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El Estado de Israel suministró armas y entrenamiento a los agentes de la dictadura, no solo en el Brasil sino en toda América Latina.

Por: Soraya Misleh

Mientras en el Brasil, el 25 de marzo, el gobierno Bolsonaro convocaba a conmemoraciones por el golpe de 1964 –que después eufemísticamente llamaría de “rememoración”–, los palestinos en Gaza se veían frente a un bombardeo israelí más. El 31 de marzo, día en que se recuerdan los 55 años desde el comienzo del período de excepción, Bolsonaro viajaba para encontrarse con su aliado sionista Benjamin Netanyahu.

Además de repudio vehemente a ambos acontecimientos –la ofensiva israelí que preanuncia una nueva masacre y la apología del golpe– es importante desvendar que Israel y la dictadura en el Brasil tienen conexión histórica. Este es un capítulo todavía oculto en las infelices páginas de nuestra historia.

Es lo que revela el abogado israelí y activista de derechos humanos Eitay Mack en un artículo publicado en el blog+972 Magazine.

Según él, la Embajada de Israel presentó un documento saludando la agilidad en la planificación y implementación del golpe del 1 de abril de 1964. Conforme la visión expresada en el oficio, “lideró, por 24 horas, no solo la caída de Goulart (el presidente del Brasil en la época), sino también la supresión de todos los elementos izquierdistas […] El Brasil está hoy en un estado de transición que puede ser definido como una dictadura militar con un barniz parlamentario”.

Mack relata incluso que poco tiempo después, el 16 de junio de 1965, Aryeh Eshel, director de Asuntos Latinoamericanos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel, escribió que esperaba “que el régimen actual en el Brasil” perdurase. El activista destaca que documentos del mismo órgano en los archivos oficiales sionistas revelan las pretensiones de Israel al apoyar la dictadura.

Además de la venta de armas –los militares brasileños portaban, por ejemplo, subametralladoras Uzi–, “diplomáticos israelíes en el Brasil concentraron sus esfuerzos en la hasbara [relaciones públicas]”. La propaganda localizaba al Estado sionista como socio en la lucha contra el “terrorismo global”. Entre las falsas ideas en esa dirección, la de que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) estaría involucrada en el entrenamiento de grupos guerrilleros en el Brasil.

Israel realizó también “repetidas conversaciones sobre el cambio de la Embajada brasileña a Jerusalén” –como se ve en el momento actual, con Bolsonaro, desde la campaña electoral–.

Otro aspecto oculto, denunciado por Mack en su artículo, es que solo cuatro meses después del golpe militar, el Brasil firmó su primer pacto nuclear con Israel, que enviaba científicos para actuar en territorio nacional. Acuerdos complementarios se firmaron en 1966, 1967 y 1974. En 1975, esa cooperación enfrentó una decadencia, “en parte debido al deseo del régimen brasileño de minimizar sus relaciones con Israel”, lo que habría sido motivado por una “decepción” de la dictadura con “el tipo de asistencia que propusimos, que no era exactamente lo que buscaban”. Su alegación es que el Estado sionista habría filtrado informaciones sobre una tentativa del Brasil de vender equipamiento nuclear y uranio a Irak, siempre conforme Mack.

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Estremecidas las relaciones, en el mismo año Brasil votó a favor de la Resolución 3.379 de la Asamblea General de las Naciones Unidas que consideraba el sionismo como “una forma de racismo y discriminación racial”, la cual fue anulada en 1991.

En telegrama del 28 de mayo de 1975, también de acuerdo con el activista ya citado, el embajador de Israel en la época, observó que “el objetivo del Brasil en sus lazos con los países del Medio Oriente es totalmente pragmático y se concentra en promover los intereses económicos, comerciales y financieros necesarios definidos por el Presidente. Precisan cultivar lazos con los países árabes, especialmente con los productores de petróleo”.

Hay otro punto que merece ser recordado –en el sentido correcto–, en este momento: la causa palestina, por principio, se comulga con todas las luchas por justicia y así fue tratada por aquellos que se enfrentaron con la dictadura cívico-militar en el país y dieron la vida por libertades democráticas. Un símbolo de la lucha internacional contra la explotación y la opresión. Israel, del otro lado, ha sido aliado y ha contribuido históricamente, por su naturaleza colonial y racista, con regímenes autoritarios y sanguinarios. Así, no es de extrañar que quien hace apología del golpe levante su bandera.

