Compartir

A partir de octubre de 1972, en el famoso paro de los patrones, los muros y paredes de Santiago aparecieron cubiertos con una nueva consigna: “YAKARTA VIENE”[1].

La derecha lanzaba su primera gran ofensiva y frente a la transición pacífica al socialismo –propuesta por el Partido Comunista– respondía con la violencia reaccionaria y la promesa de un baño de sangre.

Once meses después, la promesa se cumplía. Millares de activistas obreros, estudiantes y pobladores eran asesinados en las fábricas, en las calles, en los cuarteles y en los estadios. Las organizaciones sindicales y políticas de la clase obrera (como la CUT y los Cordones Industriales) fueron barridos por el fuego de los tanques y las bombas de los aviones. En pocos días, la experiencia dorada de la “vía chilena al socialismo” llevaba a una tragedia histórica, proporcionalmente tan violenta como el golpe que derrumbó a Sukarno en Indonesia.

Cordones industriales

Frente a hechos como este, que afectan a todo el movimiento revolucionario latinoamericano y mundial, hay que preguntarse: ¿a qué se debe esta tragedia? ¿Cuál fue la política de la Unidad Popular? ¿Qué faltó en Chile para que la revolución socialista triunfara?

Para responder a estas preguntas de la forma más objetiva, escogemos como método basar nuestra artículo en las citas de los mismos dirigentes políticos de la Unidad Popular. De esta manera, los compañeros tendrán documentados los principales ejes políticos de la izquierda chilena.

De: Antenor Alexandre – Revista de América n.° 11, noviembre 1973.

LA POLÍTICA DE REFORMISMO

El 4 de marzo de 1973, la Unidad Popular logró una victoria electoral (43% de los votos) que demostraba el apoyo de la clase obrera al Gobierno de Salvador Allende y a sus dos principales partidos políticos, el PC y el PS. Pero, en lugar de instrumentar la victoria electoral haciendo retroceder a la derecha, que ya había concretado un intento de golpe en octubre de 1972, los partidos de la Unidad Popular mantienen su política reformista de hacer la revolución por la vía pacífica. Así es que, días después del 4 de marzo, Luis Corvalán, secretario general del partido Comunista, declaró en entrevista a la revista Chile Hoy, número 43:

“No hemos señalado dos obligaciones (de los comunistas después de las elecciones) sino tres; la tercer es asegurar llegar a las elecciones del ’76 asegurar el triunfo de un nuevo gobierno popular y revolucionario que continúe la obra que le ha correspondido iniciar al compañero Allende. Estas tres obligaciones están íntimamente unidas y en el fondo trazan una perspectiva revolucionaria que no hace sino reafirmar la conocida orientación del Partido Comunista en el sentido de considerar que es posible, en las condiciones concretas de nuestro país, realizar la revolución antiimperialista y antioligárquica y construir el socialismo sin necesidad de un enfrentamiento armado.

“… Pero así como hasta hoy hemos logrado atar las manos de quienes han buscado este tipo de enfrentamiento, creemos posible en el futuro aislar y derrotar a esos sectores y, por lo tanto, sostener al Gobierno, profundizar simultáneamente el proceso revolucionario y, sobre esta base, ganar a la mayoría del país logrando así la generación, en la elección de 1976, de un nuevo gobierno revolucionario. Se trata de una perspectiva audaz que dará origen posiblemente, a opiniones en contrario…

“… Al trazar esta perspectiva nos basamos, desde luego, en las tendencias que marcan lso resultados de las recientes elecciones. Hemos hecho un estudio de los resultados electorales en 52 comunas de muy variadas características, lo que hace posible afirmar que son representativas del conjunto del electorado. Pues bien, en las mesas antiguas que corresponden a esas comunas, la oposición obtuvo el 58,3% de la votación, y en las mesas nuevas sacó el 48,7%. En cambio, la Unidad Popular sacó en las mesas antiguas el 40% y en las nuevas el 49,7%. En las elecciones de 1976 podrán inscribirse y sufragar alrededor de 800 mil nuevos electores, muchachos que hoy tienen entre 15 y 18 años. Y si esta tendencia se mantiene, como es previsible, quiere decir que la UP podrá lograr un aumento importante de su porcentaje mediante la votación de sus nuevos electores.

“Tenemos en cuenta también los resultados de las mesas de mujeres. La primera vez que votaron en Chile las mujeres, la izquierda logró 13 o 15 votos femeninos de cada 100. En las elecciones presidenciales obtuvo 30 o 31 de cada 100. Y ahora logró 39 votos de cada 100. Creo que los comentarios huelgan. Al mismo tiempo los resultados electorales marcan un apoyo creciente de la clase obrera y de los campesinos a la UP, lo que es muy comprensible ya que se trata de las fuerzas sociales que más ganan con la transformación revolucionaria de la sociedad, que constituyen el principal sostén del gobierno y que están llamadas a continuar siendo su principal base de masas”.

Con esta política electoralista, los partidos de la UP –acaudillados por el PC– se lanzan al diálogo con la Democracia Cristiana. Luis Maira, diputado y dirigente nacional de la Izquierda Cristiana, explica por qué y cómo se hará para lograr una «ancha mayoría para respaldar el proceso de cambios» (Chile Hoy, n.° 40):

» … Pero junto a la opinión de Leighton ya se perfila otra entre las tendencias no derechistas del PDC. Y ella sostiene que al igual que después de las elecciones presidenciales existen condiciones objetivas favorables para buscar la integración de la Democracia Cristiana a responsabilidades de Gobierno. Una buena ayuda para alcanzar esta posibilidad la constituye la presencia de las Fuerzas Armadas en el Gabinete de Salvador Allende, lo que entrega una base nacional que puede servir de puente para una colaboración política más amplia. De ser esto posible se abrirían perspectivas «históricas» puesto que, conforme al criterio de los que sostienen esta posición, sería posible integrar a la base de respaldo de los partidos de la Unidad Popular prácticamente a toda la base de la Democracia Cristiana, con lo cual se conseguiría una «ancha mayoría» para respaldar el proceso de cambios iniciados y asegurar sus indispensables correcciones …».

Si el «diálogo» es el eje político de la estrategia reformista para la transición pacífica, su cara económica será el aumento de la producción:

«El objetivo principal de la revolución no es la conquista del poder en sí sino el cambio de la sociedad, la creación de un nuevo orden económico, político, social y una nueva cultura. Y por cierto que hablando solo del aspecto económico, no basta con cambiar las estructuras en este orden de cosas. Se hace indispensable demostrar, por ejemplo, que las fábricas de propiedad social y la tierra en manos de los campesinos pueden producir más y mejor ahora que antes. De otro lado, no podemos negar la gravedad de las dificultades económicas y financieras que vive el país y la obligación que tenemos de superarlas. Para nosotros el aumento de la producción es la tarea de las tareas, tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista social» (Luis Corvalán, revista Chile Hoy, n.° 43).

Mientras el Pe hacía la defensa de la transición pacífica al socialismo, en base a los resultados electorales (y proponía además del diálogo con la DC, la devolución de determinadas empresas tomadas por los trabajadores en octubre de 1972), el Partido Socialista, a través de su secretario general Carlos Altamirano, se lanzaba más a la izquierda, aunque sin romper con toda la estrategia delineada por el PC.

Altamirano acostumbraba hablar de la necesidad de desarrollar «el poder popular»; de que había que expropiar a las empresas capitalistas y de que la clase media debía ser ganada a través de una política audaz. Pero de hecho, ni él ni el Partido Socialista implementaron esta política. Al contrario, el PC y el PS siempre llevaron una política conjunta: la de frenar al proletariado, controlar sus movilizaciones y encauzarlo en la vía legal y constitucional propuesta por Salvador Allende en sus discursos.

