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Por lo menos un tercio –aunque existen estimaciones que hablan de 40%– de la humanidad está en confinamiento completo o con algún tipo de restricción de circulación para intentar contener el avance del nuevo coronavirus (COVID-19)[1]. Puede afirmarse que estamos presenciado un hecho inédito en la historia.

Por Daniel Sugasti

Las pesquisas científicas sobre la pandemia concluyen de manera categórica que el distanciamiento social, o cuarentena, es indispensable para detener, o al menos ralentizar, la propagación del virus. Sin ninguna medida que aísle a las personas –infectadas o no–, el COVID-19 puede contaminar hasta 80% de la población mundial en poco tiempo. De acuerdo con el análisis del comportamiento del nuevo coronavirus en países ricos, se prevé que, del total de contaminados, 20% necesitará ser hospitalizado. De los internados, 5% desarrollará una insuficiencia respiratoria grave que demandará un lecho de UTI –equipado con respirador mecánico–; y, de estos últimos, al menos 4% morirá.

Con aislamiento del llamado grupo de riesgo y de los enfermos –para lo cual también se demostró fundamental hacer testes no solo en pacientes en estado grave– y distanciamiento social del resto de la población –que si bien es cierto corren menos peligro de morir, pero pueden actuar como vectores ambulantes–, la letalidad podría ser reducida de manera significativa. Esta es la base de las recomendaciones científicas serias que demandan a los gobiernos que adopten “medidas drásticas”, agresivas, en este sentido.

Una investigación reciente liderada por el Imperial College de Londres –firmada por 50 científicos, entre ellos un grupo relacionado con la OMS–, sostiene: “estimamos que la ausencia de intervenciones resultaría en 7 mil millones de infectados y 40 millones de muertes en el mundo por el COVID-19 durante este año”[2]. El mismo estudio estima que, incluso tomando medidas drásticas de “blindaje social”, alrededor de 20 millones de personas fallecerán. Pero vale insistir que estas conclusiones resultan del estudio de datos que provienen de China o países europeos. La crisis sanitaria en países semicoloniales más pobres, con peores sistemas de salud pública y acceso a saneamiento básico, ciertamente será mucho peor. Estamos frente a una posible crisis humanitaria que podría alcanzar niveles devastadores, principalmente entre los sectores más pauperizados de la clase trabajadora. Ni hablar de aquellos que ya sobreviven al margen de la sociedad, como los indigentes o los presos que se pudren en las cárceles.

Féretros en Italia

En consecuencia, subestimar la catástrofe que nos amenaza es criminal. Implica defender lisa y llanamente el exterminio de millones. El problema es que este es el contenido de la salida que proponen los capitalistas y sus gobiernos, preocupados con salvar sus negocios aunque esto suponga una catástrofe en otros terrenos.

El nuevo coronavirus y las divisiones entre “los de arriba”

El agravamiento y la incertidumbre que genera esta crisis mundial –sanitaria y económica–, sin embargo, abrió un debate –y una cierta división– entre sectores de la burguesía mundial, que se manifiesta de manera diferente en cada país.

Esa división se concreta exactamente en aquello que mencionamos al comienzo: la pertinencia o el grado de aislamiento social que debe guardar la clase trabajadora. Estas diferencias entre “los de arriba”, como veremos, en algunos lugares se expresan de manera grotesca y caricatural.

El problema planteado es el siguiente: salvar la economía –puesto que una cuarentena drástica supone una parálisis más o menos completa de la producción–, o salvar vidas, reduciendo la movilidad y, con ello, el número y/o el ritmo de contagios.

De un lado, algunos magnates mundiales como Bill Gates proponen un “encierro total” durante seis semanas, puesto que no sería racional pensar en el PIB mientras se ignoran un “montón de cuerpos en la esquina”. Gates asegura que “es realmente trágico que los efectos económicos de esto sean muy dramáticos. Quiero decir, nada como esto le ha pasado a la economía en nuestras vidas. Pero el dinero, ya sabes, recuperar la economía, es más reversible que devolver la vida a las personas”[3]. Puede decirse, a trazos gruesos, que Macron, Merkel y otras autoridades de países imperialistas sostienen un discurso similar: “las vidas en primer lugar”.

