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Ante las abrumadoras evidencias de que la llamada Operación Gedeón fue preparada y coordinada desde Estados Unidos, el gobierno norteamericano se ha visto obligado a pronunciarse sobre el hecho tratando de negar cualquier responsabilidad. Igualmente ha hecho el gobierno colombiano que, ante las insistentes denuncias de participación de Colombia, sólo evade responsabilidades negando cualquier papel en el hecho. Lo cierto es que ni Trump, ni Duque pueden “negar” a la criatura.

Por Francisco Cuartas

La captura de los dos ex boinas verdes que comandaban la operación, junto con la publicación del contrato firmado entre Juan José Rendón, miembro del estrecho círculo de Juan Guaidó, y la agencia de mercenarios Silvercorp, en que se estipulaba el desarrollo de esta operación, ponen al descubierto el evidente papel de Estados Unidos. Incluso desde el congreso norteamericano, exigen explicaciones a Trump y su gobierno sobre el hecho.

Trump trata de deslindarse de la aventura mercenaria, afirmado con la desfachatez que lo caracteriza, que «Si alguna vez hiciéramos algo con Venezuela no sería de esa forma. Sería ligeramente diferente. Se llamaría ‘invasión’”. Igualmente, Mike Pompeo afirmó que «si hubiéramos estado involucrados, habría sido diferente». Sin embargo, estas declaraciones no son suficientes para evadir la responsabilidad del gobierno norteamericano.

Esto muestra que tras la cínica declaración de Trump y de sus voceros en la Casa Blanca, se evidencian dos cosas. Por un lado, que una verdadera intervención militar del imperialismo norteamericano no se limita a mercenarios ni a drones, implica una invasión militar de gran envergadura. Y por el otro, aunque “todas las opciones siguen sobre la mesa”, y pese a incidentes provocadores como este, sigue primando la presión y la negociación para sacar a Maduro por la vía de las sanciones económicas, el bloqueo político y diplomático y la búsqueda de quebrar la unidad de las fuerzas armadas venezolanas.

En Washington saben que una intervención militar no es ninguna operación quirúrgica. Es como abrir una caja de pandora que puede desatar no sólo la posibilitad de una resistencia militar en Venezuela, sino extenderse a la región, ya incendiada por la polarización de la lucha de clases en varios países.

Pero las consecuencias de una incursión más allá de territorio venezolano, no significa que esté completamente descartado. La política que hasta ahora han privilegiado no ha logrado el objetivo de sacar a Maduro. De esta manera las opciones para el imperialismo se acaban, y a menos que estén dispuestos a retroceder, no se puede descartar que tengan que recurrir a la salida militar.

La política militar imperialista no se limita a la invasión y a la guerra directa. Al lado del vergonzoso récord de invasiones y guerras protagonizadas por Estados Unidos, es ampliamente conocido el papel yanqui en la organización de las guerrillas talibanes en Afganistán o los “Contra” en Nicaragua. También el apoyo a dictadores, relacionados directamente con el terrorismo o el narcotráfico como Sadam Husein en Irak, o Noriega en Panamá, que luego de brindar sus servicios a Estados Unidos, se convierten en incómodos enemigos y en excusas para la invasión y el saqueo.

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El papel de Duque y la derecha colombiana

El gobierno de Duque, en voz propia, o a través del Ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo, al igual que el gobierno de Estados Unidos, han desmentido cualquier participación, evadiendo las protuberantes evidencias del uso de territorio colombiano en la operación, así como la complicidad de sectores del ejército y el paramilitarismo en la preparación y ejecución de la incursión.

En Colombia es larga la historia de la presencia e intervención de mercenarios, militares y agentes de inteligencia del gobierno norteamericano. En los ochenta el mercenario israelí Yair Klein fue clave en la conformación y entrenamiento de ejércitos paramilitares. Además, bajo la excusa del combate al narcotráfico, todos los gobiernos desde hace más de 40 años han dado carta blanca para la acción de agentes de la DEA en Colombia. Con el Plan Colombia, bajo la eufemista figura de “contratistas”, mercenarios pagos y militares norteamericanos, anduvieron a sus anchas por todo el territorio colombiano, disfrutando de total inmunidad e impunidad, no sólo para participar en operaciones contrainsurgentes, sino para cometer todo tipo de violaciones a los derechos humanos, incluida la violencia sexual contra mujeres y niñas.

También ha sido ampliamente denunciada la presencia de mercenarios en la actividad paramilitar y del narcotráfico, así como el entrenamiento de militares venezolanos desertores para conformar fuerzas tipo “contras” en las zonas de frontera con Venezuela.

