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La escalada de la crisis política continúa. El acto organizado por la derecha bolsonarista frente al Palácio do Planalto el domingo 2 de mayo volvió a contar con la participación del presidente, quien hizo un discurso golpista y dijo contar con el apoyo de las Fuerzas Armadas y del pueblo. El pueblo, en este caso, sería la minoría de extrema derecha que va a estos actos muy pequeños, dicho sea de paso, para sostener un autogolpe, pero que resuenan su discurso autoritario.

Por Mariucha Fontana -06/05/2020

La escalada de polarización viene desde el pronunciamiento negacionista de Bolsonaro, en el cual se refirió a la pandemia como una «gripecita”, pasando por las caravanas de la muerte y la renuncia del Ministro de Salud hasta la caída de una de las piernas del trípode que sostenía este gobierno:  Sérgio Moro y la base de la operación Lava Jato. La caída de Moro fue un nuevo momento en este proceso, abriendo una aguda crisis en el gobierno.

Los empresarios más cercanos amenazaron con romper. Hubo especulaciones sobre la salida de Paulo Guedes y el ala militar presentó un plan económico apodado «PAC», en oposición al proyecto Posto Ipiranga.  Los propios militares parecían tambalearse al vislumbrar los daños en la base gubernamental con la salida de Moro.  La crisis ya había obligado al gobierno a valerse de los viejos partidos de centro, conocidos como centrão, y de las negociaciones, buscando una base en el Congreso Nacional para impedir un proceso de impeachment.

Pero, quien tiene la pelota en sus manos ahora es el poder judicial: las investigaciones sobre las noticias falsas y la financiación de actos a favor de la dictadura. Estas parecen estar llegando a los hijos de Bolsonaro y a más de una decena de parlamentarios y empresarios bolsonaristas. Las investigaciones sobre Queiroz y la relación con las milicias también están avanzando. De ahí la prisa por controlar a la Policía Federal.

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Se tambalea, pero no cae

Los días posteriores a la caída de Sergio Moro, el gobierno, más aislado y debilitado, se apoyaba en un nuevo equilibrio inestable para contraatacar.  Manteniendo a Paulo Guedes, trajo a los empresarios de vuelta; los militares lo apoyaron. La oposición de centro-derecha y también la oposición parlamentaria descartaron el impeachment. Bolsonaro duplicó la apuesta: designó a un amigo de su hijo Carlos para dirigir la Policía Federal, pero el Supremo Tribunal Federal suspendió la designación. Entonces él embistió de nuevo.  Asistió a un nuevo acto en defensa de la dictadura, en el que, además del discurso golpista, hubo agresiones de bolsonaristas contra periodistas.

La pandemia y la profunda crisis económica y social son el telón de fondo de la crisis gubernamental. Bolsonaro fue un gobierno frágil y peligroso desde el principio. Frágil porque él y su proyecto no correspondían a la correlación de fuerzas existente.  Peligroso porque tomó una parte importante del aparato estatal, lo militarizó y lo hacía intervenir para cambiar la correlación de fuerzas y el propio régimen. Ya venía con la popularidad en decadencia, viendo patinar las promesas de crecimiento que brotarían del ultraliberalismo de Guedes. Sin embargo, la pandemia y la crisis económica y social le quitaron su punto de apoyo.

El proyecto Paulo Guedes ya no es aplicable a la nueva realidad.  Desesperado por mantenerse competitivo en 2022 o con capacidad para un autogolpe, el capitán cloroquina intenta disputar la narrativa de la catástrofe. No quiere dejar que el país pare, les hace un llamado a todos para que salgan a trabajar y trata de echarle la culpa del desempleo a quien defiende la cuarentena.

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Esta política genocida viene desgastando aún más a Bolsonaro e irritando a la mayoría de la población.  Pero él ha logrado mantener un cierto nivel de apoyo, aunque sea minoritario, compensando la base social que pierde con otro sector sobre la base de la desinformación, con las iglesias neopentecostales, incluso con parte de los que están recibiendo el auxilio emergente de R $ 600 y creen que es una concesión del gobierno.

¿Dónde está la oposición? 

Hay otro elemento importante que sostiene al gobierno: la ausencia de una oposición movilizada. Es evidente que la pandemia limita las acciones. Pero los cacerolazos espontáneos, la oposición mayoritaria y la creciente indignación contra la situación y el gobierno permitirían, aún hoy, una fuerte campaña de masas y acciones coordinadas que exigieran «Fuera ya Bolsonaro y Mourão». Pero no las hay.

Desde el punto de vista de los sectores burgueses de la oposición, la política consiste en garantizar la estabilidad del régimen y la aplicación de medidas que arrojen la mayor parte de la crisis sobre las espaldas de los trabajadores.  Los militares están en la «unidad nacional» y en la canoa del capitán. Parte del Ejecutivo, con los representantes del Congreso, teniendo a los partidos de conciliación de clases y hasta las centrales sindicales como apéndice, buscan una acción unificada.  El 1 de mayo de las principales centrales lo demostró, con invitados como Maia, Alcolumbre, Fernando Henrique Cardoso y Witzel.

Fuera de Bolsonaro y Mourão

¡Tenemos que entrar en campaña para expulsar ya a Bolsonaro y a Mourão! En defensa de nuestras vidas: por cuarentena general, por empleo, ingresos y hospitales para todos.

Traducción: Davis