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En su discurso, denunció el espionaje y defendió la soberanía. En la práctica, entrega el petróleo y el mismo espionaje contra los movimientos sociales.



Ya se hizo habitual. En su discurso en la 68ª Sesión de la Asamblea General de la ONU, en la mañana del 24 de septiembre en Nueva York, la presidente Dilma Rousseff, una vez más, jugó para la tribuna y habló todo el contrario de lo que practica en el propio país que gobierna.



Allá, en un discurso calificado como "duro" y "contundente" por la prensa internacional, Dilma denunció el espionaje practicado por el gobierno de los EEUU, a través de la NSA (sigla en inglés de la Agencia Nacional de Seguridad) y llegó a afirmar que el caso de las revelaciones de Edward Snowden representaba un "serio caso de violación de los derechos humanos y falta de respeto a la soberanía".



Llamó "afronta" al espionaje de los EEUU, que alcanzó a la comunicación oficial de la presidente y también a la Petrobrás. Dilma defendió una especie de reglamentación multilateral de la Internet, a fin de impedir que la red sea transformada en un "arma de guerra". La presidente llegó a utilizar su pasado de guerrillera para atacar la política de espionaje de los EEUU contra otros estados. "Como tantos otros latinoamericanos, luché contra el arbitrio y la censura y no puedo dejar de defender de modo intransigente el derecho a la privacidad de los individuos y la soberanía de mi país", discursó.



Como no podría dejar de ser, la presidente habló también sobre las protestas que se extendieron por el país en junio, hecho que se reflejó en los informativos de todo el planeta y por el cual ella se vio obligada a dar una respuesta. Dilma dijo que su gobierno no reprimió las protestas, pero "oyó y comprendió la voz de las calles". Sólo faltó decir que, en medio de las protestas, el gobierno puso la Fuerza Nacional de Seguridad y el Ejército para “oír” mejor el sonido de las calles, como durante los juegos de la Copa de las Confederaciones. Pero fueron muchas las cosas que Dilma no tocó durante su bonito discurso en la ONU.



Hipocresía

 

Como ya es de costumbre, el discurso del gobierno brasileño en la ONU, volcado para el público externo, tiene poca relación con sus prácticas aquí. Es sintomático que, por ejemplo, ese discurso haya tenido como puntos centrales la denuncia del espionaje y la defensa de la soberanía, a menos de un mes de la subasta del Campo de Libra, el primero de los remates de la llamada capa pre-sal, y que debe ser la entrega del mayor campo de petróleo de la historia, marcado para el 21 de octubre.



El campo de la Cuenca de Santos posee capacidad de producir de 8 a 12.000 millones de barriles de petróleo, según estimativas, cuyo valor total puede llegar a 1,2 billones de dólares. Será simplemente la mayor desnacionalización ya realizada en el país, superando las privatizaciones del gobierno tucano [del PSDB de Fernando Henrique Cardoso, hoy oposición burguesa de derecha].



Pero ¿y el humillante espionaje de  EEUU? Delante de las cámaras, Dilma demostró indignación con los casos de monitoreo recientemente revelados. Lo que no dijo es que en Brasil los agentes de la CIA tienen libre tráfico, actuando junto a la Policía Federal y al Ejército brasileño para, supuestamente, “combatir el terrorismo”. Un artículo del diario Folha de São Paulo del 15 de septiembre muestra cómo los agentes norteamericanos coordinan la División Antiterrorismo de la PF en Brasilia, formada por 40 policías.



La actuación de los agentes de la CIA, sin embargo, no se limita a la Capital Federal, sino que alcanza todo el país. Ellos dan línea de investigación y apuntan sospechosos para ser “acompañados”. En la práctica, comandan todo un conjunto de policías federales. Cinco bases de la PF funcionarían en el país y tendrían como objetivo el "combate al terrorismo": en  Río de Janeiro, en San Pablo, en Foz de Iguaçu y en San Gabriel de la Cascada, en el Amazonas. Todos con el soporte de la CIA. Como bien apuntó el propio gobierno brasileño recientemente, sin embargo, el “terrorismo” nunca fue una preocupación nacional.



En otras palabras, el propio gobierno brasileño garantiza las bases y condiciones para el espionaje que ahora denuncia con tanta indignación.



Espionaje contra los movimientos sociales

 

Además de dar soporte a la actuación de los agentes norteamericanos, el gobierno brasileño también apela contra los movimientos sociales a los mismos métodos que denuncia. En julio último, la propia ABIN (Agencia Brasileña de Inteligencia) admitió "monitorear" las redes sociales para acompañar los movimientos sociales, como medio de subsidiar con informaciones al Ejecutivo y a los órganos policiales.



Las acciones, sin embargo, no se limitan al monitoreo. En la huelga en el Puerto de Suape (en Pernambuco) en abril pasado, se comprobó la actuación de agentes de la ABIN infiltrados entre los trabajadores. Ejemplos no faltan. En el comienzo de año, un agente a servicio de la ABIN ya había sido flagrado espiando una reunión del movimiento contra la construcción de la Usina de Bello Monte. Es una práctica permanente y generalizada, no sólo de las fuerzas policiales (como tanto se vio en junio), sino del propio Estado brasileño.



Estos casos: ¿no serían también “violaciones de los derechos humanos”, señora presidente?
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