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La teoría de la revolución, los sujetos

La victoria de la revolución rusa no solo inauguró de forma victoriosa la época de las revoluciones socialistas como estableció un paradigma para la teoría marxista.

Por: Jerónimo Castro

Esta revolución fue dirigida por un partido obrero y revolucionario construido en los catorce años anteriores, a partir de una serie de luchas políticas y teorías que definían claramente sus principios y objetivos.

Era un partido para la acción revolucionaria, cuyo objetivo era la toma del poder por la clase obrera en Rusia, a fin de servir como una palanca para la revolución mundial. Era, en pocas palabras, un partido obrero, revolucionario e internacionalista. El bastión más importante de este partido era el barrio de Viborg, el gigantesco barrio obrero de Petrogrado.

El otro gran actor de la revolución rusa fue la clase obrera industrial. En un país fundamentalmente agrícola, metido en una guerra mundial de la cual no tenía la menor condición de participar por su atraso atávico, la relativamente pequeña, pero poderosamente concentrada clase obrera rusa fue el motor de la revolución, su vanguardia incontestable, arrastrando tras de sí a una masa de campesinos hambrientos y locos por tierra y de soldados, muchos de ellos campesinos llevados para la guerra sin armas ni botas, que ya no soportaban más morir por una causa que no era la suya.

Para los marxistas revolucionarios era la confirmación de que la revolución socialista sería una revolución consciente, o sea, que tendría a la cabeza una organización política de la clase obrera, firme y disciplinada, con un programa claro, y que comprendía sus tareas. Este “sujeto político”, el partido de tipo bolchevique, dirigiría una clase obrera industrial que se organizaría en consejos, soviets u otro organismo democrático de la clase obrera (como las comisiones de fábrica, por ejemplo), que sería el “sujeto social de la revolución” a la cabeza de todos los explotados y oprimidos.

Al contrario de lo que cuenta la historiografía oficial, e incluso la estalinista, las revoluciones que siguieron a la rusa repitieron en mayor o menor grado esta experiencia.

Las revoluciones húngara, alemana, italiana, española, antes de la Segunda Guerra Mundial, y la boliviana, solo para dar algunos ejemplos, repitieron la existencia de estos dos sujetos (político y social) y fracasaron principalmente en la medida en que algunos de ellos faltó al encuentro o no estuvo presente en las proporciones necesarias.

La teoría de la revolución, las tareas

No obstante, la revolución también se desarrolla a partir de otro elemento: las tareas que se propone. O sea, más allá de los sujetos de la revolución, existen las tareas de la revolución. Estas tareas varían de país en país. En un país de desarrollo capitalista atrasado, la tarea puede ser, por ejemplo, la reforma agraria o la independencia. Si fuera necesario hacer una revolución por uno de esos dos puntos, eso significa que la burguesía de ese país no fue capaz de hacerla. La revolución será entonces contra la burguesía gobernante.

Para llevar hasta el fin esta tarea, por lo tanto, la revolución, por más que se inicie en los marcos de las tareas burguesas, llegará a su final enfrentando esta misma burguesía. Lo mismo vale para el imperialismo. En ninguna parte del mundo es posible hacer, ya hace mucho tiempo, una reforma agraria que no enfrente sectores imperialistas, muchos menos conquistar la independencia nacional, que solo es posible enfrentando justamente este mismo imperialismo.

En este caso, incluso bajo una dirección pequeñoburguesa, y con un sujeto distinto del proletariado, la revolución podría llegar hasta la expropiación de la burguesía y la ruptura con el imperialismo.

Trotsky, en el Programa de Transición, dice exactamente eso: “Es, mientras tanto, imposible negar categórica y anticipadamente la posibilidad teórica de que, bajo la influencia de una combinación de circunstancias excepcionales (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas, etc.), los partidos pequeñoburgueses, incluidos los estalinistas, puedan ir más lejos de lo que querían en el camino de la ruptura con la burguesía”.

El caso cubano

Lo que ocurrió en Cuba, como en otras revoluciones agrarias y anticoloniales, fue justamente eso. Se dio la hipótesis altamente improbable que dice Trotsky. La organización política que dirigió la revolución, el M26, era una típica organización pequeñoburguesa, que en el inicio era juvenil y estudiantil, y que luego del inicio de la guerrilla, y con una importante lucha interna que perduraría hasta 1962, irá migrando su centro de poder de la planicie para la sierra.

