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Según cuenta la anécdota, cuando los trabajadores designados para construir la Siderúrgica Las Truchas llegaron al municipio Lázaro Cárdenas, en Michoacán, la empresa responsable de la obra se encargó de pagarles vales para cubrir el costo del lavado de ropa y de la comida. No obstante, cuando los trabajadores que posteriormente se incorporaron a la siderúrgica trajeron a sus esposas a vivir con ellos, la empresa suspendió el pago de esos vales argumentando que ahora serían esas mujeres las responsables por tales labores. Consecuentemente, las parejas de esos obreros se movilizaron por el restablecimiento de los vales como pago por su trabajo y, aunque no hayan logrado su objetivo, su historia se convirtió en un interesante ejemplo de la invisibilidad de las tareas domésticas no remuneradas[1].

Jenin Villa Roja – CST, México

México fue el primer país del continente en contabilizar el trabajo doméstico no remunerado, bajo la sugerencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En este país, solo “43% de las mujeres participa en el mercado laboral, en comparación con el 78% de los hombres, siendo una de las tasas de participación más bajas de América Latina”. Puesto que el quehacer doméstico es fundamental para mantener la reproducción de la fuerza de trabajo y dar seguimiento al proceso de producción de riqueza de un país, se puede afirmar que “el trabajo que sí es remunerado puede darse gracias a este otro”. Por ello, el Trabajo Doméstico no Remunerado (TDNR) es un subsidio invisible a la economía”[2].

Por el hecho de no ser un trabajo que requiere calificación, el TDNR no es valorado en la sociedad y representa un elemento de discriminación hacia las mujeres. Muchas son las consecuencias en relación con la sobrecarga del TDNR en la vida de las mujeres. Entre ellas, podemos mencionar que las mujeres poseen menos tiempo para especialización, descanso, cuidado personal o participación política y social. Es decir, ellas enfrentan mayores obstáculos para avanzar en las carreras educativas y laborales, presentan mayor dificultad para ingresar al mercado de trabajo, lo que lleva a que la mayoría consiga hacerlo en trabajos de menor valoración y con menores ingresos, o en el trabajo informal que no les brinda protección social aunque les ofrezca un mayor control sobre su tiempo[3].

Los datos suministrados por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía) apuntan que en 2015 el valor económico del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados sumó el monto de 4,4 billones de pesos*, que representa 24.2% del PIB mexicano. La mayor parte de esas tares fueron realizadas por mujeres, y representan 77,2% del tiempo que cada hogar gasta con esas labores. Es decir, el trabajo de cada mujer alcanzó el valor de 49.586 pesos mientras el de cada hombre fue de 18.109 pesos en el mismo período. El valor porcentual de los trabajos domésticos no remunerados respecto del PIB de aquel año fue superior al obtenido por algunos sectores de la economía, como la industria manufacturera (18,8%), el comercio (17,5%) y los servicios inmobiliarios (11,7%) y de alquiler de bienes muebles e intangibles de manera individual[4].

Aún en 2015, en los hogares donde cohabitaban parejas con hijos, las cifras son aún más dispares: mientras los varones [individualmente] aportaron 19.671 pesos, la contribución de cada mujer fue equivalente a 64.031 pesos. En el caso de hijos menores de seis años, la participación femenina fue estimada en 63.413 pesos[5].

Conforme la encuesta de 2016, el valor económico del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados sumó el monto de 4.663.948 billones de pesos, 23.2% del PIB de México. Las labores que más demandaron de los individuos fueron cuidados y apoyos (32,3% del total de labores domésticas y 7,5% del PIB nacional), alimentación (19,5% y 4,5%), limpieza y mantenimiento de la vivienda (18,8% y 4,4%), respectivamente[6].

En 2016, la diferencia entre la colaboración de hombres y mujeres en las tareas domésticas es equivalente al promedio nacional de 51.962 pesos generados por una mujer a lo largo de 2016 y 18.943 pesos generados por un varón en el mismo periodo. En una escala de 0 a 24, la participación porcentual de hombres y mujeres en las labores domésticas y cuidados respecto del PIB entre 2003 y 2016 fue la siguiente: el menor aporte fue equivalente a 4,0% –contra 15,4% de aportación femenina en el mismo año 2004– y la mayor fue en 2015 y 2016 con 5,7%, contra 17,4% en 2015 y 17,5% por parte de la población femenina. O sea, aun cuando la colaboración masculina se incrementó, la femenina también sufrió un aumento, que no representó un abono en la doble jornada de las mujeres[7].

