarse como un «demócrata», hasta que las piedras y los gritos lanzados contra él por la pituquería el día de las elecciones, deben haberlo despertado de sus sueños.

Esta actitud tuvo un costo: perdió posiciones políticas y cayó su respaldo popular. Por eso no fue el triunfador contundente de la primera vuelta y permitió que retornen el cadáver político de García y del APRA. En esta misma línea hoy toda su estrategia no se orienta a convencer a los obreros y campesinos que puede ser su opción, sino insiste en convencer a la gran burguesía y a las multinacionales que les permitirá mantener sus negocios, y a las clases medias que será un hombre de orden con libertades.

Por ejemplo con vistas a la segunda vuelta se ha propuesto una apertura hacia otros sectores burgueses, como el Frente de Centro y el grupo del religioso Lay, y no descarta un acuerdo con el APRA si éste no pasa a la segunda ronda electoral. Lo haga con quien lo haga (todas las fuerzas son burguesas), establecerá acuerdos a expensas de ceder en su ya moderado programa, integrándose así a la política tradicional del toma y daca que todo el pueblo repudia.

Ollanta avanza a defraudar completamente la esperanza que el pueblo depositó en él, y a desdibujar mucho más su proyecto antisistémico y nacionalista para transformarse en uno más del orden burgués y proimperialista. Lo peor es que con este rumbo no van a crecer sus posibilidades de acceder a Palacio. ¿Quien va a querer optar por él si para ese lado tienen al APRA o a Unidad Nacional? En cambio, con seguridad, perderá el apoyo de los sectores populares que lo encumbraron con fe y esperanza.

La segunda vuelta: una disyuntiva más ajena a la clase

Por esta razón hoy está más claro que antes que los trabajadores y el pueblo no tienen alternativa a elegir en esta segunda vuelta. El PST respeta la opción que adopten los trabajadores y la juventud en esta segunda ronda, con menos o mayores ilusiones por la candidatura de Humala. Respeta la idea de que es «menos malo» frente a las otras candidaturas, más aún si es la derechista Lourdes Flores la que pase a la segunda vuelta. En cualquier caso les decimos: no deben comprometer su apoyo político y deben preservar su independencia política de clase. Los trabajadores y el pueblo saben que sin luchas no hay victorias, que nada de lo que tenemos nos ha sido regalado, y que ante cualquiera que salga elegido tendrán que pelear por sus reivindicaciones.

Nosotros, PST, no daremos nuestro voto por ninguno, incluido Humala. Como organización política no tenemos por qué asumir responsabilidad por lo que hace y lo que hará en el caso de que gane. Es más, con nuestra independencia, deseamos mostrar nuestras banderas de compromiso con la clase obrera y su futuro, de manera clara y sin manchas, y nuestra propuesta de lucha por la transformación socialista de nuestro país bajo un gobierno de obreros y campesinos.

En lo inmediato, frente a la fraudulenta firma del TLC por el gobierno de Alejandro Toledo, hacemos un llamado a las organizaciones sindicales y populares, a las organizaciones de izquierda y al candidato Ollanta Humala que ha manifestado su desacuerdo, a iniciar una movilización nacional de rechazo a esta afrenta. No podemos aceptar nada de un gobierno que ha sido sepultado por el voto popular, menos que a la hora de irse pretenda dejarnos atados al imperialismo. No hay que esperar el 28 de Julio: Toledo debe irse  a su casa ahora con su TLC entreguista.

(*) Acá nos referimos sólo a porcentajes de votos en relación al total, ya que la legislación electoral considera «inválidos» a los votos en blanco y viciados que también expresan una posición política.

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