Si el PC siempre dejó claro sus intenciones y su programa, no pasaba lo mismo con el PS. Aunque su programa en el fondo fuera idéntico (la vía parlamentaria, las reformas económicas, y el apoyo de los militares), tenía la necesidad de mezclarlo con un lenguaje radicalizado. Y había un motivo para esto: por no dirigir un partido monolítico como el PC, Altamirano se veía obligado a radicalizar verbalmente sus posiciones, para evitar un fraccionamiento. Pero el descontento se mantuvo hasta el final en vastos sectores de las bases socialistas. En el lenguaje de la juventud socialista el trabajo de Altamirano consistía en «equilibrar a guatones y revolucionarios». [2]

El texto que sigue muestra muy bien el palabrerío del Secretario General del PS (Chile Hoy n.° 39):

» … Sorprendente para las fuerzas revolucionarias. Antes de la elección esperábamos obtener entre un 40 a 41 por ciento como promedio nacional. Nunca pensamos en el 43,39 por ciento. Una vez más la conciencia del pueblo nos golpea. La conciencia del pueblo y su respuesta revolucionaria es superior a lo que piensan sus dirigentes.

«Además, debemos considerar que en la elección municipal del año ’71, donde obtuvimos algo más del 49 por ciento de los votos, el Partido Radical se encontraba unido. La escisión representa casi el tres por ciento. De manera que el deterioro del apoyo popular en relación con estas elecciones es ínfimo, y debemos tener presente que en ese entonces el proceso revolucionario recién comenzaba. Las graves dificultades económicas aún no existían. El proceso inflacionario se había contenido. Había pleno abastecimiento. Era el momento de oro del proceso.

«Ahora, con todas las dificultades y problemas existentes, el ejército popular mantiene en lo sustantivo sus fuerzas numéricas mejorando cualitativamente en forma extraordinaria su conciencia de clase, su voluntad de lucha y su decisión revolucionaria … » (ídem).

Como todo reformista que no confía en las masas y sí en su capacidad de “maniobreo” parlamentario, Altamirano quedó sorprendido frente a la respuesta revolucionaria del pueblo, que «es superior a lo que piensan sus dirigentes». Pero no explicó en qué pensaban los dirigentes de la UP antes de las elecciones del 4 de marzo. No explicó por qué Allende, militante del PS, destruyó las JAPs como organismos de poder dual en la distribución, y por qué él –Altamirano– no denunció la actitud del «compañero presidente», que favorecía a los sectores burgueses ligados a la distribución, como era el caso de CENADI (Central Nacional de Distribución), por ejemplo. Tampoco, explica Altamirano cómo el PS –que al principio estaba en contra– siguió la línea del PC y comenzó a publicitar al General Carlos Prats y a las FFAA, después de la subida del gabinete cívico-militar. Lógicamente estos «dirigentes» tenían motivos para estar sorprendidos: sus pensamientos y sus acciones eran diametralmente opuestos a los pensamientos y acciones de la clase obrera. Pero sigamos con Altamirano:

» … La extraordinaria votación obtenida por la Unidad Popular constituye un categórico respaldo al carácter revolucionario del Gobierno. El pueblo valoró, por sobre todo, las medidas políticas nacionales e internacionales. A pesar de la abrumadora propaganda reaccionaria, despreció los factores económicos negativos como son la inflación y el desabastecimiento. Este hecho demuestra que la nacionalización del cobre, la ampliación del área social, la reforma agraria, la participación de los trabajadores, la constitución de múltiples formas de poder popular a través de los Comandos Comunales, Consejos Campesinos, Cordones Industriales, JAP, tuvieron una mayor relevancia para la clase obrera y los sectores comprometidos de la pequeña y mediana burguesía, que los factores tradicionales de carácter económico. En otras palabras, el pueblo votó en favor de las medidas políticas de carácter revolucionario adoptadas por el Gobierno Popular. Por lo demás, esto es lo que distingue a este Gobierno de un gobierno reformista más. En el muy hipotético caso de que perdiera su empuje revolucionario, el apoyo de las masas indudablemente se reduciría.

«Repetimos, nacional e internacionalmente, el valor de este Gobierno es su carácter revolucionario. La convicción de la clase obrera, de los campesinos y de la juventud y sectores medios comprometidos de ser protagonistas de esta trascendental experiencia histórica los ha llevado a darle su apoyo entusiasta y desinteresado… » (ídem).

El secretario general del PS afirmaba que el pueblo había votado en favor de las medidas revolucionarias del gobierno. Correcto. Todos apoyamos las medidas antiimperialistas del gobierno de la Unidad Popular. Pero es necesario explicar que fueron las masas quienes exigieron las nacionalizaciones y expropiaciones, y que, cuando el escándalo de la ITT, el pueblo exigía su inmediata expropiación, mientras Allende y las direcciones de la UP dudaban si la medida sería «políticamente conveniente». Lo mismo pasó en relación con la nacionalización del cobre. Mientras el pueblo, en su totalidad, se lanzaba contra el pago de las indemnizaciones, la UP oscilaba bajo las enormes presiones del imperialismo. Cuando semanas después, el gobierno, basándose en aspectos legales, afirmó que no pagaría indemnizaciones, ¿quiénes habían estado en la cabeza de esta lucha? No fue Altamirano, precisamente, ni Allende. Era, sí, una victoria de la clase obrera chilena, que pasaba por arriba de sus direcciones. Y si esta clase obrera votaba por la Unidad Popular, claro está, no votaba por su reformismo, por sus acuerdos con la burguesía nacional tras la cortina de la «vía legal», sino porque al votar por la Unidad Popular sostenía la única opción antiimperialista.

La clase obrera sabía hacer la diferencia entre las posibilidades que la etapa de la UP les había abierto y el reformismo que les «trancaba el paso». Así, por ejemplo, en el primer año de gobierno, los trabajadores ya se levantaban contra el reformismo del «compañero presidente». En la Industria Textil Sumar Nylon, 38 obreros democristianos fueron echados de la fábrica (por decisión unánime de la asamblea), por sabotaje. Allende presionado por la DC –el gobierno hacía los primeros intentos de diálogo– dijo que los 38 obreros serían reincorporados a Sumar. Y los obreros de Sumar, respondieron a Salvador Allende que «ningún diálogo echaría por tierra una decisión tomada por ellos en asamblea».

Para Altamirano, entretanto, el gobierno era revolucionario. No «un gobierno reformista más». Dos posiciones distintas. La clase obrera, sin una dirección independiente y sin un partido revolucionario, no aceptaba las maniobras de la «muñeca de oro»[3] de Allende y de la UP. En lugar de apoyarse en los sectores avanzados de la clase obrera y denunciar el reformismo de la UP, Altamirano, con un palabrerío falsamente revolucionario, frenaba el movimiento de masas diluyendo las medidas concretas de la UP (las que favorecían a la burguesía y debilitaban al movimiento obrero) en lo abstracto de las frases huecas. Así, la consigna electoral de Altamirano, para las elecciones de marzo fue: «Altamirano, decisión revolucionaria». Pero había que preguntarse: ¿cuáles eran las medidas, cuál era el programa político que levantaba para garantizar esta «decisión revolucionaria»? Ninguno. Para Altamirano no era necesario programa, pues ya estaba el «Programa de la UP», que era el mismo del PC: un programa democrático-burgués.

Continuemos la cita.

«… En términos muy generales nosotros hemos sostenido que ninguna empresa requisada o intervenida debe ser devuelta, salvo naturalmente, aquellas en las que los obreros estén de acuerdo en hacerlo. Pensamos que la ampliación del área social fortalece al Gobierno Popular y aumenta la conciencia de clase en los trabajadores. Volviendo al paro de octubre, si para enfrentarlo no se hubiera dispuesto de un área social de la magnitud que existía, y de una conciencia de clase como la que se desarrolló, el Gobierno muy difícilmente hubiera resistido la embestida yanqui-burguesía nativa. Mientras más amplia sea el área social, mientras mayor sea el número de nuevas estructuras de poder popular que existan en el campo y en la ciudad, mayores posibilidades existen de derrotar a los reaccionarios. Se ha argumentado por los derechistas e incluso por compañeros de la Unidad Popular que no podríamos continuar aumentando el área social mientras en la que existe no mejore su nivel de eficiencia. A nuestro juicio, tal opinión es equivocada, tanto desde un punto de vista político como de un punto de vista económico. El área social es, en términos relativos, eficiente. Ha aumentado su producción.

