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En la primera parte de este artículo analizamos la génesis y las características de los movimientos nacionalistas burgueses y los regímenes bonapartistas sui generis en la primera mitad del siglo XX. Veamos ahora, sus expresiones más actuales y su evolución.  

Por: Alejandro Iturbe

Sin duda, su mayor representante ha sido el proceso encabezado por Hugo Chávez en Venezuela, desde 1999. Inicialmente, Chávez identificaba su movimiento con el peronismo argentino; luego, el chavismo “enrojeció” su discurso y se presentó como el “socialismo del siglo XXI”. Por fuera de esta retórica, sus características y su evolución son clásicas del nacionalismo burgués que estamos analizando[1].

Por un lado, expresó el movimiento de un sector de la segunda línea de la oficialidad del ejército burgués, que decidió dar una alternativa a la profunda crisis del régimen democrático burgués que le había provocado el Caracazo (1989), así como cerrar la grieta que en las propias fuerzas armadas había generado su represión. Fue un subproducto del Caracazo y, al mismo tiempo, una propuesta para cerrar la situación revolucionaria iniciada por este. En ese marco central, también sirvió para que ese sector militar se transformase en burguesía aprovechando su control del aparato del Estado, asociado a otros sectores burgueses menores (la ya mencionada boliburguesía).

Un proceso “tardío”

El chavismo fue, en gran medida, un nacionalismo burgués tardío –por el cambio de las condiciones económicas y políticas mundiales que analizamos en la primera parte de este artículo, que reducían los espacios para experiencias de este tipo–. Sin embargo, al mismo tiempo, contó con un “regalo del cielo”: los altos precios del petróleo (eje de la economía del país) durante la primera década del siglo XXI, que le permitieron al Estado venezolano, y al chavismo que lo controlaba, contar con una gran cantidad de dólares provenientes de su parte en la renta petrolera. 

Entre 1998 y 2012, Venezuela tuvo ingresos acumulados por exportaciones petroleras superiores a los 700.000 millones de dólares y un saldo comercial favorable de más de 400.000 millones[2]. Sin embargo, esta situación extremadamente favorable, en lugar de ser utilizada para impulsar un desarrollo más autónomo del país (incluso con criterios burgueses) y mejorar las condiciones de vida del pueblo, fue malgastada por el chavismo, que acabó profundizando el carácter rentista petrolero parasitario y semicolonial de la economía del país. Es cierto que realizó algunas nacionalizaciones de empresas (como la Compañía Anónima Nacional de Teléfonos de Venezuela – CANTV; la Compañía de Electricidad de Caracas, y la siderúrgica Sidor), pero lo hizo según las reglas capitalistas aceptadas: compra del paquete accionario a precios de mercado. Es cierto también que, durante algunos años, impulsó las Misiones, lo que hizo que el sector más pobre de la población tuviese médicos y maestros, quizá por primera en su vida. Pero no cambió nada de la estructura socioeconómica del país ni mejoró las condiciones salariales y laborales de los trabajadores. Por eso, cuando se acabó la “bonanza petrolera”, todo comenzó a hundirse.    

Así, a pesar de ese “regalo del cielo”, después de 20 años de régimen chavista el país está hoy más semicolonizado y dependiente del imperialismo que antes. El gobierno de Maduro está entregando regiones enteras de su territorio con las concesiones mineras y petroleras de la Franja del Orinoco, la economía se derrumba, y los trabajadores y el pueblo se hunden en la miseria, pasan hambre, y se ven obligados a emigrar masivamente; estudios recientes estiman que cerca de dos millones de venezolanos abandonaron el país en los últimos años[3].

En medio del hambre, la miseria y la desesperación del pueblo, y la dramática disminución del ingreso de dólares al país, el gobierno de Maduro se jactó de seguir pagando la deuda externa y de haber destinado 74.000 millones de dólares a ello[4]. Y esa política se garantiza con la restricción cada vez más fuerte de las libertades democráticas y una dura represión. ¿Hay alguna diferencia en este sentido con los gobiernos de Mauricio Macri en la Argentina o de Michel Temer en el Brasil?         

