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Hoy en Centroamérica han ascendido gobiernos que se autodenominan de izquierda, como el de Daniel Ortega en Nicaragua, el de Mauricio Funes en El Salvador o el de Manuel Zelaya en Honduras. Sin embargo hace pocos años fue aprobado el TLC con Estados Unidos donde se profundiza la explotación imperialista en la región, y estos gobiernos no tienen planteado en su programa nada para enfrentar este nefasto proyecto. A treinta años de la victoria del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) sobre Somoza, nos parece central discutir cuál es el programa que se debe levantar en Centroamérica para liberarnos del imperialismo, y sobre esa base definir cuál debe ser nuestra política hacia estos gobiernos. La balcanización de Centroamérica es una garantía de dominio para el imperialismo y la burguesía.

Por: Javier Fernández y Jhon Vega, Costa Rica

La independencia centroamericana, a diferencia de las demás revoluciones independentistas en el continente, dejó intactas las estructuras sociales de la colonia, debido a que fue decretada por la oligarquía que sostenía relaciones comerciales con la corona española y luego con el imperialismo inglés. Esto creó las bases materiales para un mayor control de las burguesías agro-exportadoras ligadas al imperialismo inglés, interesadas en la división de Centroamérica en cinco países[1] debido a que era más fácil controlar pequeños estados, aunque estos fuesen casi artificiales. De esta forma no debían pagar impuestos adicionales para la creación de un Estado Centroamericano que garantizara necesidades como un ejército federal o una burocracia de todo el istmo.

Pese a sus intereses divisionistas las oligarquías tuvieron que unificarse bajo un ejército centroamericano para expulsar de Nicaragua la invasión de los filibusteros estadounidenses a mediados del siglo XIX. Esta lucha demostró que la única forma para lograr una verdadera independencia era la construcción de un Estado centroamericano que enfrentara al imperialismo y no la división de Centroamérica en cinco estados artificiales que garantizara los intereses de las burguesías agroexportadoras.

La combinación entre la debilidad de los Estados y los intereses de las oligarquías agroexportadoras terminaron sometiendo la independencia centroamericana. Un nuevo capitulo de este sometimiento se empieza a escribir con el establecimiento del enclave bananero en el Caribe centroamericano bajo el control de la United Fruit Company, el cual significó el sometimiento definitivo de la región a los intereses del imperialismo yanqui.

Con el establecimiento del enclave bananero nace un nuevo proletariado agrícola que encabezará importantes luchas antiimperialistas, como las huelgas bananeras de 1934 en Costa Rica y 1954 en Honduras, las cuales fueron parte de un ascenso revolucionario iniciado con la lucha de Sandino en Nicaragua y el levantamiento campesino e indígena de 1932 en El Salvador, finalmente derrotado con el golpe militar contra Jacobo Arbenz en Guatemala.

Estas luchas demostraron que un ascenso revolucionario en uno de los países centroamericanos detonaría un ascenso de conjunto en toda la región debido a los estrechos vasos comunicantes entre las masas centroamericanas.

La derrota de la revolución centroamericana

Centroamérica vive hoy un proceso de recolonización que tiene sus raíces en la derrota del proceso revolucionario que se abrió con el triunfo sandinista sobre la dictadura de Somoza en Nicaragua. Esta derrota marcó el fin de un período de ascenso revolucionario y estuvo caracterizada por dos elementos son centrales:

La política de reacción democrática impulsada por el imperialismo y la burguesía centroamericana que culmina con los Acuerdos de Paz.

La política de los aparatos a la cabeza del proceso (el FMLN en El Salvador, la URNG en Guatemala y el FSLN en Nicaragua), quienes renunciaron a la revolución centroamericana y a la expropiación de la burguesía, política basada en la orientación castrista de no hacer de Nicaragua una nueva Cuba.

Los Acuerdos de Paz marcan un viraje en la política del imperialismo para la región producto de su propia debilidad para controlar la revolución por la vía armada. Al respecto, nuestra corriente señalaba hacia mediados de los ochenta sobre la posibilidad de una intervención armada imperialista:

“Hay un acuerdo total en el seno de la burguesía imperialista yanqui (…) para evitar por todos los medios un nuevo Vietnam. No hay ningún sector importante del imperialismo yanqui que esté a favor de invadir ya mismo América Central (…) y por eso todas las alas del imperialismo, empezando por el propio Reagan, están buscando hábilmente una salida basada en desviar la revolución y evitar su triunfo a través de una negociación(…) (Correo Internacional, enero 1989)

Los acuerdos de Esquipulas II en 1987, las elecciones en Nicaragua en 1990, los Acuerdos de Chapultepec en El Salvador en 1992 y el Acuerdo por la Paz Firme y Duradera firmado en Guatemala en 1996, representan la forma definitiva que adopta el imperialismo para derrotar la revolución por la vía de la reacción democrática.