En países semicoloniales como Brasil, políticos neoliberales como João Doria[4], hace unas semanas comenzaron a distanciarse de las repugnantes declaraciones del presidente Jair Bolsonaro –que se opone a medidas de aislamiento social en nombre de evitar un colapso económico–. En ese contexto, Doria intenta aparecer como un líder “serio” –evidentemente pensando en el posible rédito electoral de esa postura– diciendo que mantendrá medidas de aislamiento de acuerdo con las recomendaciones de la ciencia y actuará siempre movido por el interés de salvar vidas: “la política que mata personas no salva la economía”, afirmó el 27 de marzo[5].

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De otro lado, es posible ubicar a políticos como el presidente estadounidense Trump y a los primeros ministros del Reino Unido y de Italia, Boris Johnson y Giuseppe Conte, respectivamente. Ellos no tomaron medidas de distanciamiento social –o lo hicieron a medias y demasiado tarde– con el argumento de no perjudicar la economía y los empleos. Trump, por ejemplo, declaró que quería su país “abierto y listo para empezar en la Pascua”[6].

El resultado salta a la vista: EEUU es el nuevo epicentro de la pandemia (con más de 130.000 infectados) y en Italia mueren centenas de personas todos los días (son más 10.000 decesos)[7]. En el país transalpino, por ejemplo, organizaciones de trabajadores protestaron ante el hecho de que más de 12 millones de obreros de grandes industrias no esenciales –que representarían 40% del “tejido productivo”–, como las de armamentos o los centros de distribución de Amazon, continúan siendo obligados a acudir al trabajo por parte de la patronal italiana[8].

Otro tanto puede decirse del Estado español, que cuenta con casi 6.000 muertos a la fecha, en donde el supuesto “gobierno de izquierdas” estableció una cuarentena tardía que no rige para muchas empresas no esenciales.

Pero quizás el peor, el más criminal –o el más sincero desde un punto de vista burgués– es el caricaturesco presidente brasileño Jair Bolsonaro. Desde el comienzo, este personaje nefasto menospreció la amenaza del nuevo coronavirus, afirmando que no pasaba de una “histeria” colectiva y sin motivo, puesto que, según sus palabras, el COVID-19 no pasa de un “gripecita” o un “resfriadito”.

El 26 de marzo reforzó su convicción de que no hay razón para el aislamiento social puesto que el brasileño debería ser “estudiado” porque no se contagia de nada: “se sumerge en cloacas y no pasa nada”[9]. Acto seguido declaró: “habrá algunas muertes, paciencia”[10].

En el contexto de esta lógica criminal, el gobierno brasileño comenzó una campaña publicitaria, financiada con 4,8 millones de reales (aproximadamente 960.000 dólares) de los cofres públicos, con el eslogan: “Brasil no puede parar”. La deriva genocida adquirió rasgos tragicómicos cuando, por medio de una bien aceitada máquina de propaganda en las redes sociales, el bolsonarismo convocó una “caravana” de coches para acabar con las tibias medidas de aislamiento que establecieron algunos gobernadores e intendentes.

De esta suerte, una serie de “caravanas de la muerte” –organizadas por grandes empresarios que consiguieron arrastrar a algunos sectores medios urbanos, grandes y medianos inversores que especulan en el mercado financiero, medianos comerciantes atemorizados, etc.– desfilaron en varias ciudades brasileñas encerrados en sus automóviles con abundante alcohol en gel en sus manos para poner fin a la cuarentena, que en la práctica significaría el retorno de millones de trabajadores, apiñados en el transporte público, a sus actividades normales. Lo que exigieron a bocinazos estos “ciudadanos de bien” no es otra cosa sino la libre diseminación del virus. Cuando sostenemos que estos son sectores genocidas, no estamos exagerando. El estudio que citamos al comienzo pronostica que, sin medidas de aislamiento, en Brasil habrá como mínimo 1,15 millón de muertos[11].

Infográfico del diario brasileño Estadão del informe del Imperial College

Pero manifestaciones de extrema derecha de esta índole no deben sorprender si se comprende que el bolsonarismo representa un sector de la “lumpemburguesía” brasileña, una facción con rasgos fascistas y ligada al crimen organizado (las “milícias” que controlan parte del tráfico ilegal y actúan como escuadrones de la muerte en barrios pobres), que, además, no esconde una visión esclavista y medieval del mundo: buena parte es terraplanista y rabiosamente anticientífica. En este sentido, no es extraño que su retórica llegue a niveles que difícilmente personajes como Trump o Boris Johnson se animarían a emular. Pero no mencionamos el caso de Bolsonaro y su pandilla gansteril por ser los únicos que proponen abandonar a los pobres a su propia suerte sino porque muestran, sin máscaras, el rostro genocida del capitalismo.

