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El movimiento alrededor del Ministerio del Medio Ambiente muestra que este gobierno vino para abrir la destrucción de nuestra fuente de sobrevivencia en beneficio de aquellos que quieren la ganancia a cualquier costo. Es verdad que se puede tener un desarrollo obteniendo nuestros recursos de la naturaleza de forma sustentable, pero es una gran mentira que eso pueda ser practicado en este sistema, llamado capitalismo, donde la acumulación de riqueza es el objetivo central.

Por: Helena Maria de Souza

El cuestionamiento de Bolsonaro por la existencia del Ministerio del Medio Ambiente en la formación de su estructura de gobierno, el año pasado, tenía razón de ser para su concepción de mundo y para su objetivo de gobierno. Al final, ¿para qué tener un Ministerio en un área que, según su visión, debe ser totalmente liberada para que el mercado utilice de la forma que considere mejor, sin la presión de reglas que traben sus negocios?

De acuerdo con la visión del gobierno, defendida desde el período de la campaña electoral, el proceso de licenciamiento ambiental coloca barreras casi intraspasables y demora mucho. El IBAMA [Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales] solo sirve para estimular una industria de multas, que no deja a los agricultores y el agronegocio en paz y produciendo. Y las unidades de conservación y las tierras indígenas, principalmente en la Amazonia, son un problema para la explotación agropecuaria y minera de la región.

La coronación viene con la posición sobre el calentamiento global, pues, según el gobierno, ser parte de los acuerdos como el Acuerdo de París, que tiene como meta reducir la emisión de gases de efecto invernadero para evitar el calentamiento global, es injerencia externa en el país y no puede ser aceptado. Además, defiende que las causas del calentamiento global son cuestionables, y [que] eso no es prioridad. ¿Adivine quién tiene esa misma posición? Nada más y nada menos que el gurú de Bolsonaro, o sea, Donald Trump, que incluso ya abandonó el Acuerdo de París en 2017.

El Ministerio del Medio Ambiente pasa a existir, pero sin cuerpo y con cabeza contaminada y vendida

La decisión de acabar con el Ministerio del Medio Ambiente fue cuestionada por varios sectores de la sociedad brasileña e internacional, y el gobierno Bolsonaro resolvió mantenerlo, principalmente por oír a un sector de hacendados que tendrían perjuicios comerciales con la exportación de algunos productos que dependen de certificados ambientales exigidos por otros países.

No obstante, para que todo esté de acuerdo con la visión dominante, nombró como ministro a Ricardo Salles, que, a pesar del poco tiempo que estuvo como secretario de Medio Ambiente del Estado de San Pablo (2016-2017), consiguió ser condenado por improbidad administrativa, por favorecer a empresas de minería haciendo cambios en mapas de zonas de áreas protegidas. Por ahí ya se ve quién es Ricardo Salles, pero no queda solo en eso. Él piensa exactamente como Bolsonaro sobre la cuestión ambiental. Y ya comenzó declarando que está a favor de permitir más beneficios para facilitar la vida de los más ricos; como que está a favor del Proyecto de Ley conocido como “PL del veneno”, que flexibiliza la comercialización de agrotóxicos; como que la cuestión del calentamiento global es secundaria y basada en ideología tendenciosa; y que el Brasil solo se queda en el Acuerdo de París mientras sea ventajoso para el país; y así sigue…

Además, el gobierno vació el Ministerio del Medio Ambiente sacándole varias funciones. El Servicio Forestal Brasileño y el licenciamiento del sector de pesca fueron transferidos para el Ministerio de Agricultura; extinguió la Secretaría de Cambios de Clima y Selvas, que con eso lleva junto el Departamento de Políticas en Cambio de Clima y el Departamento de Monitoreo, Apoyo y Fomento de Acciones en Cambio de Clima. También fueron sacadas del Ministerio la Comisión Nacional de Combate a la Desertificación y el Comité Gestor del Fondo Nacional sobre Cambio de Clima. La Agencia Nacional de Aguas (ANA) también fue transferida al Ministerio de Desarrollo Regional. Y, dentro del propio Ministerio, el objetivo es juntar en una sola cartera el IBAMA, que es responsable por cuestiones como licenciamiento, control, fiscalización, normatización, educación ambiental, con el ICMbio [Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad], responsable por la gestión, normatización y preservación de las Unidades de Conservación.

