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Este 27 de enero se cumplen 75 años de la liberación del campo de concentración nazista de Auschwitz en Polonia, en el que 1,3 millones de judíos fueron muertos, en una de las mayores atrocidades que la humanidad ya conoció. En las vísperas, el abominable episodio que causó el despido de Roberto Alvim, entonces secretario de Cultura del gobierno Bolsonaro, el día 17, culminó con una merecida repulsión. No obstante, también resucitó distorsiones, alimentando así la desinformación. Entre ellas, que críticos del Estado de Israel serían hipócritas al condenar la intervención de Alvim, poniendo un signo igual entre antisionismo y antisemitismo. Nada más falso.

Por: Josef Weil y Soraya Misleh

Esos debates acompañan otra distorsión: la de que Alvim actuó por su propia cuenta. Hace casi una semana que Bolsonaro busca disociarse del cadáver maloliente que es resultado de su creación. En esa búsqueda, frente a la justa repercusión negativa, suspendió el edicto para el “Premio Nacional de las Artes”, anunciado por Alvim en el video en que muestra el teatro de horrores de la política cultural de Bolsonaro, al plagiar al ministro de la propaganda nazista, Goebbels.

Como varios articulistas apuntaron, el entonces secretario no cayó porque Bolsonaro quedó horrorizado con su performance. En realidad, la postura de Alvim le venía rindiendo elogios, como ocurriera poco antes de que el célebre video venga a público. Incluso, como fue ampliamente informado, Bolsonaro llegó a dudar si exonerar al pupilo de Olavo de Carvalho, que tan bien venía representándolo en su imaginaria guerra cultural; basta recordar que fue nombrado secretario el 7 de noviembre último, luego de impresionar a Bolsonaro al proferir insultos contra la actriz Fernanda Montenegro, que protestaba contra la censura, a finales de setiembre de 2019.

También, según la prensa, la presión de la representación sionista en el Brasil, con sus distintas organizaciones y diplomacia, habría sido crucial para la decisión de despedir a Alvim. El propio Bolsonaro habría declarado que fue movido por el “amor a Israel”, y ahora puso como sustituta en la Secretaría de Cultura a la actriz Regina Duarte. Esta visitó Jerusalén, Palestina ocupada, a finales de noviembre de 2018, por invitación de la pastora minera Jane Silva, presidente de la Comunidad Internacional Brasil-Israel. En ocasión de su viaje, en entrevista a la Folha de S. Paulo publicada el 29 del mismo mes, afirmó, sobre la eventual transferencia de la Embajada brasileña a Jerusalén: “Creo que eso es una cuestión de justicia, una cuestión innegable, irreversible. Creo que demoró, como dicen los jóvenes. ¡Demoró! Es hora de cumplir eso. Hace parte de todo lo que es bíblico, de todas las cosas en las cuales el mundo cree hace milenios y espera”.

La intervención inadmisible de Alvim levantó dudas sobre la incoherencia de que un gobierno aliado del sionismo haya nombrado a alguien que utiliza la ideología nazista como referencia al arte nacionalista –y tal vez poner en su lugar a alguien que hizo esa declaración reveladora de enorme desconocimiento sirva para limpiar la situación junto a los aliados de Bolsonaro. Respecto de eso, como apunta el periodista Jorge Mendoza en artículo “¿Es contradictorio que Bolsonaro apoye a Israel y haya nombrado a Roberto Alvim?”, la cuestionada incoherencia es solo aparente. La confusión está justificada: al final, Israel, que comete atrocidades contra palestinos hace 72 años, se autoproclama un Estado judío y portavoz de esa comunidad en el mundo.

¿Qué es el nazismo?

Antes de profundizar esas cuestiones, cabe explicar brevemente qué es el nazismo. No es “un movimiento de izquierda”, como Bolsonaro y sus secuaces quieren hacer creer –distorsión que no quedó afuera en los comentarios ante el caso Alvim–. El argumento rastrero se apoya en la nomenclatura usada en la época: Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes. Como apunta el periodista Jeferson Choma en su artículo “Nazismo: la cara de la extrema derecha negada por Bolsonaro”, publicado originalmente en el sitio del PSTU del Brasil, “el término Nazi es una abreviación en alemán del término nationalsozialist (nacional socialista). Este fue utilizado, así como el término ‘trabajadores’ (Arbeiter”) como un medio para atraer a la clase trabajadora para lejos del Partido Comunista Alemán (Kommunistische) y del Partido Socialdemócrata (Sozialdemokratische), en la época los dos más importantes partidos obreros de Europa occidental. Pero eso no significa que los Nazis eran de izquierda o pretendían construir un partido obrero más. Todo el programa y la ideología nazista eran profundamente antiobreros y anticomunistas o antisocialistas”.