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Caravanas con el lema «O Brasil não pode parar», organizadas por el bolsonarismo.

Entonces, como dijimos al comienzo, desde la perspectiva burguesa existen dos salidas posibles: 1) medidas de cuarentena para que la pandemia se contenga lo antes posible y, con ello, la economía mundial se retome “normalmente”; 2) ningún aislamiento, para “salvar la economía”, traducido en formulaciones retóricas como la necesidad de “salvar los empleos”, para obtener un mejor impacto en la sociedad, un discurso que pueda calar incluso entre los sectores más vulnerables de la clase trabajadora: informales, cuentapropistas, desempleados, etc.

Ahora bien, ¿qué es lo real y qué lo falaz en esta discusión?

La falacia reside en que el capitalismo, con sus distintos gobiernos y regímenes, estaría sinceramente interesando en “salvar vidas” de la clase trabajadora. En última instancia, todas las facciones burguesas tienen un acuerdo fundamental: que el peso económico –y de los cadáveres– recaiga sobre la clase trabajadora, principalmente sobre los más pobres.

El sector que dice defender “la vida” y propone el “quédate en tu casa”, no lo hace por ningún tipo de motivación humanitaria sino porque lo consideran un mal menor en este momento, una salida costosa pero que podría atenuar una situación que tiende a descontrolarse y, además, aceleraría la recuperación de la economía, esto es, su propia tasa de ganancias.

Aun así, esta facción encara la pandemia de manera limitada: impone un confinamiento social a medias, que además no ofrece condiciones reales para que importantes sectores de la clase trabajadora puedan protegerse del virus…y del hambre. Suspenden ciertas actividades económicas, pero mantienen otras que no son claves. Esta es la realidad, que incluso generó protestas y hasta huelgas en Italia o Brasil.

Estas cuarentenas a medias, por otra parte, están amenazas de ser revocadas en algunos días o semanas. En Latinoamérica, los gobiernos que intentan aparecer como “responsables” hablan de volver a la normalidad en las primeras semanas de abril. Esto sería contrario a todos los pronósticos científicos, que aseguran que el pico de contagios se dará entre abril y julio. La curva comenzaría a aplanarse solo entre agosto y setiembre. Así que las “seis semanas” de Bill Gates no bastarían.

¿Será que los gobiernos que dicen estar “por la vida a cualquier costo” mantendrán sus tímidas medidas de distanciamiento social durante los próximos cinco o seis meses?

Esto es casi imposible, puesto que ellos saben muy bien que sin que la clase trabajadora produzca no habrá lucros para los capitalistas. Y los Estados y gobiernos están al servicio de los capitalistas. Por otra parte, todo indica que tanto la crisis sanitaria, relacionada con la propia pandemia, como la crisis económica que plantea una recesión casi cierta, empeorarán de manera terrible. Así que el discurso de Bill Gates o de João Doria, cada uno a su manera, no se sostendrá por mucho tiempo y terminarán coincidiendo, en los hechos, con la esencia de la salida “bolsonarista”.

La razón de fondo por la cual estos sectores propietarios por ahora imponen medidas de aislamiento social –con las consecuencias económicas que eso conlleva–, por más tibias que sean, es su temor a las consecuencias sociales y políticas futuras. Temen que, si la situación se descontrola y deriva en el caos más completo –con millones de muertos, desabastecimiento, saqueos, aumento de la delincuencia callejera, etc.–, las consecuencias en el terreno de la lucha de clases sean mucho más difíciles de controlar. En el sur de Italia ya se registran saqueos en supermercados y protestas con el grito: «la gente tiene hambre». Ese sector burgués sabe que tendrá que lidiar con estallidos sociales espontáneos y un impulso renovado de los procesos revolucionarios que estaban en curso antes de la crisis del COVID-19, como el de Chile, por citar solo un ejemplo. Son conscientes de que la crisis será inmensa y de que la lucha de clases no se detendrá. Cuando la curva se aplane y las circunstancias lo permitan, el balance de muertos, desempleados y nuevos miserables, en suma, el desprecio hacia la vida de la clase trabajadora, cobrará su precio en el terreno de las batallas sociales.

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Lo real de esa polémica entre capitalistas es que sí existe un sector con rasgos o tendencias abiertamente fascistas, que no titubea a la hora de expresar sin rodeos lo que todos los ricos piensan –aunque algunos, con mejor sentido de la política– no se animan a decir: la economía tiene que seguir funcionando, aunque mueran algunos millones de personas.

