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Este 19 de abril se cumple un año del inicio de la rebelión popular nicaragüenses, que paso rápidamente de una lucha contra la reforma neoliberal a las pensiones  a una verdadera rebelión popular y juvenil que logró poner en jaque a la dictadura durante varias semanas.

Por PT-Costa Rica

Los tranques de carreteras y el control  opositor de ciudades como Masaya fueron reflejo del momento más importante de la lucha durante los meses de abril y mayo. Rápidamente los autonombrados voceros estudiantiles, el empresariado del COSEP y las autoridades de la Iglesia Católica llevaron la lucha a un diálogo que solo servía para desmovilizar  y darle tiempo a la dictadura, una grave traición que hoy se paga con muertos, detenidos y miles de exiliados.

En vez de discutir seriamente la necesidad de que los tranques y ciudades en resistencia prepararan la autodefensa para hacer frente a la represión que se venía, la oposición encabezada por el COSEP impuso la salida del diálogo, llamó  a “flexibilizar los tranques” y a renunciar a cualquier tipo de armamento para defender las ciudades, impulsó la confianza en en el apoyo de países imperialistas como EE.UU y  sus respetivos organismos, como la OEA y la ONU.

Con el diálogo iniciado en mayo, el sandinismo tuvo un respiro y reaccionó como una bestia herida. Reorganizó sus fuerzas policiales y paramilitares, lanzó la operación limpieza en julio para controlar ciudades como Masaya e ir desmontando uno a uno los tranques donde encontraba la resistencia valiente pero sin mayor armamento que unos cuantos morteros.

El sandinismo, con el apoyo continental del chavismo y el Foro de Sao Paolo (Frente Amplio de Costa Rica, FMLN de EL Salvador, Libre en Honduras)  inició la masacre de su propio pueblo. Hoy se contabilizan 523 muertos y más de 800 presos políticos, miles de exiliados. Las denuncias de torturas y malos tratos son frecuentes, la dictadura ha generado sentencias ejemplarizantes: el líder campesino Medardo Mairena fue condenado a 216 años de prisión.

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Ahora, a diferencia de abril y mayo, nos encontramos en un momento defensivo frente a la dictadura, la afirmación de “vamos ganando” por parte de la Alianza es una irresponsabilidad.

Hoy toda la presión de la Alianza es para negociar bajo los términos de Ortega y los grandes banqueros (El grupo Pellas Lafisse y el Banco de la Producción).  Al mejor estilo del pacto de 1971 entre conservadores  y la dictadura de Somoza Debayle, o del pacto  Ortega-Alemán del año 2008, el nuevo diálogo en el fondo lo que busca es un pacto para salvar los negocios de los banqueros y empresarios aunque el pueblo se siga hundiendo en la tiranía; solo en el sector bancario las utilidades pasaron de 14 millones de dólares en marzo de 2018 a 2 millones de dólares en diciembre de 2018. Por eso no extraña que los banqueros estén desesperados por “normalizar” la situación y los negocios.

La nueva negociación es vista con profunda desconfianza por el pueblo nicaragüense, habituado a los pactos de cúpula. Los titulares de la Alianza en la mesa de negociación son todos varones y mayoritariamente empresarios; dentro de sus demandas ya no se pide la salida inmediata de la dictadura, se negocia con los presos políticos como moneda de cambio, apuestan por unas elecciones inciertas y que el propio régimen se niega a adelantar, tampoco demandan la disolución de los cuerpos represivos (paramilitares, Policía Sandinista y el Ejercito), mucho menos el juicio, castigo y confiscación de los bienes del orteguismo.

Desde la Liga Internacional de los Trabajadores  y sus partidos en Centroamérica  hemos estado desde el primer día a favor de la rebelión contra la tiranía Ortega-Murillo. Ahora resulta indispensable  sacar las conclusiones políticas para poder retomar la lucha contra el tirano. Por eso debemos empezar por señalar que ese nuevo diálogo jefeado por los banqueros y el COSEP solo conducirá a más derrotas, al fortalecimiento de la tiranía y al aumento de la represión.

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En Nicaragua urge construir una verdadera alternativa revolucionaria, que enfrente de manera consecuente a la dictadura y  que se oponga al plan traidor de la Alianza Cívica concretado en las apuestas por un nuevo diálogo inútil.  Desde la LIT-CI abogamos por construir esa alternativa política sin la cual el pueblo nicaragüense seguirá siendo presa de dos facciones enemigas de sus intereses.