El imperialismo nunca descartó la opción de intervenir militarmente como antaño, por el contrario, alentó la reacción interna mediante el financiamiento de los “Contras” en Nicaragua y el establecimiento de militares en Honduras. La resistencia de las masas y la dinámica de la propia revolución le obligaron a que su táctica central pasara a ser la rendición pactada, por la vía de la derrota electoral del sandinismo y el aislamiento de la revolución salvadoreña. La política del imperialismo fue acompañada por direcciones como la del FSLN, quienes:

“En lugar de llamar a su propio pueblo y a todos los pueblos centroamericanos, de América Latina y de EE.UU., a extender y desarrollar la revolución, abriendo frentes de combate al imperialismo, los llama a someterse a los planes de los gobiernos reaccionarios del grupo de Contadora, cuyo postulado central es el desarme y rendición negociada de la guerrilla salvadoreña” (Correo Internacional, agosto 1985).

Se combinan de un lado la presión del imperialismo y del otro la política contra-revolucionaria que adoptan organizaciones como el FSLN. La política contrarrevolucionaria asumida por los aparatos guerrilleros se fundamenta en las tesis defendidas a escala global por el castrismo y el estalinismo, quienes renuncian conscientemente a respaldar la revolución salvadoreña en curso y hacen suya la bandera de la salida negociada.

La salida negociada estuvo representada inicialmente en las propuestas del Grupo de Contadora, entorno a las cuales cerraron filas por igual el imperialismo, las direcciones insurgentes centroamericanas, el castrismo y el estalinismo. Las propuestas de Contadora finalmente se materializan en los acuerdos de Esquipulas II firmados por los presidentes centroamericanos en 1987, los cuales incorporaban entre otras medidas:

-El compromiso con la reconciliación nacional, es decir, el olvido de los asesinatos cometidos por la burguesía y el imperialismo contra las masas centroamericanas.

-La amnistía que representaba el perdón y la impunidad para los asesinos del pueblo trabajador.

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-La renuncia expresa de apoyar los procesos revolucionarios en curso, lo que significaba la renuncia de Nicaragua a apoyar la lucha insurgente en El Salvador, como muestra de su vocación “democrática” y de su lealtad con el imperialismo.

-La realización de elecciones como mecanismo para resolver las diferencias y garantizar las transformaciones necesarias. Es decir, transformar la lucha de clases en una lucha electoral en los marcos del Estado burgués.

-La desmovilización de las fuerzas “irregulares” (organizaciones guerrilleras) y la continuidad del ejército como fuerza represiva del Estado.

Nosotros, a diferencia de gran parte de la izquierda centroamericana, afirmamos que estos acuerdos tenían un carácter reaccionario y contrario a las reivindicaciones históricas de las masas centroamericanas. Hacia finales de los ochenta no existía mayor contradicción por el fondo de las propuestas de una salida negociada, lo cual significaba una derrota para el conjunto de las masas centroamericanas. De un lado el imperialismo tratando de aplastar la revolución, del otro el castrismo-estalinismo abogando por que Centroamérica no fuera una nueva Cuba, es decir, que no se dieran procesos revolucionarios que expropiaran a la burguesía y expulsaran al imperialismo.

Esta derrota fue gestada por el imperialismo y acompañada por las orientaciones tácticas y estratégicas del castro-estalinismo, produciendo graves consecuencias sobre el conjunto de las masas centroamericanas que salieron derrotadas y desmoralizadas, teniendo que enfrentar una feroz ofensiva sobre sus organizaciones y sobre sus condiciones de vida.

La avanzada recolonizadora sobre Centroamérica

Con la derrota de la revolución centroamericana el imperialismo tuvo plenas condiciones para implantar los Programas de Ajuste Estructural (PAES). Los PAES constituyeron un paquete de reformas exigidas por el FMI a los países centroamericanos, quienes recibían a cambio préstamos para “superar” la crisis económica originada por la presión por el pago de la deuda externa.

