Compartir
El salvajismo policial dio el tono de las manifestaciones en el país y muestra la urgencia de la lucha por el fin de la PM

Los desfiles oficiales, del Día de la Independencia, que exaltan las autoridades, principalmente la policía y las Fuerzas Armadas, dieron lugar este año a innumerables protestas en todo el país. Además del ya tradicional Grito de los Excluidos, que reúne a movimientos sociales y partidos de izquierda, se convocaron por internet  manifestaciones espontáneas por banderas como la lucha contra la corrupción, por educación y salud, además del rechazo a la represión policial.

La policía montó un esquema reforzado de seguridad en las principales ciudades, llegando a vaciar los desfiles militares, para garantizar el efectivo vuelco policial a las protestas. El recrudecimiento de la represión policial no demoró mucho en aparecer, no sólo en Río de Janeiro sino en varias partes del país, como San Pablo, Fortaleza, Salvador, Porto Alegre y Brasilia. Según un estudio de la Folha de Sao Paulo, el saldo final del día fue 335 personas detenidas en 11 capitales; sólo en el Estado de Río fueron 77. Tomándose en consideración el grado de represión ocurrida en las principales capitales, ese número ciertamente, es mayor.
 
Represión generalizada

En Río de Janeiro, fueron destacados 2.000 hombres de la Policía Militar y 1.100 del Ejército para acompañar las protestas. La represión policial se dio de forma absolutamente gratuita, con gas lacrimógeno que fue disparado a pocos metros de las tribunas, donde miles de familias asistían al desfile, alcanzando a niños, mujeres y ancianos. A la noche hubo una nueva represión de la tropa de choque, también gratuita, cuando una protesta intentó aproximarse al Palacio Guanabara.

La represión generalizada, sin embargo, no fue un caso aislado de Río de Janeiro. Por la extensión de la acción policial y la ferocidad con que la policía de diversos lugares atacó este 7 de septiembre, quedó claro que se trata de una orientación para endurecer la mano contra las manifestaciones, retomando el control de las calles, que las autoridades perdieron en junio. La lista de atrocidades cometidas el día 7 es interminable.

En Río de Janeiro, se registró el caso de un atropello por la PM de un señor que pasaba por la calle, durante el acto (hay un video). En San Pablo, hubo un caso parecido y el auto de la PM lo atropelló y lo arrastró  varios metros, con el manifestante apresado en el parabrisas. En la capital paulista también se registraron otros dos casos extremadamente graves. Durante una protesta de los Black Bloc, en el centro, un PM disparó un tiro con bala de verdad, contra el suelo. El estallido de la bala alcanzó a un fotógrafo, que tuvo que ser socorrido rápidamente. En el mismo acto, las esquirlas de una bomba de efecto moral alcanzaron el ojo derecho de un joven de 19 años que filmaba la protesta. El estudiante perdió la visión de ese ojo.

En Belo Horizonte, la policía detuvo a 56 manifestantes, de los cuales 15 permanecían detenidos mientras cerrábamos este artículo, acusados por crímenes como “formación de bandas”, alistamiento de menores, desacato y atentado al patrimonio público. Seis de ellos también están siendo acusados de “formación de milicia”. En Brasilia también, hubo represión, además de agresiones a periodistas. En un video, divulgado en internet, un soldado de la tropa de choque del DF del gobierno de Angelo Queiroz (PT) atacó con gas pimenta contra manifestantes, sin ningún motivo aparente. Cuestionado por uno de ellos, del porqué del ataque,  simplemente sonrió y respondió: “Porque quería”. La represión policial también dio el tono en otras capitales, como Recife, Salvador y Fortaleza.
 
Acción orquestada

Pero, más allá de la costumbre salvaje y la falta de preparación de la Policía Militar, la represión desencadenada este 7 de septiembre contó con la participación de la Fuerza Nacional de Seguridad y del Ejército, y reveló una acción orquestada con el objetivo de acabar con las manifestaciones, que insisten en mantenerse desde junio. Las imágenes que vimos el último sábado se refieren a la gran represión del día 13 de junio en San Pablo, que antecedió a la explosión popular que sacudió al país: agresiones gratuitas, abuso de autoridad y ataques a la prensa, con la detención de fotógrafos y camarógrafos.

La espiral de violencia del Estado incluye la detención de tres jóvenes, señalados como “líderes” del Black Bloc-RJ, detenidos en sus casas y acusados por “formación de bandas armadas” e “incitación al crimen”. El 6, en víspera de las protestas, la justicia decretó la prisión preventiva de los jóvenes, para dificultar la liberación por los abogados.

La truculencia policial no se da solamente en las calles, sino que viene acompañada de una serie de medidas para acabar con las protestas, como las restricciones a las máscaras y la libertad de manifestación, que los diputados de Río intentan aprobar, y acciones semejantes, en varios Estados. Parte de la prensa, a ejemplo de lo que hizo en junio, también clama por más represión, aprovechando el relativo reflujo de las manifestaciones, en las últimas semanas, para criminalizar las protestas.

Nada indica, sin embargo, que las manifestaciones van a terminar. La represión policial generalizada, como ocurrió en junio, ya está provocando bastante indignación, incluso en quienes criticaban las protestas. Además de no sofocar al movimiento, esa política del “garrote” puede acabar por tener el efecto contrario, insuflando las manifestaciones y colocando, a la orden del día, el fin de ese escombro autoritario que es la PM.

_______________________
Traducción Laura Sánchez
Lea también  Brasil: la podrida historia de la dictadura precisa pasarse en limpio