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Más que propagar una cortina de humo, Bolsonaro y sus seguidores intentan realizar una disputa ideológica en la sociedad con la negación histórica y el oscurantismo anticientífico. Algo que quedó explícito en sus versiones sobre el Golpe de 1964, en el combate al llamado “marxismo cultural”, y en la defensa de la ideología sionista del Estado de Israel. “Antes que cante el gallo, tres veces me negarás”, Mateo 26.

Por: Jeferson Choma

En entrevista reciente, el ministro de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo, dijo que el nazismo habría sido “un movimiento de izquierda”. La entrevista causó polémica y reacción de historiadores, que criticaron las declaraciones. Incluso la principal emisora de TV pública de Alemania, la Deutsche Welle, lanzó una nota diciendo que “lo absurdo se volvió discurso oficial en Brasilia”.

Pocos días después, en artículo publicado en su blog personal, el ministro volvió a la carga y afirmó que la izquierda queda “espantada” con el debate que la relaciona con el nazismo. Su principal argumento es que: “El nazismo era anticapitalista, antirreligioso, colectivista, contrario a la libertad individual, promovía la censura y el control del pensamiento por la propaganda y el lavado cerebral, era contrario a las estructuras tradicionales de la sociedad. Todo eso lo caracteriza como un movimiento de izquierda”.

En su delirante afán, el ministro va más allá y dice que la Unión Soviética y la Alemania nazista estaban empeñadas en una alianza de “izquierda” para conquistar el mundo:

“El nazismo, tanto en su ascenso como en su caída, prácticamente destruyó las potencias liberales de Europa Occidental y sus imperios, abriendo camino para el totalitarismo comandado por la URSS (aliada de primera hora de la Alemania Nazista) y su expansión mundial, que puso en jaque y casi derrotó a la única potencia no comunista restante, los Estados Unidos”, escribió.

El ministro solo no explica cuál fue la razón (ya que había una alianza) de la invasión alemana contra la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, que resultó en la muerte de veinte millones de ciudadanos soviéticos.

El 2 de abril fue la vez del propio Bolsonaro para defender la absurda tesis de su ministro. Cuestionado por el periodista si el nazismo era de izquierda, durante su visita a Israel, el Presidente respondió: “No hay duda”. Bolsonaro, entonces, continuó: “Partido Socialista… cómo es eso? Partido Nacional-Socialista de Alemania”.

Esa posición absurda, negada por todas las evidencias históricas, ya venía siendo esgrimida por otros sectores que apoyan el gobierno de Jair Bolsonaro, como el astrólogo Olavo de Carvalho, que repite estas bestialidades hasta el cansancio, por lo menos desde el año 2000. Claro que se trata de una distracción más, que marca la actuación de los seguidores de Bolsonaro en las redes sociales. Una maniobra usada que recurre a artimañas e imposturas intelectuales con el fin de perjudicar la discusión, causar deliberada confusión para engañar a los otarios, y excitar su base social de extrema derecha.

Es importante que busquemos entender esas declaraciones no solo como una tentativa de propagar una cortina de humo para esconder la inoperancia del gobierno Bolsonaro. Por más absurda que sea esa tesis, es preciso entender que Bolsonaro y sus seguidores, a partir del aparato del Estado, intentan realizar una disputa ideológica en la sociedad con la negación histórica y el oscurantismo anticientífico.

Algo que quedó muy explícito cuando el gobierno pidió a las Fuerzas Armadas que conmemoraran el Golpe de 1964, o cuando volcó sus cargas al combate del llamado “marxismo cultural”, o aún cuando se alinea ciegamente en la defensa de la ideología sionista colonizadora del Estado de Israel. Todo eso es inédito en el Brasil. En ese sentido, consideramos oportuno hacer algunas ponderaciones y aclarar algunos puntos sobre el nazismo, la cara más bárbara de la extrema derecha que ahora es negada por ella.

El presidente de la República, Jair Bolsonaro con el primer-ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y otros ministros durante ceremonia de firma de acuerdos.

Nacional-socialismo

Como bien recuerda la Deustche Welle, la tentativa de clasificar el nazismo como una “ideología de izquierda” no es nueva y llegó a ocurrir en varios países, en el pasado.

