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Además de los problemas de salud y socioeconómicos, las LGBT también tienen que enfrentar estigmas y prejuicios.

Por Wilson Honório da Silva, Secretaría Nacional de Formación del PSTU

Pandemia, estigmas y prejuicios

Como dice el artículo La pandemia de Covid-19 y las LGBT, además de todos los problemas de salud y socioeconómicos provocados por la pandemia, LGBTS tienen que enfrentar estigmas y prejuicios alimentados por fundamentalistas religiosos que, de forma irresponsable, liviana y cruel, están aprovechando la crisis para aumentar la ya insoportable LGBTfobia. Un grupo que supera fronteras geográficas, políticas y religiosas.

Uno de los ejemplos más conocidos es el de Ralph Drollinger, cristiano evangélico, pastor del gabinete de Donald Trump y encargado de los estudios bíblicos semanales en la Casa Blanca, quien afirmó que el coronavirus es una consecuencia de la “ira de Dios” contra los que tienen una “inclinación al lesbianismo y a la homosexualidad”. Además de “gente con mente depravada”, como los ambientalistas y, como no podría dejar de ser, en la cabeza de este ultraconservador racista y xenofóbico, los chinos.

También en el país que hoy es epicentro mundial de la pandemia, el influyente pastor protestante y político del Partido Republicano Earl Walker Jackson (que lamentablemente es negro) usó su programa de televisión para popularizar la asquerosa idea de que lo que causa la Covid-19 es algo que él denominó homovírus”. Mientras tanto, otro tele-evangelista, Pat Robertson, defendió que la pandemia fue una forma encontrada por Dios para ajustar las cuentas por la decisión de la Suprema Corte, que permitió el casamiento entre personas del mismo sexo en 50 estados del país.

Lógicamente, representantes de los sectores más conservadores del catolicismo tampoco se quedaron atrás en esta prédica insana del odio. En EE. UU, un ejemplo lamentable fue dado por el cardenal Raymond Burke, que vive en Roma, pero envió mensajes a sus seguidores declarando que el “grave peligro que ronda el mundo” se debe a los esfuerzos para promover la igualdad de sexo y de género.

Criminales en nombre de dios

No es una exageración decir que estos señores se llevarán a la tumba una cuota significativa de la culpa por la muerte (solo hasta el 18 de abril) de casi 16 mil personas solamente en su país, en la medida en que contribuyeron de forma criminal a la expansión del virus, no solo haciendo que sus fieles creyesen que estaban “inmunes a la ira de Dios”, sino también jugando un papel nefasto en la resistencia a la implementación de medidas de aislamiento y distanciamiento sociales (sirviendo como voceros ungidos de otro imbécil irresponsable, Donald Trump)

Sin embargo, los estadounidenses no están solos en esta liviandad genocida. En México, por ejemplo, el obispo católico Ramón Castro, de Cuernavaca, compartiendo la irresponsabilidad con el presidente López Obrador, que recomendó besos y abrazos en vez de cuarentena), también pregonó que los jóvenes transgéneros estaban entre los “males que hicieron que Dios infectase el mundo con un virus”.

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Por su parte, del otro lado del Atlántico, en Irlanda del Norte, John Carson, parlamentario del mayor partido del país (el Unionista), agregó la legalización del aborto a los motivos indicados por sus pares en EE.UU. La mismísima la cosa viene diciendo el pastor cristiano Oscar Bougardt, en Ciudad del Cabo (Sudáfrica), y el pastor evangélico nigeriano Mike Bamiloye, que sumó un culpable más a la ira de Dios: los transplantes hechos por transexuales.

Y como prueba de que la LGBTfobia une hasta los “enemigos mortales” y excede las fronteras religiosas, citamos ejemplos en el mundo judío e islámico.

En Israel, el rabino ultraconservador Meir Mazuz afirmó que el coronavirus fue una “retribución de Dios” específicamente contra las Paradas del Orgullo LGBT. Y, hace dos días, muchos leyeron (sin lograr esconder una sonrisa irónica) que el también sionista Ministro de Salud Yaakov Litzman, había contraído el virus tras sostener que la pandemia era resultado de la ira de Yahweh (Javé) contra los LGBT. La noticia fue desmentida después, cuando fue divulgado que confundieron al ministro con el tal rabino. Lo que, sin embargo (y si fuera verdad…), no ameniza la culpa de Litzman por la propagación del virus ya que – está probado – la comunidad ultraortodoxa de Israel, de la cual él es miembro y líder, es la que ha sido más particularmente afectada por el contagio, en función de la resistencia a adoptar medidas preventivas. –

En el mundo islámico, uno de los peores ejemplos viene de Irak, donde el líder chiita Muqtada al-Sadr también puso la culpa de la pandemia en el casamiento entre LGBT. Y en Gana, en África, el vocero de la Misión Musulmana, el jeque Amin Bonsu, convocó al país a un día de oraciones y ayuno para que Alá interviniera contra la pandemia provocada por los “pecados contra el mundo, especialmente los actos más abominables, como la homosexualidad, el lesbianismo, los transgéneros y la destrucción de las fuentes de agua y selvas”.