Dichos programas incorporaron medidas como: una mayor apertura comercial al servicio de las empresas imperialistas, desregulación del mercado financiero, la promoción de la actividad exportadora mediante la concesión de exenciones fiscales y financiamiento del Estado, la “reforma” del Estado por la vía de las privatizaciones y la reducción de la planilla estatal, el aumento de la explotación de los trabajadores mediante una mayor intensidad en los ritmos de producción, la precarización de las condiciones de trabajo, la desregulación de los contratos de trabajo y la represión contra las formas organizativas de los trabajadores. Esta política fue aplicada al conjunto de la región hacia finales de los ochenta y principios de los noventa, avanzando a ritmos distintos por país pero de forma generalizada en la región.

Este proceso se caracterizó por una avanzada en la penetración imperialista mediante un aumento acelerado de la inversión extranjera, producto del establecimiento de exenciones fiscales, las crecientes privatizaciones y un proceso de integración del mercado regional, medidas todas que daban plenas garantías al imperialismo y la burguesía centroamericana para explotar al conjunto de la región.

Se impone la llamada orientación “hacia afuera”, es decir, el sometimiento de la actividad comercial y financiera centroamericana a los intereses estadounidenses. Se calcula que a inicios de los noventa la inversión extranjera directa en Centroamérica alcanzaba los 391.1 millones de dólares, mientras que en 2003 representaba alrededor de 2,118.1 millones de dólares, es decir, en una década el monto se multiplica por cinco (CEPAL, 2006). Esa inversión está mayoritariamente concentrada en la industria –de manufactura centralmente-, los servicios (energía, telecomunicaciones, seguros), el turismo, la agricultura no tradicional para la exportación (piña, melón), la banca y el sector inmobiliario; proviene en su gran mayoría de Estados Unidos (70%) y se establece mayoritariamente en las Zonas Francas (enclaves productivos en distintas zonas del país, libres de impuestos y que gozan de grandes regalías), las cuales pasaron de albergar 85 empresas en 1990 a 1.092 en 2001 (PNUD, 2003).

A la par de este crecimiento en la inversión imperialista crece la integración económica de la burguesía centroamericana, mediante la consolidación de los principales grupos económicos centroamericanos y su fusión cada vez más estrecha con los intereses del imperialismo.

La derrota revolucionaria y la aplicación del ajuste brindan mejores condiciones para explotar al conjunto de la región, tanto para el imperialismo como para los principales sectores burgueses centroamericanos. Las nuevas condiciones políticas le generan grandes ganancias a los grupos burgueses más importantes dedicados a la acumulación regional, dentro de los que destacan: Adoc (El Salvador), Agrisal (El Salvador), Banco Agrícola (El Salvador), Banistmo (Panamá), Cabcorp (Guatemala), Cervecería Centroamericana (Guatemala), Carrion (Honduras), Corporación Supermercados Unidos (Costa Rica), Cressida (Honduras), Cuscatlán (El Salvador), Durman Esquivel (Costa Rica), Sama (Costa Rica), Motta (Panamá), Pellas (Nicaragua), Poma (El Salvador), Taca (El Salvador), Novella (Guatemala).

Todos estos grupos mantienen vasos comunicantes entre sí y con las principales empresas imperialistas, algunos se han convertido en socios menores del imperialismo a partir de la venta de sus empresas y las alianzas “estratégicas”. Dos de los casos más recientes fueron la adquisición de la Corporación Supermercados Unidos –principal cadena de supermercados de Costa Rica- por parte de la multinacional Wal-Mart; y la fusión del salvadoreño Banco Cuscatlán y el nicaragüense Grupo Financiero Uno con el Citigroup. Las declaraciones de los directivos del Citigroup ejemplifican bien esta política regional que señalamos: “no nos hubiera interesado adquirir un banco en cada país. Centroamérica nos es atractiva por el CAFTA, su integración y la posibilidad de administrar la región como un bloque” (Revista Summa, enero 2009).

Su coordinación no se restringe únicamente al plano económico, todas las instituciones del régimen en cada uno de los países centroamericanos son copadas por estos grupos mediante una estrecha coordinación política. Tenemos por ejemplo al Grupo Pellas financiando en el 2000 la campaña de Enrique Bolaños en Nicaragua y en el 2002 la de Abel Pacheco en Costa Rica.

