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Como dijimos en el artículo anterior, la revolución cubana fue una revolución a contragolpes, o sea, no fue una revolución pensada para culminar con la expropiación de la burguesía y la construcción de un Estado obrero, aunque deformado, sino como una revolución contra el régimen dictatorial de Fulgencio Batista.

Por: Jerónimo Castro

Esta idea, la de que la revolución tenía como fin el derrocamiento del dictador y no una transformación radical de las relaciones sociales en Cuba, se manifiesta no solo en los diversos acuerdos hechos por Fidel en el transcurso de la propia guerrilla, sino incluso en la opinión que el Che presenta en la carta que citamos en el artículo anterior.

Para él, Fidel no solo era un dirigente burgués de izquierda, sino que incluso giraría a la derecha en el curso de su gobierno. La predicción del Che, en este caso, estaba correcta, aunque la curva fuese mucho más larga y sinuosa de lo que él imaginaba.

No obstante, si eso es verdad, si los planes y predicciones de la dirección cubana no eran la toma del poder para expropiar a la burguesía, ¿por qué, al final, fue este el resultado de la revolución cubana?

Las intenciones de la dirección de la revolución cubana

Cuando Fidel y su ejército guerrillero comenzaron la guerrilla que culminaría con la victoria de la revolución cubana, lo que ellos querían era de hecho sacar el gobierno reaccionario, corrupto e ineficiente de Fulgencio Batista. Para conseguir este objetivo, después de intentar por algunos medios legales, Fidel llegó a la conclusión de que la única forma de hacerlo era por la vía de la lucha armada.

Consecuente con esta conclusión, intentó primero un golpe de mano asaltando un cuartel y luego formando un grupo guerrillero que actuaría en la Sierra Maestra.

Al internarse en la Sierra para, a partir de ahí, formar un ejército guerrillero, Fidel y sus primeros seguidores comenzaron a reclutar jóvenes campesinos para su ejército rebelde.

El ejército guerrillero de Castro era básicamente un agrupamiento de jóvenes oriundos de las ciudades, muchos de ellos estudiantes, por otra parte, y con una base territorial y social agraria, en los confines de Cuba.

Era una típica organización pequeñoburguesa radicalizada. En la medida en que su base popular, campesina, se ampliaba, un nuevo elemento se agregaba cada vez con más fuerza a su ecléctico programa: el problema de la reforma agraria.

Cuba, como la amplia mayoría de las ex colonias españolas, no había hecho reforma agraria luego de la guerra de independencia. Era una tarea por realizarse.

En la medida en que Fulgencio Batista resiste, y que para librarse de él, de hecho, iba tornándose necesario hacer una revolución, o sea, llevar a cabo la desorganización y destrucción de su ejército, y que el ejército rebelde ganaba nuevos adeptos en función de sus promesas de democracia y reforma agraria, una contradicción de hierro se formó en Cuba.

Con la victoria del ejército rebelde, en enero de 1959, esta contradicción llegó a su auge.

El fin de la época de las reformas duraderas

Durante toda la primera fase del dominio de la burguesía, en especial en el siglo XIX, se vivió una amplia época de reformas en la lucha de clases.

Por cuenta del carácter ascendente del capitalismo, en que, en general, se producían grandes riquezas y las fuerzas productivas se desarrollaban, en la medida en que el capitalismo avanzaba, y frente a las grandes luchas entabladas por la clase trabajadora y sus aliados, especialmente en Europa, fue posible obtener una serie de conquistas que después se extenderían de forma más o menos recortadas a varias países coloniales y semicoloniales, y que tendrían larga duración.

Fueron conquistados derechos como los de organizarse en sindicatos y partidos obreros, jornadas de trabajo fijas y permanentemente en disminución, prohibición y reglamentación de ciertos tipos de trabajo especialmente peligrosos o dañinos, prohibición del trabajo infantil, y un largo etcétera.

Era posible tener tales conquistas sin cuestionar el centro del sistema capitalista. Por eso, era una época de reformas.

No obstante, los cambios del capitalismo en el inicio del siglo XX llevaron a una nueva configuración de la lucha por reformas. En la medida en que el capitalismo entraba, en las palabras de Lenin, en su decadencia, sus posibilidades de permitir reformas duraderas desaparecieron. Las reformas, cuando concedidas, eran dadas con una mano para ser retiradas con la otra.

En los países de desarrollo atrasado, o periféricos, además de que esas conquistas apenas llegaron de forma bastante recortada, una serie de otras, tales como la reforma agraria y la independencia nacional, nunca llegaron o fueron igualmente limitadas.

En los países centrales, estas últimas tareas –la reforma agraria, la unificación y la independencia nacional– fueron cumplidas por la burguesía en su ascenso. Las revoluciones burguesas de los siglos XVIII y XIX unificaron los países, crearon las principales naciones e hicieron sus reformas agrarias a expensas de los señores feudales.

Cuando finalmente los países de desarrollo atrasado estuvieron en condiciones de enfrentar tales tareas, la clase social que las había llevado adelante en los países centrales, la burguesía, ya no tenía ningún interés en hacerlo en los países atrasados.

La burguesía de los países atrasados, por su composición raquítica, por sus relaciones de dependencia con el imperialismo y por su naturaleza cobarde, no se propone nunca liderar una lucha seria por la liberación de su país. Esta tarea recae siempre sobre otras clases.