“En Alemania, durante las investigaciones y debates sobre el Tercer Reich, iniciados en los años de 1960, llegó a haber tentativas de clasificar ese régimen como un movimiento socialista, no obstante, hace décadas que no restan más dudas, en los ámbitos académicos, social y político, sobre la naturaleza de extrema derecha del nazismo”, escribió la emisora alemana.

En el caso del ministro de Bolsonaro y de los olavetes [por Olavo de Carvalho] de turno, el debate es mucho más rastrero. Uno de los principales argumentos es que el partido de Hitler se llamaba Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. El término nazi es una abreviación en alemán del término nationalsozialist (nacional-socialista). Este fue utilizado, así como el término “trabajadores” (Arbeiter) como un medio de llamar a la clase trabajadora para lejos del Partido Comunista Alemán (Kommunistische) y del Partido Socialdemócrata (Sozialdemokratische), en la época los dos más importantes partidos obreros de Europa Occidental en los años de 1930. Pero eso no significa que los Nazis eran de izquierda o pretendían construir un partido obrero más. Todo el programa y la ideología nazista era profundamente antiobrera y anticomunista o antisocialista.

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Nazismo, historia y programa

El partido nazi fue fundado en 1919 por Adolf Hitler, un excombatiente de la Primera Guerra que realizaba discursos en una cervecería en Múnich, cargados de nacionalismo racista, antisemita y de odio por el comunismo. En un tiempo relativamente rápido, los nazistas consiguieron reclutar a oficiales militares descontentos con la derrota alemana en la Guerra, una pequeña burguesía arruinada por el peso de la crisis económica que asolaba el país, y aventureros de toda especie.

En 1921, el partido crea la SA (Sturmabteilung, “División Tempestad” en la traducción), una milicia paramilitar que realizaba ataques violentos a otros partidos y sindicatos. Esa es una de las más importantes características de las organizaciones nazifascistas.

La doctrina nazista es muy simple. Para recuperar su grandeza, los nazis prometían luchar contra supuestos “enemigos internos” –comunistas, socialistas, judíos, gitanos, homosexuales, etc.–. Era preciso, por lo tanto, eliminarlos para que el pueblo alemán, ario y trabajador, regenerase el país y restaurase la gloria de Alemania. La “sangre pura”, la “pureza de la raza”, y la exaltación al “orden” y la “patria” eran el camino para eso.

En términos territoriales, el objetivo era la conquista del llamado “espacio vital” (Lebensraum), es decir, una gran extensión territorial sobre Europa, particularmente sobre la Unión Soviética. Desde que tomó el poder en 1933, Hitler inició el rearme de Alemania. Su objetivo final era doble: tornar posible el fomento de la industria alemana asolada por la crisis, proporcionando un fuerte aumento de ganancias, y preparar un futuro ataque contra la Unión Soviética para el imperialismo alemán. La conquista y la sujeción de la URSS serían equivalentes a la India conquistada por Gran Bretaña.

Política económica nazista

Enseguida después de la toma del poder, Hitler puso en la ilegalidad a sindicatos obreros y a los partidos comunista y socialdemócrata. Las prisiones quedaron abarrotadas de militantes de “izquierda”, o más precisamente de socialistas y comunistas y de todos aquellos que osasen oponerse a la dictadura inaugurada por Hitler. También nombró a un hombre del gran capital, Hjalmar Schacht, como ministro de Finanzas (1934-1937). Este había sido antes el ministro de Economía de la República de Weimar, tan criticada por los nazistas y llamada de “socialista” en el período anterior. Aquí hay un punto común entre la propaganda nazista y las fake news de Bolsonaro: ambas apuestan a las mentiras y falsas noticias para manipular la opinión pública y hacer creer a las personas cualquier cosa.

Hjalmar Schacht financió la recuperación de la producción con una política proteccionista y fomentó obras públicas para contener el desempleo, como la construcción de la red de autopistas Autobahn. Lo más importante, sin embargo, fue la formulación de una política de crédito a corto plazo, en la cual el déficit financiero era pagado a través de la emisión de notas promisorias, las cuales podían ser usadas para efectuar negocios entre empresas. Tal mecanismo fue extremadamente útil para permitir que Alemania prosiguiese con su proyecto de remilitarización, toda vez que las notas promisorias emitidas no constaban en el presupuesto federal. De ese modo, los nazistas consiguieron burlar los acuerdos firmados después de la guerra, que prohibían al país destinar grandes sumas de su presupuesto para reconstruir sus Fuerzas Armadas.