El proceso de avanzada recolonizadora tiene su expresión más importante en el recién aprobado TLC entre Estados Unidos y Centroamérica.

El TLC vino a significar la coronación de la avanzada recolonizadora y fue impulsado en el marco de la derrota del ALCA. Las burguesías centroamericanas asumieron su aprobación en cada uno de los países de forma unificada, empeñando todos sus esfuerzos en esa tarea y cerrando filas con el imperialismo.

El TLC fue aprobado entre diciembre del 2004 y octubre de 2005 en El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, mientras que en Costa Rica fue aprobado hasta octubre de 2007 luego de un referéndum nacional.

El TLC incorporaba el trato preferencial a las empresas transnacionales, la privatización de los servicios públicos que aún permanecen en manos del Estado, la modificación de las legislaciones laborales para permitir una mayor explotación de la fuerza de trabajo, el endurecimiento de las leyes de propiedad intelectual, la privatización de recursos naturales, la imposición de las decisiones de los tribunales de arbitraje internacional sobre la legislación nacional.

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Esta avanzada en la dominación imperialista tuvo en la acera del frente a las masas centroamericanas, las cuales veían como se deterioraban sus condiciones de vida y eran empujadas a superar la desmoralización y emprender nuevamente la lucha por su liberación.

La lucha de masas centroamericanas contra la avanzada recolonizadora

La derrota antes descrita significó la reducción de las organizaciones obreras a su mínima expresión y en algunos casos prácticamente desparecieron. En el sector público varias de las direcciones sindicales fueron participes de la contrarreforma a través de la negociación de la privatización de los servicios y de las empresas estatales, lo cual significó una desmoralización aún mayor para la clase trabajadora. Allí donde los sindicatos no desaparecieron fueron reducidos a su mínima expresión o cooptados por el Estado por la vía de la concertación.

En algunos casos la clase trabajadora dio peleas importantes pero no logró revertir la derrota anterior debido a la ausencia de una dirección revolucionaria, la confianza en el Estado burgués por parte de sus direcciones y la ausencia de luchas que superaran un gremialismo economicista.

Con la implementación del TLC se produjeron dos efectos contradictorios. Por un lado se profundizó la avanzada recolonizadora, lo cual significó una derrota estratégica para el conjunto de las masas centroamericanas. Por el otro, un ascenso en la movilización antiimperialista, cuya mejor expresión fue el caso de Costa Rica, donde el TLC tuvo que ser aprobado en un referéndum con escaso margen de apoyo, siendo esta la salida institucional de la burguesía para su aprobación ante la creciente movilización que amenazaba con impedirla por la presión en las calles.

Si bien hubo un ascenso en la movilización, el mismo no alcanzó para superar el signo impuesto por la derrota anterior. En la lucha contra el TLC se evidencia el “contagio” de las masas centroamericanas de la situación revolucionaria que atraviesa América Latina y los rezagos de una derrota que no ha sido superada a falta de una dirección revolucionaria con influencia de masas en la región.

Junto a las crecientes ganancias del imperialismo y de la burguesía centroamericana aumenta la miseria de las masas centroamericanas. Todos los índices económicos más o menos serios demuestran que la década del noventa significó un aumento de la pobreza, del desempleo y de la precarización en las condiciones de trabajo; algunos de estos estudios indican que:

“Hacia 1990 se encontraba en una situación de pobreza total el 59 % de los 28 millones de centroamericanos de entonces, y en pobreza extrema un 27,3% (…) mientras en 1990 había alrededor de 16.8 millones de personas pobres, el número de ellas hacia 2001 aumentó a 18.8 millones, es decir, 2 millones más. En el caso de la pobreza extrema el aumento fue de 7,6 millones de centroamericanos en pobreza extrema en 1990, a casi 8,5 millones en 2001, o sea, cerca de 850,000 personas” (PNUD, 2003).

Si bien podríamos discutir la precisión de estos datos a la luz de las categorías de pobreza utilizadas, estos reflejan el cuadro general producido por el ajuste. Esos millones de centroamericanos han engrosado la lista de inmigrantes en Estados Unidos, quienes buscan una alternativa desesperada para enfrentar la pobreza generada por el ajuste y el libre comercio. Se calcula que hoy día viven fuera de sus países cerca de 4,5 millones de centroamericanos, de los cuales las tres cuartas partes viven en Estados Unidos; las remesas enviadas por esos inmigrantes representaban para el año 2006 más del 10% del PIB de toda la región (PNUD, 2008).

