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Después de la aprobación en primer turno de la reforma de la previsión en la Cámara, el gobierno Bolsonaro dijo un montón de disparates y volvió a defender la dictadura y los asesinatos y torturas practicados por el régimen militar. Mintió sobre el padre del actual presidente de la Orden de Abogados del Brasil (OAB), Felipe Santa Cruz, bárbaramente ejecutado en los sótanos de la dictadura cuando Felipe tenía solo dos años. Atacó hechos históricos reconocidos, para calumniar a las víctimas de la dictadura y enaltecer a torturadores. Como una provocación más, cambió la Comisión Especial sobre Muertos y Desaparecidos Políticos, poniendo miembros que defienden a torturadores.

Por: Redacción PSTU-Brasil

Además de eso, disparó una leva de ataques a las libertades democráticas y de prensa. Como respuesta al “Vaza Jato” [informaciones filtradas], su ministro de Justicia, Sérgio Moro, bajó un decreto que permite la deportación instantánea de cualquier extranjero que el gobierno reconozca como “peligroso”, sin precisar siquiera justificarlo. El blanco es evidente: el periodista fundador del sitio The Intercept, Glenn Greenwald. Un claro ataque a la libertad de prensa.

Como si eso no bastase, puso en duda las denuncias de los indígenas Wajãpi en Amapá, cuya aldea fue ocupada por garimpeiros [buscadores de oro] armados, y uno de sus líderes fue asesinado a puñaladas. Bolsonaro se dio de hombros y todavía afirmó su intención de liberar el garimpo en las reservas indígenas. Un discurso que sirve de carta blanca al genocidio indígena a favor de las mineras y de los latifundistas.

Dictadura al servicio de la explotación, del sistema capitalista y de los Estados Unidos

El presidente echa mano de un discurso y de medidas contra la libertad de prensa, de criminalización de los movimientos sociales y de incentivo al asesinato de líderes indígenas y quilombolas [descendientes de esclavos liberados], en pro de un proyecto autoritario cuyo objetivo es aumentar la explotación de la clase trabajadora hasta la semiesclavitud y entregar el país a los Estados Unidos.

Y es para ese proyecto oscurantista que el gobierno se levanta no solo contra los movimientos sociales y la prensa sino también contra la educación, la cultura, la ciencia, el arte y el medio ambiente. Ese proyecto es la expresión desnuda y cruel del capitalismo, sistema que vive una profunda decadencia y que cada día se torna más destructivo contra la humanidad y el medio ambiente. Incluso cuando desarrolla tecnología, en lugar de mejorar nuestra vida tenemos más desempleo, más desigualdad y más barbarie. Eso es el capitalismo, un sistema volcado a dar ganancias para un puñado de multimillonarios parásitos que viven de la explotación y de la miseria de la mayoría. Cada vez es más evidente: o acabamos con el capitalismo, o él acaba con la humanidad y el planeta.

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Banqueros y grandes empresarios ganan con la barbarie

Mientras vivimos en el achicamiento y el desempleo, el hambre y la miseria afectan ya a millones en nuestro país, y el lucro de los bancos se dispara. Solo el Itaú tuvo un aumento de 17% en las ganancias y, su presidente, Candido Bracher, tuvo la desfachatez de decir que nunca en su carrera la situación del Brasil fue tan buena. ¿Sabe por qué? Por causa del alto desempleo. “Cuando hay un factor de producción sobrando tanto, significa que podemos crecer sin presiones inflacionarias”, dijo. Lo que él llama “factor de producción” son trabajadores. “Sobrando”, él quiere decir con un pie en la calle, pasando hambre y necesidad. Nuestro desempleo, nuestra miseria y nuestra hambre es ganancia para los banqueros.

El ministro de Economía, Paulo Guedes, defendió a su presidente frente a una platea de empresarios y banqueros, a pesar de sus “malos modos”. Es que incluso a costa de la caída de popularidad del gobierno, su plan económico de guerra social a los trabajadores y al pueblo pobre, de entrega de la soberanía del país, y de desmonte y privatizaciones de los servicios públicos, está caminando.

La reforma de la previsión aprobada en primer turno y el llamado “peine fino” en los beneficios [de los trabajadores] es uno de los mayores ataques al pueblo pobre de este país. La aplicación de la reforma laboral y la precarización del trabajo avanzan sometiendo a los trabajadores a bajísimos salarios, jornadas de trabajo extenuantes, asedios, y todo tipo de opresión. Cuanto más derechos son arrancados, más aumenta el desempleo y la informalidad.