El nazismo y el fascismo nacieron hacia el final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El primero en tomar el poder fue el italiano, con Mussolini como dirigente. Fruto de la desesperación con la situación de destrucción y miseria después de la guerra, y luego de la derrota de varios procesos revolucionarios, los fascistas surgen para servir como destacamentos del capital para imponer por la fuerza la sumisión a su proyecto. En el caso de Alemania, la derrota de la revolución de 1919, así como la de 1923, abren espacio para el surgimiento de un movimiento análogo al fascismo italiano[1]. El fascismo (incluimos el nazismo en esta definición) implica la derrota de la revolución y la destrucción de toda organización de la clase obrera con métodos de guerra civil. O sea, utilizando escuadrones armados y, una vez en el gobierno, el propio aparato de Estado, a servicio de la prisión, la tortura y el asesinato de millares de trabajadores, lo que sea necesario para golpear al movimiento obrero. Pero siendo este su objetivo central, implica también la destrucción de las instituciones de la democracia burguesa y la instauración de un régimen cualitativamente diferente, totalitario, sin ninguna libertad de expresión y organización para las oposiciones ni para los sectores sociales ni la juventud. En fin, en ese régimen, todos lo que quieran participar de alguna forma en la vida social tienen que entrar en las organizaciones afiliadas al partido fascista o nazista.

El partido nazista fue fundado en la huella de la derrota de la revolución de 1918-1919. Ese último año, Adolf Hitler –como señala Choma en su artículo, “un ex combatiente de la Primera Guerra que realizaba discursos en una cervecería de Munich, cargados de nacionalismo racista, antisemita y de odio por el comunismo. (…). En 1921, el partido crea la SA (Sturnmabteilung, ‘división tempestad’ en la traducción), una milicia paramilitar que realizaba ataques violentos a otros partidos y sindicatos. Esa es una de las características más importantes de las organizaciones nazifascistas”.

Los nazistas tuvieron una característica particular en el espectro de los movimientos fascistas: además de destruir las organizaciones de la clase trabajadora, perseguían la pureza racial aria, en nombre del “renacimiento de la patria alemana”. Para ese “rescate” había que eliminar a comunistas, socialistas, judíos, gitanos, homosexuales, etc., para que el pueblo alemán, “ario y trabajador”, regenerase el país y restaurase la gloria de Alemania. De ahí sus teorías sobre “sangre pura”, “pureza de raza”, y la exaltación de la patria y del orden como el camino para eso. Fue esa la base doctrinaria del régimen que acabó por llevar a los campos de concentración a millones de judíos, gitanos, LGBTs, socialistas, comunistas, y demás opositores políticos.

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Ante la crisis económica mundial de 1929, el nazismo alemán, así como el fascismo italiano, se presentó como “respuesta” de la ultraderecha. Hitler llega al poder en 1933. El proyecto nazifascista avanza poco a poco, hasta la invasión de Polonia por Hitler en 1939 –lo que desencadenará la Segunda Guerra Mundial, hasta 1945–. Como expresión de su doctrina, el régimen nazista aplica la “solución final” y, así, llega a la barbarie del genocidio, del asesinato en masa en los campos de concentración.

Aquí es importante destacar que la barbarie nazista fue aplicada con la participación o colaboración de las grandes empresas capitalistas alemanas e incluso norteamericanas, tales como Volkswagen, la Siemens, que utilizaron mano de obra esclava de los prisioneros en los campos de concentración, y la IBM de los Estados Unidos, que proveyó la tecnología para planificar esos lugares. O sea, la barbarie no era simplemente una posición de un “loco”. Contó con el apoyo de los monopolios imperialistas.

La extrema derecha en el Brasil

Bolsonaro y Alvim, en su “guerra cultural” y combate al imaginario “marxismo cultural”, también se apoyan en el ideario dicho patriótico de un nacionalismo que entablaría lucha contra enemigos internos. Por eso, en nombre de la supuesta “batalla contra el comunismo”, Bolsonaro no se avergüenza en homenajear al dictador chileno Pinochet o al paraguayo Stroessner, que tuvieron relaciones de colaboración directa con los nazistas alemanes que huyeron después de la Segunda Guerra Mundial y se escondieron en esos países[1].

