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En este período, los principales vehículos de comunicación tratan de llenar el vacío de noticias con las tradicionales retrospectivas de final de año.

Los análisis se esfuerzan en explicar el año en que, contra todas las expectativas, un torbellino de gente invadió las calles, en la mayor movilización de masas que este país haya visto en toda su historia.

Sí, cualquiera que sea la retrospectiva del 2013, ella está cruzada por las "jornadas de junio". Sin embargo, en general, junio es tratado como un punto fuera de la curva, casi un espasmo de reacción al cúmulo de desigualdades y problemas sociales, enfrentados por la mayoría de la población y los trabajadores, pero que ya habría terminado (o sido sustituido por el "vandalismo" de los Black Blocs). Por el contrario, de un análisis serio, tal visión de las movilizaciones expresa mucho más una voluntad de las clases dominantes, temerosas de la continuidad de un proceso de luchas que escapa totalmente de control y llega a las bases que mantienen esta situación. De esta forma, el legado de junio se resumiría a un mero "recado a los políticos" o una demostración de "ciudadanía". Pero, ¿sería sólo eso?

Las protestas, que incendiaron las calles en junio, no fueron un rayo en cielo azul. Aunque el detonante ha sido el aumento de las tarifas en el transporte público, como dice el lema de las manifestaciones, no fue “sólo por 20 centavos”. La cuestión del transporte público, en sí un problema serio que alcanza, prácticamente a todas las grandes ciudades, también trajo varias otras cuestiones que afligen a la gran mayoría de la población. Salud y educación fueron dos de las principales reivindicaciones que tomaron las calles, así como el combate a la corrupción (que, al contrario de lo que afirma parte de la izquierda, no es una “bandera de la derecha”).

O sea, por detrás del impulso que llevó cerca de tres millones a las protestas, estaban no sólo los transportes, sino el cúmulo de problemas y desigualdades que los años del modelo de política económica de los gobiernos del PT no sólo no resolvieron, sino que la profundizaron. Problemas que se agravaron en el último período, con la desaceleración del crecimiento, el aumento de las deudas de las familias y la inflación, sobre todo de los alimentos. La indignación con el uso de los recursos públicos, destinados a los estadios de la “norma Fifa”, mientras los hospitales y escuelas son relegados al olvido, fue el combustible que convirtió esa situación aún más explosiva. Este fue el caldo de cultivo.

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Las manifestaciones de aquel mes colocaron a todas las instituciones contra la pared. El Congreso Nacional, por su parte, fue obligado a moverse y, en pocos días, anunció proyectos que hace pocos días parecían una utopía, como el pase libre a estudiantes, prometido por el presidente del Senado, Renán Calheiros (PMDB-Alagoas). Con la victoria parcial de la reducción de los pasajes (que benefició al 70% de la población de las grandes ciudades, según encuesta de Folha de Sao Paulo) y la brutal represión policial, las protestas de las calles fueron bajando. Pero las luchas no.

El país asistió a dos grandes huelgas nacionales, en julio y agosto pasados, que sólo no tuvieron continuidad, debido a las actuaciones de las principales centrales sindicales, como la CUT y Fuerza Sindical. Los profesores de Río de Janeiro protagonizaron una huelga histórica, que enfrentó a los gobiernos de Eduardo Paes y Sergio Cabral. Los estudiantes,por su parte, retomaron las ocupaciones de rectorados, como en la UNICAMP (Campinas) y en la USP (San Pablo), donde enfrentaron, también, una dura represión policial. Las huelgas y movilizaciones fueron más fuertes y no dejaron margen de duda: los estudiantes y trabajadores están más confiados en sus propias fuerzas.

Pero, esa nueva situación no se expresa solamente en las luchas sindicales. En las periferias de las grandes ciudades, terminó el año con las rebeliones contra la violencia policial y el verdadero genocidio a que es sometida la población negra. La campaña "¿Dónde está Amarildo?" fue el ejemplo más contundente de eso, transformándose en uno de los más amplios movimientos de denuncia a la policía y que acabó revelando la tortura y asesinato del albañil de la favela Rocinha.