Lea también  ¿Adónde va Chile? [Revista de América, 1973]

«Los problemas de déficit se deben básicamente a la política de precios del Gobierno. Además hay que considerar que existen serios problemas de abastecimiento, debido a la difícil situación de comercio exterior del país. Todo esto no es de la incumbencia del área social, ni de los trabajadores de dichas empresas, ni de sus interventores. Lo anterior no significa que no pueda ni deba mejorarse la disciplina laboral, la eficiencia, y el nuevo espíritu con que debieran actuar los interventores.

«Además, desde un punto de vista político, la amplitud de esta área permite enfrentar victoriosamente cualquier maquinación de la burguesía aliada al imperialismo americano. Por estas razones, somos decididos partidarios, no solo de mantener la actual área social sino de ampliarla, porque ello constituye el paso más decisivo hacia la construcción del socialismo y hacia el fortalecimiento del Gobierno Popular.

«En cuanto a los mecanismos de distribución popular, nuestro Partido ha insistido en que deben crearse nuevas estructuras de distribución tanto a nivel de Gobierno como en las distintas organizaciones de la masa creadas para este efecto. Esta política no significa prescindir de aquellos comerciantes que se decidan a cumplir honestamente con el servicio que ellos prestan a la comunidad, esto es, no acaparar ni especular con los productos esenciales. En una palabra, la política del Partido Socialista en esta materia está expresada en la declaración hecha a nombre del Gobierno por el compañero ministro Fernando Flores.

«En síntesis, nuestra política está dirigida a ampliar el área social, a crear nuevos canales de distribución, a aumentar el poder popular, a aumentar la participación de los trabajadores, a actuar con más energía frente a nuestros enemigos, a no abandonar el carácter revolucionario de este proceso.

«Ya lo hemos dicho: los socialistas pensamos que las capas medias no se pueden ganar para el proceso revolucionario mediante ofertas de un nivel de vida muchas veces imposible de mantener en un país subdesarrollado. Las capas medias se colocan siempre al lado de la clase victoriosa; por eso será la fuerza del Gobierno Popular la que las atraerá y su debilidad la que las impulsará hacia la reacción. La elección demostró que importantes sectores de ellas están con nosotros por convicción ideológica, por un auténtico espíritu histórico de este proceso. Mientras mayor sea el predominio de la ideología proletaria y se generen nuevos valores de vida, más contingentes de las capas medias se integrarán al proceso de sustitución del capitalismo por el socialismo» (Chile Hoy n.° 39 – 15 marzo 1973)

En conclusión, Altamirano tenía conocimiento de la radicalización de la clase obrera y por esto intenta cumplir un papel «izquierdizante» dentro de la UP. Acompañaba el desplazamiento hacia la izquierda de las masas, pero no para impulsarlas sino para mantenerlas en el cerco reformista de la Unidad Popular. Así, muchos de sus discursos plantearon problemas reales, sentidos por la clase obrera y que se expresaban en las asambleas de fábrica o en los Cordones Industriales. Pero, en ningún momento propondrá tareas para la clase obrera. Por más «brillantes» que fueran sus intervenciones, de poco o de nada sirvieron para armar al proletariado frente a la escalada burguesa e imperialista.

LOS CORDONES INDUSTRIALES

El lenguaje falsamente revolucionario de Carlos Altamirano no iba más allá. Íntimamente ligado al PC, el PS claudicaba a cada momento y no reflejaba (a no ser en los discursos) los sentimientos de los obreros chilenos. Así es que de hecho no va a defender el desarrollo de los Cordones Industriales ni a lanzarse contra el diálogo con la burguesía.

Y esto lo explica muy bien el compañero Armando Cruces, militante del PS y presidente del Cordón Industrial Vicuña Makenna.

«En Chile, en este momento, nos está ocurriendo lo mismo. El compañero Allende, Presidente de la República, reformista, militante de mi Partido Socialista, el cual transa con el enemigo a cada momento. Hay vacilaciones. Además, el Partido Comunista de Chile se ha demostrado por entero en meter la «paz social» en Chile, y en esto ha arrastrado al propio Presidente de la República. Hay situaciones difíciles, donde los militares diariamente allanan empresas, Cordones Industriales, poblaciones, donde hay enfrentamientos con carabineros. ¡¡Y los trabajadores en Chile estamos en estos momentos revolucionados!! Tenemos cientos de empresas en poder de nosotros, administradas por los trabajadores, dirigidas por nosotros, con participación. Creemos que durante los 150 años de la independencia de Chile, nunca se había visto esto. Pero esto ocurrió desde el compañero Allende. Pero desgraciadamente hoy en día, cuando ya la clase obrera –en su conciencia– ha avanzado mucho, se la quiere frenar. Se la quiere llevar a un terreno reformista, y en que aquello que nosotros hemos logrado con tanto sacrificio, derramando propia sangre de nosotros, pretenden que esto se devuelva.

«Las movilizaciones que en Chile hacen los Cordones Industriales, son fuertes. En Vicuña Mackenna movilizamos 5.000 a 7.000 trabajadores en cada movilización y caen tres o cuatro muertos. Porque la fuerza en estos momentos está en los Cordones Industriales y no en la CUT. La Central Única de los Trabajadores de Chile ha dejado de ser un baluarte, y por eso han nacido estos gérmenes de poder popular que son los Cordones Industriales, esencia de lo que piensan los trabajadores. En el Cordón Vicuña Mackenna –en el cual yo soy presidente– tenemos 350 empresas. Y cada movilización de nosotros nos cuesta una vida. Una vida que también por personeros del gobierno es apagada o no se le da importancia. Y por eso decimos: en este momento en Chile la situación es crítica. En estos momentos hay una lucha contra el fascismo, y también hay una lucha en contra del reformismo, que es bastante peligroso. Y que esto ha sido en todos los países y que también por las noticias que tenemos nosotros acá, en la Argentina están sufriendo lo mismo. Entendemos que hay persecución hacia los grupos de izquierda revolucionaria. También en Chile la hay. Está perseguido el MIR, los compañeros socialistas, el compañero que le habla, y muchos otros partidos de izquierda que se identifican con la clase. Por eso decimos, en estos momentos, los Cordones Industriales en Chile están siendo la vanguardia del proceso». (Entrevista a Avanzada Socialista – n.° 72 – 16/8/73).

Esta política catastrófica, explicada por el compañero Cruces, va a permitir al imperialismo, a la burguesía y a la oligarquía fortalecerse en su escalada golpista.

Cordón industrial Vicuña

Para favorecer el diálogo, con la DC, la Unidad Popular intenta frenar el desarrollo de todos los órganos de poder dual.

Es el caso de los Cordones Industriales, que en el paro de octubre de 1972 cumplieron el papel principal en la lucha política contra la burguesía, y que comienzan a sufrir el ataque directo de los comunistas. Los Cordones Industriales fueron las organizaciones que se había dado la clase obrera a partir de junio de 1972, y que reunía todas las fábricas de un determinado sector, con sus direcciones elegidas por las bases. Además incluían a las fábricas chicas, que no estaban integradas a la Central Única por no tener sindicato. Los delegados a los Cordones no eran necesariamente los dirigentes sindicales burocratizados. No tenían como eje las tareas económicas sino políticas, tales como organizar la defensa del territorio, establecer qué industrias del sector debían pasar al área social, y determinar los métodos de lucha (tomas, movilizaciones, concentraciones, huelgas, etc.).

Pero dejemos que el mismo compañero Cruces, presidente del principal Cordón Industrial, nos explique su funcionamiento.

«La organización de un Cordón Industrial, en realidad, cuesta mucho. Porque hay que tomar en cuenta que manejar 350 empresas es una situación muy difícil. Y que esto lo estamos manejando solamente trabajadores, obreros, no dirigentes de la CUT. ¡¡Jóvenes!! …; el compañero que le habla tiene 26 años de edad, soy presidente del Sindicato Industrial de Elecmetal y soy presidente del Cordón Vicuña Mackenna. Aquí se puede ver claramente que el trabajo es bastante duro. Nosotros tenemos que trabajar en la empresa como dirigentes y en el Cordón con aquellas 350 empresas. Problemas todos los días, por culpa del reformismo. Donde los compañeros se toman una empresa y el gobierno ordena devolverla, y los compañeros llegan a los dirigentes del Cordón: ¿Y qué hacemos nosotros? Como nosotros somos un germen de poder popular y vamos a amparar a nuestros hermanos de clase, hacemos movilizaciones en contra del gobierno, cuando el gobierno toma una posición reformista, una posición de transar con el enemigo, una posición de adorar a los militares .