Las políticas del imperialismo

Quienes siguen defendiendo el régimen chavista argumentan que esta situación es el resultado del aislamiento a que el imperialismo somete a Venezuela y de la agresión permanente que realiza sobre el chavismo. Como en muchas discusiones con estas corrientes de la izquierda, es necesario ver la realidad y sus cambios, y diferenciarlos de los “discursos” o los “relatos” que tratan de ocultarlos. 

Durante los primeros años, efectivamente, el gobierno de George W. Bush tuvo una política de derribar a Hugo Chávez porque no se encuadraba en la política imperialista de aumentar su control sobre las reservas petroleras. Por eso, junto la burguesía opositora de derecha  (los “escuálidos”), impulsó el golpe de Estado de abril de 2002, que destituyó y detuvo a Chávez e instaló al empresario Pedro Carmona. El golpe fue rápidamente derrotado por la dura resistencia de las masas (el aparato chavista ya se había rendido), y Chávez fue restituido en la presidencia. Meses después, Bush impulsó el lockout patronal en la producción petrolera, metalúrgica y de alimentos. También fue derrotado, esta vez por la acción y la movilización decidida de los obreros de esos sectores.

Ahí se produce un profundo cambio en la política del imperialismo, que había quedado a la defensiva por las derrotas sufridas. Ya no se trataba de derrocar a Chávez sino de aceptar su gobierno y pasar a hacer buenos negocios con él. Aumentaron notablemente las inversiones imperialistas, especialmente en el área petrolera. Los burgueses golpistas, como Mendoza (grupo Polar) y el empresario de medios periodísticos Gustavo Cisneros, pasaron a hacer muy buenos negocios con el gobierno. Al mismo tiempo, apostaban a un desgaste del chavismo, para desplazarlo electoralmente en el futuro. Los gobiernos de Barack Obama profundizaron estas buenas relaciones, al punto que Chávez llegó a declarar que si fuera estadounidense “votaría en Obama”.

La muerte de Chávez, su reemplazo por Nicolás Maduro y la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos cambiaron un poco el tono de esas relaciones pero no el contenido. Es cierto que Trump ha amenazado a Venezuela con acciones militares en una hipócrita “defensa de la democracia” y que su gobierno impuso sanciones económicas menores, como el bloqueo de los bienes de Maduro en los Estados Unidos. Pero su política real no es impulsar un golpe contra Maduro (entre otras cosas, no tendría hoy un sector militar de peso en el cual apoyarse) ni menos aún invadir el país con los “marines”.

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Trump juega públicamente el papel de “policía malo” para presionar a Maduro a que haga un acuerdo con la MUD (oposición de derecha) y posibilite elecciones presidenciales y parlamentarias que, muy posiblemente, ganaría la MUD. Una variante un poco más agresiva verbalmente para imponer la “reacción democrática”. Esta “política real” de Trump tiene dos razones muy profundas. La primera son los muy buenos negocios petroleros que ese sector de la burguesía estadounidense tiene en Venezuela: Rex Tillerson, ex presidente de la Exxon Mobil, es el Secretario de Estado (cargo que define la política exterior). La segunda es tal vez más importante: desde la derrota del proyecto Bush en Irak y Afganistán (y en la propia Venezuela), el imperialismo prefiere no impulsar golpes de Estado en Latinoamérica. Más allá de las ganas que pueda tener Trump de “voltear” a Maduro, esa es la realidad de la lucha de clases, que le impone mantenerse dentro de las tácticas de la reacción democrática.

La involución del régimen chavista hacia una dictadura clásica

El chavismo construyó en Venezuela un típico régimen bonapartista sui generis, cuyas instituciones centrales son el comandante-presidente y las fuerzas armadas, que mantenía de modo complementario instituciones de la democracia burguesa, como el Parlamento. Junto con el fin de la bonanza petrolera, hoy el chavismo abandonó cualquier rasgo progresivo, como los roces reales con el imperialismo (recordemos la entrega del control de las áreas mineras y petroleras y el pago de la deuda externa) y algunas concesiones a las masas.

Entonces, en Venezuela tenemos un régimen bonapartista en degradación, apoyado en las fuerzas armadas (cuya cúpula se ha transformado en boliburguesía), que es cada vez más corrupto y antidemocrático (disolvió el parlamento, eliminó el voto universal, realizó un fraude completo en la elección de la Constituyente para que una minoría se transforme en mayoría) y represivo (más de cien muertos, cientos de presos, bandas paramilitares, etc.). Eso, al servicio de entregar el petróleo, pagar la deuda externa al costo del hambre del pueblo venezolano, y asegurar los negocios de la boliburguesía. Para nosotros, eso se parece mucho a una dictadura, que no tiene nada de progresivo, y a la que la lucha de los trabajadores y las masas debe derribar.

