Compartir
El 11 de Septiembre de 1973, aviones de la Fuerza Aérea Chilena bombardeaban el Palacio de la Moneda, dando así inicio al sangriento golpe militar encabezado por el General Augusto Pinochet en contra del gobierno de frente popular (conciliación de clases) del presidente Salvador Allende, quién falleció durante el ataque.


De esta forma, comenzó una dictadura inmisericorde que produjo miles de asesinatos, torturas, exiliados y desaparecidos. Con Allende, quedaba demostrado lo nefasto y utópico que resulta ser la llamada “vía pacífica” al socialismo.

Durante los 17 años de dictadura, según datos de organismos de Derechos Humanos, como mínimo más de 2 mil personas fueron ejecutadas, otros 250 mil chilenos tuvieron que exiliarse, 50 mil fueron torturados y más de mil personas aún siguen desaparecidas, en su mayoría luchadores sociales y militantes de izquierda.
 
Una situación revolucionaria

Entre 1970 y 1973, Chile pasó por unos de los procesos revolucionarios más ricos de la historia latinoamericana. Las organizaciones sindicales, campesinas y populares hervían en manifestaciones y luchas sociales.

En este agitado escenario, con la clase dominante desesperada por contener o desviar la bronca popular, llega al poder Salvador Allende. Triunfó en las elecciones encabezando la llamada “Unidad Popular”, una coalición entre el Partido Socialista y el Partido Comunista – que se reivindican de izquierda- y sectores burgueses, como el Partido Radical. Su llegada a la presidencia despertó la esperanza de miles de obreros, campesinos y sectores populares, quienes lo consideraron su gobierno.

Presionado por las crecientes movilizaciones, el gobierno de Allende tomó medidas que, aunque limitadas, comenzaron a causar disconformidad en los sectores más reaccionarios de la burguesía, la cúpula de las FFAA y el propio imperialismo norteamericano. Salvador Allende nacionalizó, previo pago de indemnización a las empresas, el cobre en Chile. Con el dinero del cobre aplicó una serie de medidas compensatorias y programas sociales.

Sin embargo, las luchas no cesaban. Sectores de la patronal iniciaron un boicot económico, desabasteciendo a la población y paralizando los transportes. Los trabajadores se organizaron y requisaron todos los vehículos para poder llegar a sus trabajos. Las fábricas que se cerraban eran tomadas por los obreros. Los campesinos ocupaban masivamente las tierras. En medio de este torbellino social surgen los célebres “cordones industriales” de Santiago, organismos de doble poder donde los trabajadores comenzaban a tomar decisiones paralelas al gobierno.

El gobierno de Allende se demostraba incapaz de contener este ascenso obrero y el imperialismo se dispuso a jugar su siguiente carta: el golpe fascista.
 
El golpe

El 29 de junio de 1973, se da un primer intento de golpe militar, conocido como el “tancazo”. Esta intentona fue derrotada sólo porque los marineros y soldados, las capas más bajas del ejército, se resistieron a luchar contra Allende.

Sin embargo, en lugar de apoyarse en las luchas y reprimir duramente a los golpistas, Allende aplicó una política conciliadora y predicó la confianza en la alta jerarquía de las FFAA. Decía que los militares no eran golpistas ni de la “extrema derecha”. En el marco de esta política, que más bien cavaba su propia tumba, nombró nada menos que a Augusto Pinochet como Comandante del ejército.

Pero no sólo concilió con la derecha e incorporó a los militares en su gobierno. Allende, en un afán desesperado de ganar la confianza de los sectores reaccionarios, ordenó reprimir duramente a sectores de base de las FF.AA que eran contrarios al golpe, como los marineros de Valparaíso. Al mismo tiempo, a pedido de la burguesía, autorizó la intervención de muchas fábricas de los cordones industriales para desarmar a los obreros.

El Partido Comunista, contrario a conducir las luchas sociales a la toma del poder, se opuso a los cordones industriales tildándolos de “paralelismo sindical”. Para el PC, todo lo que se oponía a Allende, era “reaccionario” y le “hacía el juego a la derecha”. Sin embargo, siguiendo a Allende, el stalinismo chileno intentaba tranquilizar y conciliar con la derecha fascista. Luego de la primera intentona golpista, cuando se debía aplastar las intenciones fascistas, el PC chileno proponía: “después del tancazo… ¿por qué no el dialogazo?”. Increíble, pero trágicamente cierto.

De esta forma, es claro que fue el propio Allende, con su política conciliadora y de colaboración de clases, quién preparó el terreno para el golpe. Su gobierno, en todo momento y a pesar de sus discursos “socialistas”, defendió la estructura y la manutención del Estado capitalista. Predicó a la clase trabajadora la confianza en los generales “constitucionales”, al punto de servir en bandeja a Pinochet el mando de las FFAA.

Al contener, mediante falsas promesas, la situación revolucionaria y al desmovilizar y desarmar a los cordones industriales por las vías de la institucionalidad burguesa, Allende abrió aún más el camino a una sangrienta derrota histórica de los trabajadores chilenos: la masacre liderada por Pinochet tras el golpe fascista.

Colocar estos hechos es muy importante pues, con su política, Allende liquidó la única posibilidad de evitar el golpe, o de derrotarlo, si este se daba. Como todo reformista, se opuso a la acción directa de las masas y privilegió la negociación. Solo que la Historia demostró que, con el fascismo, no se negocia.
 
Lecciones de la experiencia chilena

Esta experiencia histórica es y será una fuente de importantes lecciones para la izquierda mundial y para el activismo sindical y social. Sobre todo en Latinoamérica, actualmente está minada de gobiernos de frente popular como el de Allende, es decir, gobiernos que aplican medidas para mantener el capitalismo y los lazos con el imperialismo pero que integran en su seno a dirigentes de izquierda y son vistos por las masas como “sus” gobiernos o, como mínimo, como el “mal menor”. Esta comparación, no obstante, debe salvar las distancias, pues actualmente gobiernos como los de Dilma, Evo, Mujica, Cristina o Lugo o aquellos nacionalistas y populistas de izquierda, como Chávez y Correa, no toman o toman medidas que puedan denominarse “antiimperialistas” que no llegan ni a los talones de aquellas que, en su tiempo, tomaron Allende, Perón o Cárdenas.

La primera y más importante lección de la tragedia chilena es que no existe “vía pacífica” al socialismo. No se hará ninguna revolución a través del juego de cartas marcadas que son las elecciones burguesas ni de la mano de gobiernos que, aunque con una mejor cara y engañosos discursos, sirven y sostienen el capitalismo. Solo habrá revolución cuando la clase obrera y sus aliados de los sectores explotados tomen el poder de forma independiente y autorganizada.

La segunda es que un gobierno de colaboración de clases, como los actuales en Latinoamérica, son incapaces no sólo de llevar adelante cambios estructurales en lo económico (lo cual implicaría atacar al capitalismo, o sea, a ellos mismos) sino tan siquiera de garantizar medidas de carácter democrático o de oponerse consecuentemente a sectores golpistas y reaccionarios. Hemos visto, a lo largo de estos años a Evo o Lugo –incluso a Chávez- pactando con los sectores más reaccionarios y golpistas de la derecha tradicional latinoamericana.

La historia demostró, con sangre y dolor, que sólo un gobierno obrero, campesino y popular puede brindar mejores días a la clase trabajadora y a los sectores explotados y oprimidos e impedir el avance del fascismo, si ese peligro estuviera colocado. La experiencia chilena confirmó esta afirmación por la negativa.
Lea también  Uruguay | a 46 años del golpe de Estado y la huelga general