«Nosotros decimos: los Cordones Industriales tiene un trabajo muy fuerte. Se necesita participación de los trabajadores, decisión. Y aquí en Chile ha nacido de los Cordones Industriales… y en estos momentos, en que se le han caído los pantalones al gobierno, nosotros a la burguesía la hemos acorralado. Porque ya en las empresas no hay fascistas, los hemos echado. Y están afuera, están acorralados en el Barrio Alto de Santiago. Por eso decimos, es difícil la tarea del Cordón, pero sí es bastante positiva. Se lo repito, estamos siendo la vanguardia del proceso en estos momentos. Y de una u otra manera, en el enfrentamiento que se ve venir, los Cordones Industriales van a continuar siendo la vanguardia y van a ser donde los trabajadores, desesperados, se van a refugiar, y no en la Central Única de Trabajadores que creo que está más o menos parecida a la CGT en la Argentina» (ídem).

Frente a la posibilidad de desarrollo de este embrión de poder obrero, la política del PC fue clara: castrarlo a través de su ligazón orgánica con la burocracia de la CUT (controlada por el Partido Comunista):

«En el caso particular de los Cordones Industriales, los concebimos como integrantes de la CUT, como organizaciones base de la Central Única de Trabajadores y no como organizaciones paralelas y divisionistas del movimiento sindical» (Luis Corvalán, Chile Hoy, n.° 43).

Pero, ¿qué era la CUT? ¿Había en este organismo la democracia obrera que exigía la realidad? El dirigente comunista Galvarino Escorza, Presidente del Sindicato Único de Textil Progreso, explicaba así la situación de la Central Única de los Trabajadores: «Claro que es verdad que la propia Central necesita una reestructuración, porque está quedando un poco caduca, porque en los momentos en que estamos viviendo ahora se necesita otra cosa. Porque, ¿cómo puede abarcar a esa gran población que está surgiendo ahora? » (Chile Hoy, n.° 61).

Era a este organismo caduco, pero controlado por ellos los comunistas, que Corvalán quería atar a los Cordones Industriales. Organismo que hasta como central sindical se veía limitado, porque se ataba –a través del Acuerdo CUT-Gobierno– a los planes económicos de la Unidad Popular, funcionando como sostén del régimen.

EL DIÁLOGO, LAS FUERZAS ARMADAS Y SUS CONSECUENCIAS

La Unidad Popular y el Gobierno se lanzaron a desarrollar un diálogo sin principios con la burguesía y a frenar los organismos de poder dual que tomaron fuerza en octubre de 1972, como las Juntas de Abastecimiento y Precios, por ejemplo (las JAP se lanzaron en octubre al control de la distribución, abriendo comercios a través de la acción de masas, atacando el acaparamiento y el mercado negro).

Para no asustar a la burguesía, Allende combate públicamente esta actuación de las JAPs y crea una Secretaría de Distribución, controlada por el general Bachelet, que durante el último año no va controlar más que 28% de la distribución nacional.

La burguesía, frente a estas vacilaciones, ataca en el campo político-parlamentario, con el proyecto Hamilton-Fuentealba sobre las tres áreas de la economía, y con el proyecto Rafael Moreno sobre la reforma agraria (imposibilidad de expropiar los predios menores de 40 hectáreas y expropiación en los que tuviesen entre 40 y 80 hectáreas, solamente de la diferencia). Ataca también en el campo social, con la movilización de los gremios controlados por la Democracia Cristiana (la huelga de El Teniente, por ejemplo).

«La UP no se dio una política de total expropiación de la oligarquía y de grandes monopolios, como de los sectores mayoristas de la distribución, por ejemplo. Sin esto era imposible impedir el mercado negro y el caos económico, ya que dejaba en manos de la subversión palancas fundamentales de la economía». Como decía Avanzada Socialista, en el número 80.

Así es que la derecha veta un proyecto de ley que sanciona los delitos económicos incluso con prisión. Con la clase obrera paralizada por la acción reformista, la clase media va jugar un papel de gran importancia en la quiebra de la institucionalidad:

«La clase media funciona en Chile como vaso comunicante en relación a las Fuerzas Armadas porque grandes sectores de esa institución, tanto en la oficialidad como en la suboficialidad, provienen de la pequeña burguesía. Así que durante los tres años de gobierno de la UP, la clase media estuvo bajo la mira del imperialismo, de la oligarquía y de los monopolios, que actuaron a través del caos económico y social (bloqueo económico, mercado negro, desabastecimiento y atentados) para volcarla a la sedición y a la quiebra del orden constitucional y, a través de ella, empujar a las Fuerzas Armadas al golpe. Frente a esto, ¿qué hace la Unidad Popular? Cede» (Avanzada Socialista, n.° 80).

Dentro de este cuadro, estallan las contradicciones en las Fuerzas Armadas, llegando un sector a intentar un golpe de estado. Es el «tancazo» [putsch golpista fracasado] del 29 de junio.

El mismo día, Allende, frente a la amenaza de la derecha, vuelve a apoyarse en las FFAA, como ya lo había hecho en octubre, y secundariamente se apoya en el movimiento obrero:

«Y desde allí llamé al pueblo dos veces por radio. Primero, para señalarles que tuvieran confianza en las Fuerzas Armadas, Carabineros e Investigaciones, y segundo para decirles que ocuparan las empresas, las industrias, que estuvieran en los centros de trabajo; que los dirigentes y los militantes partidarios en sus centros, en sus casas políticas, y que además el pueblo, se agrupara en cuatro o cinco sectores que señalé, para que estuvieran prestos y por si acaso necesitábamos su presencia para combatir junto a los soldados de Chile» (Discurso de Allende el día del «Tancazo»).

Pero para Allende, ¿quiénes eran los «soldados de Chile», en los cuales tenía tanta confianza? En el mismo discurso da nombres y apellidos:

«Mientras sucedían estos hechos –repito– el Comandante en Jefe del Ejército, junto con los Generales Pinochet, Pickering, Urbina y Sepúlveda, trazó el plan para reprimir a los subversivos» (Salvador Allende hablando al pueblo desde La Moneda, después de controlado el intento de golpe del 29 de junio. Citado en “El Tancazo’, documento especial de Quimantú, 1973).

Es interesante ver cómo de los cuatro militares nombrados, dos participaron activamente del golpe del 11 de septiembre que vino por fin a derrumbar a Allende. Pinochet hoy día es Presidente de la Junta Militar, y Urbina, Comandante en Jefe del Ejército. Los otros dos –Pickering y Sepúlveda Squella– tomaron la misma actitud de Prats: renunciaron, dejando el camino abierto al golpismo.

Aunque fracasado, el «Tancazo» vino a estremecer todavía más el ya inestable equilibrio de Salvador Allende. Esta situación llevó a la Unidad Popular a lanzarse, ahora más que nunca, a un intento de diálogo con la DC.

Pero una vez más la derecha se aprovechó del hecho y atacó a todos los niveles. Mientras tanto, la DC exigía, para dialogar, que asumiera un gabinete militar completo. Pero desde mucho antes la política de la UP era apoyarse en los militares, y Corvalán, ya en abril era portavoz de esta posición:

«Estoy seguro de que las FFAA, formando o no parte del gobierno, seguirán manteniendo su defensa y respeto del Gobierno legítimamente constituido y, por lo tanto, sacan mal las cuentas aquellos que piensan que la salida de los militares del Gabinete les deja las puertas abiertas para lanzar, cuando se les venga en gana, un movimiento sedicioso como el de octubre. Si tal cosa ocurriera, se encontrarán de nuevo con una respuesta más enérgica de los trabajadores y el pueblo, y con la adhesión de las FFAA al gobierno del país» (Revista Chile Hoy, 6 de abril de 1973).