Un razonamiento nuevo

En este punto, un sector de los defensores de la corriente castro-chavista avanza un casillero y formula un razonamiento que, hasta ahora, no habíamos escuchado de modo tan explícito. En el reciente debate sobre la realidad de Nicaragua bajo el régimen de Ortega-FSLN[5], Breno Altman (un importante cuadro del PT brasileño) expuso que en la medida en que esa corriente ha abandonado la estrategia de la toma del poder para comenzar la transición al socialismo, la estrategia es impulsar “procesos progresivos” en el marco de las instituciones burguesas. Pero no alcanza con llegar al gobierno a través de las elecciones ya que, en el marco de los regímenes democráticos burgueses no solo se pueden perder elecciones sino verse sometidos a procesos de destitución como el impeachment de Dilma Rousseff. Por eso, sería necesario avanzar en el control de las instituciones del Estado burgués, especialmente de las fuerzas armadas, pero también de la Justicia y de los tribunales electorales. En otras palabras, construir regímenes burgueses bonapartistas sui generis (como aquellos que definía Trotsky). Si para defender esos regímenes, es necesario restringir las libertades democráticas y reprimir a los adversarios, eso es totalmente válido, aunque esa represión sea también contra la movilización de sectores populares con reclamos justos. En última instancia, esas movilizaciones serían impulsadas por el imperialismo y la derecha, y la represión a sectores de masas sería una especie de “daño colateral” en la justa defensa del “proceso progresivo”. Por eso, lo que hacían Maduro y Ortega estaba muy bien. Breno afirmó, además, que esa debía ser la principal autocrítica del PT, por haberse entregado sin lucha.

Sin avanzar tanto, José Dirceu, quien fuera una de los cuadros más importantes del PT y del primer gobierno de Lula, expresó una idea similar durante la reciente campaña electoral: “Dentro del país, es una cuestión de tiempo para que tomemos el poder”[6].

Hay un aspecto del debate (el abandono de la estrategia de la toma del poder por los trabajadores para iniciar la transición al socialismo que cambie las bases socioeconómicas y el carácter semicolonial de los países latinoamericanos) que abordaremos en el tercer artículo de esta serie. Lo que queremos reafirmar aquí es que esos regímenes a los que se refiere Breno Altman han perdido cualquier carácter progresivo y hoy actúan solo en la defensa de los intereses imperialistas y del sector burgués que representan. Reprimen a los trabajadores y a las masas por esa razón y no en defensa de un “proceso progresivo”. Por eso, han pasado a ser (o van en vías de serlo) dictaduras clásicas.

Ese tipo de razonamiento ha llevado a esta corriente no solo a la defensa de dictaduras como la de Maduro y Ortega en Latinoamérica sino también al régimen genocida de al-Assad en Siria o al reaccionario régimen de Putin en Rusia. El cubano Raúl Castro ha llegado incluso a defender la dictadura capitalista del PC chino, que garantiza uno de los mayores niveles de superexplotación de los trabajadores en el mundo.

El kirchnerismo argentino

Estos sectores también incluyen en el “campo progresivo” los gobiernos del fallecido Néstor Kirchner (2003-2007) y de su esposa Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015), en la Argentina. Los Kirchner fueron, durante varias décadas, figuras secundarias de la política en este país: Néstor era gobernador de la provincia patagónica de Santa Cruz (productora de petróleo) y su esposa, senadora. Durante los gobiernos peronistas de Carlos Menem, en la década de 1990 (un agente directo del imperialismo en su política de privatizaciones, ajustes y ataques a las conquistas laborales), los Kirchner fueron los aliados de Menem, votaron todas sus leyes e hicieron muy buenos negocios con la privatización de la petrolera YPF.

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Como corriente política, el kirchnerismo surge a partir de la profunda crisis del régimen democrático burgués provocada por el Argentinazo (diciembre de 2001)[7]. En el marco de esa crisis y de la gran división del “movimiento peronista”, Kirchner (hasta entonces una figura secundaria de la política nacional) fue impulsado como candidato presidencial en 2003 por el entonces presidente interino Eduardo Duhalde (luego de intentar sin éxito con otras figuras de mayor peso), para enfrentar una nueva candidatura de Menem. Fue electo con una votación muy minoritaria: 22%.

