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Ya terminó la fase de grupos de la Copa Mundial de Fútbol Brasil 2014. De modo imprevisto, está siendo uno de los mundiales más ofensivos, con el mayor promedio de gol por partido desde el de 1970, en México. Y en él se están destacando jugadores de buen manejo de pelota y poder de gol como el brasileño Neymar, el argentino Messi, el colombiano, James Rodríguez, el alemán Müller, el suizo Shaquiri o el holandés Robben.




Sin embargo, el objetivo de este artículo no es hablar de fútbol sino de economía y política. Este mundial fue profundamente cuestionado por importantes sectores del pueblo brasileño. No en relación con el fútbol (en un país que ama este deporte) sino, en primer lugar, por los gigantescos gastos que significó su realización, en detrimento de inversiones en necesidades urgentes que el pueblo necesita en salud, educación, vivienda y transporte. Y también en la utilización política que el gobierno y la burguesía del Brasil pretenden hacer de la Copa. Un cuestionamiento que se expresó en numerosas movilizaciones y actos, en todo el país.



La Copa en Brasil significó un gasto total que superó la suma del costo de los mundiales de Alemania (2006) y Sudáfrica (2010) juntos; 11.500 millones de dólares en gastos directos y otro tanto en obras complementarias. El 84% de este dinero fue aportado por el Estado, de modo directo o través de créditos. Se construyeron estadios lujosos, a un precio de facturación que superaba en dos o tres veces su precio real. Algunos de esos estadios, como los de Manaus, Cuiabá o Brasilia, serán prácticamente inútiles después del Mundial. Vale el ejemplo de Sudáfrica, donde se analiza la posibilidad de demoler varios de los estadios contruidos para 2010 y que ya no se utilizan por el alto costo que representa mantenerlos en condiciones.



Las principales beneficiarias por todo el gasto de la Copa del Mundo FIFA 2014 fueron las grandes empresas constructoras, muy ligadas al gobierno del Partido de los Trabajadores y las mayores contribuyentes al financiamiento de sus campañas electorales. Aquí cabe agregar otro costo: los obreros muertos en accidentes durante la construcción de las obras como resultado del aumento de los ritmos y el deterioro de la condiciones de trabajo que las constructoras imponían para cumplir con los plazos y bajar los costos.



Ha sido también muy cuestionado, hasta por ex jugadores de fútbol, como Romario, el hecho de que la FIFA se transformó en un “segundo gobierno” del Brasil, imponiendo desde condiciones para los estadios y aeropuertos hasta criterios de seguridad y la prohibición de vender productos de otras marcas que las autorizadas por ella en un radio de varias cuadras alrededor de los estadios, durante los días de partido.



Según sus propios estatutos, la FIFA es una “organización sin fines de lucro”. Es una gran mentira. Se trata en realidad de una especie de “multinacional del deporte”  que administra concesiones y franquicias. Sus ingresos provienen de más de 900 contratos comerciales. El 60% de la renta procede de la venta de derechos de transmisión por TV y otro 40% a marketing. De esta forma, la FIFA ganará por esta Copa más de 4.000 millones de dólares, el doble de lo que obtuvo en Alemania 2006. Una cifra que se ve ayudada por el hecho de que el gobierno del Brasil, como compensación por haber sido elegido como país sede, la eximió del pago de impuestos (estimados ahora en unos 500 millones de dólares).



El gobierno argumenta que la Copa dejará un saldo en obras para el país y el pueblo. Es otra mentira: en Brasil, después del Mundial seguirán faltando hospitales, escuelas, viviendas populares y transporte de calidad para los trabajadores.

El resultado futbolístico de este torneo aún está abierto. Pero en términos sociales y económicos una cosa es segura: la FIFA, las grandes multinacionales del deporte y las constructoras ganaron; el pueblo brasileño perdió.  
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