Tampoco el MIR tenía una política clara frente a los militares. En noviembre de 1972 –después de la huelga de los dueños de camiones y luego de haber asumido el primer gabinete militar– uno de los principales dirigentes del MIR y del FTR, Manuel Cabieses Donoso, escribía lo siguiente en la revista Punto Final (órgano oficioso del MIR):

Lea también  Piñera asesina a su propio pueblo: Un amplio llamado al cese de las violaciones de los DDHH y por la libertad a los presos por luchar

«Las FFAA tienen un papel verdaderamente patriótico y democrático que jugar junto al pueblo, apoyando a los trabajadores en su lucha contra la explotación de la burguesía… «. «En la construcción de un nuevo Estado, de una nueva sociedad, las FFAA pueden, en verdad, jugar un gran papel, protegiendo a los trabajadores y la seguridad del país. Si así ocurriera –y es lo que la clase trabajadora espera al ver a las FFAA formando parte del Gobierno–, se daría la posibilidad de superar una sociedad gastada e injusta como la actual, manteniendo a raya a los enemigos del pueblo. Solamente los hechos podrán confirmar o descartar esa posibilidad«.

Después del «tancazo», la UP capitulaba una vez más y subía el segundo gabinete con participación de los militares. Al investir este nuevo gabinete –en un momento de crisis total del gobierno de la UP y del mismo régimen capitalista en Chile– Allende declaraba:

«Llamo a este gabinete el Gabinete de Seguridad Nacional. Tiene por tarea defender a Chile, impedir que se separe al pueblo del Gobierno y al pueblo de las Fuerzas Armadas. Este gabinete tiene que imponer el orden político» (El Siglo, 12 de agosto de 1973).

A fines de junio y durante los 14 días de duración del «gabinete de seguridad nacional», la agudización de la lucha de clases en el conjunto de la sociedad chilena determina que ella penetre también en las Fuerzas Armadas.

Como se explicaba en Avanzada Socialista n.° 80:

«Esto va a ser aprovechado por la derecha y el imperialismo y facilitado por el carácter burgués de esas instituciones. Algunos ejemplos lo demuestran claramente: la Democracia Cristiana movilizaba a sus bases por aumentos de sueldos para Carabineros. El Partido Nacional y Patria y Libertad organizaban fiestas semanales para los conscriptos del Blindado 2.

«La izquierda no actuó de la misma forma, dejó el terreno libre a la derecha. No solo no elaboró una política de ganar y organizar contra el golpe a soldados, suboficiales y oficiales como tampoco apoyó a los movimientos espontáneos surgidos en las FFAA en defensa de la legalidad constitucional.

«La organización de los marinos en Valparaíso y Talcahuano, a la que se refiere el compañero chileno en su carta, es el gran ejemplo del trabajo que la UP tuvo la oportunidad de desarrollar y no hizo. Los partidos políticos tenían conocimiento de las reivindicaciones de los marinos y soldados (abastecimiento directo, mejora en la alimentación, aumentos de sueldos, horarios de trabajo y fin de los castigos corporales). Esas reivindicaciones eran públicas. Incluso, cuando el general Prats era ministro de Defensa, la suboficialidad mantuvo reuniones con él, exigiendo que el gobierno tomara una posición frente a sus reivindicaciones. Ni el gobierno ni la UP ni la CUT hicieron algo frente a esto.

«En Valparaíso y Talcahuano –de acuerdo con los informes verbales divulgados por las regionales Centro y Cordillera del Partido Socialista– los marinos e infantes estaban luchando por otras dos reivindicaciones: derecho de reunión y de organización.

«En julio, los marineros de Valparaíso y Talcahuano detectaron la existencia de un golpe que debía estallar el 6 de agosto. Algunas semanas después, las dos regionales socialistas mencionadas arriba, explicaban a sus dirigentes que los marinos habían entrado en contacto con los secretarios generales del PS, MAPU y MIR para denunciar el golpe y para saber qué hacer. Los marinos recibieron la orden de resistir, mientras los partidos cumplirían una doble tarea: denunciar públicamente el golpe y movilizar a las masas en defensa de los marinos y de la vigencia del orden constitucional.

«Los infantes y marinos cumplieron su parte en el acuerdo y pararon el golpe. ¿Y qué hizo la Unidad Popular? Nada. El PS, el MAPU y el MIR no hicieron en el momento acordado la denuncia pública ni movilizaron a la clase obrera a favor de los marinos. El grupo de oficiales golpistas (que ya abiertamente no acataban las órdenes del almirante Montero, comandante en jefe de la Armada, legalista) habían sido tomados con las manos en la masa. Era la oportunidad magnífica para descabezarlos. Pero ni el Gobierno ni la UP ni la CUT actuaron en ese sentido. En consecuencia, los oficiales golpistas se reacomodaron, los marineros quedaron aislados y fueron violentamente reprimidos y torturados.

«Se tuvo luego conocimiento público de las torturas en la Armada, y el resto de los marineros, en apoyo a sus compañeros detenidos, realizaron un día de huelga de hambre y no comparecieron a cobrar el sueldo. Mientras tanto la UP y la CUT seguían callando y no movilizaban a los trabajadores.

«A la Unidad Popular no le interesaba agitar el asunto porque se había lanzado al diálogo con la Democracia Cristiana, y como resultado del diálogo, Allende investía un nuevo gabinete con militares» (Avanzada Socialista n.° 80). Sobre este gabinete, socialistas y comunistas tuvieron una posición unánime:

«… Junto con no ocultar la dificultad de la tarea, socialistas y comunistas y la Unidad Popular toda, expresamos nuestra confianza en que la conjunción de la fuerza irresistible del pueblo, de su unidad de objetivos, y el cumplimiento de sus deberes constitucionales por las Fuerzas Armadas y Carabineros, desalentarán al golpismo derechista e impondrán un clima de autoridad y respeto que permita el desarrollo de las fuerzas creadora[s] y productiva[s] de los trabajadores. Pueblo, Fuerzas Armadas y Carabineros tienen la obligación, como lo dijera el Presidente Allende en la Jura del Gabinete, de «luchar contra la subversión». Esto significa «terminar con el paro fascista de los transportistas», «luchar contra el agio y la especulación», «tomar las medidas que permitan una distribución justa y democrática». Se hace indispensable obtener la modificación de la ley de control de armas, para evitar la repetición de los trágicos errores cometidos y permitir sancionar en cambio la gigantesca conspiración que el imperialismo y la derecha han montado contra Chile. Debe emplazarse el Congreso a entregar las herramientas que permitan castigar ejemplarmente el delito económico.

«Los reaccionarios se muestran indignados por la participación de las Fuerzas Armadas en el Gobierno del Presidente Allende, y han sostenido la impostura de que la Unidad Popular pretendería profitar [sacar provecho] de su fuerza con torcidos fines. Por otra parte, algunos sectores de la DC insinúan que deben participar como una especie de ente despersonalizado. Para nosotros está claro que no ofenderíamos jamás a las Fuerzas Armadas con una participación mezquina e interesada, marginal del proceso que vive nuestra Patria. Ellas no pueden estar ajenas a las inquietudes que vive el pueblo del que forman parte. Más que sus armas, vale su sentido patriótico, su organización, su integración real o la decisión de avanzar por el camino de la independencia y la dignidad. Esto ha sido nuestra política invariable, expresada desde los inicios mismos de este Gobierno, al incorporarlas a las tareas de la liberación y del desarrollo, conceptos inseparables de la seguridad nacional…» (Declaración conjunta de los partidos Comunista y Socialista sobre el Nuevo Gabinete, publicada por El Siglo, 12 de agosto de 1973).

Esta declaración era hecha una semana después del intento de golpe en la Armada, y cuando ya habían sido detenidos y estaban siendo brutalmente torturados los marinos. Pero sobre ellos la declaración no decía nada, al contrario, embellecía y llamaba a depositar confianza en los torturadores.