Su gobierno nace con una base de apoyo muy débil pero, a partir de 2003 empalmó con una situación muy favorable de la economía mundial y su reflejo en el país (los altos precios de las comodities, especialmente de la soja y sus derivados). Se “independizó” de Duhalde y comenzó a construir su propia corriente política. El marco muy favorable de la economía le permitió impulsar un modelo de acumulación basado en los altos saldos de la balanza comercial y generar, a partir de 2003, un alto crecimiento del PIB (que venía de una caída acumulada de 20% entre 1998 y 2002), con varios años de “tasas chinas”. Sobre la base de esto, pudo pagar puntualmente y reestructurar la deuda externa, distribuir buenos negocios a otras franjas de la burguesía, realizar su propia “acumulación primitiva capitalista” y, al mismo tiempo, dar concesiones a las masas.

En esos tiempos de bonanza, reagrupó temporariamente el peronismo a su alrededor, y ganó una nueva franja de militantes (con algunos sectores provenientes de la izquierda) con el discurso de la “sensibilidad popular”, el uso de los derechos humanos, y su moderado antiimperialismo verbal. A partir de eso, se intentó crear el mito de que Néstor Kirchner (muerto en 2010) era el “nuevo Perón, y Cristina la “nueva Evita”. Los resultados electorales van creciendo y, en 2011 Cristina Kirchner es reelecta con 54% de los votos.

En 2008, el gobierno de los Kirchner tuvo un fuerte choque con la burguesía agraria por su proyecto de aumentar las retenciones (impuestos) a las agroexportaciones, pero es derrotado en el Senado. Los problemas más profundos comenzaron con el impacto de la crisis económica mundial y la caída del precio de los productos exportados. Cristina comienza a aplicar ajustes, a enfrentar huelgas y a reprimirlas. De modo paralelo, empieza su declinación electoral hasta su derrota contra Mauricio Macri, de Cambiemos (el frente electoral de los sectores burgueses opositores de derecha). Volvió a ser derrotado en las elecciones legislativas de 2017, pero el desastre socioeconómico que están provocando las políticas de Macri vuelven a abrir la posibilidad de que Cristina Kirchner gane las elecciones presidenciales de 2019.

El mito de lo “nacional y popular”

Al igual que con otros gobiernos llamados “progresivos” (como los de Lula en el Brasil), sus defensores han ido construyendo “leyendas” que parten de algunos elementos ciertos de la realidad pero que son profundamente deformados en su interpretación global. El kirchnersimo heredaría el “verdadero peronismo” como expresión de lo “nacional y popular” contra lo “cipayo y extranjero”.

Veamos algunos de esos elementos que se argumentan: sus políticas desarrollaron la economía nacional que creció mucho; se crearon millones de empleos y se benefició a la población pobre; se pagó gran parte de la deuda externa; se enfrentó a la “oligarquía agroganadera”, y se renacionalizaron empresas privatizadas.

Los dos primeros aspectos (el crecimiento de la economía argentina y la creación de empleos) son ciertos. Pero, al igual que con los gobiernos de Lula[8], no fue resultado de la habilidad de los Kirchner (o de su sensibilidad social) sino de un hecho objetivo: la fase ascendente de la economía mundial y los altos precios de los productos exportados generaron un gran superávit comercial (ingresos netos recibidos por el país) que impulsó la economía y las inversiones imperialistas y de la burguesía nacional, que podían realizar muy buenos negocios.     

Entre 2003 y 2012, tuvo un superávit comercial acumulado de 127.000 millones de dólares[9]. Un dato interesante: a pesar de que el valor de las exportaciones va creciendo –desde los 30.000 millones de dólares en 2003 hasta los 83.000 en 2011–, el saldo comercial positivo anual nunca da un salto, debido al aumento de las importaciones. Este dato desmiente el mito del desarrollo real de la economía nacional. En 2013, el saldo comercial disminuye dramáticamente: baja de 12.000 millones de dólares hasta 1.500 y, en 2015, ya es negativo.

