Compartir

En la primera vuelta de la elección presidencial se evidenció toda la podredumbre de la llamada clase política colombiana.


Las acusaciones mutuas de los dos candidatos mayoritarios (uno de ellos el actual Presidente de la República, Juan Manuel Santos, y el otro, Óscar Iván Zuluaga, respaldado por el ex presidente Álvaro Uribe) y el escándalo desencadenado por la Fiscalía y los grandes medios de comunicación produjeron una sensación de asco entre los trabajadores, los pobres y la clase media. Por eso la abstención se disparó hasta al 60% del electorado. Hoy todos los candidatos y sus partidos son minoritarios y por eso ilegítimos frente al pueblo colombiano.

 

Ahora nos plantean un falso dilema: votar por Zuluaga sería elegir la “guerra”, en cambio el voto por Santos sería por la “paz”. Mienten descaradamente tratando de atemorizarnos y llevarnos a apoyar al gobierno de Santos y sus planes económicos, políticos, sociales y militares contra los trabajadores y el pueblo colombiano. No podemos caer en la trampa. Su enfrentamiento sólo refleja la rapiña de diferentes sectores de la burguesía por el control de Estado. Ambos son enemigos declarados de los trabajadores y los pobres. Por eso no debemos apoyar a ninguno.

 

Santos ha hecho parte de todos los gobiernos liberales y conservadores durante los últimos veinticinco años, por eso es responsable de los graves problemas que nos golpean diariamente. Fue Ministro de Defensa de Uribe y por lo tanto promotor y beneficiario de la guerra. El hecho más macabro del que fue agente directo son los llamados “falsos positivos”: dar recompensas a los soldados que entregaran guerrilleros muertos. Centenares de jóvenes terminaron siendo ejecutados y presentados como caídos en combate. Pero Santos además es responsable, después de cuatro años de mandato, de la precarización laboral que padecen la mayoría de los trabajadores, de la crisis galopante del sector salud, de la pésima calidad de la educación pública y privada, del déficit de vivienda y, sobre todo, de las condiciones dramáticas en las que sobreviven millones de campesinos y sus familias, desplazados del campo durante los últimos veinte años.

 

La paz de Santos es la paz para los terratenientes, los empresarios y las transnacionales. Es la paz para expoliar el país con los Tratados de Libre Comercio que han arruinado el campo y para depredar los recursos naturales con la megaminería, la proliferación de represas y la gran plantación agroindustrial.

 

Zuluaga, por su parte, es la continuidad de los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe, del cual fue Ministro de Hacienda. Nadie debe olvidar que su jefe político fue el promotor de la Ley 50 de reforma laboral que liquidó las garantías conquistadas por los trabajadores en medio siglo de lucha y generalizó la precariedad laboral. También fue ponente de la Ley 100 que privatizó la salud. A toda esta legislación antisocial hay que sumarle que fue el creador de las Convivir, la legalización del paramilitarismo financiado por narcotraficantes, hacendados, ganaderos y empresarios nacionales y extranjeros. Bajo su mandato se triplicó el pie de fuerza del ejército y se puso el DAS [Departamento Administrativo de Seguridad] al servicio de perseguir a la oposición y asesinar a los dirigentes sindicales. Además representa ideológicamente a lo más retardatario de la clase dominante, como lo demuestran las posturas de su amigo el Procurador Alejandro Ordóñez, fanático religioso, misógino, homofóbico y represivo.



La guerra de Zuluaga es la guerra contra los pobres. Es la que siguen resistiendo los campesinos que, ilusionados por el gobierno de Santos, intentan retornar a sus lugares de labranza. Zuluaga continuará entregando el país como lo hizo Uribe, negociador de los TLC que firmó Santos.



Zuluaga y Santos son las dos caras de la misma moneda: un régimen político autoritario al servicio de los grandes capitalistas y el imperialismo. Un régimen cuyas instituciones –Ejecutivo, Legislativo, Judicial y órganos de investigación y control como la Fiscalía, la Contraloría y otros– están podridas hasta la médula. Un régimen cuya columna vertebral son las fuerzas armadas que bombardean indiscriminadamente a los campesinos y ocupan las barriadas populares criminalizando a los jóvenes.



Ese régimen no puede ser reformado a través de una negociación como pretenden las FARC en La Habana, a cambio de su desmovilización y desarme.



La conquista de amplias libertades democráticas sólo puede ser producto de la lucha creciente que venimos librando los trabajadores y los pobres del campo y la ciudad, los obreros y los campesinos, los estudiantes y los indígenas, los pobladores y las amas de casa, los trabajadores construyendo sindicatos, exigiendo garantías laborales y empleando cada vez más nuestros tradicionales métodos de lucha: el mítin, la movilización y la huelga.



El rechazo que expresamos en la primera vuelta electoral con la abstención masiva, los votos anulados, no marcados y los votos en blanco, puede unificarse ahora votando masivamente en blanco el 15 de junio, con el objetivo de mostrar la ilegitimidad de los candidatos y exigir una salida verdaderamente democrática a la crisis de nuestra sociedad. Nuestra consigna debe ser: ¡Entre dos males, no elijo ninguno: voto en blanco!




Bogotá, Mayo 29 de 2014
Lea también  Ante la masacre a luchadores sociales, la reforma tributaria y el aumento del mínimo: 2020 será un año de luchas