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El día 1º de junio del 2004, el gobierno de Lula aceptaba la invitación realizada por la ONU para comandar las fuerzas militares de ocupación en Haití, la llamada Minustah (Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití). La misión era, en realidad, la continuidad de un golpe de Estado, perpetrado directamente por EE.UU, que depusieron al entonces presidente electo Jean-Bertrand Aristide, preso y deportado por marines hacia la República Centro-Africana.

Escribe Diego Cruz

Desgastado por la malograda invasión y ocupación de Irak y Afganistán, el entonces presidente de EE.UU., George W. Bush, recurrió a la ONU, a fin de concretar la ocupación en el país caribeño. El gobierno de Lula aceptó prontamente la oferta. Era una forma de agradar a Bush y, al mismo tiempo, anhelar la tan codiciada vacancia en el Consejo de Seguridad de la ONU, algo soñado por el gobierno, en esa época, como una compensación por los servicios prestados al imperialismo.

Liderada por Brasil, la Minustah reunió soldados de varios gobiernos “progresistas” de Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia, Paraguay, entre otros países. Trece años después que los primeros cascos azules desembarcaron en la isla, escenario de la primera revolución negra de la historia, la Minustah fue oficialmente desactivada en el 2017, dejando un largo rastro de denuncias de crímenes, como violaciones y asesinatos, además de una epidemia de cólera, que acabó con la vida de al menos 9 mil haitianos.

Detrás del discurso humanitario, que justificó la acción militar, estaba el interés de EE.UU de estabilizar la región, para la actuación plena de las llamadas “maquilas”, fábricas de grandes empresas extranjeras, que super explotan la mano de obra haitiana, con un salario que, muchas veces, se resumía a la mitad del que ganaba un obrero chino.

Para Brasil había un interés mayor. El envío de soldados, para que actuaran en áreas urbanas de Haití, sería el laboratorio perfecto para el posterior uso de las Fuerzas Armadas en el propio país. Precisamente en Río de Janeiro. “[El envío de las tropas a Haití] traerá (experiencia) para garantizar la ley y el orden interno, un objetivo que yo diría que puede ser alcanzado”, declaró al periódico Folha de São Paulo, en mayo del 2004, el general Américo Salvador, que estaba listo para asumir el comando de la brigada brasileña.

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Y fue eso lo que hicieron los 37.500 militares brasileños, que pasaron por Haití, durante el tiempo que duró la Minustah (además de 53 policías militares). Entrenaron en situaciones reales de combate y probaron equipos militares. Brasil no ganó el asiento en el Consejo de Seguridad, pero aumentó sus exportaciones de armas para el país y quedó, aquí, con miles de militares con experiencia en actuación en las favelas. Como afirmó el investigador del Grupo de Estudios en Conflictos Internacionales, João Fernando Finazzi, al Nexo Jornal, “las intervenciones y ocupaciones de favelas, por parte de los más de 30 mil militares y policías brasileños, que pasaron por la Minustah, posibilitó el entrenamiento y perfeccionamiento de acciones de pacificación, que después fueron implementadas en contextos similares, como en las favelas cariocas, durante la Copa del Mundo y las Olimpíadas”.

Esa experiencia influenció directamente la política de las UPP’s (Unidades de Policía Pacificadora) en Río. La lógica partió de la creación de “puntos fuertes” en Cité Soleyl (mayor favela de Puerto Príncipe), a partir del 2015, o sea, la construcción de “fuertes” en medio de la comunidad, a partir de los cuales se establece un perímetro de seguridad, militarizado. La PM de Río, incluso, envió representantes para el acompañamiento de la operación. El propio gobierno de Cabral firmó un acuerdo de cooperación entre la PM y la Política Nacional Haitiana, con vistas a reproducir aquí esa experiencia.

Represión

Al contrario de lo que tanto se divulga por aquí, la actuación de las tropas no se resumía al combate a los “mercenarios”, pandillas o paramilitares. La represión a los movimientos populares, incluso movilizaciones estudiantiles y huelgas obreras, formaba parte del cotidiano de las tropas en el país. Como afirmó el dirigente de Batay Ouvriye (Batalla Obrera), Didier Dominique, al portal del PSTU: “en el 2008 y 2009, comenzaron a reprimir directamente a los obreros movilizados, tanto en las fábricas como en las luchas más generales, como en el 2009, contra el salario mínimo de miseria, que los burgueses del sector textil y su gobierno reaccionario querían imponer”.

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La represión de las tropas de la ONU se volvió contra cualquier tipo de manifestación, incluso, contra protestas estudiantiles. En el 2009, la Policía Haitiana y las tropas brasileñas invadieron la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Estadual de Haití y reprimieron brutalmente os estudiantes, apresando a varios de ellos. Esta es la “estabilización” que la Minustah y los EE.UU. querían.

Durante años, el papel represivo cumplido por la Minustah fue exhaustivamente denunciado por organizaciones como la propia Batay Ouvriye y, en Brasil, por organizaciones como la CSP-Conlutas, Jubileu Sul y el PSTU.

En Brasil

La actuación del Ejército en las comunidades de Río no es una novedad. La llamada GLO (Garantía de la Ley y del Orden), dispositivo que permite el uso de las Fuerzas Armadas de forma puntual, autorizada por el presidente de la República, fue utilizada durante la Copa del Mundo, las Olimpiadas y la visita del Papa a Brasil, en el 2013.

En el 2007, las Fuerzas Armadas actuaron en el Complejo del Alemán, experiencia repetida en el 2010. En el 2012, el Ejército ocupó el Morro de la Providencia, para apoyar un proyecto del gobierno federal, en el área. En esa ocasión, tres jóvenes, de la comunidad, fueron detenidos por “desacato”, por los militares, y entregados a traficantes del morro de la Mineira, controlado por una facción opuesta a la que domina la Providencia. Los tres jóvenes, uno de ellos menor de edad, fueron ejecutados.

El día 24 de mayo del año pasado, cuando se realizaba una manifestación en Brasilia, contra el gobierno y sus reformas, enfrentó de forma tenaz una salvaje represión. Temer firmó una GLO que daba poder a las Fuerzas Armadas para reprimir.

La intervención militar, decretada por Temer, no debe ser vista como un caso más del Ejército en las calles. Se trata de una medida de excepción, grave, y la mera intención de lanzar mano de mandatos colectivos, busca mostrar como eso va a representar el aumento de la represión contra la población de las comunidades de Río. No fue por casualidad que, el mismo general Augusto Heleno, quien comandó a las tropas en Haití, haya sugerido que jueces sean llevados a las operaciones, para que pudiesen, en el lugar, emitir mandatos colectivos instantáneos, tal como fue hecho en el país caribeño. De la misma forma, el general propone que sean flexibilizadas las leyes para los soldados, en ese tipo de operación. Es, en la práctica, la carta blanca para hacer lo que quieran, como fue el caso de los militares brasileños denunciados por violaciones en Haití, que nunca tuvieron ningún tipo de penalización.

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La intervención tiene, como telón de fondo, el desgaste político del gobierno de Temer, ante una crisis profunda, un descontrol de las instituciones, en un Estado prácticamente quebrado y, contando con la experiencia de la actuación del Ejército en Haití, incluso, el riesgo de una explosión social.

Traducción Laura Sánchez