Al día siguiente, Víctor Días, subsecretario general del PC, elogiaba la declaración conjunta y a los militares:

«En tal razón, esta declaración conjunta consideramos que tiene el valor de confirmar todas las conquistas del Gobierno Popular alcanzadas hasta ahora y de asegurar que el proceso revolucionario pueda avanzar con pasos seguros poniendo término a las confusiones que puedan surgir en momentos determinados del proceso en el seno de la clase. Por lo tanto, la constitución del Gabinete de Seguridad Nacional, en el que junto a partidos de la Unidad Popular han pasado a tomar responsabilidades directas en el Gobierno, que preside el compañero Salvador Allende, los tres Comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas y el Director General del Cuerpo de Carabineros, es para asegurar la constitucionalidad, para decirle a todo el país que ha llegado la hora de normalizar la situación sediciosa en que están colocados los dirigentes de los camioneros, que encabeza el señor Vilarín» ([El] Siglo, 13 de agosto de 1973).

«La experiencia de los suboficiales, soldados, infantes y marinos fue trágica. No consiguieron ninguna de sus reivindicaciones (ni los partidos de la UP lucharon por ellas). Frenaron el golpe, pero no tuvieron el apoyo de los partidos ni de la CUT, siendo violentamente reprimidos». (Avanzada Socialista n.° 80).

Mientras en la Marina la subofícialidad era juzgada por Tribunales Militares, en las fábricas las botas se hacían presentes bajo la disculpa de la «ley de control de armas y explosivos».

Frente a esta agresión del golpismo, la UP evitaba el choque político y sin movilizar a la CUT ni a los obreros, tergiversaba el problema. Así explicaban los comunistas el allanamiento de Lanera Austral, donde murió el obrero Manuel González, alcanzado por una ráfaga de metralleta:

«Esta acción de la FACH [Fuerza Aérea Chilena] obedece a las irresponsables denuncias que elementos derechistas formulan a las FFAA para que procedan a aplicar la Ley de Control de Armas, en un intento por contraponer a las FFAA con los trabajadores.

«Bajo el pretexto de que se aplique la Ley sobre Control de Armas, denuncias infundadas han conseguido distraer a las Fuerzas Armadas en allanamientos y registros de industrias, escuelas, hospitales, locales sindicales y sedes de partidos políticos populares.

«A esto conducen las denuncias irresponsables: con ello distraen a las Fuerzas Armadas y de Orden de sus patrióticas funciones de resguardo y protección de las riquezas nacionales y de los trabajadores que las producen, para mantenerlas efectuando diligencias originadas en la irresponsabilidad y el engaño» (El Siglo, 6 Agosto 1973).

Cuando ya se veía el golpe en preparación, tanto la UP como el MIR se negaban –en la práctica– a lanzar la consigna del frente único contra el golpe, basado en los únicos organismos que la clase se había dado: los Cordones Industriales.

Los partidos de la UP estaban volcados en el diálogo con la DC y en el intento de ganar a los militares. El MIR, por su parte, intentaba crear su «organismo de masas» –los Comandos Comunales–, que se basaban en las poblaciones de las villas callampas (en gran parte lumpenproletariado) y en sectores pequeñoburgueses (estudiantes, pequeños comerciantes, etc.). O sea que, para el MIR, el centro del poder dual no eran las organizaciones existentes y reales del proletariado. Así que en sus documentos va a plantear la disolución de los Cordones Industriales en los comandos comunales, que de hecho nunca llegaron a existir.

En efecto, en relación a los Cordones Industriales, eje y embrión del poder obrero chileno, tanto comunistas como miristas tenían la misma posición, cada cual por su motivo, claro está. Pero lo cierto es que los dos declaraban que los Cordones Industriales debían tornarse organismos de base de la CUT, y por esto se negaban a aceptar una Coordinadora de Cordones.

En una entrevista (Chile Hoy n.° 61), el dirigente comunista Galvarino Escorza hace elogios al MIR por tener la misma posición que el PC en relación a los cordones.

«—¿ Cuál debe ser la relación cordones-CUT? (Pregunta Chile Hoy).

«—Pienso yo que tiene que ser muy estrecha: deben ser dirigidos por la CUT y orientados también por la Central. Pero eso sí: tendrán que darse en algunas oportunidades su propia organización, en eso estamos de acuerdo. Claro que es verdad que la propia Central necesita una reestructuración, porque está quedando un poco caduca, compañera, porque en los momentos en que estamos viviendo ahora se necesita otra cosa. Porque, ¿cómo puede abarcar a esa gran población que está surgiendo ahora?

«—Si ustedes estuvieran integrados al Cordón Vicuña Mackenna, estarían también dentro de la Coordinadora de Cordones que se creó hace algunas semanas. ¿No es cierto?

«—Mira, en esa última asamblea de la que te hablo, donde estaba el único cordón, el cordón unificado que dirige el compañero Cruces, lo planteó muy fuerte el compañero Aguiló, del MIR, y dijo que jamás se podía pretender tener esa Coordinadora, porque eso sí que significa un paralelismo a la CUT. Y en eso estamos totalmente de acuerdo; incluso le dije al compañero Aguiló, cuando terminó la asamblea: ¡compañero: mire, usted me ha robado todas las palabras, casi ni hubo necesidad de que interviniera yo! Porque eso sí que es darle pasto al chancho, porque Rodríguez por un lado está sacando la CUT pa’lla’, pa’República, y nosotros pretendíamos sacarla quizás para dónde; para mí eso no procede, y digo que no puede haber una Coordinadora de Cordones, porque es paralelismo. Lo que no significa que los cordones se den sus tareas concretas y propias».

El compañero Galvarino Escorza, lamentablemente, como el resto del stalinismo, no aclaraba cuáles eran estas «tareas concretas y propias» de los Cordones Industriales.

LO QUE NO SE HIZO

La carta de un compañero socialista chileno (publicada en Avanzada Socialista n.° 80) muestra hasta qué punto el reformismo y la ultraizquierda (el MIR y sectores del Partido Socialista) fueron incapaces de elaborar un programa revolucionario para la clase obrera. Y cómo, al no organizar los sectores antigolpistas en las FFAA, permitieron que el plato de la balanza se volcara en definitiva para el lado de la reacción.

«La UP llegó a movilizar hasta un millón de personas en los actos y manifestaciones que hacía en Santiago.

«En su gran mayoría eran obreros, estudiantes, empleados y campesinos pobres de las comunas cercanas. ¿Cuántos de estos compañeros y compañeras no tendrían un pololo [novio], un hermano u algún otro pariente que fuera soldado, suboficial y hasta oficial? ¿Cuántos de estos no tenían a un carabinero como vecino que vivía en la misma población, tan pobre como ellos? ¿Las cosas no hubieran sido distintas si los partidos, la CUT y los Cordones se hubieran unido para dar algunas tareas muy sencillas a ese millón de compañeros? Por ejemplo, ligarse al pariente o vecino, soldado o suboficial, para ganarlo políticamente contra el golpe y organizarlos en defensa de la legalidad contra cualquier intento golpista.

«El momiaje [los reaccionarios de derecha] mandaba a sus lolitas [joven seductora y provocativa] a rondar los regimientos, atrayendo a los pelados [mujeriegos], suboficiales y oficiales a fiestas en el Barrio Alto. Allí eran trabajados políticamente y organizados al servicio del golpe por Patria y Libertad.

«¿Por qué la CUT y los Cordones no podían hacer algo parecido? ¿No lo hacían, por ejemplo, y con gran resultado, los bolcheviques en la Revolución Rusa? ¿La CUT y los Cordones no hubieran debido hacer de cada población obrera un lugar de fiesta y confraternización con soldados y suboficiales, muchos de los cuales sufren por no estar con sus familias? ¿No habría que haber tenido mano firme para abrir el muro que separaba al obrero del soldado?

«La Democracia Cristiana movilizaba a las mujeres de los carabineros por aumentos de sueldo. ¿Qué hacía la CUT frente a este problema? Nada.

«¿Qué programa reivindicativo de reajustes, mejor trato, derechos civiles y políticos, posibilidad de escalar todos los grados tenían la CUT y la UP para soldados, suboficiales y oficiales; cómo lo agitó y se movilizó por ese programa? No se levantó ninguna reivindicación ni hizo nada.