El estallido de la migración en Centroamérica está relacionado con las causas estructurales irresueltas que provocaron la oleada revolucionaria a partir de los setentas; los Acuerdos de Paz profundizaron esas causas y llevaron a la expulsión de millones de centroamericanos que llevan en sus hombros la carga de la exclusión y la miseria capitalista. Estos miles de inmigrantes centroamericanos expulsados de la región han estado al frente de las movilizaciones en el corazón del propio imperialismo, demostrando que sus reivindicaciones históricas no fueron resueltas por los Acuerdos de Paz y que su vocación de lucha sigue viva.

Los gobiernos de frente popular en Centroamérica y su política

En medio del ascenso de las masas vivido en los últimos años, el rechazo a los gobiernos clásicos de la oligarquía y la profunda crisis de dirección revolucionaria, llevaron a que la insatisfacción de las masas centroamericanas y su “giro” a la izquierda se expresara a través del voto.

Este giro a la izquierda fue capitalizado por las viejas direcciones del FSLN y el FMLN, que todavía eran vistas por las masas como su dirección. De esta forma, se dio la elección de gobiernos de corte nacionalista y de frente popular.

La victoria del FSLN en 2006 en Nicaragua, y la reciente victoria del FMLN se inscriben dentro de este giro frente populista. El triunfo de Manuel Zelaya en Honduras también hace parte del mismo fenómeno, aunque distinto a los demás porqué no se trataba de una dirección de masas.

Sin embargo, pese a su retórica y a las esperanzas de muchos luchadores honestos, ninguno de estos gobiernos va a garantizar las tareas democráticas y socialistas planteadas hoy para Centroamérica.

Hay sectores de la izquierda centroamericana que pese a ser conscientes de lo limitado de estos programas defienden a estos gobiernos, bajo el argumento que es imposible llegar a estas reformas debido a causas ajenas a ellos, tal como se desprende de las afirmaciones de Fernando Villalona, conocido economista que trabaja para el equipo Maíz en El Salvador:

“El gobierno que dirigirá Mauricio Funes aplicará una parte importante de su programa, la que depende del Órgano Ejecutivo. Las medidas que dependen de otras instituciones del Estado no se podrán aplicar. Mencionemos algunas:

-Modificar la estructura tributaria, sobre todo gravar en un mayor porcentaje la renta empresarial, elevar la base exenta de la renta salarial, aumentar los aranceles sobre ciertas importaciones de lujo y eliminar algunas disposiciones que permiten la elusión fiscal (evasión legal). La aprobación o modificación de impuestos se hace en el Congreso, con un mínimo de 43 votos, que el FMLN no posee.

-Revisar algunas privatizaciones. Ni el Órgano Legislativo ni el judicial facilitarán esa labor.

– Derogar la ley de amnistía aprobada en el año 1993 por el ex presidente de Arena, Alfredo Cristiani. Dicha ley se aprobó para proteger a miembros de Arena y de la Fuerza Armada señalados por la Comisión de la Verdad (creada tras los acuerdos de paz de 1992) como responsables de muchos crímenes cometidos previos a la guerra y durante ella.

-Revertir la dolarización o anular el TLC con Estados Unidos, no fueron planteadas por el FMLN ni se podrían aplicar. La primera implica aprobar una ley que le otorgue al Banco Central la facultad de emitir moneda nacional y que obligue a los bancos comerciales a transferirles sus dólares al Banco Central. Esa ley la tendría que aprobar el congreso con un mínimo de 43 votos. El TLC únicamente puede anularse o modificarse de común acuerdo entres las partes que lo firmaron: el gobierno de El Salvador y el de Estados Unidos”.

Según Villalona ninguna de las principales políticas impuestas por la oligarquía luego de los acuerdos de paz podrá ser revertida por el gobierno de Funes, ya que las demás instituciones del régimen no lo permiten y por lo tanto no se puede hacer nada.