En 2016, la carga de trabajo semanal según el género fue establecida de la siguiente manera: mientras los hombres ocuparon 1.882 horas con trabajo de mercado, las mujeres ocuparon 1.025 horas en el mismo periodo. Sin embargo, las mujeres ocuparon 2.027 horas en labores domésticas y cuidados, mientras los hombres colaboraron con 607 horas para las mismas funciones. Los valores solo fueron equiparables en el caso del trabajo no remunerado en bienes de autoconsumo[8].

La división de tareas domésticas por género según la situación conyugal, en 2016 fue la que sigue: 28.745 pesos generados por mujeres solteras contra 16.225 pesos generados por hombres solteros; 66.887 pesos por mujeres casadas contra 20.343 pesos por hombres casados; y 45.583 pesos generados por mujeres divorciadas contra 21.939 por hombres divorciados. Según lugar de residencia, las mujeres que viven en zonas urbanas aportaron 50.726 pesos mientras los hombres que residen en las mismas áreas aportaron 19.576 pesos. En cambio, las mujeres de zonas rurales generaron 58.295 pesos mientras los hombres de la misma área de residencia colaboraron con 16.797 pesos[9].

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La importancia de las cifras provenientes de la CSTNRHM (Cuenta Satélite Trabajo no Remunerado de los Hogares en México) es señalar el sueldo neto que podría ser pago por dichas actividades si fueron remuneradas en relación con las actividades semejantes en el mercado.

Para contrarrestar esta realidad, la sugerencia de la ONU es generar un Sistema Nacional de Cuidados para “reconocer, reducir y redistribuir la carga de tiempo y trabajo que realizan las mujeres de manera no remunerada”. Este Sistema sería compuesto a partir de iniciativas como “reconocer el trabajo doméstico y de cuidados como un bien público, producir estadísticas que midan el aporte económico de las mujeres, incluir la dimensión del tiempo y cuidado para la definición de indicadores y objetivos de desarrollo, desarrollar programas y campañas orientadas a cambiar los estereotipos de género relativos al cuidado, impulsar la ratificación y cumplimiento del Convenio 189 sobre trabajo doméstico de OIT y el 156 de Responsabilidades Familiares, invertir en más y mejores servicios públicos de cuidado de personas dependientes, escuelas de tiempo completo y cuidado infantil, diseñar e implementar una política pública de cuidados que abarca el conjunto de acciones públicas y privadas”[10].  

Su llamado a la acción va hacia instituciones gubernamentales, no gubernamentales, sociedad civil y organizaciones y redes de mujeres, la academia y el sector privado.

Empoderamiento económico de las mujeres

El interés de los grandes organismos internacionales sobre la cuestión del TDNR está relacionado con un mejor funcionamiento de la economía mundial de conjunto. Es decir, no se trata solo de un puro interés en justicia y equidad. Una de las maneras pensadas por los países centrales para hacer frente a las consecuencias de una población cada vez más envejecida y con tasas de natalidad cada vez más bajas en medio de la mayor crisis económica después de la crisis de 1929 es justamente intensificar la producción de la mano de obra femenina. Eso se debe al hecho de que los otros estímulos, como los avances de la globalización y de la tecnología, ya “no permite entrever ninguna fuerza que aumente el potencial de las economías a corto y medio plazo”[11].

Por ello, una mayor participación femenina en las actividades económicas “puede impulsar el ritmo de incremento del PIB, elevar el crecimiento potencial, y compensar la caída de la población activa”. “La participación de la mujer en el mercado laboral es parte de la ecuación de crecimiento, productividad, y estabilidad”. Un ejemplo de esta propuesta sucedió entre 1950 y 1970, cuando la incorporación a las actividades cotidianas de la tecnología generada en la Segunda Guerra y una expresiva entrada de mujeres al mercado laboral llevaron a crecimientos anuales del PIB mundial de 5.5%.