«Con medidas como estas –facilitadas por tener la UP el Ejecutivo, y combinadas con una presión firme y organizada de millones de compañeros, se hubiera podido contrarrestar –en gran parte– la escalada sediciosa. Porque se hablaba de «unidad indestructible de obreros, campesinos y soldados», pero eso era falso, porque nada se hacía para forjar esa unidad en la práctica, confraternizando, tomando sus problemas reivindicativos y –ya en un nivel superior– organizándolos para impedir la quiebra del orden constitucional, apoyándolos para que formaran –por ejemplo– comités contra la sedición, con delegados en los Cordones, etc. La publicitada «unidad entre el pueblo y las FFAA» se reducía a los acuerdos que por arriba hacía el compañero presidente con el general Prats. Mientras tanto –durante tres años– el momiaje tuvo mano libre para ganarse a las FFAA y Carabineros y organizarlos para el golpe. Así, esos acuerdos no sirvieron para nada, porque el puñado de oficiales y generales antigolpistas quedó en el aire: una parte transó y se unió al golpe y otra cayó sin pena ni gloria, como Prats.

Lea también  Aprobada la Acusación contra Chadwick ¡Vamos a exigir su cárcel y que caiga Piñera!

«Cuando –como en Valparaíso y Talcahuano– espontáneamente un grupo de militares se organiza contra el golpe, el gobierno, la UP y la CUT los abandonan a su suerte. Después de esa tragedia, ¿con qué ganas un militar antigolpista (fuera soldado o general) iba a arriesgar su cabeza en defensa de un gobierno que permitía la represión de quienes lo defendían a él y el orden institucional?

«Nada firme se hizo para ganar a soldados, suboficiales y oficiales. Tampoco en cuanto a organizar a los trabajadores para combatir el golpe. Y ambos puntos están estrechamente unidos, porque para volcar al campo popular a parte de las FFAA, había que demostrar a esos soldados, suboficiales y oficiales que el pueblo estaba organizado para combatir y vencer. Había que probar a la tropa que «cambiar de hombro el fusil», pasarse al bando popular, no era un acto heroico pero suicida (como el de los marinos de Valparaíso).

«¿Cómo se preparó, entonces, a la clase obrera y el pueblo?

«Recordemos otra vez el millón de compañeros que llenaba[n] la Alameda en los actos de la UP. En tres años de gobierno, ¿no hubiera sido posible organizar a 20%, a 200.000, en Comités de Protección centralizados por un Comando Único dependiente de un comité unificado de los Cordones y los partidos de izquierda? La CUT solo daba la consigna de Comités de Protección y Vigilancia por fábrica. Así, funcionaban sin unidad de mando y ya vimos qué pasó. Porque lo más doloroso, compañeros, es que no estábamos completamente desarmados. ¿Pero que hacía el día del golpe el Comité de Vigilancia de una industria –que en muchos lugares hasta contaba con “bazookas” y ametralladoras punto 30– si no recibía orden ni plan alguno?

«¿Salíamos de la fábrica para La Moneda, nos atrincherábamos en la empresa, combatíamos en la calle? ¿Con quiénes, cómo, con qué plan? La mañana del 11 de septiembre, la CUT nos dio por radio una sola «orden»: permanecer en las industrias «alertas y vigilantes» a la espera de «nuevas instrucciones», que nunca llegaron. Silenciadas las radios legales del MIR y la UP, nadie supo más nada de las direcciones de la CUT y los partidos.

«Para que los compañeros argentinos tengan clara la película de lo que pasó en Chile, imagínense la Revolución Rusa sin un Comité Ejecutivo de los Soviets y sin un Comité Militar Revolucionario dependiente de él y comandando a la Guardia Roja. En Chile tuvimos gérmenes de Soviets –los Cordones Industriales– y también gérmenes de Guardia Roja –los Comités de Vigilancia, etc.– Pero el PC, la derecha de mi partido, la dirección de la CUT –y también el MIR– se opusieron firmemente a unificar los Cordones en una sola Coordinadora. Eso era, para ellos, hacer «paralelismo a la CUT». Más en contra estaban aún de que ese poder obrero y popular –que hubieran sido los Cordones unificados y que también incluyeran delegados de las poblaciones, campesinos y militares antigolpistas– organizara un Comando Único de los Comités de Vigilancia.

«La UP hacía esto porque siempre confió en los generales «profesionales» y en un acuerdo negociado con la Democracia Cristiana. El MIR, porque mantenía en el fondo de su política su vieja concepción guerrillera, vanguardista, y descolgada del movimiento de masas.

«Mucho nos faltó en Chile. La carta ha sido larga, pero todas las cosas que nos faltaron, se las puedo resumir ahora en una frase: nos faltó una política revolucionaria y un partido revolucionario obrero que la aplicara con audacia y a tiempo, como lo hizo en la Revolución Rusa el Partido Bolchevique. Un partido y una política completamente distintos del reformismo de la UP y de su complemento «guerrillero», el MIR». (Avanzada Socialista, n.° 80).

EL GOLPE (LOS ULTIMOS DÍAS DE ALLENDE)

El golpe ya se veía varios días antes. El viernes, por ejemplo, hubo por primera vez una resistencia de los trabajadores a los allanamientos militares, en la fábrica Sumar Nylon, cabeza del Cordón San Joaquín.

Como norma, antes de cualquier operativo para procurar armas o explosivos, los militares debían presentar una «orden de allanamiento». Pero como esta orden dada por el fiscal circulaba tres o cuatro días por muchas manos (incluso por las de los soldados y suboficiales), los obreros siempre sabían cuáles fábricas iban a ser allanadas. Y lógicamente retiraban de las fábricas todo el armamento que tenían. Es sabido que después del «tancazo» del 29 de junio hubo una carrera armamentista. En las fábricas se fabricaban armas, bombas “molotovs”, granadas, etc. Y también los partidos distribuyeron algunas armas, principalmente cortas, además de algunos fusiles.

«Por esta razón, cuando los militares de la FACH fueron a allanar Sumar Nylon no llevaron ninguna orden. Tenían, sí, una orden para allanar una población cercana. Invadieron la población con gran despliegue de fuerzas: 300 hombres, tanquetas y helicópteros. Allanaron la casa de una militante socialista e intentaron entrar a la fábrica. Pero los trabajadores exigieron de los militares la orden de allanamiento y, como no la tenían, alegaron que no la podían allanar (está claro que había armas en Sumar Nylon). Así que cerraron las puertas de la fábrica y empezaron a resistir. Al mismo tiempo tocaron la sirena, como aviso a las fábricas y a las poblaciones del sector [de] que la fábrica estaba siendo allanada.

Entonces, la gente de las poblaciones y de las fábricas salieron, cercando a los militares. Los militares, hasta ese momento, disparaban sobre la fábrica. Hirieron a dos obreros que resistían desde adentro, destruyeron algunas partes de la planta, pero fueron obligados a retirarse. Y se concentraron a ocho cuadras de distancia, esperando una oportunidad para volver a atacar. Pero frente a Sumar Nylon ya había cerca de cuatro mil trabajadores que pasaron ahí toda la noche. Frente a esto, los militares no tuvieron otra alternativa que retirarse.

¿Cuál fue la política de la UP frente a esta resistencia?

Ningún partido quiso reconocer públicamente que Sumar Nylon había resistido el allanamiento. Y que esta debería ser la posición de la clase obrera. Los partidos de derecha decían que la FACH había entrado a la fábrica, lo que era falso, pero tenía como finalidad desmoralizar la resistencia obrera. Los partidos de la Unidad Popular decían que los militares fueron a allanar una población y que hubo un enfrentamiento a tiros, pero que no trataron de entrar a la fábrica.

O sea, la Unidad Popular mantuvo su política de apoyo a las FFAA, y por esto se omitió informar a la clase obrera que los militares en Sumar Nylon tuvieron que retirarse por la presión de las masas cuando intentaban allanar la fábrica.

Ese mismo día ocurrieron tres allanamientos más, que siguieron el sábado y el domingo.

El lunes, los mismos militares divulgaron el rumor que dos de las principales fábricas del Cordón Vicuña Mackenna (Elecmetal y Cristalerías Chile), serían allanadas. Esto hace que los trabajadores de estas industrias retiren el material militar que allí había. Yeso no pasó solamente con estas dos fábricas: por los rumores de allanamientos las principales fábricas procuraron esconder las armas que tenían.