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Para enfrentar esta discusión debemos primero recordar que estas instituciones han sido y serán un obstáculo para cualquier programa que pretenda romper con el imperialismo, pues son producto de la Asamblea Constituyente de 1983, presidida por el fascista D´Abuisson en medio de la guerra civil y dotada de un carácter reaccionario. La primera tarea del gobierno de Funes debería ser la lucha por una nueva Asamblea Constituyente apoyándose en las bases del FMLN y las organizaciones populares, para acabar con ese régimen reaccionario heredado de la dictadura. Por el contrario el gobierno Funes ha prometido gobernar respetando esta reaccionaria constitución y los principales proyectos heredados por Arena (TLC, la ley de amnistía, la dolarización, etc.).

Lo que pretende Funes y sus defensores como Villalona es que las masas no luchen por acabar con el TLC, enjuiciar a los genocidas o por el derecho a la sindicalización que está prohibido en esta constitución, ya que de hacerlo tendrán que enfrentarse con este gobierno. ¿Cómo es posible que este sea un gobierno del pueblo salvadoreño si defiende los principales proyectos del imperialismo y la oligarquía? Los años de acomodo en el actual régimen han adaptado el programa del FMLN a las necesidades de la burguesía, renunciando a la lucha contra el imperialismo y por la transformación social de El Salvador, por eso este no es el gobierno de la clase trabajadora salvadoreña sino el principal defensor del imperialismo en El Salvador.

El ejemplo de El Salvador nos sirve igualmente para explicar la política de gobiernos como el de Zelaya en Honduras y Ortega en Nicaragua. Ninguno de ellos evidentemente está por revertir el proceso de privatización, por romper con los proyectos del imperialismo y por garantizar las demandas de las masas centroamericanas.

Nuestro programa para la revolución centroamericana

Consideramos que es necesario un programa que rompa con el imperialismo y garantice las tareas democráticas y socialistas para Centroamérica. Este programa sólo puede ser garantizado por las organizaciones obreras y campesinas, dotadas de una dirección revolucionaria que se plantee una política para el conjunto de la región.

Algunos de los principales elementos de este programa deben ser:

La ruptura con el imperialismo, empezando por la ruptura con el TLC y los demás proyectos recolonizadores (el patrullaje conjunto y el Plan Mérida, entre otros).

Asambleas constituyentes en todos los países, convocadas y dirigidas por las organizaciones sindicales y populares, las cuales destruyan las instituciones hechas a la medida de la oligarquía la iglesia, y el imperialismo como lo son las fuerzas armadas, dándole verdaderas garantías democráticas a la clase obrera para construir sus propias organizaciones sindicales y políticas.

Una verdadera reforma agraria en cada país que garantice tierra para quien la trabaja, destruyendo el latifundio y el agronegocio.

Expropiación sin indemnización y bajo control obrero de las empresas imperialistas y los grupos económicos pertenecientes a las grandes familias burguesas y oligárquicas de la región.

Por gobiernos de la clase obrera y los sectores populares que garanticen este programa. Solo las clases explotadas que sufren cotidianamente el saqueo imperialista y la explotación de las oligarquías locales pueden luchar por las transformaciones necesarias para Centroamérica.

La construcción de una República Federal Socialista Centroamericana, las reivindicaciones democráticas como la independencia del imperialismo, la reforma agraria y las libertades políticas de la clase obrera solo pueden ser garantizadas en el marco de una revolución socialista que expropie a la burguesía. Esta revolución se debe dar en el marco del conjunto de Centroamérica, ya que las políticas de balcanización del imperialismo y del socialismo en un solo país del castro-estalinismo han demostrado las graves consecuencias para la clase trabajadora centroamericana.

Por un partido revolucionario centroamericano comprometido con la reconstrucción de la IV Internacional. La gran tarea de los revolucionarios centroamericanos es la construcción de un partido revolucionario centroamericano que defienda las reivindicaciones históricas de las masas centroamericanas. Este partido debe ser parte de la batalla por la reconstrucción de la IV Internacional, retomando la gran tradición del internacionalismo proletario.

Desde la LIT y sus secciones en Centroamérica estamos comprometidos tanto en la tarea de la construcción de este partido centroamericano como de la reconstrucción de la IV internacional, ninguna de las anteriores tareas tiene valor sin la otra.

Los autores de este artículo son militantes del PT de Costa Rica, en la época, MAS.

Artículo publicado en Marxismo Vivo n.° 21, julio de 2009, pp. 73-82. Disponible en: www.archivoleontrotsky.org