El empoderamiento económico de las mujeres es una alternativa macroeconómica para la producción de crecimiento económico de los países, según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Esta política consiste en aumentar la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo y/o reducir la disparidad entre la participación de mujeres y hombres en la fuerza laboral. Para que este objetivo sea alcanzado, es necesario buscar solucionar cuestiones como  “el acceso a los recursos económicos y productivos, la eliminación de la segregación ocupacional, el principio de igual salario por trabajo igual o trabajo de igual valor, la eliminación de todas las formas de violencia y acoso contra mujeres y niñas, y la conciliación y distribución equitativa de las responsabilidades laborales y familiares”[12]

Debemos examinar la historia del movimiento feminista para comprender el concepto y origen del empoderamiento. La tercera onda feminista, durante los años ’90, posee bases posestructuralistas de género y sexualidad que se propone romper con definiciones que consideran esencialistas de la feminidad, presentes en la segunda onda feminista de la década de ’60, que ellas describen como enfocada en las necesidades de las mujeres blancas y originarias de los sectores medios de la sociedad. Esta onda fue heredera de un periodo de conquistas de derechos democráticos, y deseaba cambiar la ideología de “feminismo víctima” de su predecesora. Sus esfuerzos van hacia una micro-política, estimulando que las mujeres desarrollen definiciones de feminismo para sí, respetando y apreciando las diferentes experiencias y conocimientos, comprendiendo que “lo personal es político”; es decir, que las experiencias personales están arraigadas en problemas estructurales, y predicando que la acción personal responsable e individual tiene impactos sociales; por lo tanto, las narrativas personales son importantes en la teorización y el activismo político, lo que conlleva a que este último sea local, con relaciones y consecuencias globales.

Un informe del Fondo Monetario Internacional (FMI) denominado “Las mujeres, el trabajo y la economía: beneficios macroeconómicos de la equidad de género” señala que “las pérdidas del PIB per cápita atribuibles a disparidades de género en el mercado laboral llega hasta 27% en determinadas regiones”[13]. Las economías de Estados Unidos y Japón incrementarían de forma permanente sus PIB en 5% y 9%, respectivamente, caso la fuerza laboral femenina fuera equiparada a la de los hombres, según este estudio.           

Es decir, toda la política de empoderamiento femenino, en este caso nos enfocamos en el aspecto económico, está relacionado con encontrar salidas por dentro de la propia economía de mercado para hacer frente a la crisis que estalló en 2007-2008 en el sector inmobiliario estadounidense. Como parte de la propuesta de impulsar la economía mundial a través del ingreso de más fuerza laboral en el mercado, la cuestión de los servicios domésticos no remunerados debe ser reordenada dentro de la sociedad, liberando parcialmente a las mujeres para que tengan mayor disponibilidad para el mercado laboral.

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¿Sería posible un Sistema Nacional de Cuidados?

El informe del FMI publicado en setiembre de 2013, “Las mujeres, el trabajo y la economía: beneficios macroeconómicos de la equidad de género”, tenía por objetivo examinar si “las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres de participar en los mercados de trabajo [o] ¿están las mujeres empoderadas para contribuir plenamente al crecimiento económico y la prosperidad globales?”. Este documento afirma que “la contribución de las mujeres a la actividad económica medida en el crecimiento y el bienestar está muy por debajo de su potencial; el avance hacia la igualdad de género parece haberse estancado; y la desigualdad de género tiene serias consecuencias macroeconómicas.”[14]. Señala, también, que uno de los más importantes obstáculos para la equidad de género y, en consecuencia, la mayor potencialización de la economía mundial es la sobrecarga de las tareas domésticas a las mujeres.

Como respuesta a este problema, el informe presenta una solución dividida en dos ejes: políticas sociales para que el Estado, a través de políticas fiscales y gastos, sin ofrecimiento de servicios, se haga cargo de las tareas de cuidados, y reformas fiscales coherentes que no desincentiven la participación de las mujeres en el mercado de trabajo. Una de sus propuestas consiste en “sustituir la fiscalidad sobre la familia por un esquema de tributación sobre los individuos, ya que desincentiva el empleo femenino y lo hace secundario para la familia[15]”. Otro ejemplo sería generar una “política de beneficios sociales que no desincentive la participación de las mujeres en el mercado laboral, como equiparar permisos de maternidad y paternidad[16]”. Entre las políticas de gastos, estaría el apoyo financiero para beneficios infantiles, que ayudaría a las familias con el costo del cuidado de los niños por medio de una prestación libre de impuestos ligada al ingreso, como ocurre en Canadá.

