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El inicio de un nuevo año siempre suscita reflexiones sobre el año que pasó así como las perspectivas para el futuro. ¿Cuál fue el signo de 2017? ¿Cuáles son las lecciones que podemos sacar de este año?

Por: Diego Cruz

Un año de crisis económica y guerra social

Primero, 2017 estuvo marcado por la crisis económica, social y política que hace temblar las instituciones desde junio de 2013, y sobre la que no hay perspectivas de que se termine. En el primer trimestre del año tuvimos un récord de desempleo, con un índice de 13,7% que refleja una masa de más de 14 millones de desempleados considerando los criterios del IBGE [Instituto Brasileño de Geografía y Estadística].

Vivimos en 2017 una profundización de la guerra social contra los trabajadores y la población pobre. Eso se expresó en despidos en masa, en la precarización cada vez mayor del trabajo y en el desmantelamiento de los servicios públicos, como salud y educación, apretados por el brutal ajuste fiscal de Temer, así como de prefectos y gobernadores. En los Estados, la crisis se abatió también con fuerza sobre los empleados públicos, cuyo caso más dramático es, sin duda, el de Rio de Janeiro.

La miseria y la pobreza aumentaron, así como la desigualdad social. Situación que hace que las seis personas más ricas del país detenten el patrimonio de las 100 millones de personas más pobres.

De la mitad de año para acá, la economía llegó al fondo del pozo y paró de caer. En el segundo trimestre, el PIB creció 0,2% y en el tercer trimestre, 0,1%. Eso fue suficiente para que el gobierno conmemorase lo que sería un retorno del crecimiento, pero lo que se ve, en verdad, es una estagnación en el retroceso causado por la recesión (con la producción en los niveles de 1998), o sea, una situación en que la recesión no se profundiza pero tampoco significa algún tipo de recuperación. Y con eso, la crisis social tiende a empeorar.

Ejemplo de eso es el desempleo, cuyos índices oficiales cayeron para 12% en el trimestre cerrado en noviembre, número que falsifica la verdadera situación: las vacantes con cartera de trabajo disminuyeron 0,6% y el trabajo sin registro [sin cartera de trabajo] creció 3,8%. Solo en noviembre, cuando entró en vigencia la reforma laboral, fueron cerrados 12.300 puestos de trabajo con registro. Eso, en un país en que los índices del IBGE no reflejan el real desempleo existente, que alcanza 37,2%, si se considera también el desempleo oculto (informe del ILAESE [Instituto Latinoamericano de Estudios Socioeconómicos] que considera quien no está trabajando ni está jubilado). No estamos viendo la reducción del desempleo, sino la informalidad y la precarización cada vez mayor del trabajo en el país.

Por otro lado, las perspectivas no son de un nuevo período de crecimiento económico. No hay ninguna señal de abertura de un nuevo ciclo de inversiones, por el contrario, Temer está poniendo el país a la venta para el capital extranjero. A ejemplo de lo que está ocurriendo con la Boeing y la Embraer, el imperialismo viene profundizando el proceso de rapiña, comprando “en la bacia de las almas” [a precios muy baratos] empresas y estatales, y no invirtiendo para aumentar la producción en el país o alguna cosa de ese tipo.

Así, Brasil se desnacionaliza y se ve cada vez más sumiso al capital internacional en su condición de submetrópoli, semicolonia de los países ricos y exportadora de materias primas, y al mismo tiempo opresora en nombre de ellos de los países latinoamericanos.

Un año de crisis política e interburguesa

La crisis interburguesa, por su parte, se profundizó aún más en 2017. El gran hecho político fue la revelación, en mayo, de la grabación entre Temer y Joesley Batista de la JBS [frigoríficos]. A pesar de que el presidente zafó a duras penas de las dos denuncias de corrupción realizadas por la Procuraduría General de la República (PGR), liberando miles de millones en enmiendas, cargos y medidas como el Refis [Programa de Recuperación Fiscal], el costo político fue extremadamente alto, con el gobierno viendo derretirse la poca popularidad que detentaba.

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La crisis política no paró en Temer y avanzó sobre el Congreso Nacional. Aécio Neves (PSDB), que veía prácticamente asegurada su elección para el Planalto [Casa de Gobierno] en 2018 fue flagrado pidiendo dos millones de reales [U$S 615.000 aprox.] a Joesley, lo que hizo que el Supremo Tribunal Federal (STF) lo apartase del Senado y determinase su recogimiento nocturno. El Senado le devolvió el cargo, pero no sus chances de concurrir a la presidencia. Aécio fue reducido a polvo en esa crisis, y el PSDB mostró su hilacha, consumido en una lucha interna fratricida.