En el caso de la Colonia Dignidad en Chile, ya fueron recuperados los archivos que revelan detalles numerosos, confirman operaciones en el interior del local y atrocidades y la colaboración estrecha con la Dina (policía secreta de la dictadura de Pinochet), que recibió el apoyo técnico en construcciones subterráneas y comunicaciones de los líderes de esa colonia fundada en 1961 por nazistas exilados. Era una comunidad agraria de alemanes fundada por un ex militar nazi, Paul Schäfer. Allá, durante décadas, mediante aislamiento y adoctrinamiento, se crearon “robots” humanos; se abusó sexualmente de decenas de adolescentes y niños; y en su hospital se administraron psicofármacos ilegales y choques eléctricos. Ese criminal nazista actuó durante la dictadura de Pinochet, ayudando al régimen de extrema derecha a reprimir y asesinar a los opositores. La Colonia Dignidad sirvió como un centro clandestino de detención y tortura luego del golpe del general Augusto Pinochet contra Salvador Allende, en 1973.

En cuanto a Stroessner, al que Bolsonaro llamó “estadista” y “hombre de visión” en ocasión de la reunión en el Paraguay con el actual presidente Mario Abdo, su cruel dictadura acogió y sirvió de refugio al médico y criminal de guerra nazi Josef Mengele, buscado en el mundo entero por sus crímenes en Auschwitz y que, gracias a sus amigos en la extrema derecha sudamericana y en Alemania, jamás fue castigado en vida.

El sionismo y sus aliados

La prensa viene dando informaciones sobre que Israel presionó a Bolsonaro para despedir a Alvim, y posiblemente sea verdad, por las estrechas relaciones entre ambos. Pero, a partir de ese hecho, intenta pasar la idea de que Israel lucha contra la discriminación racial o es defensor de la democracia y de la libertad de los pueblos. En realidad, Israel solo se posicionó porque el nazismo está públicamente identificado con el antisemitismo, con el genocidio practicado en la Segunda Guerra. Y con la performance de Roberto Alvim explícitamente citando a Goebbels, se hizo insostenible mantener a ese personaje, pues era por demás revelador (o “bizarro”, como declaró el ministro Sérgio Moro).

Pero, ¿qué impide que esa postura sea consistente, qué hace que sea hipócrita? La cuestión es que el sionismo es un proyecto político colonial que tiene en su génesis el racismo. Surgido a finales del siglo XIX, visaba la creación de un Estado homogéneo étnicamente.

El término sionismo fue acuñado en 1882 por el judío vienés Nathan Birnbaum (1864-1937). Él afirmaba, como consta en el libro del historiador israelí Shlomo Sand, titulado La invención del pueblo judío, que “solo las ciencias naturales pueden explicar la especificidad intelectual y afectiva de un pueblo en particular (…) Las diferencias de razas están en el origen de la multiplicidad de las variedades nacionales. Es por cuenta de la oposición entre las razas que el alemán y el eslavo piensan y sienten de forma diferente que el judío”.

Esa idea servirá al sionismo, como escribe el historiador israelí Ilan Pappé, para secularizar y nacionalizar el judaísmo. El objetivo era utilizar la apelación religiosa para fortalecer el movimiento político que, posteriormente, se expandiría con el padre del sionismo político moderno, Theodor Herzl (1860-1904). En 1896, él publica El Estado judío, en el que profiere sentencia: para librarse del antisemitismo en el mundo, la única solución sería que los judíos vivieran en su propio Estado. En ese libro plantea la cuestión: “¿Debemos preferir Palestina o la Argentina?” Al año siguiente ocurre el I Congreso Sionista en Basilea, Suiza, que reúne 200 delegados y decide por Palestina. En aquella tierra, entonces, solo 6% de la población era judía. A la colonización, por lo tanto, le sería necesaria la conquista de la tierra y del trabajo mediante “transferencia poblacional” (de los nativos hacia fuera de Palestina y de judíos de Europa del Este y Central hacia adentro). Un eufemismo para limpieza étnica.