Veamos ahora, el tema de las inversiones: entre 2003 (un punto muy bajo de la serie por la crisis de los años anteriores) y 2007, la inversión privada acumula 56.000 millones de dólares. Dentro de ellos, 25% corresponde a inversiones extranjeras directas (IEDs)[10]. Entre 2008 y 2012, las IEDs acumulan 46.000 millones [11].

Es decir, es esta combinación entre una buena situación de la balanza comercial y las inversiones extranjeras y privadas las que explican el crecimiento de la economía capitalista y, dentro de ello, la creación de nuevos puestos de trabajo. Pero la propia secuencia del desempleo desmiente el mito de “defensores de clase obrera” que se atribuye el kirchnerismo. Durante el gobierno de Kirchner, efectivamente las cifras oficiales de desempleo disminuyen de 17.7% a 8,5%. Pero durante los gobiernos de Cristina, con oscilaciones, a pesar de que continúan años de crecimiento del PIB, tiende a aumentar y supera 9 % al dejar el gobierno[12]. Los niveles de pobreza y su evolución estás muy asociados a esta dinámica del empleo. Los estudios más serios muestran una caída hasta 2012, un estancamiento en 2013, y un crecimiento desde ese año hasta 2015[13]. Es decir, acabaron las “vacas gordas” y, con ello, acabó la “habilidad de gobernar” y la “sensibilidad social”.

Es cierto también que el kirchnerismo impulsó una medida progresiva contra la rica burguesía agropecuaria: el aumento de las retenciones (impuestos) a sus exportaciones. Pero fue derrotado en el Senado y aceptó “caballerosamente” su derrota sin apelar a la movilización de masas.

La deuda externa

Queda finalmente el tema de la deuda externa y su disminución nominal. Acá también hay que separar la paja del trigo. Néstor asumió el gobierno con una deuda externa de 178.000 millones de dólares y una situación de default (imposibilidad de pago) que venía desde 2001. Al igual que los gobiernos anteriores de la “democracia” se negó a investigar su origen y su composición. Pagó 9.500 millones remanentes que se debían al FMI[14], pero mantuvo la suspensión de pagos con los poseedores privados de bonos.

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Al mismo tiempo, abrió una negociación con ellos para reducir el valor nominal de la deuda. Esos bonos, como resultado del default, se cotizaban en el mercado internacional a un valor que oscilaba entre 20 y 40% de lo que indicaban “los papeles”. Las diferentes etapas de las negociaciones y el canje por nuevos bonos reconocían entre 50 y 60% del valor nominal (¡el doble del valor del mercado!). En 2014, la deuda externa se estimaba en poco más de 140.000 millones de dólares. Hubo, sí, una caída nominal de la deuda, pero se acabó reconociendo un valor muy superior al que los viejos bonos tenían en el mercado internacional. En última instancia, un buen negocio para los acreedores, especialmente para los “buitres”. Pero esa cifra, además, esconde una parte de la realidad, camuflada en otros rubros de la “deuda pública”. Al final del mandato de Cristina, esa deuda externa total real se estimaba en 254.000 millones de dólares[15]. Incluso, ella misma afirmó en diversas ocasiones que los gobiernos kirchneristas habían sido “pagadores seriales” de la deuda externa[16]. 

En resumen, el kirchnerismo fue una versión muy lavada del nacionalismo burgués tardío, con muchísima retórica pero muy pocas acciones reales de resistencia al imperialismo. Al mismo tiempo, está profundamente integrado al régimen democrático burgués: es fundamentalmente una corriente burguesa electoral con el objetivo de controlar el aparato del Estado y usufructuarlo en su beneficio y, desde allí, ejercer su influencia social y política. Por eso, desde finales de 2015, su verdadera política es frenar las luchas, dejar que el gobierno de Mauricio Macri haga el “trabajo sucio” y apostar a volver al gobierno en las elecciones de 2019. Sin esa política, y su expresión en los importantes sectores sindicales que influencia, sería imposible entender la supervivencia del actual gobierno.

Algunas conclusiones

Los movimientos nacionalistas burgueses han fracasado en la tarea de liberar a los países latinoamericanos de la dominación imperialista que, como vimos, no ha hecho más que profundizarse. Muy ligado con ello, han fracasado en la construcción de la “patria grande” con que soñaban los dirigentes de la independencia como Bolívar, San Martín y O’Higgins.