Así, las diferencias entre facciones burguesas terminan reduciéndose al terreno táctico.

De cualquier manera, la discusión sobre la cuarentena, sobre su rigidez y duración, pone de manifiesto una verdad que uno y otro sector de capitalistas tiene muy claro y acaba reconociendo implícitamente: sin la clase trabajadora, sin producción social, no existirán riquezas que puedan ser apropiadas de manera particular.

La clase trabajadora también debe extraer esta valiosa lección acerca de sus propias fuerzas.

Por último, la discusión entre salvar vidas o la economía no debería tener asidero. Desde una perspectiva marxista, sí existe una forma de salvar ambas cosas. La verdadera discusión es cuál de las clases pagará el costo de ello.

Desde el punto de mira de la clase trabajadora, sí es posible salvar millones de vidas y también salvar del colapso la economía mundial.

La condición para ello es luchar para imponer medidas anticapitalistas, es decir, socialistas.

Para garantizar una cuarentena total en todos los sectores no esenciales, sin pérdida de empleos ni rebajas de los salarios; un ingreso mínimo digno para los trabajadores informales y autónomos; atención médica universal y de calidad para los enfermos; etc.,  es necesario, entre otras medidas urgentes, confiscar y socializar la industria de la tecnología médica y farmacéutica; tomar el control y socializar el sistema financiero global; confiscar y socializar las grandes redes de hoteles, inmuebles abandonados y espacios de ocio para atender a los enfermos y abrigar a los indigentes…Y todo bajo control obrero y popular democráticamente autoorganizado. Con estas medidas existirán recursos de sobra para, entre otras cosas, construir nuevos hospitales o para una inversión pesada, libre del control del mercado capitalista, en la investigación científica.

En pocas palabras, el momento plantea la urgencia de organizarse alrededor de un programa revolucionario.

Esto significa luchar para tomar el poder político y económico de la sociedad, que está en manos de la burguesía mundial, y disponer los ingentes recursos materiales al servicio de atender las necesidades de la mayoría de la población. Y esto solo será posible por medio de una planificación económica socialista, que acabará con la anarquía asesina del modo de producción capitalista.

Notas:

[1] Consultar: <https://g1.globo.com/bemestar/coronavirus/noticia/2020/03/27/13-da-populacao-mundial-esta-em-isolamento-veja-medidas-de-diferentes-paises-para-conter-o-coronavirus.ghtml>.

[2] Consultar: <https://g1.globo.com/bemestar/coronavirus/noticia/2020/03/27/sem-isolamento-e-acoes-contra-a-covid-19-brasil-pode-ter-ate-1-milhao-de-mortes-na-pandemia-diz-estudo.ghtml>.

[3] Consultar: <https://es.digitaltrends.com/salud/bill-gates-coronavirus-debimos-hacer-mas/>.

[4] Gobernador del Estado de São Paulo, el más populoso y rico del país, que en este momento es el epicentro de la pandemia en escala nacional.

[5] Consultar: <https://veja.abril.com.br/saude/o-mundo-esta-errado-e-o-unico-certo-e-o-presidente-bolsonaro-diz-doria/>.

[6] Consultar: < https://cnnespanol.cnn.com/2020/03/24/trump-dice-que-quiere-a-ee-uu-abierto-y-listo-para-empezar-en-pascua-pese-a-advertencias-de-expertos-en-salud/>.

[7] Todos los datos son del Johns Hopkins University al 28/03/2020.

[8] Consultar: <http://canarias-semanal.org/art/27186/este-miercoles-25-las-bases-sindicales-convocan-la-huelga-general-en-italia-en-contra-de-la-apertura-de-empresas-no-esenciales>.

[9] Consultar: <https://istoe.com.br/brasileiro-pula-em-esgoto-e-nao-acontece-nada-diz-bolsonaro-em-alusao-ao-coronavirus/>.

[10] Consultar: <https://exame.abril.com.br/brasil/infelizmente-algumas-mortes-terao-paciencia-diz-bolsonaro-sobre-covid-19/>.

[11] Consultar: < https://www1.folha.uol.com.br/equilibrioesaude/2020/03/sem-restricao-de-contagio-mortes-por-coronavirus-podem-chegar-a-115-milhao-no-brasil.shtml?utm_source=whatsapp&utm_medium=social&utm_campaign=compwa>.