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Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha ganado por amplio margen las elecciones presidenciales mexicanas frente a los dos partidos burgueses tradicionales del país (el PRI y el PAN). Este resultado electoral es una expresión distorsionada de la profunda crisis que atraviesa el régimen político mexicano y del ascenso de la lucha de masas que lo viene enfrentando.

Por: Alejandro Iturbe

Por fuera de México, en Latinoamérica, este triunfo de AMLO ha sido ampliamente festejado por diversas organizaciones burguesas “populistas”, especialmente aquellas que han sido desplazadas recientemente del gobierno, como el PT brasileño o el kirchenrismo argentino. Desde su prisión en Curitiba, el ex presidente Lula tuiteó: “En el fútbol, Brasil. En la democracia, México nos dio una lección al elegir al compañero @lopezobrador. Buena suerte al nuevo presidente mexicano… ” [1]. Desde Argentina, la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner expresó antes de la elección: “Este domingo, elecciones presidenciales en México. Andrés Manuel López Obrador es una esperanza no solo para México, sino para toda la región” [2].

Este profundo apoyo a AMLO y la alegría por su triunfo se basa en el razonamiento de que este resultado electoral podría ser un punto de inflexión en la “onda conservadora” que estas corrientes caracterizan que existe en Latinoamérica (y en general en todo el mundo). Celso Amorim, ex canciller durante los gobiernos de Lula, expresa esto con claridad: “La llegada de López Obrador es muy importante porque América Latina estaba precisando de un nuevo equilibrio de fuerzas. Este triunfo progresista demostrará al pueblo las diferencias de un modelo de desarrollo con inclusión en comparación al escenario de tierra arrasada causado por la globalización neoliberal”. [3]    

El análisis de Amorim combina dos puntos. El primero: la relación de fuerzas se mide por los resultados electorales y los gobiernos resultantes. El segundo es que la alternativa política actual se da entre dos tipos de gobierno [burgueses]: los que “desarrollan con inclusión social” y la “tierra arrasada” de los “neoliberales”.

La “onda conservadora y la “relación de fuerzas”

Sobre el primer punto (la relación de fuerzas medida solo por los resultados electorales y la conclusión de que existe una “onda conservadora”), desde hace varios años, venimos debatiendo en numerosos artículos publicados en este sitio [4].

Nuestra crítica incluye dos aspectos: el primero es que es totalmente equivocado medir la relación de fuerzas entre las clases sociales solo (o esencialmente) por los resultados electorales. Las elecciones dentro de un régimen democrático-burgués son un hecho que se da en lo que los marxistas llamamos “superestructura” y, por lo tanto, son apenas un reflejo distorsionado de la lucha de clases que se produce en la “estructura” de la sociedad. Una distorsión que se acentúa por el perverso mecanismo de polarización entre opciones burguesas que impulsan esos mecanismos electorales y que llevan, en muchos casos, al “voto útil” (el “menos malo”) o su variante, el “voto castigo” (cuando no se vota en realidad por un candidato sino contra otro).

Para los marxistas, por el contrario, una “relación de fuerzas nacional o continental se mide por los procesos de la lucha de clases entre los ataques permanentes de la burguesía y la respuesta del proletariado y las masas, y el resultado de estos choques. La definición más general de una situación política analiza cómo este resultado influye y se combina con otros factores centrales, como la situación económica y la del régimen político. Es en este marco de fondo que debemos analizar los resultados electorales como un reflejo distorsionado de esa situación y que se va a combinar con ella. Pero que nunca puede ser considerado como el centro de esa realidad profunda.

En este contexto, este enfoque superestructural y electoralista analiza de modo equivocado los procesos profundos y complejos que se van dado en la conciencia de las masas y que se expresan de modo muy distorsionado en este tipo de elecciones. Se trata, en realidad de un “análisis justificación” que le echa la culpa a las masas por las derrotas electorales de esas corrientes burguesas: no supieron distinguir lo “bueno” (los “gobiernos progresistas”) de lo “malo” (los neoliberales).