El sionismo siempre tuvo, según el historiador Avi Shlaim explica en La muralla de hierro, el presupuesto “no declarado” y de sus sucesores de que el movimiento alcanzaría su objetivo “no a través de un entendimiento con los palestinos locales sino por medio de una alianza con la gran potencia dominante del momento”. En esa línea, en 1904 Herzl llega a reunirse con el jefe de la policía secreta de zar y de los pogromos en Rusia, von Plehve, como escribe el escritor trotskista Lenni Brenner en La muralla de hierro – Revisionismo sionista de Jabotinsky a Shamir. Allí inauguraba la tradición política sionista de converger su programa con el antisemitismo, según escribe el marxista francés Maxime Rodinson en Israel: ¿La Colonial-Settler State? (en traducción libre: Israel: ¿un Estado colonial de poblamiento?)

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En el encuentro con von Plehve, el compromiso fue de que a cambio de apoyo, el sionismo no antagonizaría con la monarquía absolutista rusa. “Ayúdeme a alcanzar la tierra más temprano y la revuelta acabará. Y entonces la desaparición de los socialistas”, declaró Herzl en la ocasión. Él y Plehve intercambiaron cartas, convalidando tal acuerdo. Más: el sionismo tenía el compromiso de intentar apartar a judíos de la organización y de las ideas revolucionarias. Estos eran alrededor de 4,5% de la población en la Rusia oprimida por el zarismo y, frente a las persecuciones, naturalmente se aproximaban de la lucha de todo el pueblo por su libertad, y eran atraídos por la causa socialista. No por casualidad, varios dirigentes revolucionarios eran de origen judaico, como Trotsky, Rosa Luxemburgo (nacida en Polonia, también dominada por el zar), Sverdlov, Zinoviev, y muchos otros.

Para intentar evitar la adhesión de los militantes judíos a la lucha en Rusia –que en octubre de 1917 culminaría en la primera revolución socialista victoriosa–, los sionistas intentaban convencerlos a abandonar el movimiento, con la mentira de que el socialismo estaría reservado al futuro Estado judío. Conforme Brenner, en realidad “el antisocialismo era parte integrante de su estrategia diplomática”.

Luego de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Palestina, hasta entonces bajo dominio del derrotado Imperio Otomano, queda bajo mandato británico. Hacía tiempo, importantes dirigentes de la burguesía británica, como Lord Shaftesbury y Palmerston, pensaban apoyarse en los judíos para poner un pie en la región[2]. Así, la dirección sionista encontrará en Gran Bretaña el socio que le permitirá dar un salto en su proyecto colonial. La Declaración Balfour, el 2 de noviembre de 1917, en la que Inglaterra se declara favorable a la constitución de un lar nacional judío en Palestina, es un marco en ese sentido. A partir de ahí, el futuro del sionismo estaría asociado directamente a las pretensiones imperiales de Inglaterra y sus aliados.

Pero, tal vez lo más chocante de esta larga historia, también según el escritor trotskista Brenner, sean los acuerdos hechos por la Federación Sionista Alemana con el nazismo. Entre ellos, el de Há’avarah en 1933, que, como explica el periodista Jorge Mendoza en su artículo, “frente a la persecución, establecía criterios que favoreciesen la emigración de judíos para Palestina a cambio de importaciones de la Alemania nazi”. O sea, los dirigentes sionistas se valieron de la persecución nazi para fortalecer el proyecto de colonización racista de Palestina. El acuerdo perduró hasta 1938. Brenner observa en su obra un hecho triste: que el sionismo internacional –al concordar con la Federación Alemana– perforaba así el boicot mundial a productos nazis. Nazismo y sionismo, afirma él, tenían intereses que convergían: uno quería eliminar cualquier vestigio de judíos en Alemania; el otro precisaba de ellos para la colonización en Palestina. Ambos utilizaron el antisemitismo para sus propósitos.

Otro ejemplo relatado por historiadores: muchos judíos, ante el genocidio nazi, tenían como pretensión el refugio en los Estados Unidos. Pero la política criminal de Estados Unidos fue cerrar sus fronteras durante la guerra y después, y eso fue apoyado por la dirección sionista debido a un objetivo: obligar a los refugiados y los navíos que llevaban a esa población maltratada y perseguida a aportar en Palestina –muchos que llegaron allá, al inicio, no tenían idea de que serían utilizados para servir al proyecto colonial. Y en julio de 1947, la deportación por los británicos del navío Exodus, que llegaba a Palestina con 4.500 refugiados judíos, obligándolos a retornar a Alemania, escandalizó al mundo. El paso siguiente es la recomendación de división de Palestina por la recién creada Organización de la Naciones Unidas (ONU), en asamblea presidida por el brasileño Osvaldo Aranha, el 29 de noviembre de 1947, en un Estado judío y uno árabe, o sea, delegando a un colonizador prácticamente la mitad de Palestina, sin consultar con los habitantes nativos.