Sin embargo, las propuestas del FMI presentan importantes contradicciones, principalmente si comparamos las realidades de los países centrales y con las de los periféricos. En términos de consejos macroeconómicos hacia los países periféricos, este organismo internacional constantemente propone la disminución del Estado y de las prestaciones sociales, lo que afecta y contrarresta las oportunidades de equidad de género. Un ejemplo de eso es el incentivo que hace a esos países reducir los empleos en el sector público, con el objetivo de facilitar la privatización, aunque esta sea una área clave donde las mujeres han progresado de manera constante, con calidad de empleo y acceso a puestos directivos. Según la evaluación de un grupo de economistas feministas sobre este informe, la idea de que “el bienestar social desincentiva el trabajo y por ende es una justificación para el actual enfoque de austeridad que recorta el programa social de los gobiernos“ ignora el hecho de que “la inversión en servicios sociales puede finalmente propiciar que las mujeres tengan más tiempo para estudiar y encontrar otras maneras satisfactorias de aumentar su bienestar”.

Otro factor importante es que enfatizan demasiado el caso de las mujeres dentro del mercado laboral formal, mientras una enorme parcela, sino la mayoría, principalmente en las economías periféricas, está en la informalidad. A esas mujeres, la disminución del Estado benefactor les afecta radicalmente, puesto que la precariedad de sus trabajos [aumenta] la vulnerabilidad. Es decir, puesto que estas trabajadoras prestan servicios a compañías que comúnmente ni siquiera les brindan derechos laborales básicos, como apoyo con transporte o horas extras, seguramente no estarán a favor de invertir en apoyo a guarderías infantiles de calidad para los hijos e hijas de sus empleadores. Por lo tanto, la propuesta de un Sistema Nacional de Cuidados se hace inviable por la reducción del Estado y de las prestaciones sociales. Las políticas afirmativas necesitan estar en sintonía con las políticas macroeconómicas generales.

De acuerdo con Ernest Mandel, dentro del sistema capitalista solo dos productos presentan valor de uso pero no de cambio. Estos serían: la producción campesina para su autoconsumo y el trabajo doméstico no remunerado, dado que “aunque supone y exige un gran acopio y desgaste de energías humanas”, el autor afirma que las labores del hogar son actividades productivas pero no producen mercancías por el hecho de que “no pretenden la comercialización o el lucro”. Podemos observar que la temática de los trabajos domésticos no remunerados ha sido abordada por la economía a lo largo del tiempo. Para reflexionar sobre posibles soluciones, se hace importante repasar las diferentes experiencias llevadas a cabo alrededor del mundo.

Según Engels, hubo “tres formas principales de matrimonio, que corresponden aproximadamente a los tres estadios fundamentales de la evolución humana. Al salvajismo corresponde el matrimonio por grupos; a la barbarie, el matrimonio sindiásmico; a la civilización, la monogamia con sus complementos, el adulterio y la prostitución. Entre el matrimonio sindiásmico y la monogamia se intercalan, en el sentido superior de la barbarie, la sujeción de las mujeres esclavas a los hombres y la poligamia.”

De este modo, el autor afirma que “la monogamia nació de la concentración de grandes riquezas en las mismas manos –las de un hombre– y del deseo de transmitir esas riquezas por herencia a los hijos de este hombre, excluyendo a los de cualquier otro”. Por lo tanto, un verdadero control y privación de libertades sexuales a las mujeres a través de la exigencia de una real monogamia obligatoria fue duramente aplicada. Mientras tanto, los hombres eran respaldados socialmente para practicar las infidelidad (sea por relaciones extraconyugales, sea por recurrir a la prostitución).

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A lo largo de la historia, todas las sociedades divididas en clases ha encargado a las mujeres el espacio privado, y el trabajo doméstico ha sido uno de los principales elementos de opresión en los distintos tipos de familias. Si durante un extenso periodo de la prehistoria a las mujeres les fue brindado reconocimiento social y sus tareas reproductivas no afectaban su posición en la comunidad, con el proceso de desarrollo de las fuerzas productivas, la producción y acumulación de los excedentes, y el surgimiento de la propiedad privada, todas las relaciones sociales cambiaron radicalmente, posibilitando que el derecho paterno se impusiera, garantizando la herencia, por línea del hombre, como pilar de la propiedad privada.

