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Los primeros integrantes de la caravana migrante llegaron a la Ciudad de México el 3 de noviembre. Optaron por pasar por la ciudad, lo que conlleva a tomar la ruta más larga hacia la frontera con Estados Unidos, por el posible apoyo político que podrían recibir, puesto que desde 2017 la CDMX es considerada una ciudad santuario. Cerca de 5 mil personas fueron instaladas en el estadio El Palillo, en un albergue improvisado por el gobierno capitalino (PRD) y el Grupo de transición (MORENA) que, viene tomando tareas de gobierno, a pesar que toma posesión el próximo 1° de diciembre.

Jenin Villa Roja, juventud CST

Una gran parte de los migrantes son familias jóvenes con niños muy pequeños, que fueron distribuidas en 7 carpas, y en las gradas del estadio. También fue notoria la presencia de menores no acompañados y personas que buscan tratamiento médico del otro lado de la frontera Norte. Un contingente LGBT, compuesto principalmente por mujeres transexuales, se hacía tan visible cómo la enorme bandera arco-iris colgada sobre un ala de los baños.

A los migrantes se les permitió el libre tránsito dentro y fuera del estadio y no se les cobró boleto al metro. Dentro de las instalaciones, se ofrece a los migrantes servicios médicos gratuitos (incluso salud reproductiva femenina), además de la asesoría jurídica.

Fue un muy largo y extenuante viaje hasta llegar a la Ciudad de México. Desde el control en la frontera con Guatemala, en el “muro imaginario” que representa el muy peligroso trayecto en el Sur del país hasta la ciudad que les ofreció un albergue, los migrantes pasaron por todo tipo de adversidades y engaños, como suele ser con todos aquellos que cruzan México para alcanzar el “sueño americano”.

Para llegar a la Ciudad de México, la caravana pasó por el estado de Veracruz, donde el gobernador Miguel Ángel Yunes, prometió transportar en autobuses a las casi 5 mil personas. Tras anunciar el ofrecimiento de 150 camiones, que luego fue rebajado para 10, los migrantes que esperaron para partir a las 5:00 en el lugar prometido supieron que ese auxilio había sido cancelado por el Estado. En mensaje compartido horas después, Yunes se justificó con que “debido al corte general de agua” que estaría sufriendo la capital del país, CDMX, sería mejor para los centroamericanos que se quedasen en el Estado de Veracruz.

En esta misma fecha, el ombudsman de la defensoría de los Derechos Humanos de Oaxaca, Arturo Peimbert Calvo, denunció la desaparición de 100 migrantes que, en ante la ausencia de transporte, “se subieron a camiones que le ofrecieron llevarlos”. Una carpeta de investigación fue abierta en el Estado de Puebla sobre este caso.

Día tras día, la incertidumbre crece entre las familias migrantes. Cercadas por funcionarios de organismos nacionales e internacionales (incluidos los EU), que les ofrecen la alternativa “menos sufrida” o riesgosa de quedarse en México, el “Filtro mexicano” va produciendo su efecto. Los reiterados “consejos” para convencerles de que interrumpan su viaje fueron generando una división interna en la caravana que se expresó en sus últimas asambleas.

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Mientras el propósito original era caminar juntos para garantizar la seguridad colectiva y ejercer presión política, la expectativa de algunos por esperar camiones solicitados a la misión de las ONU, para seguir el trayecto, los dividió. El organismo internacional se negó a suministrar los camiones, argumentando que, ellos “no pueden facilitar el transporte a la frontera si el gobierno de Trump no los quiere recibir”. Además, el gobierno electo de AMLO, rechazó reunirse con ellos para negociar un transporte.

Llevados al hartazgo, una parte de los migrantes reanudó su marcha antes de lo acordado en asamblea. Los migrantes que decidieron esperar un día más eran principalmente familias con niños muy pequeños, por ello es que solicitaban contar con los camiones.

Tras reanudar la marcha hacia el Norte, los problemas se fueron agravando. El gobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval Díaz, no tardó en decidir no acoger a la caravana por presuntas denuncias de que estarían consumiendo y vendiendo drogas, hechos que no fueron constatados en ninguno de los otros lugares por donde pasaron los centroamericanos. Por esta razón, a aquellos que ya estaban en albergues de este estado, se les restringía el paso por las zonas urbanas: “Les hacemos la recomendación de que se vayan directamente adonde van”, afirmó Sandoval.

Tijuana: del infierno a la desesperación

Sin embargo, la peor parte de su marcha sería al llegar a la ciudad fronteriza de Tijuana, cuyo muro divide con la ciudad estadounidense de San Diego. Una marcha xenófoba fue instigada y protagonizada por habitantes de la Colonia de Playas de Tijuana, que se dirigieron al lugar donde estaban algunas familias migrantes instaladas y las agredió. Acudió al lugar la policía, pero los colonos afirmaron que sólo retrocederían después que los migrantes se retirasen del lugar.