El problema es que la gran mayoría de la izquierda latinoamericana y mundial “compró” este enfoque (y su conclusión de la “onda conservadora”). A partir de allí, capituló a los gobiernos “progresistas” en su decadencia, o se alió a estas organizaciones ahora en la oposición, con la excusa de “defender la democracia”, “frenar a la derecha” o “combatir el neo-fascismo”. La lucha de clases real ha pasado a ser secundaria y su eje es derrotar a la “derecha en las elecciones” (incluso con la perspectiva de aliarse con los partidos burgueses “progresistas” en las elecciones).

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¿Qué pasó en la realidad?

Además de este debate teórico y metodológico, esta tesis de la “onda conservadora” chocó contra la propia realidad. Para esta visión, los triunfos electorales de Mauricio Macri en Argentina y de Donald Trump en Estados Unidos expresaban la “onda conservadora” y la profundizaban. Por nuestra parte, en el artículo ya citado, expresamos:Pero esto es solo la apariencia y no el contenido profundo de la realidad […] Lo central, para nosotros, es que los trabajadores y las masas no han sido derrotados en la lucha y están con sus fuerzas intactas para responder a los ataques”.

Un triunfo electoral de un sector burgués de derecha no significa automáticamente un cambio desfavorable de la “relación de fuerzas” en ese país. En Argentina, Mauricio Macri ganó las elecciones presidenciales de finales de 2015 y, volvió a ganar las legislativas de 2017. Pero la situación del país difícilmente pueda ser calificada de “reaccionaria”. Desde el propio inicio de su mandato, Macri debió enfrentar, de modo permanente, luchas parciales, movilizaciones masivas, y una fortísima huelga general en abril de 2017. Junto con ello, hay un fortísimo proceso de lucha de las mujeres contra la violencia machista (“Ni Una Menos”) y por la legalización del aborto.

Incluso, después de sentirse falsamente fortalecido con su victoria electoral de octubre de 2017 intentó un ataque aún más fuerte, que debió enfrentar una poderosa respuesta de los trabajadores y las masas, expresada en las durísimas jornadas de lucha de diciembre pasado. La ley de reforma previsional fue aprobada, pero el gobierno salió “herido” y perdió toda una parte de su base electoral y de apoyo social en la clase media.

Además, la situación económica está el borde del estallido y la moneda nacional se devalúa constantemente frente al dólar, mientras los capitales continúan fugándose. La burguesía está dividiéndose sobre qué hacer en estas condiciones. El gobierno debió apelar a la “ayuda” del FMI y, en las condiciones antes descritas, deberá aplicar el nuevo y aún más duro ajuste que este le exige a cambio de la ayuda. El país es un reguero de luchas sectoriales. Si la situación no se desarrolla aún más (planteando incluso la caída de Macri y su gobierno) es por el rol nefasto del kirchnerismo y de la burocracia sindical, que frenan las luchas e impiden que se unifiquen, buscando así sostener a Macri hasta las elecciones presidenciales de 2019.

El caso de Trump presenta rasgos similares aunque más atenuados. Su triunfo fue más discutible, ya que ganó en el Colegio Electoral pero sacó menos votos populares que Hillary Clinton. Es cierto, por otro lado, que obtuvo el voto de sectores de la clase obrera blanca pero, en el propio inicio de su gobierno, enfrentó importantes actos en su contra y movilizaciones masivas de mujeres. Luego, su primer intento de medidas contra los inmigrantes fue derrotado por la lucha popular. Actualmente, las huelgas de los docentes se expanden Estado por Estado. También debió retroceder en su proyecto de liquidar el plan de salud montado por Obama (Obamacare). En la situación estadounidense, quien frena el proceso de luchas e impide su avance son los demócratas, el otro partido burgués imperialista.

En el plano internacional, el gobierno Trump ha provocado divisiones en la burguesía imperialista y algunas crisis importantes en el orden mundial. Por un lado, por su oposición a ciertas consecuencias que el proceso de “globalización económica” tiene para algunos sectores de la burguesía estadounidense. Por el otro, por su intención de superar el “síndrome de Irak” y, para ello, buscar una alianza con Putin. Esto lo ha enfrentado no solo con sectores importantes de la burguesía imperialista estadounidense sino también con la europea. El eje Estados Unidos-Inglaterra-Alemania se ha debilitado. Al mismo tiempo, entre sus intenciones en los terrenos políticos y económico y lo que puede hacer media la realidad tanto de la lucha de clases como las divisiones de la burguesía imperialista. Así, muchas veces “va y viene”, se queda a “media agua”, o se ve obligado a retroceder. Valga el ejemplo del enfrentamiento con Corea del Norte: primero amenazó con atacarla, pero luego dio marcha atrás y optó por el “camino chino” de la negociación.

