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Entrar a la casa en la que Trotsky vivió y murió en México es algo difícil de transmitir.

Por Eduardo Almeida

Durante toda mi vida política fui trotskista. Ahora, después de 44 años de militancia, entré en la casa en la que el viejo León vivió sus últimos días.

Fue como si buscase, al ver su cama, sus tazas, su escritorio, compartir su presencia. Como se pudiese sentarme a su lado, conversar de mis dudas sobre la situación política en el Brasil, sobre la IV Internacional hoy.

La entrada del Museo 

La Casa Museo León Trotsky queda en una calle hoy transitada de Ciudad de México. La entrada es tranquila y modesta. Una boletería cobra ingreso de 40 pesos para mantener el museo. Al lado, una pequeña librería.

Enseguida, un conjunto de salas con fotos de Trotsky. Él con Natalia y sus hijos, durante la revolución rusa, ya en el exilio en México. El último panel muestra las fotos del asesinato. Una réplica del periódico mexicano anunciando el atentado, fotos de Ramón Mercader, de Trotsky herido, ya muerto, del funeral.

Podía sentir mi corazón acelerándose al ver las fotos. Extrañamente, era como si estuviese viendo el anuncio de la muerte del Viejo en el noticiero de la noche.

El patio 

Dejo de lado las fotos. Un pequeño corredor estrecho comunica directamente con la casa. Salgo a la luz del día para un patio amplio, con grandes árboles, cactos típicos de México, pequeños tanques de agua.

A mi lado, las jaulas de los conejos que el Viejo alimentaba todos los días. De repente, el lado delicado, personal, del Viejo. Aquel que fue uno de los máximos dirigentes de la principal revolución de la historia, el comandante del Ejército Rojo, trataba con cariño a animales tan inofensivos y simpáticos. Recordé en ese momento que mi hija de cuatro años me había pedido la semana anterior un conejito.

El patio iluminado por el sol fuerte de México era como un puente a la vida. Allí, Trotsky podía cuidar de sus plantas, de sus animales. Confinado por el cerco amenazador del stalinismo, el viejo revolucionario podía hacer allí algún ejercicio físico, ter contacto con la naturaleza.

Imaginé al Viejo conversando en ese patio con Diego Rivera y Frida Khalo. Rivera fue uno de los grandes muralistas mexicanos y militó en la IV Internacional. Fue él quien consiguió asilo para Trotsky junto al gobierno Cárdenas. Frida era una mujer sorprendente, gran pintora y feminista. Durante un tiempo mantuvo una relación con Trotsky. La Casa Azul de Frida y Rivera queda cerca de allí, a algunas cuadras. En ella se refugió Trotsky antes de su venida para esta casa.

Pero el patio, aun siendo bonito y bien cuidado no transmite alegría. La tragedia ocurrida aquí está siempre presente. Las murallas altas y las garitas de los guardias, construidas después del primer atentado (en mayo de 1940), muestran que estamos dentro de una pequeña fortaleza.

En el centro del patio, una bandera roja anuncia el lugar donde están depositadas las cenizas de Trotsky y de Natalia Sedova, su compañera por 37 años. Ella murió en Francia, 22 años después de Trotsky, pero pidió que sus cenizas fueran traídas para acá, junto a él.

Paco, un guía joven y simpático, nos habla sobre la historia de los dos. Él no tiene la menor idea de con quién está hablando. A mi lado, el mexicano Mariano, otro viejo trotskista. Escuchamos a Paco explicarnos la revolución rusa, mientras nos conduce a la casa de los guardias.

Hoy hay allí otra colección de fotos históricas. Entre muchas, está la de Sedov –hijo de Trotsky– envenenado a manos de Stalin en Francia. Su otra hija, Zinaida, aparece al lado de su marido. Cuando él fue secuestrado y muerto por los stalinistas, ella entró en depresión y más tarde se suicidó.

El hijo de Zinaida, Esteban Volkov, nieto de Trotsky, fue rescatado por simpatizantes y llevado a México. Vivió con su abuelo en esa casa, fue testigo de los dos atentados contra el abuelo. Hoy tiene 87 años y ayuda a cuidar del museo. Es la memoria viva de esa tragedia.