El trato del gobierno local hacia los migrantes fue abiertamente xenófobo, justificando acciones represivas y violentas. El alcalde de Tijuana, Juan Manuel Gastélum, describió a los migrantes como “vagos y ‘marihuanos’, que fuman en la calle y agreden a las familias de Playas de Tijuana”. Acusó Gastélum a los migrantes de ser “dirigidos por desconocidos y, por lo tanto, representantes de una grave situación de inseguridad… Estas personas llegan en un plan agresivo, grosero, con cánticos, retando a la autoridad, haciendo lo que no estamos acostumbrados a hacer en Tijuana y no se vale, sepa todo México: ya estuvo bueno”…

La ciudad de Tijuana ya ha declarado estado de crisis humanitaria, además de hacer un reclamo a la Secretaria de Gobernación que les apoye financieramente. Según Gastélum, el gasto diario de medio millón de pesos ha sido costeado por el gobierno local. Por otro lado, Gastélum anuncia que llevará el tema de acoger a los migrantes a una consulta ciudadana: “En Tijuana estamos levantando una consulta para saber si la ciudadanía quiere que sigamos recibiendo a estos migrantes, a estas personas que, repito, no todos son migrantes pues retan a la autoridad, se suben a las bardas, afectan a los ciudadanos tijuanenses, no aceptan la asistencia médica ni social”. En caso que el resultado de tal consulta sea negativo, “veremos cómo solventamos para sacar a los que ya están y pondremos retenes en Tecate para que ya no entren”, dijo.

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Frente a las hostilidades y la pésima infraestructura para recibirlos, los centroamericanos fueron llevados a la desesperación. Al menos 200 de ellos salieron del albergue rumbo a la estación fronteriza de San Ysidro. La impaciencia no tardó en llevarlos a intentar cruzar la frontera de cualquier manera, aunque Donald Trump ya había autorizado abrir fuego contra ellos. Las imágenes del ataque de la Border Patrol del último domingo recorrieron el mundo. 

Ni AMLO, ni Trump: ninguna confianza en los gobiernos

En un México polarizado, se notan muchas quejas en redes sociales en relación a la caravana, fruto de los reiterados intentos de diversos sectores de la burguesía y de la burocracia sindical de intentar capitalizar la confusión a su favor. Se cuestionan, por ejemplo, por qué a los migrantes hondureños se brinda el apoyo negado a los damnificados de los sismos de hace un año – que en muchos casos aún están lejos de recibir una respuesta del gobierno. Posteriormente, surgió un fuerte proceso de desplazamiento de poblaciones indígenas víctimas de la violencia del Estado en Chiapas, puesto que el gobernador, Manuel Velasco (PV), parece querer ser recordado por los chiapanecos de esta forma. Esta situación genera dudas entre muchos mexicanos y mexicanas, disputados por los diversos proyectos políticos en medio de esta transición de gobierno: “¿si no tenemos ni para nosotros, como ayudar a los llegan?”.

Abundan acusaciones y rumores, surgidos desde el principio de la caravana, sobre que los centroamericanos han sido pagados para afectar la coyuntura política actual. Incluso el secretario de estado de EU, Mike Pence, llegó a decir que los migrantes habían sido pagados por Venezuela. Otros especularon con que el mismo Donald Trump les había pagado a los migrantes hondureños para poder resucitar su discurso xenófobo y ganar las recientes elecciones intermedias. Por otro lado, el gobierno de Honduras echa la culpa a sus opositores políticos del partido del ex presidente Manuel Zelaya. Por último, algunos sectores en México creen que todo haya sido un plan para desestabilizar el país en las vísperas de la asunción de AMLO. En tiempos de fake news, las teorías conspirativas son más surrealistas que en otras épocas.

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¡Nadie es ilegal! ¡Todo el apoyo a los migrantes!

Los trabajadores y trabajadoras de México no deben ceder a la confusión, difundida por los grandes medios. Desde un punto de vista de nuestra clase, que somos siempre los primeros afectados con los ataques de la burguesía frente a las crisis económicas, no tiene sentido culpar a quien huye de la desintegración generalizada de su país fruto de un golpe apoyado por Estados Unidos. Nuestra primera tarea es cuestionar a quiénes sirven, tanto el Estado mexicano como el Estado estadounidense. Qué no queden dudas: la atención concedida a los hondureños en la capital de nuestro país, conocida nacionalmente por ser una “burbuja de derechos” en medio del caos, se trata menos de motivaciones humanitarias y más de una política internacional. Convencer “amablemente” a la caravana a que acepte refugio en México. Es una manera elegante de obedecer las directrices estadounidenses y mantener la política de armonía que mantendrá el nuevo (y nefasto) acuerdo de libre comercio en vigencia.

Cabe a la clase trabajadora y al pueblo pobre de México organizarse para recibir este flujo, que más que una caravana, se trata de un éxodo de trabajadores que huyen del descontrol provocado por una fuerte recolonización de nuestro continente, como manera de las burguesías nacionales e imperialistas de mantener sus ganancias frente a la profunda crisis económica internacional. Comprender que entre trabajadores tenemos más semejanzas que con los burgueses y sus representantes que comparten nuestra propia nacionalidad es un elemento fundamental para asegurar una vida digna, sin opresores ni explotadores.