El nazismo fue derrotado al final de la Segunda Guerra Mundial. Fue una gran victoria de los trabajadores y de los pueblos del mundo entero contra la barbarie. El sionismo salió fortalecido; consiguió atraer la simpatía de la opinión pública mundial y sigue sin ahorrar en la instrumentalización del arte como propaganda para sus fines, como muestra el artículo de Mendoza. Propaganda y tecnología militar están entre las grandes inversiones de Israel aún hoy. El diario israelí Haaretz, el 26 de setiembre de 2001, con el entonces presidente del Consejo Representativo de las Instituciones Judaicas de Francia (Crif), Roger Cukierman, llegó a hacer un tenebrosa afirmación, al estilo Alvim: “Cuando Sharon [Ariel Sharon, dirigente sionista apodado no en vano de ‘Carnicero’] vino a Francia, le dije que él debía crear inmediatamente un Ministerio de Propaganda, como Goebbels”.

El sionismo, con el aval de la comunidad internacional, el imperialismo y el estalinismo, llevó a cabo los planes de limpieza étnica que comenzó a trazar en los años 1940. El resultado fue la creación del Estado racista de Israel en 78% del territorio como homogéneo étnicamente el 15 de mayo de 1948; la Nakba (catástrofe) para los palestinos, en la que 800.000 fueron expulsados (2/3 de la población nativa) y cerca de 500 aldeas fueron destruidas. Historiadores comprueban masacres en como mínimo 31 aldeas. En 1967, Israel ocupó el resto (Cisjordania, Gaza y Jerusalén Oriental), lo que resultó en la expulsión de aproximadamente otros 300.000 palestinos.

La expansión colonial continúa. Deshumanización, racismo, apartheid, limpieza étnica son parte de la realidad de los palestinos bajo el yugo del sionismo. Gaza, por ejemplo, enfrenta una dramática crisis humanitaria. Y cinco millones de refugiados viven en campamentos en la región, impedidos de retornar a sus tierras. Ese es el aliado de Bolsonaro, bajo el manto de la representación religiosa.

¿Cuál fue el otro país que implantó ese modelo de racismo y apartheid? África del Sur, donde una minoría de colonos blancos, los afrikáners, fuertemente armados contra la mayoría negra, violó durante décadas todas las leyes internacionales, sufriendo por eso un boicot activo que ayudó en mucho a derrotar ese régimen en los años 1990 –movimiento que inspira la principal campaña de solidaridad internacional con el pueblo palestino, denominada BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) a Israel–.

En África del Sur durante el apartheid, coherente con la defensa de la supremacía blanca y en considerar a los negros una raza inferior, siempre hubo simpatía del nazismo por ese régimen. Su política fue la de atacar cualquier intento de liberación de los demás países africanos de las potencias imperialistas, como en Angola, Mozambique, Congo, etc., así como de sostener la república racista de Rhodesia contra la población negra discriminada.

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Israel y África del Sur fueron aliados constantes; a final, ambos eran Estados coloniales y racistas, y puntos de apoyo del imperialismo contra la liberación de los demás pueblos de la región.

Cuando se analizan el racismo y las violaciones a los derechos humanos, por lo tanto, no parece incoherente flirtear con el nazismo y ser socio del sionismo. Vale recordar que Bolsonaro se eligió con votos de la “derecha” sionista. En discurso de campaña en el Club Hebraica de Rio de Janeiro, en abril de 2017, llegó a ser aplaudido y a arrancar risas de la platea formada por cerca de 300 personas por sus declaraciones racistas, como la de que había visitado un quilombo [refugio de esclavos libertos y sus descendientes] y que el “afrodescendiente más leve allá pesaba tres arrobas. No hacen nada. Yo creo que ni para procrear sirve más”. También expuso su xenofobia, al decir que el Brasil no podía abrir las puertas a todos el mundo (refugiados). Muy semejante a los discursos y acciones racistas de sus aliados Trump, de Estados Unidos, que dice que los mexicanos y los latinos que intentan entrar “son criminales”; y Salvini, de Italia, que dice lo mismo contra los inmigrantes árabes y africanos; y Netanyahu, sobre los palestinos.

