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El triunfo de Duque significó un cambio de gran importancia para la implementación de los Acuerdos de paz: aspectos sustanciales de su desarrollo, en un período inicial crítico, quedaron en manos de un gobierno que no los comparte a plenitud.

Por: Federico García L.

El gobierno Duque es el heredero del triunfo del No en el plebiscito de 2016. Si bien “hacer trizas los Acuerdos” nunca llegó a ser grito de la mayoría de la burguesía es cierto que los ajustes, modificaciones y aplicación retaceada o a regañadientes son la dominante por parte del gobierno, desde la toma de posesión.

El reducido peso político de partido FARC (escasos 53.000 votos en las parlamentarias del 2018) facilita y allana el camino al gobierno.

Los sueños… ¡sueños son!

El sueño vendido de una “Colombia en paz”, en la cual con los Acuerdos se producirían grandes transformaciones económicas, sociales y políticas a favor de enormes masas de la población rural y urbana, se comenzó a volver pesadilla al anochecer de cada día.

La realidad de altísimos niveles de violencia –en el campo y en las ciudades– asociada a una gran variedad de factores (cultivos ilícitos, narcotráfico, minería ilegal, disputa por la tierra, delincuencia común por la crisis social) siguió siendo el pan de cada día. El fracaso de las negociaciones con el ELN, la disidencia inicial de las FARC y al reciente rompimiento de sectores encabezados por Márquez y Santrich, muestran que habrá “conflicto armado” para largo; así haya habido una disminución sustancial en algunas regiones.

Al amanecer, la pesadilla se transforma en tragedia cuando se informa del asesinato de ex guerrilleros del partido FARC –150 desde la dejación de armas– y de decenas de luchadores sociales.

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El partido FARC, en reciente evaluación del estado actual de implementación de los acuerdos1, muestra un panorama desolador, pero señala apenas una “tendencia a la perfidia y simulación” por parte del gobierno Duque; pues están atados a ellos como el ahorcado a la soga.

Timochenko expresa su resignación ante el proceso. A la pregunta de El País “¿Cuál es su balance de la aplicación de los acuerdos?” responde: “Está yendo con dificultades. Fundamentalmente, esas dificultades preocupan más porque no hay una expresión clara de compromiso del Gobierno. […] Eso genera angustias, pero de todas maneras seguimos trabajando. Nos toca trabajar en la lucha política civilizada.”2

El lazo se revienta

Ante tan variadas tensiones –unidas a un vecindario en el cual al gobierno de Maduro le conviene la existencia de guerrillas en Colombia y la aplicación, sin mediaciones, por el gobierno de las políticas del imperialismo– el lazo se reventó.

La confluencia, en el “rearme” de las FARC, entre la anterior disidencia y la fracción de Márquez y Santrich responde a esa realidad. Los procesos judiciales sobre la participación o no de Santrich y Márquez en operaciones de narcotráfico muestran que, igual que el secuestro, esta fue una de las más significativas expresiones de la degradación de las FARC; lo que incidió de gran manera en su desprestigio político.

La dirección del partido FARC, en boca de Timochenko, afirma que el proceso de paz “es irreversible” y señala que “…es un puñado de compañeros ilusos que salen a tratar de ocultar o de tapar sus propias equivocaciones”3; sin responder a la desesperanza que puede existir entre varios miles de ex combatientes ante los exiguos resultados de los Acuerdos, por los cuales entregaron su armamento y ansias de radicales transformaciones sociales y políticas.

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Para la Dirección del partido FARC está claro que lo que aún denominan “el proceso de paz” se sintetiza en la integración de ella al régimen político; convirtiéndose en oposición parlamentaria “civilizada”, intentando conquistar algunas alcaldías o concejales.

La oposición parlamentaria “civilizada” es, en los regímenes burgueses, una parte sustancial de ellos. La acción parlamentaria que no se propone actuar políticamente, organizar democráticamente y movilizar a las masas para derribar a un régimen reaccionario como el colombiano en últimas solo beneficia a ese régimen. Ese papel, convertirse en parte del régimen, parece ser la decisión última de la Dirección del partido FARC. Las FARC, por su parte, han decidido continuar con una táctica, métodos y estrategia erradas; razón última del fracaso político de la guerrilla colombiana.

Salir del laberinto

Varios miles de ex combatientes casi seguro contemplan, perplejos, lo que parece ser un callejón sin salida. Los socialistas revolucionarios, que siempre reconocimos en la guerrilla una organización democrático-revolucionaria por el hecho de estar alzada en armas contra un régimen reaccionario, nos sentimos con autoridad para decirles: otro camino es posible.

Se puede reivindicar –y defender– derechos como organización política legal y actuar en esa legalidad, a pesar de los recortados márgenes del régimen. Es posible, desde esa legalidad, sin doblegarse al régimen, sin ser parte de él, enfrentarlo, combatirlo y luchar para que las masas lo derriben.

Para ello es necesario romper con la estrategia, programa y tácticas que inspiraron a las FARC y con las que inspiran al partido FARC.

En la coyuntura electoral actual se puede de dar un paso en ese sentido. La campaña política del partido FARC, sin “…un solo peso para la campaña [pero] más de 300 candidatos propios además de otros candidatos en coaliciones”4 según señala Timochenko, debería convertirse en una gran jornada de denuncia y protesta, de lucha contra el régimen que sigue siendo el mismo contra el cual estuvieron alzados en armas. Para ello, la mejor opción sería renunciar a todas las candidaturas y llamar a votar en blanco. A eso los invitamos.