Complicidad sin máscaras

Con el gobierno Bolsonaro está amenazado incluso hasta el “pragmatismo” que marca la política externa brasileña. Una separación entre diplomacia e intereses económicos –que en la práctica, lamentablemente, transformó al país en la puerta de entrada de la industria armamentista israelí y el quinto mayor importador de tecnología militar israelí en los últimos 16 años.

La sumisión al imperialismo estadounidense y la complicidad histórica con la ocupación sionista se explicitan y avanzan. El 25 de marzo, Trump reconoció la “soberanía de Israel” sobre las sirias Colinas del Golán, ocupadas militarmente en 1967. Días antes, Bolsonaro se encontró con él en la Casa Blanca. Siguiendo su posición, el gobierno brasileño votó en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU contra el mínimo de condenar las violaciones de derechos humanos en la ocupación del Golán y durante 2018 en Gaza.

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Al servicio de la represión y del genocidio

Bolsonaro promete aún más acuerdos con su aliado sionista. Gobiernos estaduales siguen hoy en la misma dirección: adquieren tecnologías militares israelíes que sirven a la represión, la criminalización de activistas y movimientos sociales y, sobre todo, al genocidio de la población pobre, indígena y negra del Brasil.

Esas tecnologías son testadas sobre los palestinos cotidianamente. Es lo que se vio en los bombardeos masivos a Gaza en 2008-2009, en 2012, en 2014. Es lo que se ve ahora, en los ataques aéreos y en las ofensivas semanales a la estrecha Franja [de Gaza]. También en las cárceles israelíes, en que presos políticos palestinos han sufrido violencia brutal y anunciaron huelga de hambre desde el 1 de abril. O en la expansión colonial que ya dura más de 70 años (desde la Nakba, término árabe que significa catástrofe, en referencia a la creación del Estado de Israel mediante la limpieza étnica planeada para Palestina).

La ocupación da ganancia y se sostiene con la complicidad de gobiernos de todo el mundo: 70% de las tecnologías militares israelíes desarrolladas a partir de testes en las “cobayas” humanas palestinas se destinan a la exportación.

Rechazo desde el Brasil hasta Palestina

Bajo ocupación, los palestinos ya anuncian protestas contra la visita de Bolsonaro. Este llega en un momento muy importante de la resistencia: hace un año tuvo inicio la Gran Marcha del Retorno en Gaza, el 30 de marzo. La fecha simboliza el Día de la Tierra para los palestinos y es recordada mundialmente desde una masacre israelí en Galilea, en 1976, cuando los habitantes –que integran la minoría de los que restaron en los antiguos territorios de 1948– protestaban contra la expansión colonial y la anexión de tierras. La represión fue violenta, alcanzado de forma indiscriminada a hombres, mujeres y niños. Como resultado, seis palestinos fueron asesinados y centenas de ellos quedaron heridos o fueron presos.

La Gran Marcha del Retorno en Gaza ocurre todos los viernes, semanalmente. Reivindica el fin del cerco deshumano a la estrecha Franja, que ya dura 12 años, y el retorno a sus tierras de los millones de refugiados. Las manifestaciones son reprimidas violentamente por Israel. El saldo hasta el momento es de más de 250 muertos y 25.000 heridos.

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Para este 30 de marzo, los palestinos convocaron a millones a nuevas protestas. Israel, además de los bombardeos de esta semana, posicionó fuerzas militares a lo largo de la barrera impuesta a Gaza, en preparación a lo que se preanuncia como una nueva masacre, en las vísperas de las elecciones sionistas –que, como una broma de mal gusto, ocurrirán el 9 de abril, día en que se recuerda la masacre en la aldea palestina de Deir Yassin en 1948, una de las más conocidas durante la Nakba.

La ministro de Justicia y candidata Ayelet Shaked, sin ningún empacho, chocó al mundo al hacer apología del fascismo. Mientras el sionismo de izquierda promovió y organizó a lo largo de la historia la limpieza étnica pero siempre buscó una retórica más agradable al mundo, la ultraderecha es explícita. Así como Bolsonaro.

El Día de la Tierra debe servir como denuncia y llamado a la campaña central de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) a Israel, en todo el mundo. En el Brasil hubo actividades para destacar esa fecha. En la capital paulista [San Pablo] la protesta se sumó al clamor de los que viven bajo ocupación: Bolsonaro e Israel no, Palestina libre sí.

En solidaridad y en honor a la memoria de los que lucharon contra la dictadura, de aquellos torturados y asesinados también con la complicidad sionista, abrazar esa causa de la humanidad es cuestión de principio.

Artículo publicado originalmente en: https://www.cartacapital.com.br/mundo/bolsonaro-israel-e-a-ditadura-no-brasil/

Traducción: Natalia Estrada.