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El dominio imperialista avanza y se profundiza en Latinoamérica. La independencia política lograda en el siglo XIX hoy es formal y limitada. Los movimientos nacionalistas burgueses fracasaron en su resistencia limitada y terminaron capitulando. ¿Cuál es el camino y cuáles son las tareas para lograr la segunda y definitiva independencia latinoamericana?

Por: Alejandro Iturbe

La liberación nacional del yugo imperialista (es decir, la independencia política) es una “tarea democrática”. En el lenguaje marxista, estas tareas son aquellas que llevó adelante la burguesía en su época revolucionaria, cuando combatió y destruyó las estructuras económicas y el Estado feudales para tornarse la clase dominante de la sociedad. En estas tareas, se apoyó y encabezó las luchas de las masas insurrectas en procesos cuyo modelo histórico fue el de la Revolución Francesa (1789). Las principales tareas revolucionarias llevadas adelante por la burguesía en esa época fueron la unidad nacional de diversos países europeos, la destrucción del régimen feudal y la construcción de la democracia burguesa parlamentaria, y la distribución de la tierra (hasta entonces propiedad mayoritaria de la nobleza).

Junto con estas revoluciones, se desarrolló otro proceso revolucionario que ya no se dirigía contra el viejo feudalismo sino contra el capitalismo, que iniciaba su predominio mundial: la lucha por la independencia de diversas naciones coloniales conquistadas por las potencias centrales en siglos anteriores. En el continente americano, este período comienza con la independencia de Estados Unidos (1776), se continúa en Haití (1804) y con el proceso de las colonias españolas (iniciado en 1810). En todos los casos, hubo guerras revolucionarias para defender y consolidar la independencia contra las naciones colonialistas. La dinámica del Brasil fue diferente: quien declara la independencia, en 1821, es una rama de la monarquía y de la corte portuguesa instalada en el país.

Las tareas democráticas bajo el capitalismo imperialista

Sin embargo, en numerosos países y regiones, la burguesía fue incapaz de llevar adelante una o varias tareas democráticas que, por eso, quedaron pendientes de resolución. Por otro lado, el desarrollo del capitalismo fue creando nuevas tareas democráticas y la necesidad de luchar por ellas. Por ejemplo, el resurgimiento de la esclavitud en gran escala en Estados Unidos, Brasil, Centroamérica y el Caribe al servicio del desarrollo capitalista (fundamentalmente con el secuestro y traslado compulsivo de esclavos negros africanos), varias de cuyas consecuencias subsistieron al abolirse la esclavitud. O la opresión a los pueblos latinoamericanos originarios derivada de la colonización y que se mantuvo luego de la independencia. Además, como vimos, en el siglo XX se desarrolló una nueva forma de dominación por parte de las potencias imperialistas: la semicolonización. Se puso a la orden del día una tarea: la “liberación nacional” o la “segunda y definitiva independencia”.

Por todo lo que hemos analizado, la lucha por las viejas y nuevas tareas democráticas está a  la orden del día. Pero ya no se dirige contra el sistema y las clases feudales (o sus resabios) o contra los viejos imperios coloniales, sino contra el capitalismo imperialista en su conjunto, es decir, contra las burguesías imperialistas y contra las burguesías nacionales (que son sus agentes). Esto significa que la lucha por las tareas democráticas pasa a integrarse en un proceso mayor que las engloba: la revolución obrera y socialista, y sus tareas propias.

La actualidad de la Teoría de la Revolución Permanente

El primero en señalar con total claridad esta continuidad o “nexo interno” de las diferentes tareas revolucionarias fue Trotsky en el debate entre los marxistas rusos, desarrollado entre las revoluciones de 1905 y 1917. Después, basado en la experiencia de esa revolución triunfante y de la que fue derrotada en China (1923-1928), escribiría la formulación definitiva de su Teoría de la Revolución Permanente. En una de sus Tesis, expresa:

Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan solo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando este el poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas.[1]

