Compartir

Los escandalosos casos de corrupción de polí­ticos, de grandes empre­sas que se coluden para controlar precios y evadir impuestos, de altos funcionarios de Gendarme­ría y ex torturadores con pensiones millonarias, son el pan de cada día. El trabajador común se encoge de hombros, dice “a mí no me interesa la política” y sigue con su vida, sumido en deudas, en malas condiciones la­borales, salud precaria.

Por: Paz Ibarra

Los políticos han pinta­do la imagen de un Chile transparente y con menos corrupción en Améri­ca Latina, a diferencia de México, Brasil, Argentina o Colombia…

Los trabajadores, sabe­mos que eso no es así. Esa es la farsa que los poderosos han montado. Nos dicen que hay que dejar que las instituciones fun­cionen, y que nuestra de­mocracia es sólida gracias a la política de los acuer­dos.

Los trabajadores sa­bemos que esta NO es nuestra democracia, sino de la burguesía; la clase dominante que controla el poder económico y el político. Los empresarios corrompen los partidos políticos financiando millonarias campañas para luego cobrar el favor “su­giriendo” leyes que pro­tejan sus intereses eco­nómicos, como la ley de pesca o ley Longueira. Los grupos económicos que se apropiaron de la tierra, el agua, los recursos del mar, los bosques y la mi­nería, que se adueñaron de nuestras pensiones y nos arrebataron el dere­cho a la salud, la educa­ción y la vivienda dignas; han tenido el poder des­de la dictadura cívico-mi­litar de Pinochet hasta los gobiernos de Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet, Piñera…

Las fuerzas armadas no protegen ni el territorio ni al pueblo. Sólo dos veces en la historia el Ejército chileno se ha enfrentado con un ejército extranje­ro. Sus demás interven­ciones han sido contra el pueblo chileno o dife­rentes etnias, defendien­do intereses económicos burgueses. Ocurrió así en la “pacificación” de la Araucanía, en la represión a levantamientos obreros como en la escuela Santa María de Iquique y otras oficinas salitreras, en el golpe de 1973 contra el gobierno que había ex­propiado a la aristocracia chilena y al capital extran­jero, y en el actual conflic­to mapuche. ­

Lea también  Asamblea Constituyente: ¿solución o trampa?

Una “democracia” más ligada a la dictadura con respecto a otros países

La constitución de 1980, redactada en plena dicta­dura y vigente hasta hoy, no vela por los derechos de los trabajadores, los pueblos originarios ni las mujeres o los niños. Pro­tege el derecho a la pro­piedad privada (la de los grandes empresarios) y también la libertad de empresa.

Un poco de teoría…

Marx decía que, las insti­tuciones burguesas sólo sirven para proteger los privilegios de esa clase, porque su poder se asien­ta sobre la propiedad pri­vada. El comercio en ma­nos burguesas degenera en estafa y corrupción, y el poder pasa a manos de quien concentra el dine­ro. El auge de la industria sobre bases capitalistas convirtió la pobreza y la miseria de las masas tra­bajadoras en condición de vida de la nueva sociedad burguesa.

Es lo que vemos a diario en Chile. Ninguna de las instituciones burguesas (poder judicial, parlamen­to, constitución, ejército) ha defendido los derechos de los trabajadores y el pueblo.

Entonces, ¿ cuál es la conclusión?

Con la experiencia de los últimos 40 años, los tra­bajadores sabemos que ningún gobierno, dará respuesta a nuestras de­mandas, porque ningún gobierno es de los traba­jadores. La democracia es el sistema de gobierno que sirve a la burguesía para disfrazarse con piel de oveja. Ya hemos visto suficiente de eso: el caso Penta y el caso Soqui­mich, el caso Caval.

Los trabajadores sabe­mos desde hace tiempo que el modelo de la democracia burguesa no funciona para resolver nuestras demandas para lograr una vida digna y plena.