Es verdad que la llamada “izquierda” sionista siempre se presenta como oposición a Bolsonaro. Todavía, como demuestra la Red Internacional de Judíos Antisionistas en reseña sobre la publicación Falsos profetas de la paz, de Tikva Honig-Parnass, históricamente esa “izquierda” estuvo tan alineada con el proyecto de colonización de Palestina como la derecha. “Como ese libro muestra, desde antes de la fundación del Estado de Israel, la izquierda sionista habló demasiadas veces la lengua del universalismo, mientras ayudaba a crear y mantener sistemas jurídicos, gobiernos, y el aparato militar que permitieron la colonización de tierras palestinas”.

Nunca más para nadie

Pero el sionismo ya comienza a tener un cuestionamiento creciente no solo entre los pueblos árabes y demás, sino entre los judíos –como muestran movimientos de repudio al sionismo en todo el mundo, incluso en los Estados Unidos, como la red Jewish Voice for Peace (Voces Judías por la Paz), que apoya el BDS contra la colonización y el apartheid sionistas. La posición coherente es repudiar vehementemente tanto la apología al nazismo como al sionismo –lo que no tiene nada que ver con ser antisemita–. Ese es un chantaje utilizado por Israel para silenciar a sus críticos.

En la tarde del 17 de enero, entre los asuntos más comentados de Twitter en el Brasil, aparecía la palabra Israel (114.000 twittes), al lado de cultura (298.000), Alvim (215.000) y nazismo (119.000). El comentarista deportivo Milton Neves es uno de los que expone este tipo de desinformación y confusión entre antisionismo y antisemitismo: “Secretario merecidamente despedido luego de referencia abominable y asquerosa al maldito nazismo. Es bueno ver que todos apoyan al pueblo judío y nunca más van a decir la estupidez de que el Estado de Israel no merece existir ni a quemar banderas de Israel en los tales ‘actos’. Viva la comunidad judaica”.

Quien explica la esdrújula asociación es el periodista francés Dennis Sieffert en artículo publicado en el libro Antisemitismo, el intolerable chantaje: “Para convencer que la crítica dirigida a Israel es un acto antisemita no es preciso solo identificar el judaísmo con Israel, es preciso también, hacer del Estado judaico la nueva representación metafórica exclusiva del judío”.

Es lo que hace Neves en su post, intentando asociar la justa protesta y acto simbólico de quema de la bandera que representa la colonización sionista con un supuesto antisemitismo. Desconoce incluso que la defensa de una Palestina única, laica, libre, democrática, no racista, con el retorno de los millones de refugiados a sus tierras y derechos iguales para todos los que quieran vivir en paz, es la única solución justa para la totalidad de la población que sufre con el apartheid y la colonización. El fin del Estado racista de Israel no significa la mentira de arrojar judíos al mar, sino derrotar el proyecto sionista.

Titulada “Nunca más para nadie”, la carta firmada por más de 250 sobrevivientes judíos y descendientes de víctimas del genocidio nazi, en agosto de 2014, durante la masacre de Israel en Gaza, y publicada en el New York Times y difundida por la Red Internacional de Judíos Antisionistas, da la respuesta: “Nunca más para nadie desafía el uso indebido del genocidio nazi de judíos (‘El Holocausto’) para fines políticos. A hacer excepción del genocidio nazi, los judíos europeos son separados de las víctimas y sobrevivientes de este y otros genocidios, en lugar de unirse a ellos. La explotación sionista de ese genocidio para justificar la colonización, el desplazamiento y el apartheid en Palestina es una deshonra para los que sobrevivieron y para los que no sobrevivieron. El refrán ‘Nunca más’ debe significar ‘¡Nunca más, para nadie!’”.

[1] Los secretos de la colonia alemana que unió nazismo, abuso sexual de niños y tortura, en nombre de Pinochet. BBC News, 12/9/2016.

[2] Al final, Inglaterra apoyó a Cecil Rhodes en una empresa colonizadora en el África negra, poniendo a blancos para dominar e imponiendo a los negros de esa región un régimen de apartheid y la pérdida de cualquier derecho. Esos colonos fundaron más tarde Rhodesia (1964-1979), y solo después de un duro combate fueron derrotados, lo que dio origen al actual Zimbabwe.

Josef Weil es de origen judaico. Parte de su familia despareció durante la ocupación nazi de Europa oriental.

Soraya Misleh es periodista palestina-brasileña y una parte de su familia fue expulsada de sus tierras en la Nakba. Aún hoy sufren la colonización y la ocupación sionistas.

Traducción: Natalia Estrada.