En la base de este fracaso está su carácter de clase y las limitaciones infranqueables que esto les impone. Limitaciones que ya existieron en su “época de oro” pero que dan en un salto en la actualidad: “quien no está dispuesto a enfrentar y derrotar al capitalismo imperialista acaba siendo su instrumento”, y, por eso, erosionan cada vez más la independencia política y económica de los países latinoamericanos. Más allá de su retórica y de su auto-calificación de “progresivos”, terminan su historia como dictaduras represivas o como partidos integrantes de la falsa democracia burguesa.

En el tercer artículo de esta serie, vamos a partir entonces de la premisa cada vez más actual que Trotsky formuló en la década de 1930: “Solo el movimiento revolucionario de las masas populares contra el imperialismo podrá alcanzar el objetivo de la independencia nacional  […] No será la atrasada burguesía latinoamericana la llamada a resolver esta tarea sino el joven proletariado el que dirigirá a las masas”.     

Notas

[1] Para un análisis más profundo del conjunto del proceso chavista, recomendamos leer el libro Venezuela después de Chávez: un balance necesario. San Pablo, Brasil: Ediciones Marxismo Vivo, 2013, y la Revista Correo Internacional n.o 14 (Publicaciones de la LIT-CI, diciembre de 2015). Otro proceso importante en Latinoamérica, el de Evo Morales y el MAS en Bolivia, merecería un análisis muy específico por la presencia de fuertes nacionalidades indígenas oprimidas en este país.

[2] GUTIÉRREZ S., Alejandro. Venezuela: renta petrolera, socialismo del siglo XXI y comercio exterior agroalimentario, Venezuela: Ediciones Flacso, Universidad de Los Andes, 2014, en: http://www.saber.ula.ve/bitstream/handle/123456789/37443/Ponencia_Gutierrez_2013_FLACSO_Argentina.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[3] Ver: https://archive.fo/20150425012027/http://www.lanacion.com.ve/nacional/pga-group-estima-que-18-millones-de-venezolanos-han-emigrado-en-10-anos/ y https://reliefweb.int/report/colombia/situational-update-venezuela-situation-update-november-2017            

[4] http://efectococuyo.com/economia/maduro-afirma-que-venezuela-ha-pagado-74-mil-millones-de-la-deuda-externa/

[5] Asista el video online “Debate sobre Nicaragua”, disponible en: https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/nicaragua/vea-aqui-la-transmision-online-del-debate-nicaragua/, 25/8/2018.-
Para conocer más sobre la situación de Nicaragua, recomendamos leer la revista Correo Internacional n.o 20, dedicada a la situación centroamericana, publicada en octubre de 2018.

[6] https://www.gazetadopovo.com.br/eleicoes/2018/lenda-do-pt-jose-dirceu-diz-que-tomada-do-poder-e-questao-de-tempo-612h0rrjrxden2fqrnk6kgq7m

 [7] Ver: https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/argentina/que-fue-el-argentinazo/

[8] Ver: https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/brasil/debate-significado-la-prision-lula/

[9] https://www.indec.gob.ar/ftp/cuadros/…/balan_1910_2017.xls

[10] Datos del BCRA (Banco Central de la República Argentina), en: http://www.bcra.gov.ar/

[11] IED https://www.bbvaresearch.com/wp-content/uploads/2018/06/IED-Argentina_Jun18.pdf

[12] https://www.infobae.com/economia/2018/07/19/como-evoluciono-la-tasa-de-desempleo-en-los-ultimos-35-anos-en-la-argentina/. Nota: tanto las cifras de la desocupación como las de la pobreza dadas por el INDEC en los gobiernos de Cristina Kirchner han sido cuestionadas por estudios privados por haber sido “maquilladas”. 

[13] El INDEC dejó de publicar estadísticas sobre pobreza en 2013. Para ver la serie completa, tomamos los estudios del Instituto CIFRA de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos) y del ODSA de la UCA (Universidad Católica Argentina), en: https://chequeado.com/el-explicador/como-evoluciono-la-pobreza-con-cada-presidente/

[14] http://www.ambito.com/920615-la-argentina-y-el-fmi-una-historia-de-deudas-crisis-y-busqueda-de-credibilidad

[15]  http://www.cadtm.org/La-deuda-publica-Kirchner-Macri

[16] Ídem.