La foto de las valijas de Geddel [del PMDB de Bahia] simboliza la crisis sin fin en la cual los políticos se ven metidos. Es una crisis entre distintas fracciones de los de arriba cuyo ejemplo es el escenario electoral en 2018, en el cual la burguesía no cuenta con una alternativa electoral unificada.

Lula y el PT se desmoralizan con su narrativa de “golpe”. Primero, con el juicio de casación de la lista Dilma-Temer en el Tribunal Superior Electoral (TSE), en el cual hicieron una defensa conjunta por la mantención de la lista presidencial y consecuentemente de Temer al frente de la presidencia. Gilmar Mendes, el juez de los corruptos, del PSDB y de Temer, dio su ayudita. El PT votó contra la casación de Aécio y dejó bien claro que no estaba a favor de la caída de Temer, sino de desgastarlo para capitalizar electoralmente en 2018.

En lugar de luchar contra lo que sería un “golpe”, Lula viajó en su caravana por el país, en la cual desfiló por el Nordeste de manos dadas con Renan Calheiros y otras figuras de proa del PMDB [hoy con Temer en el gobierno]. Mientras Temer veía su peor momento en la presidencia, Lula decía que no era más la hora de llamar al “Fuera Temer”. Y continuó tejiendo alianzas con los “golpistas” del PMDB.

En 2017 fue más nítida la farsa de Lula y el PT en su tentativa de reedición de la política de colaboración de clases, un proyecto que nada tiene de alternativo ni de diferente a lo que ya fue hecho, y al que Temer dio continuidad.

El desgaste de la institucionalidad ya hoy alcanza a los tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, que, con crisis, es parte de la operación salva-corruptos del gobierno.

Un año de luchas y huelgas

La clase trabajadora, lejos de quedarse postrada frente a los sucesivos ataques de los gobiernos, dio gran muestra de lucha y combatividad. Todavía en el inicio del año, la huelga de Policías Militares de Espírito Santo y Rio de Janeiro, además de movilizaciones en Minas Gerais y Rio Grande do Sul, fue el preanuncio de lo que sería 2017. Los servidores [empleados públicos] de Rio de Janeiro, en forma general continuaron las grandes movilizaciones que encerraron 2016, así como los de otros Estados respondían a los ataques de los gobiernos locales con luchas y huelgas.

La lucha de clases en el país durante el primer semestre siguió creciendo. El 8 de marzo, día internacional de lucha de las mujeres, fue histórico, con movilizaciones masivas en todo el país, y un llamado internacional a una huelga de mujeres. El 15 de marzo, día de luchas y movilizaciones contra las reformas, sorprendió con una gran adhesión nacional. Luego de ese día, la Huelga General fue pautada de forma concreta en la realidad, y la presión obligó a las direcciones de las centrales sindicales a llamar a un día de paralización.

Movilización del 8 de marzo en la Avenida Paulista, San Pablo. Foto: Romerito Pontes.

El 28 de abril quedó marcado como el mayor día de Huelga General que el Brasil vivió ya en su historia, con paralizaciones de los transportes y gran peso de los sectores obreros. Enfrentando una campaña masiva de los medios, que intentó desmoralizar el movimiento, los trabajadores pusieron al gobierno contra las cuerdas. El 24 de mayo, con un gran acto en Brasilia [capital del país], en el que millares de trabajadores enfrentaron durante todo el día la dura represión del gobierno Temer, planteó la posibilidad de avanzar aún más, con una Huelga General de 48 horas, contra el derrengado gobierno Temer.

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La situación no podía ser peor para el gobierno: nuevas denuncias de corrupción y el movimiento a la ofensiva, sintiéndose fortalecido. No obstante, vino la gran traición de las direcciones de las grandes centrales sindicales como la CUT, Força Sindical, UGT, etc. Obligadas a convocar un día de huelga general para el 30 de junio, en un momento en que se tramitaba la reforma laboral en el Congreso Nacional, traicionaron vergonzosamente ese día a cambio de negociaciones con el gobierno sobre el impuesto sindical.

Estaba planteada la posibilidad de derribar no solo las reformas laboral y previsional, sino el propio gobierno Temer. La traición de las direcciones de las grandes centrales, sin embargo, no solo ayudó a mantener el gobierno como fue determinante para la aprobación de la reforma laboral que significó un duro golpe y un retroceso sin precedentes en los derechos laborales. El 28 de abril atrasó los planes de Temer de aprobar la reforma laboral y de la previsión, esta como prioridad absoluta. Pero la traición del día 30 de junio se reflejó en la aprobación de la reforma laboral.

Esas dos fechas expresan la paradoja que llevamos para 2018: por un lado, la clase trabajadora luchando, viniendo de 2016 en que hubo el mayor número de huelgas de la historia, y dispuesta a ir a una huelga general contra el gobierno y las reformas, y de otro lado, las direcciones del movimiento prontas a traicionar y a sostener este gobierno, a cambio de migajas.