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La militarización del área ambiental

Para continuar con el exterminio del Ministerio, en las últimas semanas fue la vez de librarse del equipo anterior, que según el ministro y el presidente tendrían una “armazón ideológica”, para poner un equipo que tenga un “control rígido”.

Siendo así, Ricardo Salles puso en práctica un festival de exoneraciones que provocó descontento y más pedidos de exoneración de los anteriores ocupantes de los principales cargos en el Ministerio, como las direcciones del IBAMA y del IMCbio.

La sustitución fue hecha y hasta el momento, de acuerdo con informaciones de los medios, son 13 policías militares o integrantes de las Fuerzas Armadas quienes pasaron a hacer parte de los principales puestos del Ministerio.

¿Qué será del Medio Ambiente y del mañana?

Todos estos cambios realizados por el gobierno en el área ambiental tienen solo un objetivo: abrir las puertas para que aquellos que explotan o que vengan a explotar los recursos naturales en el Brasil, sean ellos brasileños o extranjeros, puedan hacerlo con poquísimas restricciones o incluso hasta sin ninguna restricción.

Si con las reglas existentes ya había brechas para permitir que las empresas mineras explotasen minerales construyendo represas que son verdaderas armadillas para matar a trabajadores y la población pobre, imagine lo que ocurrirá de aquí en adelante.

Si con las reglas existentes, los hacendados desmontan las selvas para la explotación agropecuaria, faltan el respeto a las tierras indígenas y quilombolas y a las áreas de preservación, provocando más liberación de gases de efecto invernadero que traen más desequilibrio ambiental, resultando en lluvias como las que vimos este año en Rio de Janeiro, imagine cómo será el futuro.

Avanza el desmonte en la Amazonia.

La lucha por nuestra vida y la de las nuevas generaciones

En los últimos años, las consecuencias del desequilibrio y de la falta de atención ambiental en el mundo están cobrando la vida de las actuales generaciones, y las condiciones para las próximas generaciones son cada vez más graves e inciertas.

En el Brasil, las posiciones del gobierno sobre el medio ambiente y los cambios hechos en el Ministerio en las últimas semanas, hacen evidente lo que viene por delante y está generando reacciones internas y externas. En la última semana, 602 científicos de varios países europeos escribieron una carta a la Unión Europea solicitando que esta condicione su comercio con el Brasil a los criterios de defensa ambiental y de derechos humanos.

En la carta, la argumentación principal reside en que “las selvas, áreas húmedas y sabanas del Brasil son cruciales para una gran diversidad de pueblos indígenas, la estabilidad de nuestro clima global, y la conservación de la biodiversidad”.

Aún de acuerdo con los científicos, en el año 2017 la Unión Europea importó más de 3.000 millones de euros de minerales del Brasil, provenientes de la minería que no respeta los criterios de seguridad y que practica el desmonte para garantizar su actividad. Y, además de eso, revela la información que en 2011, la UE importó carne bovina y ración [cría de ganado] que son actividades que provocan el desmonte del equivalente a 300 campos de fútbol por día en el Brasil.

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Eso está comprobado en los datos de la Global Forest Watch, que divulgó que en 2018 el Brasil fue el país que más perdió árboles de selvas tropicales. Fueron 1,3 millones de hectáreas, lo que significa un equivalente a 30 campos de fútbol por minuto.

Aun cuando esos resultados pudiesen ser imputados a gobiernos anteriores, el ministro Ricardo Salles no titubeó en enfrentarse con los datos divulgados y decir que eso es parte de la guerra comercial que quiere perjudicar el agronegocio brasileño en la disputa por el mercado de China y de otros países, y que el Brasil es el país del mundo que más preserva las selvas.

O sea, eso muestra que el gobierno no solo concuerda con el desmonte que ya se hacían durante los gobiernos anteriores, sino que ampliará mucho y tanto su opinión como las acciones que ya demuestran eso.

También es importante resaltar que, de acuerdo con la ONG Global Witness, en un informe presentado el año pasado, el Brasil es el país más peligroso para aquellos que defienden la tierra y el medio ambiente. En 2017, de las 207 muertes en todo el mundo, 57 fueron en el Brasil, y la media anual del relevamiento hecho desde 2012 es de 42 muertes por año en el país. La respuesta del gobierno de Michel Temer, el año pasado, decía que esos datos eran exagerados y dudosos. Para el nuevo ministro Ricardo Salles, con certeza eso no tiene la menor importancia, ya que simplemente menospreció la memoria de uno de los mayores defensores de la causa ambiental, asesinado en 1988, diciendo en una entrevista que “Chico Mendes es irrelevante. ¿Qué diferencia hace quien es Chico Mendes en este momento?”.

