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En la más de una década que nos separan de la revolución del 19 y 20 de diciembre de 2001, el gobierno y el conjunto de la burguesía intentaron borrar o distorsionar de nuestra memoria histórica este hito en la lucha de los trabajadores y el pueblo argentino.

Y para muchos de los jóvenes que hoy están al frente de las luchas es un proceso desconocido en toda su dimensión. Recuperar esa memoria histórica, analizar y sacar conclusiones de ese proceso es fundamental para prepararnos para las peleas que vienen.

Una ola latinoamericana

Diciembre de 2001 no fue un “producto auténticamente argentino” sino que formó parte de un estallido de movilizaciones de masas y revoluciones que recorrió gran parte de Latinoamérica. En Ecuador, Bolivia, Venezuela, entre otros, se desarrollaron luchas importantísimas, con huelgas, movilizaciones, caídas de presidentes y hasta alguna toma del poder por algunas horas.

Todos estos procesos fueron la respuesta de los trabajadores y las masas de parte importante de nuestra América Latina al proceso de recolonización y saqueo cada vez más intenso por parte del imperialismo yanqui y los gobiernos títeres, que atacaban día a día las condiciones de vida y acrecentaban la miseria, teniendo como punto de culminación pretendida la instalación del Área de Libre Comercio Americano (ALCA), un salto muy importante en la recolonización, que fue derrotado por los procesos revolucionarios. De este contexto continental es que forma parte el Argentinazo.

¿Qué pasó en el Argentinazo?

Lo que sucedió en diciembre de 2001 no se gestó de un día para el otro, y el proceso fue creciendo de la periferia al centro. Las privatizaciones de los gobiernos de Menem, la política de convertibilidad, las “relaciones carnales” con los EEUU, fueron acrecentando la desocupación, la flexibilización laboral, la miseria y el hambre al límite de lo soportable, afectando no sólo a los sectores más empobrecidos y de trabajadores sino también a la clase media.

Ya en la segunda mitad de los ’90 aparecían procesos en las provincias, como el santiagueñazo [Santiago del Estero], los piqueteros de Cutral-Có [Neuquén] y Tartagal [Salta], y con ellos la represión y los muertos.

Conforme pasaban los años la situación se hacia cada vez más insostenible y obligaba a la burocracia sindical a convocar a huelgas generales, la última de ellas tan solo 6 días antes del gran estallido; el intento de arancelamiento de las universidades nacionales fue tirado abajo por movilizaciones sumamente masivas que obligaron al ministro de Economía de De la Rúa a renunciar.

El robo de los ahorros a partir del “corralito” y la declaración del Estado de Sitio, fueron “la gota que rebalsó el vaso” que se venía llenando hacía años. El 19 de diciembre había varias movilizaciones y comenzaban los saqueos; la declaración del estado de sitio en horas de la tarde fue la llama que faltaba para encender la mecha y las masas comenzaron a salir espontáneamente en todo el país con cacerolas en las manos, exigiendo la ida de De laRúa y de Cavallo.

Ya por la madrugada, la represiónse anota el primer muerto de esta revolución, que al día siguiente la enfrentó en forma permanente en las inmediaciones de Plaza de Mayo y en muchísimas ciudades del país. Diez horas de enfrentamiento permanente y tres decenas de muertos hicieron falta para lograr el primer triunfo: la huida de De la Rúa de la Casa Rosada, en helicóptero.

El proceso continuó y tiró en tan sólo una semana a cinco presidentes, las movilizaciones masivas continuaron y los piquetes y cacerolas fueron una constante en aquel verano de 2002. En ese momento, todo se puso en cuestión: las instituciones del régimen, los políticos, el parlamento, la policía, etc. no tenían ningún tipo de respeto, el odio anti-yanqui crecía y también las nuevas formas de organización: las organizaciones piqueteras y las asambleas populares, que no pudieron desarrollarse y se fueron dispersando gracias a la actuación aparatista y sectaria de los entonces partidos mas grandes de la izquierda: PO y MST.

El gobierno de Duhalde intenta estabilizar, pero con el asesinato de Maxi y Darío[1], en junio de 2002, la bronca popular vuelve a estallar y se ve obligado a convocar a elecciones.