¿Qué nos espera en 2018?

El próximo año comienza ya con un desafío: derrotar la reforma de la previsión que el gobierno Temer quiere aprobar el 18 de febrero. Las direcciones de las centrales sindicales definieron un día de huelga general cuando la reforma vaya a votación. Es necesario contar aquí con la experiencia de 2017, no aceptar cualquier duda o traición por parte de esas direcciones; llevar adelante, como hace la CSP-Conlutas, una campaña contra la reforma que responda a las mentiras de la campaña publicitaria del gobierno, y exigir un plan de lucha que garantice la huelga general y la ocupación de las calles del país antes de que pongan la reforma en votación. Al mismo tiempo, la experiencia también plantea la necesidad de avanzar en la organización de base, de los comités de lucha contra la reforma, en fin, avanzar en la autoorganización de la clase trabajadora y del pueblo pobre.

Pero todo lo que vimos, este año 2017 también planteó otro desafío, este mayor y más importante: avanzar con un programa alternativo a los programas capitalistas de la burguesía, sean aquellos presentados por sus candidatos “pura sangre”, sea los que defienden el campo de colaboración de clases que nos trajo a esta situación en la que estamos hoy. Es preciso un programa obrero, socialista y revolucionario, que plantee de forma clara la necesidad de romper con el imperialismo, los banqueros y la deuda pública para que haya recursos para salud, educación, vivienda y empleos. Un programa que plantee la necesidad de revocar la reforma laboral de Temer y los ataques de Dilma al seguro de desempleo y el abono del PI [Plan de Integración Social], nacionalizar y estatizar las grandes empresas para garantizar pleno empleo a través de la reducción de la jornada sin reducción de salarios. La no privatización de la Petrobrás, Cedae, Eletrobrás, y demás estatales, y la reestatización, bajo control de los trabajadores, de las empresas ya enteramente privatizadas, para que la producción sea puesta al servicio de los intereses de los trabajadores y de la población.

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Un programa obrero para combatir el machismo, el racismo y la LGBTfobia, que pare la matanza de la juventud negra en las periferias, de las mujeres víctimas de la violencia machista y de los abortos realizados en clínicas clandestinas, y de las LGBT’s víctimas de la violencia diaria y de la exclusión. Que combata la sobreexplotación de las mujeres negras, que equipare los salarios de los hombres y mujeres, y que rescate a la población LGBT de los empleos precarios, de la prostitución y de la marginalidad.

Es preciso avanzar en ese programa y decir con todas las letras que es necesaria una revolución en este país para que un programa socialista y de ruptura con el capitalismo sea posible. Que solo un gobierno socialista de los trabajadores, que gobierne a través de consejos populares, podrá poner en práctica un programa al servicio de los trabajadores y de la población.

Gobernar bajo los límites del capitalismo y el calendario electoral significa, invariablemente, gobernar para la burguesía y el imperialismo. Significa perpetuar una situación de desigualdad y de guerra social contra los trabajadores y al población. Fue lo que mostraron los gobiernos “puros” de la burguesía, como en la dictadura militar, o los de Sarney, Collor, FHC y Temer, pero también el de Lula, Dilma, y en otros países el Syriza de Grecia, bajo los cuales el capitalismo y la desigualdad social se mantuvieron y crecieron.

Por eso, en 2018 debemos retomar con fuerza las luchas y el camino de la huelga general, sabiendo que ese es el camino de los cambios de verdad, y no las elecciones. Y, en las elecciones, que es el camino de los patrones a través del control del poder económico, y de la burguesía, debemos usarlas para fortalecer el proyecto de los trabajadores para que los de abajo puedan derribar a los de arriba y gobernar de verdad presentando candidaturas que defiendan un proyecto revolucionario y socialista, al servicio de la acción directa de los trabajadores, que es totalmente prioritaria en relación con la acción institucional.

Para eso, la clase trabajadora debe rechazar todas las candidaturas burguesas, de Bolsonaro a Alckmin, pero también los proyectos de colaboración de clases: sea el del PT (una película que ya vimos), como también el del PSOL, que rehace los caminos del Partido de los Trabajadores, con un programa casi igual al del PT de finales de los años de 1990. Un programa que no va más allá de los límites del orden de la institucionalidad vigente, del capitalismo e incluso del imperialismo, es un tipo de “solución” que para la clase trabajadora no soluciona nada, solo prepara nuevas desilusiones y derrotas.

Brasil precisa una revolución socialista. En el año en que la Revolución Rusa cumple 100 años, esa es la mayor lección que debemos sacar de 2017.

Foto principal del artículo: Protesta en Brasilia el 24 de mayo de 2017. Fotografía: Romerito Pontes.

Traducción: Natalia Estrada.