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En la medida en que la guerrilla gana primacía sobre el aparato urbano del M26, su estructura se militariza aún más, acabando con la democracia interna. También debido al grado de confusión, intencional en muchos casos, el problema del programa político fue perdiendo importancia en relación con la habilidad guerrillera. El Che Guevara, en una crítica al partido comunista aún en tiempos de la guerrilla, dirá que el PSP[1] era capaz de crear cuadros que resistían bravamente a la tortura, pero no creó ningún cuadro capaz de tomar por asalto el arsenal de ametralladoras, como si el problema del estalinismo fuese este.

Además, el sujeto social de la revolución cubana no fue el proletariado industrial sino el campesino pobre y, según algunos estudios, el proletariado y el semiproletariado rural. Más que un proyecto propio bien definido a partir de la dirección, en el sentido de la expropiación de la burguesía y de la ruptura con el imperialismo, fue la situación, la tarea que la revolución exigía, lo que llevó al desenlace revolucionario.

Como ya demostramos en los dos artículos anteriores[2], fue el desenlace de las tareas de la revolución, la cuestión agraria y la cuestión de la liberación nacional, la intransigencia de los Estados Unidos, la existencia de Estados obreros burocratizados, que permitieron a la dirección cubana acomodarse a una situación intermedia, que explica por qué, al final, e incluso contra su voluntad, esta dirección termina por expropiar a la burguesía.

No obstante, las contradicciones que aquí presentamos tuvieron sus efectos. Queremos iniciar la discusión sobre dos de ellos: el balance de la guerrilla y la restauración del capitalismo en Cuba. Ambos conectados al tema que estamos discutiendo en este artículo.

El efecto de la victoria cubana en la izquierda latinoamericana y mundial

La victoria de la revolución cubana, con sus jóvenes dirigentes barbudos y andrajosos, impactó profundamente a la izquierda latinoamericana y mundial. Y tuvo un efecto contradictorio sobre el estalinismo.

Si bien es verdad que los PCs de línea soviética, que defendían la línea de la coexistencia pacífica y de la vía pacífica al socialismo y que ya venía en crisis, profundizaron esta crisis con el surgimiento del castrismo (y de su variante de izquierda, el guevarismo), no se puede decir lo mismo en relación con el conjunto del estalinismo.

Expliquemos. Los PCs, en especial sus juventudes, pero no solo ellas, perdieron centenas y centenas de militantes y cuadros y dejaron de influenciar a las generaciones siguientes gracias a la existencia de esta nueva corriente. Millares en toda América Latina adherirían a este nuevo llamado, que proponía, en las palabras de Régis Debray[3], hacer una revolución en la revolución. Ya no era más necesario un partido ni un programa ni una línea política bien definida ni un trabajo en el movimiento de masas. Un puñado de personas bien decididas, con algún entrenamiento militar, y unas pocas armas, en un lugar despoblado y retirado, era suficiente para iniciar una revolución.

Fue un verdadero cataclismo en la izquierda. Toda una generación se hizo guerrillerista y entró en la aventura del foco. Muchos, de los más abnegados y heroicos, dejaron sus vidas en este proyecto.

No obstante, esta fiebre no alcanzó solo a los PCs, alcanzó también a organizaciones revolucionarias.

Dos casos valen la pena ser recordados. La JCR, que se tornaría luego LCR, la sección del Secretariado Unificado (SU) en Francia, que se vio literalmente tomada por un sector de la juventud que participó en las luchas de Mayo del ’68 y que, en ruptura o rechazo al PCF, toma las teorías castro-guevaristas como referencia y lleva al SU a su primera gran adaptación a la vanguardia. Se adapta a la moda guerrillera de extrema izquierda.

En América Latina, Nahuel Moreno, después de un inicio errático, se da cuenta de los problemas y lagunas de la revolución cubana así como de las teorías que sus dirigentes desarrollan. Pasa a combatir esas opiniones, en especial el desvío guerrillerista. Eso, sin embargo, no tornará inmune su partido. Hacia finales de los años ’60 perderá más de 40% de sus militantes y cuadros para una ruptura guerrillerista, el PRT El Combatiente, de Santucho. Además de eso, verá su espacio en la vanguardia reducido y bajo la constante presión de aquellos que, apurados por la revolución que no llegaba, buscaban un atajo que les facilitara la vida.