Esto significa que la clase obrera debe tomar el poder como caudillo de “la nación y las masas oprimidas” y comenzar a resolver esas tareas democráticas junto con tareas propias de la revolución socialista. Todos estos conceptos se aplican, de modo agudo, en Latinoamérica. Al no avanzar hacia la revolución socialista en nivel nacional (ni menos aún impulsar su extensión internacional), los procesos revolucionarios o de resistencia desarrollados en los siglos XX y XXI acabaron retrocediendo y abortando o siendo derrotados. Es responsabilidad de la política aplicada por las direcciones burguesas y pequeñoburguesas. De esta forma, los triunfos obtenidos con luchas revolucionarias o de resistencia se perdieron o se erosionaron al extremo.

Una excepción: la Revolución Cubana

En Latinoamérica hubo una excepción a esta regla: la revolución encabezada por Fidel Castro y el Che Guevara que en 1959 derrocó la dictadura pro-yanqui de Fulgencio Batista. La mayoría de la dirección del Movimiento 26 de Julio (M26J) provenía de la juventud estudiantil burguesa o pequeñoburguesa y su programa era “democrático popular”. Es decir, no sobrepasaba los límites del capitalismo ni del régimen democrático-burgués[2].

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Después de tomar el poder, el M26J intentó aplicar su programa “democrático popular” y formó un gobierno con numerosos políticos burgueses que habían sido opositores a Batista. Sin embargo, la realidad presionó a la dirección castrista y la llevó a “ir más allá” de sus intenciones y su programa. Al comenzar a llevar a cabo medidas como la reforma agraria y la expropiación de algunas empresas de Batista asociadas al imperialismo, el sector de la burguesía cubana que había apoyado a Fidel y el propio imperialismo comenzaron a atacarlo.

El resultado inmediato de esta alianza fue el fracasado intento de invasión a Bahía de Cochinos-Playa Girón (abril de 1961), apoyado por la CIA y el gobierno de John F. Kennedy.

En respuesta, el gobierno de Castro profundizó la política de expropiación de empresas y campos de la burguesía y el imperialismo, y comenzó a aplicar un plan económico centralizado desde el Estado. Como resultado de ello, se transformó en el primer Estado obrero de Latinoamérica e iniciaba así el camino de la transición al socialismo. El Che Guevara expresaba esta realidad diciendo que la revolución socialista en Cuba se había hecho “de contragolpe”.

Para los trotskistas, el proceso cubano corroboraba lo planteado por Trotsky: la resolución plena de las tareas democráticas implican avanzar hacia la dictadura del proletariado. La dirección castrista tiene el gran mérito de haber decidido “avanzar” e “ir más allá” de su programa. El Che Guevara expresó esto en su frase: “Revolución que no avanza, retrocede”.

Por eso, Cuba fue durante casi tres décadas el único país latinoamericano realmente independiente del imperialismo yanqui. No se trató solo de palabras: las conquistas de la revolución cubana para los trabajadores y el pueblo fueron inmensas, especialmente en los campos de la salud, la educación y la alimentación. En estos campos, partiendo de mucho más atrás, Cuba superó a países latinoamericanos mucho más ricos como Brasil, México y Argentina. Así se transformó en una referencia para muchos revolucionarios en todo el mundo.

Las limitaciones del proceso cubano

Al mismo tiempo que reivindicamos estos grandes logros de la revolución, es necesario decir que la dirección cubana construyó un Estado obrero burocrático, sin democracia real para los trabajadores y las masas, de acuerdo con el modelo estalinista. Los trabajadores cubanos nunca dirigieron el gobierno cubano sino que lo hizo la burocracia del Partido Comunista cubano (sucesor del M26J).

Además, la dirección castrista se mantuvo siempre dentro del criterio del “socialismo en un solo país”, propuesto por el estalinismo desde la segunda mitad de la década de 1920, en contra de la revolución socialista internacional propuesta por el marxismo desde su fundación. Coherente con esta realidad, en la década de 1960 el castrismo se integró al aparato estalinista internacional, centralizado por la burocracia de la entonces URSS, y pasó a defender lo esencial de sus posiciones políticas.