A las tres de la mañana del martes 11 de septiembre, un grupo fascista invadió la radio de la Universidad Técnica y la destruyó. A las siete de la mañana, un grupo de militares invadió la radio Nacional –que era la radio del MIR– y también la destruyó. A las 7:30 de la mañana, todas las radios decían que Allende llegaba al palacio La Moneda con dos tanquetas de Carabineros y cuatro autos del GAP (Grupo de Amigos Personales).

En esos momentos, algo «raro» pasaba en Valparaíso. Un sector militar había tomado la ciudad y ya no había comunicación con el resto del país. Allende habló por radio, informando que se comunicó personalmente con el Comando en Jefe del Ejército de la Guarnición Santiago, y también con el de la Fuerza Aérea, y que ellos le garantizaron que todo estaba en orden y que en Santiago no pasaba nada, que las fuerzas estaban acuarteladas esperando lo que pasaba en Valparaíso, pero que eran leales al gobierno. Allende llamó a los trabajadores a que se dirigieran a sus fábricas, permaneciendo «alertas y vigilantes» para cualquier eventualidad.

Pero en ningún momento dio tareas concretas, explicando qué significaba estar «alerta y vigilante».

Un cuarto de hora después que habló Allende, pasó un avión de la FACH y bombardeó la torre de la radio del PS, pero los disparos no la alcanzaron de primera intención. Entonces, la gente de la radio pudo alertar: «un avión de la FACH trató de bombardear nuestra torre de transmisión. Esto no es algo aislado en Valparaíso. Esto es un golpe». Pero el avión ya volvía a bombardear y la radio dejó de transmitir.

Después a las 10:30 de la mañana, Allende habló por segunda vez y dio cuenta a los trabajadores [de] que recibió un ultimátum para que renunciara. Reafirmó que no iba a renunciar y lamentó que los militares hubiesen traicionado su profesionalismo –la doctrina Schneider–, diciendo que la historia los habría de juzgar.

Pero no indica al movimiento obrero cómo resistir. Únicamente dice que los trabajadores debían estar alertas en la defensa de sus conquistas. Luego se despidió. En realidad, dio como victorioso al golpe.

Durante toda la mañana del 11 de septiembre, ni el PS ni el PC dieron ninguna instrucción a sus militantes o a los trabajadores. La instrucción de los partidos era que se debía obedecer las órdenes de la CUT. Y la orden de la CUT fue tomar todas las fábricas, todos los locales de trabajo, todos los fundos y permanecer «alerta esperando nuevas instrucciones».

Pero las nuevas instrucciones no llegaron nunca.

En las semanas anteriores al 11 de septiembre ningún partido de la Unidad Popular, ni el MIR, se prepararon para resistir el golpe reaccionario de la derecha y el imperialismo. No fue organizado ningún sistema de comunicación entre las fábricas, además de las radios y de los partidos legales. Incluso, no tenían otra imprenta además de las imprentas legales, que todos sabían donde estaban. Y las radios legales no tenían ningún equipo de emergencia, clandestino. No había ningún plan de resistencia, ni comando centralizado. La única instrucción que tuvieron fue [la] de quedarse en sus fábricas; y los militares fueron fábrica por fábrica, destruyendo la resistencia que hubo.

La directiva de los partidos fue la de no resistir. Incluso de parte del MIR, que controlaba Concepción, donde no hubo ninguna resistencia. Así como en las minas de carbón, controladas por el PC, donde tampoco hubo ninguna resistencia. Ahí todos se integraron al trabajo normalmente.

La resistencia se dio, en forma espontánea y aislada, fábrica por fábrica, en los Cordones Industriales, pero solamente en aquellas industrias que ya cumplían un rol de vanguardia en el sector.

Una vez muerto Allende, acalladas las radios de izquierda, los militares cercaron las fábricas. Los obreros resistieron desde adentro. Los militares dieron un ultimátum para que se rindieran, pero nadie lo acató. Entonces, la FACH inició el bombardeo de las fábricas. Y la resistencia heroica, desesperada y aislada de la vanguardia obrera no consiguió frenar el golpe.

CONCLUSIÓN

La tragedia chilena muestra de forma meridiana cómo el reformismo traiciona a la clase obrera y la lleva a la masacre. La experiencia chilena, históricamente, no es la primera derrota del proletariado sufrida por culpa de los mercaderes de la «transición pacífica» y de «la revolución por etapas».

La derrota chilena muestra también cómo el ultraizquierdismo –aún siendo un reflejo del ascenso de las masas– toma posiciones vanguardistas aislándose del proletariado o, por falta de una clara política de masas, termina por capitular frente al reformismo.

Después de seis años de ascenso continuo de la lucha de clases en Chile, el proletariado y sus direcciones fueron aplastadas. ¿A qué se debe esto? La culpa la tiene[n] los partidos reformistas y, en cierta medida, también el MIR, que no prepararon ni movilizaron a la clase obrera para la conquista del poder.

Pero nosotros creemos que no es la hora de llorar a nuestros muertos. Nuestra principal obligación es comprender las razones de la derrota, para así poder lanzar las bases para la victoria futura.

Aunque derrotada, todavía es temprano para hablar de total aplastamiento de la clase obrera chilena.

En vez de una caracterización apresurada, que procure resolver la cuestión del poder de un plumazo o con fórmulas ultristas, la situación exige un análisis detallado y profundo.

Intentar, ahora, emocionalmente, encontrar en la guerrilla o en el frente único sin principios la alternativa para el proceso revolucionario chileno, es dejar de lado las herramientas del marxismo.

Las contradicciones de la burguesía, así como las de las FFAA, además de la inexistencia de una política de la burguesía para ganar a la clase media, parecen descartar la posibilidad de consolidación de un semifascismo «a la brasileña» en Chile.

Por eso decimos que el estudio de la realidad es en este momento fundamental para determinar el camino a tomar. Pero esta tarea no puede ser llevada por el mismo reformismo que traicionó a la clase obrera. Es imprescindible la existencia de un partido revolucionario.

Por eso llamamos a los compañeros de base de los partidos Comunista y Socialista chilenos a romper con sus direcciones reformistas y burocráticas, y a las corrientes revolucionarias como el MIR a rever sus errores, para que junto a la clase obrera empiecen la construcción de un verdadero partido marxista revolucionario.

Creemos que esta es la única manera de honrar realmente a nuestros mártires obreros: creando el partido revolucionario que dirigirá la revolución chilena y hará de Chile un Estado Obrero y Socialista.

UNIDAD EN APOYO A CHILE

Revista de América sostiene que, independientemente de las diferencias políticas que tengamos para evaluar la derrota chilena, se impone la más amplia unidad sin sectarismos para impulsar una campaña de solidaridad.

Creemos que hay dos puntos que pueden unir los esfuerzos de la izquierda y los demócratas de todo el mundo:

  • Campaña internacional de denuncias de los crímenes de la Junta y permanente presión sobre el gobierno chileno exigiendo el cese de la represión.
  • Campaña de ayuda a los exilados, principalmente exigiendo al gobierno argentino que no los confine en ningún lugar del país y que dé asilo a toda persona que venga de Chile, cualquiera sea su nacionalidad.

Notas:

[1] Yakarta, capital de Indonesia. Tristemente famosa por el golpe militar de Suharto contra el gobierno de Sukarno (1965), donde fueron masacradas 700 mil personas en un día, casi todas militantes del Partido Comunista. El gobierno de Sukarno se apoyaba en las masas a través de un frente burgués con la participación del PC. Igual que Allende, Sukarno también confiaba en los militares nacionalistas.

[2] Expresión despreciativa con que la juventud designaba la burocracia del Partido Socialista. Panzones.

[3] «Muñeca de Oro»: expresión despreciativa con que los militantes de la UP definían la capacidad parlamentaria y las maniobras políticas de Salvador Allende, conocido como «la primera muñeca de Chile».

Recopilación del texto: Archivo León Trotsky.
Edición: Natalia Estrada.