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El gran mérito de Nahuel Moreno, en este caso, fue su capacidad de resistir a la presión de una vanguardia de masas y, a pesar del aislamiento que esta vanguardia le impuso, elaborar y responder a la presión guerrillera.

Hubo, como dijimos anteriormente, un efecto contradictorio del castro-guevarismo sobre el estalinismo. Por un lado, esta nueva corriente profundizó y, en algunos casos, como el del PCB brasileño, terminó de destruir los partidos más vinculados a la línea soviética. Por lo tanto, podría haber tenido un efecto progresivo. Pero no fue así.

En lo fundamental, el castro-guevarismo mantuvo la esencia del estalinismo: la teoría de que era posible construir el socialismo en un solo país. O sea, si los Estados Unidos dejasen a Cuba en paz, ella llegaría al socialismo por sus propios esfuerzos. Habiendo surgido una corriente independiente del aparato estalinista mundial, e incluso sin contar con su apoyo, el castrismo se integrará a esta corriente y cerrará su flanco izquierdo en América Latina, sustituyendo en larga escala a los decadentes PCs.

Además, Cuba fue, desde su inicio, un Estado burocratizado, sin democracia obrera, basado en la dictadura de un partido único, con las características que ya describimos: una jerarquía militarizada y sin ninguna democracia interna.

Después de cumplir un papel ultraizquierdista con la política guerrillera del Che Guevara, muerto en 1967, en Bolivia, la revolución cubana irá lentamente integrándose al papel del estalinismo mundial.

En las revoluciones africanas, para donde mandará hombres, armas y pertrechos, los cubamos se abstendrán de influenciar estas guerrillas, una vez victoriosas, para que sigan el mismo camino que Cuba.

Finalmente, en los años de 1970 y durante los años de 1980, Castro será uno de los impulsores de los acuerdos de paz que llevarán a la derrota de la guerrilla salvadoreña, y dirá a los sandinistas que no transformen a Nicaragua en una nueva Cuba.

Se cerró así, en poco más de veinte años, el ciclo contradictorio, pero siempre en el mismo sentido, de la revolución cubana.

La restauración capitalista

El epílogo que faltaría a este proceso fue la restauración capitalista en Cuba. Y la forma como ella se dio también tiene parte de sus explicaciones en el carácter de clase de la dirección de la revolución cubana.

A diferencia de la restauración en los demás países dichos socialistas, en Cuba la misma dirección que expropió al capitalismo ahora lo restauró. ¿Por qué? Si bien es verdad que con la restauración en el Este europeo la situación cubana se hizo muy difícil, también es verdad que esta dificultad se debe en larga escala a la política de la dirección cubana, al ser parte del estalinismo mundial y, así, reforzar la política de coexistencia pacífica y del socialismo en un solo país.

También es verdad que había sí otra posibilidad distinta de la que tomó Cuba, la de, si fuera necesario, hacer concesiones, pero mantener el control del Estado, tanto del comercio exterior como la planificación económica. Por lo tanto, había opciones. Pero, para hacerlo, Cuba necesitaba tener a su frente una dirección revolucionaria, dispuesta a todos los sacrificios para mantener un Estado obrero y, principalmente, con una política de llevar la revolución adelante, de colocar la tarea de la revolución mundial en primer plano.

La dirección castrista hizo lo opuesto: uso en primer lugar su propia posición como “administradora” del Estado cubano, un Estado obrero burocratizado, pactó con el imperialismo, primero europeo y luego norteamericano, para restaurar la economía capitalista y volver a mantener lazos coloniales con esas potencias sin tener que abrir mano de sus posiciones alcanzadas en treinta años de Estado obrero.

Este mismo proceso en la Unión Soviética exigió setenta años, la masacre de todos los viejos bolcheviques y una a veces sorda, a veces abierta, guerra civil contra todas las vanguardias obreras que surgieron en la propia Unión Soviética, pero también en Hungría, Checoslovaquia, Polonia y Alemania Oriental.