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Un nuevo giro del “péndulo electoral”

El segundo argumento de Amorim, de que para acabar con la “tierra arrasada de los neoliberales” hay votar nuevamente gobiernos “progresistas” también es falso. Gobiernos como los de Lula, los Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales fueron la respuesta de sectores burgueses al gran ascenso de masas que se vivió en Latinoamérica a partir del inicio del siglo XXI y que tiró abajo varios gobiernos “neoliberales” (en 2000, en Ecuador; en 2001, en Argentina; en 2003, en Bolivia).

Eran gobiernos burgueses hasta la médula pero que, ante al ascenso que debían enfrentar, “vistieron de rojo” y de antiimperialismo su discurso, tomaron algunas medidas nacionalistas tibias y parciales, y dieron algunas concesiones a las masas. Pero su objetivo de fondo era frenar las revoluciones y salvar el capitalismo y el régimen burgués. Por eso, jamás sobrepasaron los límites del sistema económico capitalista ni de su Estado. Acá se aplica con todo rigor una premisa: quien no rompe con el imperialismo y con el capital financiero acaba, tarde o temprano, siendo su instrumento.

Durante varios años tuvieron “viento de cola” por la situación económica mundial (2002-2011), por los altos precios de las materias primas y los alimentos exportados gracias a la demanda de China. A partir de 2011-2012, la “bonanza” llegó a su fin: esos gobiernos debieron comenzar a aplicar planes de ajuste cada vez más duros y a atacar las concesiones dadas en salud y educación, condiciones laborales, empleo, etc. Comenzaron a aplicar el programa de la derecha neoliberal y, en muchos casos, a llevar sus representantes al gobierno. Ahí también comenzó el profundo desgaste de su peso en los trabajadores y las masas y se abrió el camino para los triunfos electorales de la derecha tradicional.

Actualmente, estamos transitando un nuevo tramo del camino: la lucha de las masas contra estos gobiernos neoliberales y su desgaste y, a partir de allí, una nueva vuelta del “péndulo electoral” (a través del “voto útil” y el “voto castigo”) hacia las organizaciones burguesas que se autodenominan “progresistas”. Comparadas con la durísima realidad que viven hoy, para las masas aquellos gobiernos “progresistas” aparecen claramente como el “mal menor”.

Una falsa esperanza

El problema es que esos nuevos gobiernos supuestamente “progresistas” (como el de López Obrador, o los hipotéticos futuros gobiernos de Lula o Cristina Kirchner) asumen en un momento en que no hay ningún margen para concesiones a las masas (ni siquiera mínimas), porque las condiciones económicas nacionales e internacionales no las permiten. Tampoco para cambios reales en los debilitados regímenes políticos. Por eso solo podrán ser una versión empeorada del fin de su etapa anterior: ataques a las masas y búsqueda del fortalecimiento de estos regímenes reaccionarios.

Por eso, una vez que ganó las elecciones, AMLO dejó de lado su “discurso engañoso” (aunque ambiguo) de la campaña electoral y pasó a obrar en consecuencia. Ya dijo que le “tendería una mano” a Donald Trump, el mismo que expulsa mexicanos de Estados Unidos y quiere construir un muro entre ambos países. Dijo también que lo principal era “calmar los mercados” y se reunió con los dirigentes de las federaciones patronales para discutir el programa de gobierno.

Ni siquiera está dispuesto a hacer algún cambio en el reaccionario y podrido régimen político mexicano. Ya rechazó la formación de una “fiscalía general independiente” que le pedían 300 organizaciones civiles como instrumento para juzgar los crímenes de las “mafias burguesas” asociadas al Estado (como la de los 43 estudiantes de Ayotzinapa) y la profunda corrupción de las instituciones estatales [5]. En otras palabras: nada de tocar a estas “mafias”.