Hacer reforma agraria, defender la revolución de la acción del imperialismo o traicionar la revolución

Cuando los revolucionarios cubanos llegaron al poder, las masas que los apoyaron querían de ellos principalmente la reforma agraria, y los sectores estudiantiles, que hacían parte del ejército rebelde, quería que La Habana dejase de ser el prostíbulo de los Estados Unidos.

Para conseguir cumplir esas dos tareas, aparentemente consonantes con un país capitalista, era necesario enfrentar los intereses coligados de la podrida burguesía cubana y el imperialismo norteamericano.

La otra alternativa era dar marcha atrás en la revolución. Fidel intentó un camino intermedio: puso a un juez para ser presidente, Urrutia, y promulgó una primera ley de la reforma agraria bastante tímida. Fue suficiente para enfurecer al imperialismo y a la burguesía cubana.

El carácter de clase de la dirección la aproxima a los Estados del Este

Frente a la gradual, pero rápida, ruptura de relaciones entre la naciente revolución y los Estados Unidos, Cuba comienza a aproximarse a los Estados del Este europeo, en especial a la Unión Soviética.

Esta aproximación no era obvia, pues el PC cubano, que en la época se llamaba PSP (Partido Socialista Popular), no apoyó la guerrilla. Además, un ala importante del Movimiento 26 de Julio era anticomunista. Entonces, ¿cómo explicar esta aproximación?

La explicación está en el carácter de clase de ambas direcciones. La revolución rusa, luego de burocratizarse, en el largo proceso de estalinización, creó una capa superior de dirigentes y altos funcionarios que, por sus características, se asemejaba mucho a la pequeña burguesía. En especial, su visión limitada y su deseo de independizarse de la gran burguesía, por un lado, y del proletariado, por el otro.

Si la alternativa de la dirección cubana hubiese sido no capitular al imperialismo o instalar una verdadera dictadura del proletariado, con democracia obrera, organismos de poder independiente y apoyo incondicional a la revolución internacional, o sea, un verdadero internacionalismo militante, muy probablemente su aproximación con el Este habría sido distinta, o incluso nunca se habría dado.

No obstante, esta aproximación en aquel momento significaba lo inverso. Permitía construir un aparato propio por encima de la clase obrera, sin democracia en el partido o en las instituciones gobernantes, y le permitía al gobierno cuidar esencialmente del problema de Cuba. Era, desde el punto de vista de la dirección castrista, un negocio redondo.

La política de expansión de la revolución cubana

A pesar de que podemos afirmar que la revolución cubana no tenía como eje la revolución mundial, ni siquiera la revolución latinoamericana, Cuba tuvo una política internacional que, en cierta medida, era de expansión de la revolución.

Desde la llegada al poder, al principio de forma más “aficionada” y después con un criterio de política oficial o semioficial del Estado cubano, dio algún apoyo a las luchas guerrilleras en América Latina. El máximo exponente de esa política fue el Che Guevara, que al final terminó muerto en la selva boliviana.

Pero, una cosa es patrocinar grupos armados e incluso apoyar la lucha revolucionaria en uno u otro rincón del mundo, y otra bien distinta es tener una visión internacionalista de la revolución.

Lenin decía que si para que triunfe la revolución alemana él tuviese que sacrificar la revolución rusa, lo haría de buen grado. Esta visión del mundo era así porque Lenin sabía que la victoria de la revolución alemana colocaría la causa del proletariado en mejores condiciones para triunfar que la revolución rusa.

Los cubanos generalmente partían de otra ubicación. Ellos creían que la revolución, o incluso la expansión de la lucha armada en América Latina, debilitaría a los Estados Unidos y facilitaría la defensa de la revolución cubana. Partían de la concepción de que era necesario defender a Cuba y ponían sus esfuerzos internacionales al servicio de eso.

Cuando las revoluciones latinoamericanas no triunfaron, y en la medida en que Cuba va adaptándose al escenario internacional, este apoyo a la revolución retrocede hasta el punto de estancarse.

En 1979, finalmente triunfará la revolución en América Latina, la de los sandinistas en Nicaragua. En ese momento, Fidel aconseja personalmente a los nicaragüenses para que Nicaragua no se tornase una nueva Cuba. En los años siguientes, Cuba cumpliría un papel central en el Acuerdo de Contadora, en que la guerrilla salvadoreña haría un acuerdo vergonzoso con el imperialismo.

Una revolución inconsciente

En la medida en que las condiciones del capitalismo se deterioran, y con eso el nivel de vida cae cada vez más, las masas, en su búsqueda desesperada por la sobrevivencia, tienden a la revolución. Es un proceso objetivo. No obstante, normalmente se encuentran a su frente con direcciones la mayoría de las veces confusas, cansadas o desanimadas, o aún inexpertas, cuando no directamente traidoras.

En esta combinación entre el proceso objetivamente revolucionario y direcciones incapaces de estar al frente de las revoluciones, nacen las revoluciones inconscientes, aquellas que ocurren sin que haya un sector que conscientemente quiera llevarlas hasta sus consecuencias finales: la expropiación de la burguesía y la lucha a muerte contra el imperialismo.

Fruto de esta inconsciencia del proceso revolucionario, sus efectos y conquistas serán todos mediados: la nacionalización sin democracia obrera, la expansión de la revolución sin estrategia internacionalista, la aproximación a los Estados del Este sin una crítica al estalinismo, o la crítica al estalinismo sin una alternativa a él.

La verdad podría ser descrita de una forma simple: no fue la dirección cubana que condujo a las masas al “socialismo” sino, por el contrario, las masas cubanas arrastraron a su dirección hasta lo más lejos posible del capitalismo.

Traducción: Natalia Estrada.