Después de una larga curva hecha bajo la presión de las masas revolucionarias, la previsión del Che, de que Fidel giraría a la derecha, se confirmó.

Conclusión

Como dije en el inicio del primer artículo, la revolución cubana es uno de los grandes acontecimientos, si no el mayor y más importante, de la historia de América Latina.

Estudiarla críticamente es una obligación de todos los revolucionarios sinceros. Aprender con sus errores también. Hay, sin embargo, una lección central, que no debe salir de nuestras mentes ni de nuestras perspectivas: la revolución, incluso en una isla minúscula, al lado del mayor país imperialista del mundo, con una reducidísima clase obrera, aún así, es posible.

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Cuba nos enseña que, no obstante las condiciones más adversas, es posible luchar y tomar el poder. Incluso bajo el designio de una dirección mundial contrarrevolucionaria, como era el estalinismo en el momento de la revolución cubana, que frenaba y traicionaba las luchas, aún así, bajo tales condiciones, la revolución puede triunfar.

La época imperialista, el hecho de que hasta las demandas mínimas y democráticas se choquen con los intereses de las burguesías nacionales y del imperialismo, plantea siempre en el orden del día y torna vigente la posibilidad de la revolución.

Fue así en Cuba, continúa siendo así en el mundo. ¡La revolución triunfará!

Las debilidades que la revolución cubana presentó, en especial la ausencia de una dirección revolucionaria, y como consecuencia de eso la falta de una estrategia internacionalista consecuente, pueden y deben ser evitadas. La ausencia de un partido obrero revolucionario y marxista puede no ser esencial para que la revolución triunfe, pero es esencial para que la revolución avance en sus tareas más importantes. En especial, la revolución mundial.

Además de eso, una dirección que es empujada contra su voluntad a expropiar a la burguesía, o sea, a ir más lejos de lo que deseaba, inevitablemente acabará por minar esa misma revolución. Al no estar dispuestas a llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias, o sea, la lucha contra el imperialismo en nivel mundial, estas direcciones en algún momento comenzarán a actuar para minar, frenar, desviar y derrotar la revolución en curso.

Es por esa razón que, mientras Cuba era un Estado obrero burocratizado, la política de los trotskistas fue la de luchar por una revolución política que mantuviese todas las conquistas sociales de la revolución pero que derrumbase a la dirección burocrática, permitiendo así el surgimiento de una verdadera democracia obrera, con el objetivo de poner el Estado al servicio de la revolución mundial e impedir que la dirección burocrática llevase el Estado obrero a la restauración capitalista.

Hoy, restaurado el capitalismo, las tareas en Cuba cambiaron. Está planteada la necesidad de una nueva revolución socialista, que expropie a la burguesía y el imperialismo, libere a Cuba de su condición de semicolonia y ponga el Estado cubano al servicio de la revolución mundial.

Por fin, en lugar de buscar reinventar la rueda, de buscar atajos, de ser popular y de decir a las masas apenas aquello que ella ya saben o quieren oír, a los revolucionarios compete justamente decir la verdad de frente, presentar el programa correcto para cada desafío, saber nadar contra la corriente de opiniones cuando ellas están equivocadas, construir una sólida organización revolucionaria, con un trabajo paciente y activo que permita, llegada la hora, que la revolución encuentre una dirección madura y consciente.

Traducción: Natalia Estrada.

[1] PSP (Partido Socialista Popular) era el nombre del Partido Comunista cubano antes de la revolución.

[2] Artículos publicados en la sección Historia, del site de la LIT-CI, con los títulos: “La revolución cubana, una revolución a contragolpes”: http://litci.org/es/mundo/latinoamerica/cuba/la-revolucion-cubana-una-revolucion-a-contragolpes/ y “La revolución cubana: de la lucha contra la dictadura a la expropiación de la burguesía”: http://litci.org/es/mundo/latinoamerica/cuba/la-revolucion-cubana-de-la-lucha-contra-la-dictadura-a-la-expropiacion-de-la-burguesia/

[3] Teórico francés, que se hizo famoso en los años de 1960 al escribir ¿Revolución en la Revolución?, en que llevaba hasta las últimas consecuencias las posiciones foquistas del Che Guevara. En los años de 1980 fue asesor del gobierno de Mitterrand.