Si consideramos la realidad que ya viene de gobiernos anteriores y la juntamos con la ideología defendida por el gobierno Bolsonaro, que se concreta en acciones como la cuestión de la liberación de armas y la promesa de excluyente de ilícito (legítima defensa) para los hacendados y empresarios del agronegocio, el futuro para la preservación del medio ambiente y las vidas de sus defensores están totalmente amenazadas.

¿Es posible conciliar desarrollo económico y preservación ambiental en el capitalismo?

Desde 1972, el estudio del Club de Roma, denominado “Límites del Crecimiento”, ya apuntaba la necesidad de pensar sobre el desarrollo económico de forma seria, considerando los impactos sobre la naturaleza. Como respuesta a esa discusión se creó el famoso concepto “desarrollo sustentable”, que en el sistema capitalista, donde los valores son el consumo, el lucro, y el individualismo, fue solo utilizado como marketing, y en eso quedó hasta hoy.

El desarrollo sustentable nunca ocurrió en la práctica; no obstante, se mantiene en el discurso de varios gobiernos, principalmente de aquellos dicho “progresistas”, que defienden que es posible mejorar el capitalismo. En el Brasil, por ejemplo, durante los gobiernos del PT, a pesar de los discursos, la Amazonia continuó siendo desmatada, las leyes ambientales siendo irrespetadas, y los defensores del medio ambiente siendo muertos.

No son ninguna novedad los récords de desmonte de la Amazonia brasileña en beneficio de la minería, de la pecuaria, y de la plantación de soja. De acuerdo con un relevamiento de Greenpeace, entre 2000 y 2005, el Brasil ya batía récord de desmonte de selvas en relación con el resto del mundo.

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Actualmente, esa realidad viene siendo abierta por los gobiernos de ultraderecha, como Bolsonaro, que ya no disfraza su intención de privilegiar a aquellos cuyo interés es aumentar sus lucros y hacerse cada vez más ricos. Para eso, difunde una ideología nacionalista: que cada uno tiene que defender su propio desarrollo, sin injerencias externas, como si las consecuencias de la degradación ambiental, como el calentamiento global, respetasen fronteras.

Los resultados vistos hasta el momento y la perspectiva futura con el gobierno Bolsonaro, solo comprueban que el capitalismo es incompatible con el desarrollo sustentable. El desarrollo económico y social, con condiciones dignas de vida para todos, respetando los límites de los recursos naturales y asegurando para aquellos que vendrán después de nosotros las condiciones necesarias para una vida con calidad, solo puede ser garantizado por aquellos que dentro del país y en nivel mundial sufren con la pérdida de vidas, el hambre, la falta de agua y de vivienda, provocados por las catástrofes ambientales.

De este forma, la esperanza de cambios reales y concretos para modificar esta situación está depositada en la población pobre, que es la única que puede cambiar este sistema económico llamado capitalismo por otro sistema económico que realmente garantice el desarrollo sustentable.

El sistema capitalista es destructor de los recursos naturales; todas las alternativas de reciclado, reutilización, producción y funcionamiento de la sociedad basados en formas sustentables se chocan con la acumulación y concentración de riqueza que están en el centro de su funcionamiento.

Nuevas relaciones sociales de producción que garanticen el desarrollo del ser humano y al mismo tiempo el respeto a los límites de la naturaleza deben estar basados en la planificación de la producción, en la igualdad de derechos sociales, y en la preocupación por garantizar la calidad de vida para la actual generación manteniendo los recursos que garanticen calidad de vida también para las futuras generaciones.

Una sociedad con estas características dará a la mayoría de la población el poder de tomar las decisiones sobre la producción y el consumo tomando en cuenta sus necesidades y no los beneficios para los dueños del capital.

Una sociedad así solo puede estar basada en relaciones socialistas de producción y distribución. Solo puede ser garantizada por un sistema socialista en nivel mundial.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 9/5/2019.

Traducción: Natalia Estrada.