En los primeros años, sin embargo, lo hizo de modo contradictorio, ya que impulsó la “exportación” de la revolución a través del entrenamiento y la formación de cuadros, y el apoyo material a numerosas organizaciones guerrilleras latinoamericanas, una línea que no era compartida por Moscú[3].

Posteriormente, la dirección castrista dejó de impulsar la “exportación” de la revolución y pasó a sostener sin mayores contradicciones la política que emanaba de Moscú (aunque mantuvo el apoyo a algunas organizaciones guerrilleras). Por ejemplo, en 1970 respaldó el gobierno chileno de Salvador Allende y su supuesta “vía pacífica al socialismo”, que terminó en el desastre del golpe de Augusto Pinochet. En 1973, apoyó el gobierno burgués del peronismo argentino, en un momento en que este movimiento no volvía para tener roces con el imperialismo, como en su etapa anterior, sino para controlar y derrotar el ascenso obrero y popular que había comenzado en 1969 con el Cordobazo.

El proceso centroamericano

Esta política equivocada tendría un altísimo costo. En 1979, la lucha contra el régimen de Anastasio Somoza, la destrucción de la Guardia Nacional somocista y su derrocamiento por la vía revolucionaria, pusieron al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en una situación similar a la del M26J cubano veinte años atrás. El FSLN estaba ante la alternativa de seguir el “camino cubano” y avanzar en la construcción de un nuevo Estado obrero o seguir el “camino argelino” y reconstruir el Estado burgués.

La dirección sandinista viajó a Cuba para ver a Fidel Castro (a quien reconocía como “su dirigente”) y consultarlo sobre cuál “camino” debía seguir. La respuesta de Fidel fue muy clara: “Nicaragua no debe convertirse en una nueva Cuba”[4]. Es decir, no hagan lo que hicimos nosotros, manténganse en el terreno del capitalismo y reconstruyan el Estado burgués.

Por orientación de Fidel, Nicaragua no se transformó en una nueva Cuba. El destino final de todo este proceso se analiza en otros artículos de la revista ya citada arriba: actualmente, el FSLN de Daniel Ortega encabeza un régimen burgués dictatorial contra los trabajadores y el pueblo nicaragüense. Como un efecto expansivo de aquella política de la dirección castrista, la lucha que la guerrilla salvadoreña desarrollada en esos años ni siquiera llegó a lograr una “nueva Nicaragua”, y el Farabundo Martí acabó entregándola en la mesa de negociaciones.

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Existe una consecuencia aún más profunda de esta criminal política de la dirección castrista: al frenar la revolución nicaragüense y la centroamericana, y llevarla a la derrota, Fidel contribuyó a profundizar el aislamiento del Estado obrero cubano. El final también es conocido: fueron Fidel y la dirección castrista los que restauraron el capitalismo en la década de 1990, completando así un círculo que destruyó lo que había construido. Las conquistas logradas se han perdido o están en ese camino. 

Más allá de estas duras críticas a la dirección cubana y a las consecuencias de sus graves limitaciones, la de Cuba fue una experiencia muy valiosa que queda como enseñanza imprescindible para la actualidad. Para mantener y profundizar sus aciertos y para no repetir sus gravísimos errores.

Las tareas para la liberación latinoamericana

En este artículo no podemos desarrollar extensamente el programa que resuma las tareas para la segunda independencia latinoamericana ni los debates con las propuestas del nacionalismo burgués o la izquierda adaptada a los regímenes democrático-burgueses o bonapartistas sui generis. Por eso, nos limitaremos a formular sintéticamente sus ejes principales.   

El primero es el eje económico-financiero, base estructural de la dominación imperialista. El punto de partida es la suspensión del pago de la deuda externa y pública, verdadera aspiradora de riqueza y, al mismo tiempo, mecanismo de control de los planes económicos de los gobiernos burgueses latinoamericanos. Es una deuda que ya se ha pagado varias veces en sus valores reales y que, a pesar de ello, con un mecanismo usurario, no ha dejado de crecer. Sin romper ese mecanismo no hay forma de lograr ninguna independencia ni atender las necesidades de los trabajadores y el pueblo.