Todo eso favoreció la concentración del capital. Mientras los salarios fueron congelados, los sectores poco rentables de la economía (pero esenciales para el aumento de las ganancias de los capitalistas) fueron asumidos por el Estado.

La política económica del régimen nazista deshace los análisis del economista austríaco Ludwing von Mises (1881-1973), que rechaza radicalmente cualquier interferencia del Estado en la economía. El economista ultraliberal es generalmente citado por el astrólogo Olavo, pues aquel clasificaba la Alemania nazista como “socialista”. Para von Mises, aunque la propiedad privada de los medios de producción existiese bajo el régimen nazista, el verdadero propietario era el gobierno alemán, toda vez que era el Estado quien planificaba la producción, controlaba los precios y los salarios.

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Ahora, la misma política económica implementada por Hjalmar Schacht estaba siendo implementada, en la misma época, por los Estados Unidos. En 1933, el presidente norteamericano, Franklin Roosevelt, asumió la presidencia del país y aplicó su famoso New Deal, basado en la propuesta de Lord J. M. Keynes, de intervención estatal en la economía. Su política consistió en control sobre bancos e instituciones financieras y económicas; subvención a los agricultores; creación de la Previsión Social, que estipuló un salario mínimo; obras públicas; y creación de nuevos puestos de trabajo en la administración pública. La lógica era prácticamente la misma del caso alemán: el Estado tenía que intervenir en la vapuleada economía [norte]americana, en crisis después de 1929, haciendo grandes inversiones que animasen la iniciativa privada y generasen empleo. Así como en Alemania, el desempleo en masa podía tornarse combustible para la revolución social.

No obstante, von Mises nunca llegó a calificar a los Estados Unidos como un país socialista… ni Olavo de Carvalho. Tampoco llamó “socialismo” al Plan Marshall, una gran inversión de los Estados Unidos para reconstruir Europa, aplicado en la posguerra bajo fuerte planificación estatal.

Estado y capitalismo

Nunca existió un único modelo de acumulación capitalista que prescindiese del Estado, como está planteado en las obtusas cabezas de los economistas liberales. Por el contrario, la reproducción ampliada del capital, especialmente en momentos de crisis de acumulación, exige la presencia del Estado para sostener la economía y salvar a los capitalistas. Los U$S 15 billones del presupuesto público norteamericano destinados por Bush/Obama para salvar los bancos norteamericanos en la crisis financiera de 2008, son un buen ejemplo reciente. Olavo y Bolsonaro llamarían comunista esa iniciativa.

En los años de 1930, la intervención del Estado en la economía fue adoptada por varios gobiernos. Al analizar la época, León Trotsky explicaba: “el estatismo –sea en la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler, los Estados Unidos de Roosevelt o la Francia de León Blum– significa la intervención del Estado sobre la base de la propiedad privada, para salvarla. Cualquiera sea el programa de los gobiernos, el estatismo consiste inevitablemente en transferir los encargos del sistema agonizante del más fuerte para el más débil. Salvar a pequeños propietarios del desastre, solo porque su existencia es necesaria para el mantenimiento de grandes propiedades. El estatismo, en sus esfuerzos de economía dirigida, no se inspira en la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas sino en la preocupación de conservar la propiedad privada en detrimento de las fuerzas productivas que se rebelan contra ella” (La revolución traicionada).

El capitalista, como bien explica Karl Marx, no recibe en la forma de lucro la plusvalía creada por sus propios trabajadores sino una fracción de la plusvalía de un país entero, proporcional a su participación en el capital. De ese modo, el Estado puede intervenir como un poderoso señor y establecer ciertas mediaciones en el sentido de distribuir las partes de plusvalía para los magnates del capital. El Estado funcionaría solo como el agente del capital monopolista que carga con todos los riesgos del negocio y deja todos los beneficios de la explotación capitalista.