El asesinato del joven Douglas, en la zona norte de San Pablo, a finales de octubre, y de otro joven, pocos días después, en la misma región, desató una ola de protestas que se expandió por varios barrios de la periferia. La violencia asesina de la policía contra la juventud pobre y negra está lejos de ser una novedad, pero, ahora, la policía sabe que los pobladores no se tragan eso en silencio. La desmilitarización de la Policía Militar (PM), en ese sentido,salió de las consignas de los partidos de izquierda y cambió la discusión recurrente en toda la sociedad.

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También, en las grandes ciudades, explotó la lucha por la vivienda y contra la brutal especulación inmobiliaria. Ocupaciones como la de Nueva Palestina, en la zona sur de San Pablo, Nueva Esperanza, en Osasco, y William Rosa, en Contagem [Gran Belo Horizonte], reúnen a miles de familias en busca de su derecho a la vivienda y enfrentan la represión y la permanente amenaza de la desocupación. La lucha de los sin techo muestra, en el día a día, que el espíritu del Pinheirinho continua.

El año 2013 termina, también, con una pequeña muestra de que los gobiernos no escucharon el clamor de las calles. El flagelo de las inundaciones expone la cruel indiferencia que cuesta decenas de vida, todos los años. El despido en masa de 400 obreros de la GM muestra, también, que las empresas, incluso beneficiadas con la millonaria exención de impuestos, continúan despidiendo, sin que el gobierno haga nada. Los indígenas también continúan sufriendo con el avance del latifundio y el desinterés de los gobiernos, como en Amazonas o Mato Grosso do Sul.

Terminamos el 2013 con otras privatizaciones, en esta ocasión de la carretera BR-040, cerrando un año de privatizaciones bajo la figura de “concesiones”, cuyo punto más dramático fue la entrega del mega-campo petrolero de Libra, al capital privado. El proceso de criminalización de las luchas también aumenta, con la primera condena de un manifestante, un joven habitante de la calle, sentenciado a cinco años de prisión por portar dos botellones de producto de limpieza, tomados por la policía como "molotovs".

A pesar del discurso optimista de Dilma Roussef, en cadena nacional de radio y televisión, las perspectivas para el próximo año no son tan animadas. El retroceso del crecimiento económico aparece como hipótesis más probable y son pocos los que apuestan a un aumento de más del 2% del PBI. El endeudamiento de las familias también comienza a preocupar, cerrando diciembre con una tasa récord del 62.2%, con más del 30% de ingreso comprometido con deudas. La tasa de desempleo, por otro lado, cerró diciembre en su menor nivel pero, evidenciando también, una disminución de la Población Económicamente Activa (las personas, en condiciones de trabajar empleadas o en busca de empleo), reflejando la reducción de la actividad económica.

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Para el 2014, el gobierno de Dilma va a tratar de garantizar el Superávit Primario (economía para pagar los intereses de la deuda pública), en medio de una situación fiscal cada vez más difícil. Las empresas tratarán de compensar la reducción del crecimiento y el mantenimiento de sus ganancias, de la forma que conocemos muy bien. La Copa del Mundo, por su parte, cuyas expectativas fueron artificialmente infladas, para forzar a la población a tragarse todo tipo de absurdos y arbitrariedades, debe significar, para la gran mayoría del pueblo, más desplazamientos forzados.

La diferencia, entonces, es que junio mostró, en la práctica, la fuerza de las masas movilizadas. Y lo más importante, la población y los trabajadores aún no se olvidan de eso. Las Jornadas de Junio mostraron claramente la impotencia de las fuerzas de represión del Estado, ante la población en las calles. ¿Se van a repetir las manifestaciones de junio?

Es imposible prever. Lo que es cierto, sin embargo, es que los ataques aumentarán, y lo que parece más cierto aún, la Está puesta, como tarea, mostrar que junio no se resumió a sólo un sollozo de reacción popular, sino el preanuncio de movilizaciones aún mayores, un ensayo para un gran proceso de transformación social, rumbo a un país más justo y menos desigual. ¡Un 2014 de muchas luchas y victorias!

Traducción Laura Sánchez