El paso siguiente es la expropiación sin pago y la estatización de las principales palancas de la economía en la producción y los servicios (hoy dominadas por las empresas imperialistas). Esas empresas ya han recuperado con creces sus inversiones reales a través de las remesas de ganancias, las exenciones impositivas, las adquisiciones de bienes de las empresas privatizadas a precios de remate, la fuga de capitales y el usufructo de las fraudulentas deudas del Estado (recordemos el caso de la Ford y de YPF, en Argentina). No les debemos nada: todo lo que poseen es de los trabajadores y el pueblo de los países latinoamericanos. Por eso, se trata de recuperar lo que es nuestro.

El tercer punto es la expropiación de los grandes latifundios para llevar adelante una combinación de una reforma agraria que dé tierras a los pequeños agricultores con un proceso socialización de la agricultura. Una combinación que tendrá proporciones diferentes según la estructura agraria y socio-poblacional de cada país.

Todo este potencial productivo será desarrollado a través de un plan económico centralizado desde el Estado, que debe ser democráticamente discutido y votado por los trabajadores y el pueblo, en función de las necesidades nacionales y de la población, y no de las ganancias del imperialismo y de las burguesías nacionales.

Para que este plan pueda desarrollarse sin obstáculos es necesaria la existencia de un monopolio estatal de la banca y el comercio exterior. Es decir, la creación de un único banco estatal con ramas especializadas: producción, consumo, comercio interno, comercio exterior, etc. De esa forma, no solo se utilizarán racionalmente los fondos y los recursos existentes sino que se impedirá la fuga de capitales y las maniobras, hoy habituales, de la burguesía con las divisas extranjeras en el comercio exterior.

Otro aspecto esencial de esta centralización económica estatal es la aplicación de un plan de obras públicas. Estará destinado, por un lado, a atender las necesidades más apremiantes de la población: hospitales, escuelas, servicios de agua potable y alcantarillado, viviendas populares, etc. Por el otro, a garantizar trabajo para todos, acabando así con el flagelo de la desocupación.

Las tareas político-militares

Un segundo eje es la necesidad de la ruptura de los pactos políticos y militares que subordinan nuestros países al imperialismo, como los de Río de Janeiro (1947) y otros posteriores, así como el desconocimiento de los acuerdos de la deuda externa y de las privatizaciones de empresas que renuncian a la soberanía jurídica. Son pactos inadmisibles desde el punto de vista de la soberanía nacional, y sin romper con ellos no hay independencia posible. 

De modo especial, no existe independencia real sin el desmantelamiento de las bases militares imperialistas y su expulsión, así como la eliminación de los “ejercicios militares conjuntos” que comanda el Pentágono estadounidense. Es necesario construir fuerzas armadas al servicio de la independencia. Retomaremos este punto al hablar del carácter continental de la lucha.

En el plano políticoinstitucional resulta evidente que todos los regímenes de las burguesías nacionales (sean democrático-burgueses o bonapartistas) acaban siendo instrumentos del imperialismo y con un grado de corrupción cada vez más repugnante. Nuestra propuesta es construir organismos estatales democráticos de los trabajadores y las masas, al estilo soviets (concejos) de los primeros años de la URSS. Como un ejemplo latinoamericano está la Central Obrera Boliviana (COB) de 1952, en la que encabezados por los mineros y los otros sectores de trabajadores industriales, participaban los maestros, los campesinos pobres, las amas de casa de los barrios populares, los pequeños comerciantes, etc. En cada país, estas instituciones pueden adquirir formas diferentes determinadas por su tradición y la conformación social de las clases explotadas y oprimidas.

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Aunque no vamos a desarrollarlo aquí, en esas instituciones deben tener un espacio especial los sectores más explotados y oprimidos de nuestros países, como la población negra de Brasil y otros países, y las nacionalidades indígenas. Con respeto y apoyo tanto para mantener su cultura, sus tradiciones y su lengua, como para el desarrollo de sus experiencias económicas y políticas propias (como las comunas de los pueblos andinos). Integradas en una totalidad nacional más amplia y compleja, es imprescindible que tengan ese espacio. 