Hablando de ayunos, no podríamos olvidar que no tenemos dudas de que, acá en Brasil, a pesar de que (hasta ahora) no haya relacionado públicamente la pandemia a su LGBTfobia, es evidente que el sujeto que ya dijo que “tener un hijo gay es falta de sopapos” y que “una persona con VIH es un gasto para todos”, también estaba pensando en este tipo de cosas cuando convocó a su irresponsable ayuno, el domingo pasado, vendiendo la ilusión de que la salida de la crisis estaba en la religión, en vez de viabilizar inversiones en salud, protección a los trabajadores y el confinamento social para todos.

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Viniendo de todos lados y múltiples creencias es incuestionable que declaraciones como estas, por más descabelladas que parezcan, fortalecen la LGBTfobia y pueden acabar generando todavía más violencia contra quien ya sufre discriminación. Ha sido así a lo largo de la Historia, en la que hay innumerables y lamentables ejemplos de culpabilización de mujeres, LGBT, negros, indígenas, extranjeros en general y demás sectores oprimidos de tragedias que van desde pestes a desastres naturales.

Sin embargo, cabe recordar que no es solo la LGBTfobia y el fortalecimento de otros discursos opresivos lo que nos preocupa en estas declaraciones. No son “solo” un ataque contra nosotros (as) no heterosexuales. Estas configuran un crimen contra la humanidad de conjunto. Un crimen que tiene un alcance todavía mayor en momentos de crisis humanitaria y económica cuando la desesperación acentúa la búsqueda de salidas y respuestas sobrenaturales para los sufrimientos y dolores que contaminan la realidad y estos pregadores desvían el odio de lo que es realmente fundamental para garantizar la supervivência.

En defensa de la vida, no se puede sobreponer la fe a la ciencia

Es un crimen, incluso, en varios sentidos que se complementan, ya que estos fundamentalistas se sirven de la legítima desesperación y de la fe de las personas para irradiar una epidemia de prejuicios y, al mismo tiempo, promover un ataque a la ciencia, en el momento en que más hace falta el conocimiento técnico, basado en investigación, estudios y rigor metodológico.

Sobre la cuestión de la fe, aquí no cabe desarrollar el tema, pero no podemos dejar de mencionar que la forma en que estos “hombres de Dios” actúan es una demostración no solo de su hipocresía, sino que también nos sirve para recordar que sus ataques de costumbre al “comunismo” como enemigo de la fe del pueblo son falsos.

Dejamos como recomendación de lectura un texto de Lenin de mayo de 1909, – titulado “Sobre la actitud del partido obrero en relación a la religión” – en el cual el líder de la Revolución Soviética destaca que a pesar de que Marx, Engel y todos los verdaderos revolucionarios son “materialistas”, en el sentido de depositar su “fe” en el análisis concreto, objetivo y científico de la realidad y creer, por sobre todo, en el poder profundamente humano que reside en la esencia de la lucha de clases, nosotros, los comunistas, nunca encaramos el ateísmo como una “cuestión programática”, no creemos que sea papel del partido hacer una “una declaración de guerra a la religión y, mucho menos, estamos entre los que usarían la fe como arma contra la propia humanidad.

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Es verdad, sí, que, como escribió el marxista negro brasileño Clóvis Moura (en el libro Sociología del negro brasileño, discutiendo, en este caso, las religiones de matriz africana) que creemos en una sociedad donde hombres y mujeres puedan vivir en plena libertad, con igualdad económica, política y social y con condiciones de desarrollarse plenamente en términos culturales, afectivos y emocionales (o sea, desalentados, en todos los sentidos), la religiones tenderán a ir “desapareciendo lentamente de las sociedades por falta de función y necesidad para los hombres”.

Pero, en el aquí y ahora, el problema es otro y tiene en todo que ver con la postura lamentable de los actuales líderes religiosos cuyos ejemplos, mencionados antes, son solo expresiones extremadas de algo mucho más amplio: el uso de las religiones (donde vale recordar, también existen las “dominadoras y dominadas”), como también escribió Moura, como “instrumento de dominación social, política y cultural”, que reproducen “los niveles de sujeción y dominación que la sociedad capitalista crea en la tierra.”

No es casual que absolutamente todos los ejemplos citados tienen estrechas relaciones con las instituciones políticas de sus países y vínculos todavía más promiscuos con los intereses del Capital. Y, por eso, el uso y abuso que hacen de la fe del pueblo es particularmente criminal porque ni siquiera tiene que ver con las creencias que mueven a la población sino únicamente con lo que les interesa: el poder económico y político que les garantice seguir oprimiendo y explotando a millones. Aunque esto signifique la muerte de unos tantos otros.

Traducción: Mirian Dolagaray