Cuanto más desempleo, hambre y miseria, más lucran los grandes empresarios y los banqueros. Cuanto más la jubilación y la educación pública son destruidas, los servicios públicos desmantelados y las estatales entregadas a los banqueros internacionales, más ricos y felices se quedan los grandes inversores, el 1% de la población que se llena los bolsillos con la crisis. El gobierno corta sumas de dinero de la educación y presenta un proyecto de privatización de la Enseñanza Superior, poniendo las universidades bajo el control de la Bolsa de Valores. Y la ganancia de esta gente no tiene límites: quieren la Petrobras y todo el petróleo, la Amazonia para el garimpo y la cría de ganando y cultivo de soja, incluso si para eso tienen que reventar a los indígenas, a los quilombolas, a los pequeños productores, y destruir la selva.

Ese proyecto de devastación y barbarie capitalista precisa ser derrotado. Pero para derrotarlo es necesario contraponerle un proyecto de los trabajadores, una alternativa socialista a la crisis y al capitalismo. No sirve defender una salida capitalista de “mal menor”, de entrega negociada de derechos, del país, o de reformas neoliberales un poquito más deshidratadas que, de igual forma, entregan derechos.

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Que los capitalistas paguen por la crisis

El Brasil es una de las mayores economías del mundo. Solo tenemos hambre y desempleo porque las riquezas que producimos quedan para media docena de chupasangres banqueros y empresarios. Es necesario, y posible, tener un país en el que todos tengan empleo. Para eso, basta reducir la jornada de trabajo sin disminuir los salarios. Revocar la reforma laboral y garantizar un plan de obras públicas, que resuelva al mismo tiempo el problema del empleo y de la vivienda, del saneamiento básico, y las demás cuestiones que afligen la vida del pueblo y de los trabajadores.

Precisamos incluso de un salario mínimo que la propia Constitución asegura –y que hoy no pasa de una ficción (según cálculo del Dieese debería ser de R$ 4.000)–, y no de un mínimo menor que el salario chino que tenemos. Precisamos de educación y salud gratuitas y de calidad. Jubilaciones dignas para todos. Para eso hay que impedir la reforma de la previsión. Precisamos de reforma agraria y reglamentar las tierras indígenas y quilombolas.

Nada de eso es posible sin suspender el pago de la falsa y mal llamada deuda pública, esa corrupción institucionalizada que drena nuestros recursos para los banqueros. Es preciso también reestatizar las estatales que fueron privatizadas, bajo control de los trabajadores y no de políticos corruptos; estatizar el sistema financiero también bajo control de los trabajadores, y prohibir las remesas de lucros al exterior.

Precisamos luchar para poner a los obreros y el pueblo pobre en el poder, para que gobiernen a través de consejos populares, garanticen una verdadera democracia y una sociedad socialista, igualitaria, justa y fraterna. Una sociedad sin explotación, sin machismo y violencia contra las mujeres, sin racismo, sin LGBTfobia.

Marcha del 12 de julio en Brasilia, contra la reforma de la previsión. Foto: Romerito Pontes.

Derrotar a Bolsonaro y su proyecto económico

La única forma de derrotar este proyecto de guerra social y barbarie de Bolsonaro es a través de la movilización y la organización obrera y popular. Los trabajadores, la juventud, los sectores populares y el pueblo pobre precisan unir sus luchas y banderas. Separar la lucha por la educación de la lucha en defensa de la previsión y por empleos es un grave error. Escurrir el bulto de la movilización contra la previsión y dejar que la reforma sea aprobada en primer turno sin una respuesta y una lucha a la altura fortalece a Bolsonaro y sus ataques a las libertades democráticas. Defender explícitamente la reforma y además la inclusión de Estados y municipios en ella, como han hecho los gobernadores del PT, del PCdoB y de toda la oposición, es atacar a los trabajadores y, consecuentemente, fortalecer a Bolsonaro y su escalada autoritaria.

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No hay dudas de que en la defensa de las libertades democráticas debemos unir en la lucha y en las calles a todo el mundo que esté dispuesto a defenderlas. Pero no podemos dejarnos engañar. No será negociando o siendo flojos frente al conjunto de los ataques del gobierno y del Congreso Nacional (que preparan ahora una reforma tributaria para arrojar todavía más el peso de la crisis sobre las espadas de los trabajadores) que vamos a impedir una escalada autoritaria del gobierno. Ayudar a los de arriba a arrojar la crisis en las espaldas de los trabajadores es ser connivente con el proyecto económico de este gobierno y ayudarlo a fortalecerse.

¡A las calles!

Vamos a derrotar este gobierno Bolsonaro en las calles y en las luchas. Es necesaria una huelga general contra la reforma de la previsión, en defensa de la educación, del empleo y de las libertades democráticas, contra las privatizaciones, por la revocación de la reforma laboral, y en defensa de la Amazonia, de los pueblos indígenas, de los quilombolas, de las mujeres, de los negros y negras, y de las LGBTs. ¡Vamos a tomar las calles! ¡Basta de Bolsonaro, Guedes y Mourão! ¡Dictadura nunca más!

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 1/8/2019.-

Traducción: Natalia Estrada.