Puesto que el propósito del marxismo es conducir a la humanidad a una revolución política y social que transforme los medios de producción en propiedad social, las bases económicas actuales responsables para la manutención de la monogamia y que se transmiten de forma hereditaria serían destruidas. Una vez que los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia individual no será más la unidad económica de la sociedad. Por consiguiente, la economía doméstica, así como el cuidado y la educación de los hijos, sean legítimos o naturales, se convertirán en un asunto social. A partir de las nuevas bases económicas se forjaría otra sociedad en la cual hombres y mujeres desarrollaría diferentes roles, con mayor libertad y plenitud.

La cuestión de la liberación de la mujer fue parte fundamental de la primera fase de la Revolución Rusa de 1917. No solo dirigentes mujeres, sino todo el Estado obrero que nacía junto a los sóviets, impulsaron discusiones nacionales entre la sociedad rusa para solucionar una serie de problemas de la explotación y la opresión como los que existían en un país de fuertes rasgos medievales como Rusia. Uno de los principales cuadros en esta temática fue Alejandra Kollontai –la primera mujer elegida por el comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado y que también fue miembro del Comité Central–, que en el VI Congreso fue elegida Comisario del Pueblo para Asuntos de Bienestar Social.

Según Kollontai, una “nueva” mujer surgió como resultado de las transformaciones del proceso productivo capitalista, siendo obligada a adaptarse a las condiciones económicas modificadas con el capitalismo industrial, influyendo en su ámbito psicológico. Estas mujeres pasan a luchas por la sobrevivencia contra la miseria y escasez, aunque sus ingresos les brindaron la posibilidad de empezar a tomar sus propias decisiones, superando los matrimonios por conveniencia o la prostitución. De este modo, el capitalismo forjó en su seno dos tipos de mujeres, en las dos clases sociales: las mujeres fuertes y disciplinadas que fueron parte de la fuerza laboral, y las mujeres débiles y sumisas, con vínculos indestructibles en relación con la familia tradicional y el hogar.

Por eso, Kollontai defendió la intervención del Estado para apartar a la mujer de las obligaciones domésticas para que pudiera liberarse de la “esfera cerrada de hábitos egoístas de la familia”, permitiendo que la mujer realizase trabajos como cocinar por gusto y no por necesidad. Alcanzar este objetivo sería posible a través de la creación de guarderías y comedores públicos, garantizando la total independencia económica y la ruptura con las relaciones de explotación, de forma de poder desarrollarse como un individuo entero y social. Para solucionar la cuestión de la limpieza y manutención de los hogares, se formaron grupos remunerados de trabajadores de limpieza, como parte de la socialización de esas tareas, convirtiendo el trabajo improductivo en productivo.

Nota: 1 dólar equivale a 19 pesos mexicanos, aprox.

[1]   https://www.animalpolitico.com/blogueros-de-generando/2016/07/26/desigualdad-la-intimidad-trabajo-domestico-no-remunerado/

[2]   https://www.forbes.com.mx/el-trabajo-no-remunerado-en-mexico-representa-24-2-del-pib/

[3]   “Trabajo Doméstico y de Cuidados no Remunerados”, ONU MUJERES, 2015, p. 7.

[4]   https://www.gob.mx/mujeressinviolencia/articulos/el-valor-del-trabajo-no-remunerado-en-los-hogares-en-mexico

[5]   Idem 4.

[6]   http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/cn/tnrh/default.aspx

[7]   Ídem 6.

[8]   “Incluye bienes agropecuarios, la recolección de productos no cultivados, la caza, la confección de prendas de vestir, la producción de calzado, la fabricación de muebles y accesorios, el suministro de agua, entre otros”. Nota: La suma de los parciales puede no coincidir con la carga total de trabajo debido al redondeo de las cifras. Idem 7.

[9] Ídem 8.

[10] Idem 11, p 11.

[11]https://elpais.com/economia/2014/01/10/actualidad/1389384548_180170.html?id_externo_rsoc=whatsapp

[12] http://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment/facts-and-figures

[13] Idem 11.

[14] https://www.awid.org/news-and-analysis/feminist-economists-respond-recent-imf-discussion-note-women-work-and-economy-0

[15] https://www.youtube.com/watch?v=3m3VtZZ36c8

[16] Idem 18.