El nazismo alemán y el fascismo italiano fueron dos respuestas ultraderechistas a las condiciones sociales creadas por la crisis económica mundial iniciada en 1929, que determinaron un nuevo papel para el Estado en la estabilidad del capitalismo. Fueron movimientos políticos impulsados y al servicio de los sectores más concentrados del capital financiero y monopolista, por lo tanto, imperialistas, que reclutaron a la pequeña burguesía desesperada y pauperizada por la crisis, a militares humillados por la guerra, y a elementos lúmpenes para atacar y derrotar al movimiento obrero y de masas con métodos de guerra civil.

Totalitarismo, nazismo y estalinismo

Otro punto común, señalado por Bolsonaro y sus seguidores, entre el nazismo y el régimen político existente en la Unión Soviética sería el totalitarismo. Para sostener este argumento, también asocian el socialismo a las dictaduras existentes en Venezuela o en Corea del Norte, que nada tienen de socialistas. Lamentablemente, la defensa de esas dictaduras por parte de sectores de la izquierda acaba por reforzar la campaña de Bolsonaro que asocia esos regímenes al socialismo.

El socialismo, sumariamente puede ser definido como el control del poder político, de la producción y de la riqueza por la clase trabajadora. Eso no existe ni en Venezuela ni en Cuba ni en Corea del Norte. Todos son países capitalistas, y sus gobernantes son burgueses privilegiados que viven en el lujo mientras imponen una dictadura sobre el pueblo. (Lea más)

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La Unión Soviética, por su parte, no fue una nación capitalista. En aquel país hubo una revolución que expropió a los capitalistas y dio poder a los trabajadores organizados en Consejos Populares, los llamados Soviets. No obstante, el aislamiento de la joven república soviética fortaleció una casta burocrática que impuso una contrarrevolución y una dictadura en el país. El gran jefe de esa dictadura burocrática que rigió en la URSS a partir de 1923 fue Joseph Stalin. El estalinismo se apropió del aparato del Estado Soviético y del Partido Comunista. El estalinismo en el poder asesinó a centenas de millares de bolcheviques, incluso a la mayor parte de los dirigentes de la Revolución de Octubre, impidió las libertades democráticas, y condujo, como ya había previsto Trotsky 50 años antes, a la restauración del capitalismo (lea más).

No obstante, sería un error establecer una igualdad mecánica entre los regímenes fascistas y el estalinismo, como hacen muchos autores que trabajan con la categoría totalitarismo. Al fin y al cabo, tal definición ignora solemnemente todo el proceso histórico que dio origen al nazismo alemán y al fascismo italiano, y al surgimiento de la Unión Soviética, así como la base social que sostenía cada uno de esos regímenes.

En varias oportunidades, Trotsky trazó una similitud entre el fascismo y el estalinismo. Pero siempre resaltó las diferencias desde el punto de vista de las clases sociales que sostenían tales regímenes y la diferencia entre la burocracia fascista y la burocracia estalinista que estaban al frente de Estados cuyos orígenes eran completamente diferentes.

El Estado fascista, como vimos, se apoyaba en los grandes monopolios capitalistas e imprimía una política de expansión colonial imperialista. El estalinismo fue la manifestación política de una casta burocrática parasitaria que derrotó a la clase obrera, usurpó las conquistas sociales de la Revolución de Octubre, e impuso una dictadura para mantener sus privilegios. De ese modo, la burocracia colocó al joven Estado obrero que transitaba hacia el socialismo, en el camino inverso: en el retorno al capitalismo.

En otras palabras, los Estados fascistas y estalinistas tenían regímenes similares, pero orígenes diferentes desde el punto de vista de clase. Sus semejanzas residían en el hecho de que ambos regímenes tenían al frente una burocracia que se elevaba por encima de la sociedad y tenía un poder dictatorial sobre el conjunto de las instituciones y de las masas. En muchas polémicas contra sectores que no comprendían la naturaleza del Estado soviético, Trotsky decía que la URSS, despojada de su carácter de clase, es decir, de su carácter de Estado Obrero, no pasaba de un Estado fascista.

Es claro que Bolsonaro y sus seguidores están a años luz de esa comprensión. Trabajan con la hipersimplificación de la realidad, reduciendo todo a una batalla entre el bien y el mal, y atribuyendo a un único enemigo la fuente de todos los males del Brasil y del mundo. Una vez más, la mentira como estrategia de comunicación usada por Bolsonaro lo aproxima del fascismo, pero como caricatura y simulacro. Es feo escupir en el plato en que se come.

Artículo publicado originalmente en www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.