Así, en medio de una gran inestabilidad, en mayo de 2003 asume Néstor Kirchner, candidato de un sector del Partido Justicialista.

El desvío K del proceso

Como mencionamos anteriormente, el gobierno de Kirchner sube con el objetivo de frenar el proceso revolucionario, pues el imperialismo y la burguesía no podían permitir que este se desarrollara. Así, como ya se había demostrado que con represión dura no iba a funcionar y la nueva situación económica lo permitía, Kirchner comenzó a dar concesiones tanto en el terreno económico como en el de derechos humanos, entre otros, para “normalizar el país”. Es así que lo conquistado por los trabajadores y sectores oprimidos en la década K fue producto de ese Argentinazo, que, por supuesto, hoy el gobierno intenta borrar o distorsionar.

¿Por qué fue una revolución?

Quizá muchos compañeros se pregunten si no es exagerado hablar de revolución ante estos hechos y prefieren llamarlo estallido o rebelión, ya que no se instauró un gobierno socialista de los trabajadores ni nada parecido.

Esto es abonado por la postura de la mayoría de la izquierda, que se niega a reconocer como revolución cualquier proceso que no culmine en un gobierno obrero y socialista, y, coherente con eso, en pleno 2001 levantó consignas de salida dentro del propio régimen democrático burgués.

¿Qué es una revolución? Si tomamos una definición sencilla podemos decir que una revolución es un cambio brusco o radical. En términos de Trotsky podemos decir que es “la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.”

¿No es acaso eso lo que aconteció en diciembre de 2001? Nosotros somos categóricos: 2001 fue una revolución que marcó un antes y un después en nuestro país; quien no ve eso y explica ese episodio como un acontecimiento más o como obra de enfrentamientos de la burguesía sin participación real de las masas, puede terminar creyendo que las concesiones que se vio obligado a dar Kirchner para estabilizar el país (al igual que Chávez, Evo, etc., en sus respectivos países) fueron producto de la buena voluntad de estos gobiernos y no de su necesidad de frenar estos procesos revolucionarios en curso.

El Argentinazo no logró derrotar a la burguesía y fundar una nueva sociedad, pero sí frenar el plan imperialista tal como lo tenían pensado, y arrancarle conquistas históricas al gobierno que, por ejemplo, se vio obligado a dejar de pagar la deuda externa hasta 2007.

Por un nuevo Argentinazo conducido por los trabajadores

Con la crisis mundial sintiéndose cada vez más, cada día es más evidente la verdadera cara del proyecto kirchnerista y a favor de quién gobierna. Sus políticas son cada vez más amables con el imperialismo y los empresarios y más duras con los trabajadores.

Nosotros, que ya demostramos la fuerza de nuestros estallidos, nuevamente vamos a ofrecer resistencia contra los planes de ajuste que nos quieren imponer y por eso tenemos que prepararnos para peleas cada vez más duras.

Pero, ¿cómo hacemos para que a nuestras revoluciones no nos las arrebate nuevamente la burguesía? Es necesario sacar conclusiones de los límites de la experiencia de 2001: podemos luchar mucho, hacer acciones heroicas, poner muchos mártires en nuestra luchas, poner en jaque a la burguesía, pero si en ese proceso no tenemos una dirección revolucionaria que conduzca nuestra pelea hacia un cambio de fondo, hacia un gobierno de los trabajadores que se proponga la construcción de una nueva sociedad sin explotadores y explotados, a la larga o a la corta, nuestras luchas y esfuerzos nos serán arrebatados.

Es en esa ardua pero necesaria tarea que desde el PSTU y la LIT ponemos todos nuestros esfuerzos e invitamos a todos los trabajadores a hacerlo con nosotros.

Nota de edición:

[1] Maximiliano Kosteki (21 años) y Darío Santillán (22 años) pertenecían al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) y fueron asesinados en lo que se conoció como la “masacre de Avellaneda”, en la estación del ese nombre, en el Gran Buenos Aires, el 26 de junio de 2002. Varios de los autores físicos del asesinato fueron condenados a cadena perpetua, no así los autores intelectuales del hecho, que ordenaron la represión a la movilización que reclamaba alimentos para los comedores populares.

Artículo publicado en Avanzada Socialista n.° 81, 10 de diciembre de 2014.

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