La rutina en la casa

Entro en la cocina y en el comedor de la casa. Todo muy simple y preservado. Las tazas, los platos. El mantel de plástico tiene un agujero en uno de los bordes, que denuncia su antigüedad. En el fondo, una vieja radio y un teléfono, los medios más modernos de comunicación de la época.

Enseguida, una sala estrecha y larga. Allí está el escritorio de Natalia, y las mesas de las secretarias, con viejas máquinas de escribir y dos dictáfonos. Esas máquinas eran grabadores primitivos en los que Trotsky grababa sus textos, luego reproducidos por las secretarias.

El Viejo se levantaba a las 6 de la mañana, daba de comer a los conejos, cuidaba de las plantas. La presión alta le ocasionaba momentos de intenso dolor de cabeza.

Trabajaba en sus textos no menos de 12 horas por día, a veces bastante más. Leía, hablaba a los dictáfonos, y escribía. Aun con el ascenso del stalinismo y del fascismo, a pesar del cerco a su alrededor, que había costado ya la vida de dos de sus hijos, de miles de camaradas en la URSS y de muchos cuadros de dirección de la IV, el viejo revolucionario seguía inquebrantable, con una autodisciplina rigurosa.

Trotsky tenía un sentido del humor poco conocido, que no disminuyó ni aún después del atentado. Natalia contaba que él, al despertarse, acostumbrara a decir: “Caramba. ¡Dormimos toda una noche y no nos mataron! ¡Y no estás contenta!”.

Acompañaba lo que ocurría en el mundo. Y no sólo la política. A uno de sus guardias le comentó animado la surra que el campeón de box Joe Louis le había dado a Arturo Godoy en febrero de 1940.

Algunas veces, los fines de semana, salían de excursión al campo, donde el Viejo recogía cactos para replantarlos en el patio de su casa. Los paseos acabaron después del primer atentado.

El primer atentado

En el arte mexicano, los muralistas tenían un lugar destacado. Después de la revolución de 1910, pintaban grandes murales en lugares públicos como patios, escuelas, museos, edificios de gobierno. Siempre retrataban al pueblo en lucha contra los ricos y poderosos.

Los tres más grandes muralistas mexicanos fueron Diego Rivera, David Siqueiros y José Orozco. Dos de ellos eran rivales en el arte y en la política. Rivera, trotskista, consiguió asilo para Trotsky junto con el gobierno de Cárdenas y también la casa en la que el Viejo vivía. Siqueiros, stalinista, organizó y dirigió el primer atentado contra Trotsky.

Camino por el patio. Voy hasta la puerta por donde entró el bando de Siqueiros en mayo de 1940, con veinte asaltantes armados con ametralladoras.

La puerta de la casa fue abierta para el bando por Robert Sheldon, uno de los guardias. Sheldon era un militante norteamericano enviado hacía menos de dos meses para la guardia de la casa. La explicación aceptada por Trotsky en la época es que alguien había golpeado a la puerta y Sheldon abrió engañado.

Los asaltantes entraron y se dividieron en dos grupos. Uno de ellos se dirigió a la casa de los guardias para neutralizarlos. El otro ametralló la casa donde estaban Trotsky, Natalia y el nieto Esteban. En el comedor y en el cuarto del nieto pueden verse hasta hoy los agujeros de las balas.

El niño se escondió debajo de la cama. Natalia intentó proteger a su compañero con su propio cuerpo. Después de disparar más de 200 tiros y lanzar bombas incendiarias, los asaltantes huyeron, creyendo haber matado a Trotsky, Natalia y Esteban. Después que salieron, Trotsky manifestó una enorme alegría por haber sobrevivido.

Los asaltantes se llevaron a Sheldon, cuyo cuerpo ametrallado fue encontrado días después. En la puerta por donde entraron, puede verse hasta hoy una placa que Trotsky mandó a hacer en homenaje al guardia asesinado.