La perspectiva clara es que el gobierno de AMLO va a ser un gobierno burgués “normal” igualito a los neoliberales: ajustador y corrupto. No es casual que Enrique Peña Nieto, el odiado presidente saliente y representante de estas mafias haya dicho que el triunfo de López Obrador le da “certidumbre”. Esto es tan evidente que, incluso muchas organizaciones de izquierda (dentro y fuera de México) que defienden la tesis de la “onda reaccionaria” y la necesidad de acercarse a los “progresistas” para frenarla, toman distancia de López Obrador.

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Es el caso del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). En una carta reciente, el subcomandante Galeano expresa: “No nos sumamos a la campaña ‘por el bien de todos’. Podrán cambiar el capataz, los mayordomos y caporales, pero el finquero [hacendado, NdR] sigue siendo el mismo” [6]. La frase es excelente. Se aplica en México y en todo el continente latinoamericano, porque lo mismo significarían un nuevo gobierno de Lula en Brasil o de Cristina en Argentina: apenas un cambio de capataz o mayordomo para los mismos “finqueros”.

Apostar a esos gobiernos para derrotar la “onda conservadora” es una falsa ilusión y, al mismo tiempo, una trampa de la burguesía y el imperialismo para desviar la lucha de las masas contra los gobiernos “neoliberales” al callejón sin salida de las elecciones burguesas. Los “cantos de sirena” de los partidos burgueses “progresistas” son la herramienta de esa trampa: no luchen contra los gobiernos neoliberales porque alcanza con votarnos a nosotros y, si ganamos, no luchen contra nuestros gobiernos.

Sabemos que el triunfo de AMLO ha despertado ilusiones y expectativas en los millones que lo votaron y, por eso, es necesario dialogar con ese momento de la conciencia a través de tácticas adecuadas. Pero los revolucionarios no podemos capitular a esas falsas ilusiones porque llevan a nueva frustración. La lucha de fondo es para que los trabajadores y las masas no caigan nuevamente en esta trampa.

Como dijo un joven militante de la Corriente Socialista de los Trabajadores (una de las organizaciones simpatizantes de la LIT en México): No confiamos ni votamos a ninguno de los candidatos. Pero sí confiamos plenamente en la fuerza de la movilización de millones de trabajadores, campesinos pobres, pueblos originarios y otros masivos sectores explotados y oprimidos. Una vez que ha ganado AMLO, acompañaremos la experiencia que haga el pueblo de México con su gobierno, aunque experiencias recientes como las de Sudamérica, Grecia, el Estado español, entre otros, nos adelantan que la esperanza se convertirá en desilusión. Nuestro compromiso como Corriente Socialista de los Trabajadores y LIT-CI es seguir como hasta ahora apoyando incondicionalmente todas las luchas obreras y populares por sus justas reivindicaciones” [7].

Hay muchas demandas por las que los trabajadores y el pueblo mexicano precisan luchar: “En ese camino de lucha, por estas y otras demandas, pondremos todo nuestro empeño para construir desde abajo una verdadera alternativa política independiente y revolucionaria de los trabajadores y para los trabajadores, que lidere a todos los explotados y oprimidos. Para que la “esperanza” de un cambio no sea solo una frase vacía o un estado de ánimo. Para que el cambio de fondo se concrete en la vida real de millones con un gobierno de los trabajadores de la ciudad y el campo[8].

Notas:

[1]https://www.em.com.br/app/noticia/internacional/2018/07/03/interna_internacional,971089/da-prisao-lula-deseja-boa-sorte-a-lopez-obrador.shtml (traducción nuestra)

[2] https://www.informador.mx/mexico/AMLO-es-una-esperanza-para-Mexico-Cristina-Fernandez-de-Kirchner-20180629-0114.html

[3] http://www.vermelho.org.br/app/noticia/312833-1 (traducción nuestra)

[4] Ver, por ejemplo, https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/argentina/hay-una-derechizacion-politica-en-latinoamerica/

[5]https://elpais.com/internacional/2018/07/07/mexico/1530988969_718248.html?id_externo_rsoc=FB_CM

[6] https://www.proceso.com.mx/541872/el-ezln-pone-distancia-con-amlo-podra-cambiar-el-capataz-pero-el-finquero-sigue-siendo-el-mismo    

[7] https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/mexico/elecciones-mexico-la-esperanza-vendra-la-organizacion-clase-trabajadora/

[8] https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/mexico/mexico-reconciliacion-quien/