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Estos últimos días fueron muy intensos. Del impacto inicial al apoyo efectivo, tuve una noche casi sin dormir por el temor de otro temblor.

Helena Náhuatl, directo de México

El miércoles (21), sin embargo, desde temprano me uní a los esfuerzos colectivos en el rescate, donaciones y todo tipo de organización generada tras el terremoto.

Nunca había visto nada parecido antes. Eran miles de personas en las calles, organizadas por grupos de amigos (como al que me uní) o por facultades, principalmente. Pero, también, familias enteras, apoyando lo que fuera necesario con toda su energía. Hoy, exactos 3 días y menos de una hora después del terremoto, solo llegamos al nivel de rescate y retiro de escombros en el que estamos, gracias a los miles de anónimos que trabajaron noche y día buscando vidas y apoyando a los sobrevivientes. Sin el pueblo mexicano, el nivel de caos sería infinitamente superior.

Tengo experiencias muy lindas en este país, pero esta seguramente es una de las más impactantes que he vivido. En el momento siguiente al terremoto, ya sea por el apoyo moral, organizando el tránsito, buscando viaje entre desconocidos, salvando a los animales o en todo tipo de trabajo que requiere el rescate de personas, ellas y ellos estaban allí, listos. Mientras esperaba mi turno en una inmensa fila para entrar en un área de destrucción – en la que un edificio había caído y otros 3 podían caer en cualquier momento – me ofrecieron comida, dulces, materiales para entrar en el lugar de rescate, lugar para cargar mi celular (gran problema colectivo) y una infinidad de atenciones muy especiales.

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Es impresionante la capacidad de organización que una ciudad de 20 millones de personas ha logrado hacer. En contraste, un gobierno ausente, desacreditado y omiso. Vergonzoso por decir en todos los medios de comunicación que el Ejército y la Marina están a cargo de las zonas afectadas. Una imagen cualquiera de esos lugares ya desmiente lo que está siendo propagado por los medios oficiales como Televisa. Lo que sí hacen, es llegar con sus máquinas después de mucho trabajo colectivo, interrumpiendo las búsquedas y colocando máquinas pesadas para «limpiar el área» lo más rápido posible. Probablemente aumentando el número de víctimas mortales. Estas imágenes son de la madrugada de miércoles a jueves, en una fábrica de vestidos y del que muchas trabajadoras no pudieron salir. Hay mucha información desencadenada en general, y en particular en ese lugar. Muchas personas denunciaron el descuido con el que trataron esas vidas, muchos inmigrantes  y tal vez sin instancia legal en el país. Fue emocionante poder ayudar allí. Estas vidas que antes eran tratadas con desprecio por una maquiladora en el corazón de la ciudad de México, eran en ese momento la motivación de una multitud de anónimos empeñados en encontrarlas. Formamos una cadena inmensa, concentrada en cada pequeño y gran movimiento para los grandes esfuerzos necesarios. Fue ahí donde percibí, que ninguna línea de producción imaginada por ningún economista o industrial en el mundo es más potente que la «producción» generada por la solidaridad entre los trabajadores. Los cientos de personas que contribuían, en su repetitivo trabajo de llenar baldes de escombros, repasarlos adelante, romper piedras, tirar grandes bloques con cuerdas, repartir instrumentos y organizar donaciones, sabían muy bien lo que estaban haciendo. El «tornillo» que cada uno de nosotros apretaba estaba lleno de sentido. Éste valía una vida. No nos era extraño, estaba aliado a nuestro gran objetivo: la esperanza colectiva en participar de un rescate de  vidas humanas debajo de aquellos escombros, pero también de un rescate de nosotros mismos, superando nuestros miedos, rescatando nuestras vidas. Hoy mi cuerpo no está tan bien, tengo algunos dolores y hematomas. Pero, a diferencia de las primeras horas, me siento increíblemente humana y viva.

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Traducción: Corriente Obrera