La verdad, no obstante, surgió muchos años después. El general Leonid Eitingon, responsable de la GPU (organismo de seguridad stalinista, antecesor de la KGB) por la operación de asesinato de Trotsky, confirmó en 1954 que Sheldon era un agente stalinista. A mi lado, Mariano me dice que cuando fueron abiertos los archivos de la CIA, se reveló que Sheldon era también agente de ellos. Probablemente un agente doble, que fue muerto como quema de archivo.

Salgo de nuevo al patio, con la fuerte luz del sol mexicano. Una puerta da acceso al cuarto de Esteban, el nieto. Una pequeña cama domina el ambiente. En la pared, una marca de bala del atentado. El niño fue el único herido, con un tiro en el pie.

La muerte del viejo León

La tensión de la visita va aumentando. Entro en el cuarto de Trotsky y Natalia. Encima de la cama, el gran sombrero usado por el Viejo en México para protegerse del sol. En una pequeña mesa, la foto de los hijos.

A continuación entro en el escritorio de Trotsky, donde ocurrió el asesinato. Todo preservado, incluso la silla en la que el Viejo estaba sentado, los papeles sobre el escritorio.

En agosto de 1940, tres meses después del primer atentado, Ramón Mercader, un agente stalinista, hirió mortalmente a Trotsky. Había seducido a una de las secretarias y poco a poco fue aproximándose. En el momento del atentado, Trotsky leía un texto que Mercader le había entregado pidiéndole una opinión política.

El asesino golpeó por la espalda a un viejo sentado e indefenso. Alcanzó a Trotsky en la cabeza con un piolet de alpinista, hundiéndoselo siete centímetros en el cráneo.

La cobardía del atentado expresaba bien la postura de Stalin. Iniciada ya la Segunda Guerra Mundial, el stalinismo temía un nuevo brote revolucionario semejante al ocurrido después de la Primera Guerra. Era necesario eliminar a Trotsky, evitando que la dirección de la IV pudiese dirigir un nuevo proceso.

Trotsky dio un grito terrible y se trenzó con Mercader. El asesino no pudo usar el puñal ni la pistola que llevaba. Los guardias llegaron y dominaron al asesino. Aún consciente, Trotsky pidió que no lo matasen para descubrir al mandante del crimen. El Viejo, herido, se arrastró hasta el comedor y cayó junto a la mesa, ya con Natalia a su lado. Dos horas después, en el hospital, dictó a Joe Hansen, su secretario, un último mensaje:

“Estoy cerca de la muerte por el golpe de un asesino político… que me fue dado en mi casa. Luché con él… iniciamos… una… conversación sobre estadísticas francesas… él me atacó… por favor diga a nuestros amigos… estoy convencido… de la victoria… de la Cuarta Internacional… adelante”.

Enseguida después perdió la conciencia. Murió el día siguiente, 21 de agosto de 1940.

¡Adelante!

Pasaron ya 74 años. El stalinismo fue arrojado en el basurero de la historia. Falta aún realizar el programa de la IV Internacional en movimiento vivo del proletariado mundial. Pero las ideas del viejo León se demostraron como el hilo de continuidad del marxismo revolucionario.

Paco, el joven guía, termina el recorrido de la visita en el patio, al lado de la bandera roja que corona las cenizas de Trotsky y Natalia. Cita la afirmación de Trotsky de que su papel en la revolución rusa no fue su tarea más importante. Aun con la genialidad de su formulación estratégica de la revolución, su peso político como presidente del soviet de Petrogrado, su papel militar como comandante del Ejército Rojo, Lenin y el partido bolchevique podrían haber vencido sin él.

Trotsky consideraba la construcción de la IV Internacional su tarea más importante. Al final de cuentas, se trata simplemente de la continuidad del marxismo.

Fue el momento en que Mariano y yo, viejos trotskistas, nos presentamos a Paco y nos despedimos de un joven sorprendido.

Al lado, un grupo de jóvenes mucho más jóvenes que nosotros iniciaba la visita a la casa. Por la conversación, jóvenes trotskistas de algún país sudamericano. La confianza de Trotsky en la victoria de la Internacional se renueva. ¡Trotsky vive!

¡Adelante!

15 de setiembre de 2014

Traducción: Natalia Estrada.

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