Todas estas acciones se dan bajo la complicidad del gobierno y de una parte importante de la burguesía colombiana, organizada bajo el uribismo en el Centro Democrático. Esta burguesía es partidaria de derrocar a Maduro bajo cualquier medio, incluido un golpe. Es el sector político de ultraderecha que tiene nexos con el paramilitarismo, el mismo que ha resultado implicado en la frustrada incursión, con miembros de los rastrojos, los mismos que ayudaron a Guaidó a cruzar por las trochas bajo su control, hacia Venezuela.

Ni el imperialismo ni la derecha son aliados del pueblo venezolano

Dentro de Venezuela, el episodio de la operación Gedeón ha dejado más al descubierto el papel de Guaidó y un sector de la oposición burguesa de derecha que le apuesta a una salida de Maduro por la vía militar apoyada por el imperialismo. Pero por otro lado el fracaso de la operación le ha servido a Maduro para tomar un nuevo aire, en medio de la crisis del petróleo y la intensificación de la miseria y el hambre con la pandemia del coronavirus.

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El papel de Guaidó en este episodio ha quedado al descubierto, tanto por las declaraciones de JJ Rendón, como de las confesiones de los detenidos en la operación, quienes detallan las andadas de Guaidó y sus amigos en Washington, la forma criminal con que mientras hablan de legalidad y de diplomacia, se apoyan en mercenarios, el narcotráfico y el paramilitarismo para propiciar sangrientos golpes de Estado en Venezuela. Poco les interesa el baño de sangre que implica este tipo de acciones en el pueblo venezolano, ya fuertemente golpeado por el hambre y la represión de Maduro.

Guaidó es presa de su condición de presidente de papel, y de títere de las estrategias imperialistas. Si bien hace más de un año logró canalizar el desespero de las masas que buscan legítimamente la caída de Maduro, pronto se desvaneció el efímero respaldo, y su papel de unificador de la descompuesta derecha patronal venezolana. Su incapacidad de “gobernar” en un estado que sigue bajo el control de Maduro, y el fracaso de todas las acciones en busca de lograr romper la unidad de las fuerzas armadas, se han unido a su propuesta de recuperación del país basada en profundizar la entrega de sus recursos al capital extranjero, la privatización y la eliminación de los derechos sociales y laborales que aún sobreviven a las duras contrarreformas de Maduro.

Es Maduro quien ha sabido aprovechar el escándalo de la fracasada operación mercenaria. Le ha servido durante las semanas siguientes al hecho para desviar la atención de la grave crisis económica y social profundizada por la pandemia y la grave crisis del petróleo. A 15 días de la operación de las fuerzas armadas en que fueron muertos 8 mercenarios y otros fueron capturados, se ha venido dando una serie de redadas en las que han sido detenidos más de 90 personas, en su mayoría militares.
Dentro de las declaraciones del gobierno se ha dejado ver que la operación estaba infiltrada desde hace meses, por lo que seguramente no les costó mucho organizar y preparar la interceptación de las dos lanchas con mercenarios. Este “éxito” ha sido maximizado por Maduro hasta el punto de compararlo con Bahía Cochinos, episodio de la revolución cubana en que logró derrotar un grupo contrarrevolucionario proveniente de Miami, cuando intentó desembarcar en la costa cubana.

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Bajo el despliegue de propaganda oficial alrededor de esta provocación mercenaria, Maduro ha incrementado la represión sobre toda la población, en momentos en que protestas brotan en varias ciudades ante el desespero por el hambre en medio de la cuarentena.

Este episodio, muestra con una mayor claridad que ni la oposición patronal de derecha dentro de Venezuela, ni sus aliados en Latinoamérica y ni el gobierno de Estados Unidos son aliados de los trabajadores y el pueblo venezolano. Mientras hablan de solidaridad y de derechos humanos en Venezuela, sólo han mostrado desprecio y xenofobia hacia los migrantes venezolanos en los países de la región; mientras que Estados Unidos incrementa su política intervencionista, manteniendo el bloqueo y las sanciones económicas mientras el pueblo venezolano se muere de hambre y se enfrenta a la pandemia con el sistema de salud desmantelado.

La salida de Maduro y su régimen sigue siendo una necesidad apremiante para los trabajadores y el pueblo venezolano, pero cualquier salida de Maduro por la vía militar imperialista va a implicar un ataque a la soberanía y a los derechos democráticos de los trabajadores, que significarán mayor sometimiento y no «libertad y democracia», argumento bajo el cual justifican cualquier acción contra la dictadura.

Es la clase obrera y los trabajadores los que tienen que tomar en sus manos el cambio de régimen y gobierno. El imperialismo y el uribismo no son aliados del pueblo venezolano, sino también sus enemigos.