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Un traidor es y siempre será un traidor. Pero hay traidores de peor categoría. José Daniel Ortega Saavedra pertenece, con méritos, a esa especie.

Por: Eric Nepomuceno

El 24 de enero de 1980 fue jueves. Ese día, viajé por primera vez a la Nicaragua sandinista. La revolución que derrocó a Anatasio Somoza estaba en el poder hacía exactos seis meses y cinco días.

Tuve contacto con el único civil que formaba parte de la Junta de Gobierno en aquel entonces, el escritor Sergio Ramírez, una amistad que permaneció intacta y próxima a lo largo de todos estos años.

Los otros cuatro miembros venían de la guerrilla que liquidó la dinastía que, durante décadas, saqueó y sofocó aquel bello y ensangrentado país.

En los nueve años siguientes, mis lazos con la Revolución Sandinista se fortalecieron en cada una de las muchas visitas. Eran mis años jóvenes, y nosotros, extranjeros que defendíamos y apoyábamos la Revolución, tuvimos mucho contacto con varios de los integrantes del gobierno. Algunos más expansivos, otros menos.

Daniel Ortega parecía un hombre cerrado, de mirar desconfiado, que me conmovió una única vez, en 1986, cuando me habló de su hermano Camilo, muerto en combate con las fuerzas del dictador Somoza, y contó que entre los 15 y los 34 años él jamás tuvo casa: vivió en la clandestinidad. Al oírlo contar que había vivido clandestino durante más de la mitad de su vida hasta el triunfo de la Revolución, por primera y única vez sentí algo de humano en aquella figura de piedra.

Nuestro último encuentro fue en Rio de Janeiro, en 1990, en una reunión con artistas e intelectuales, meses después de su derrota electoral ante Violeta Chamorro.

A mediados del año siguiente, me hablaron por primera vez sobre la “piñata sandinista”, un saqueo generalizado, con la ferocidad de buitres. La imagen de la piñata –un juego infantil común en México y en América Central, que consiste en vendar los ojos del niño y darle un bastón para que golpee un muñeco de papel o cartulina, colgado de una cuerda, hasta destruirlo, liberando como recompensa una cascada de caramelos y chocolates escondidos en su interior– quedó grabada en mi memoria como un insulto a la Revolución, a los que murieron por ella, a los que creen en ella.

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Tardé mucho tiempo en aceptar como verdad lo que era verdad.

Años después, supe más: que, en verdad, la piñata había ocurrido aún antes, cuando la Revolución todavía existía y los nicaragüenses mantenían aquel fuego de esperanza, mientras su país era sofocado por Ronald Reagan desde afuera, y por los traidores de la revolución, desde dentro.

Supe que, por ejemplo, el mítico Tomás Borge, último sobreviviente del quinteto que fundó el Frente Sandinista en 1961, y en cuya casa me hospedé varias veces –él gustaba de ser amigo de escritores, tanto que la misma casa recibió a Eduardo Galeano, Jorge Enrique Adoum, Eduardo Heras León, Julio Cortázar y Mario Benedetti– había sido beneficiado por la piñata antes incluso de la derrota electoral de 1990.

Recuerdo las muchas veces en que el comandante nos llevó –yo, Galeano, Adoum y Benedetti– a lo que llamaba “mi churrasquería”, como cuando digo yo cuando recibo amigos en Rio y los llevo a “mi restaurante”. La diferencia es que aquella churrasquería efectivamente pertenecía a Tomás Borge, y yo, de los “mis restaurantes”, solo tenía la presencia.

También descubrí que, al confiscar propiedades de millonarios somocistas y distribuirlos a los órganos del Estado, Daniel Ortega reservó para sí una importante cantidad de inmuebles en Managua. Muchas de las “casas de protocolo”, reservadas a visitantes extranjeros, localizadas en el lujoso barrio de Las Colinas, en el sur de la ciudad, eran en verdad propiedades de Daniel Ortega. Entonces, pensé si nosotros, escritores que apoyábamos la Revolución, no habíamos sido huéspedes suyos y no del gobierno.

La Revolución Sandinista fue la última de mi generación, y tal vez la última de la historia siguiendo ese modelo. En muchos momentos, sentí, sentíamos, que los sandinistas conducían a los nicaragüenses a algo muy próximo de realizar sueños imposibles, de tocar el cielo con las manos. Guardaré para siempre, en el mejor lugar de mi memoria, algunos momentos vividos en aquellos años de esperanza, que parecían ser de una luminosidad absoluta.

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Finalmente, la Revolución que podría haber sido (y que en varios momentos fue) viva y hermosa, acabó siendo traicionada de forma vil, imperdonable.

Aquella esperanza que derrotó la dinastía de los Somoza fue sucedida por otra dinastía, igualmente perversa, abusadora: la dinastía de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo.

Recientemente, falleció el cardenal Miguel Obando y Bravo, que fue obispo de Managua y un enemigo feroz de aquel proceso, en clarísima alianza con los somocistas derrotados y con los latifundistas y el empresariado que se oponía a los sandinistas –y que se rebeló más que un crítico impecable, un contumaz manipulador de la verdad.

A cierta altura de la guerra abierta entre los grupos llamados “contra”, patrocinados por Washington, y el gobierno de los sandinistas, Miguel Obando y Bravo llegó a ser nombrado integrante del “gobierno en el exilio”, anunciado por los que arremetían contra Daniel Ortega y sus compañeros. De lo alto del púlpito, fue el más eficaz portavoz de la contrarrevolución.

Pero después de tanto tiempo, Obando se transformó en un muy fiel aliado del propio Ortega, ese que se instaló en el gobierno apoyado por la derecha más feroz y por el empresariado más mezquino. Y que, desde 2006, se elige y reelige en elecciones claramente manipuladas.

Este es el Daniel que encabeza hoy la nueva dinastía, la dinastía de una pareja que mata y aniquila a jóvenes estudiantes como era su hermano Camilo cuando fue asesinado por la dinastía anterior, la de los Somoza.

Desde abril, jóvenes nicaragüenses, todos o casi todos nacidos después del final de aquella Revolución que dejó de ser, son muertos por un gobierno aislado y que carece de cualquier vestigio de legitimidad.

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Un traidor es y siempre será un traidor.

Pero hay traidores de peor categoría.

José Daniel Ortega Saavedra pertenece, con méritos, a esa especie.

*Miguel do Rosário es periodista y editor del blog O Cafezinho. Nació en 1975, en Rio de Janeiro, donde vive y trabaja hasta hoy.

Artículo tomado del original en portugués, disponible en: https://www.ocafezinho.com/2018/07/05/nepomuceno-a-traicao-de-ortega/

Traducción: Natalia Estrada.