La lucha es continental

La lucha por la segunda independencia contra el imperialismo se inicia en cada país pero solo puede ser exitosa en el marco de una lucha continental. La primera independencia de muchos países se logró en una guerra continental contra el imperio español, con ejércitos unificados integrados por soldados y oficiales de muchos países.

Esta necesidad de unidad surge de dos elementos centrales. El primero es que padecemos los mismos problemas. El segundo es que enfrentamos el mismo enemigo (el imperialismo yanqui) que, además, es muy poderoso. En esta realidad, Brasil se suma hoy a los países de habla hispana. Los países separados somos presas más fáciles; juntos en la lucha existen muchas mayores posibilidades de triunfar.      

Esto nos lleva nuevamente al problema militar que plantea esta lucha. Nadie subestima, ni mucho menos, el poderío militar del imperialismo ni la violenta reacción que va a tener si comienza a perder su “patio trasero”. Al igual que la primera independencia, la segunda requerirá una dura lucha militar, en la que unidos seremos muchos más fuertes. Los países que fuimos colonia de España tenemos la tradición de unidad político-militar de quienes los libertaron, como Bolívar, San Martín, O’Higgins, y otros patriotas.

Nadie dice que será una lucha fácil ni que la victoria está asegurada. Pero la historia nos muestra que la convicción y la determinación políticas pueden derrotar a potencias que, en el campo puramente militar, son superiores. Es la enseñanza de la primera independencia latinoamericana, de la naciente Unión Soviética que enfrentó y derrotó la invasión de catorce ejércitos imperialistas, del pueblo cubano rechazando la invasión organizada por la CIA, del pueblo vietnamita derrotando al poderoso ejército estadounidense, etc.

Al mismo tiempo, un proceso de revolución latinoamericana se metería dentro de los propios Estados Unidos, a través de su gran población latina y negra. Posiblemente tendrá un impacto muy superior al sucedido durante la guerra de Vietnam y las movilizaciones antibélicas de las décadas de 1960 y 1970, que erosionaron políticamente su capacidad militar y desgastaron la base de las Fuerzas Armadas. 

Reivindicamos a Bolívar, San Martín y O´Higgins (agreguemos a otros como el haitiano Toussaint Louverture) porque fueron los líderes de la primera independencia. Los tres primeros fueron la mejor expresión de una burguesía revolucionaria que estuvo dispuesta a llevar hasta el final su lucha por la independencia. Hoy, los sectores centrales de esas burguesías latinoamericanas está “del otro lado” de esa lucha, asociados a esa subordinación al imperialismo. Son parte del enemigo a combatir.

Tal como decía Trotsky, esa segunda independencia solo puede lograrse si esa lucha la protagoniza el proletariado encabezando al campesinado pobre y a las masas urbanas oprimidas. Por eso, la  “Patria Grande” con la que soñaron Bolívar, San Martín, O’Higgins y Louverture) solo podrá lograrse a través de una Federación de Repúblicas Socialistas Latinoamericana. La LIT-CI y sus partidos se ponen al servicio de esta tarea.

Notas:

[1] TROSTKY, León La revolución permanente, 1930. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/revperm/index.htm

[2] Para un visión más global del proceso cubano, recomendamos leer:   https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/cuba/especial-fidel-castro/ y el artículo “La influencia del castrismo” en revista Correo Internacional n.° 20 (publicación de la LIT-CI, San Pablo, Brasil, Octubre de 2018).

[3] Excede las posibilidades de este material, el debate con la teoría del “foco guerrillero” y sus consecuencias. Sobre este tema, recomendamos leer Tesis sobre el guerrillerismo de Nahuel Moreno, Eugenio Greco y Alberto Franceschi, Buenos Aires, 1986, en: http://www.nahuelmoreno.org/tesis-sobre-el-guerrillerismo-1986.html

[4] http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1979/esp/f260779e.html