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En enero de 1919 un conflicto obrero que comenzó por reclamos “mínimos” terminó en una huelga general con rasgos insurreccionales. La joven “democracia” del radicalismo demostró que su defensa del capitalismo era intransigente.

Por Tito Mainer
 
El petitorio
 
El petitorio de la “Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos” que cubría dos plantas de la empresa Compañía Argentina de Hierros y Aceros (Pedro Vasena e hijos), la Central y la de Barracas, no preanunciaba uno más de tantos conflictos que, desde 1916, venían incrementándose en el movimiento obrero. Aclarando que consideraban sus planteos “condiciones muy justas y moderadas” y que esperaban “ser aceptadas para reanudar de inmediato las tareas”, el paro de fábrica comenzó a principios de diciembre de 1916 exigiendo “aumento de jornales, trabajo extra voluntario con 50% de prima¸ domingos al 100%, abolición del trabajo a destajo, sin represalias por medidas de fuerzas”.
El petitorio insistía en el carácter “mínimo” de sus reivindicaciones: “Creemos inútil argumentar la justicia que asiste a los obreros dada la notoria carestía de la vida, subsistencias, alquileres, etc., y los elevadísimos salarios que perciben en industrias y establecimientos similares, así como la generalización de la jornada de 8 horas”. El reclamo no podía ser más “pacífico”: “Así animados de franco espíritu conciliador esperamos una pronta y beneficiosa solución”. Al pie se precisaba que “la contestación es esperada en el local de esta sociedad que patrocina y apoya el movimiento, con el concurso de todos los gremios organizados”. La huelga del Establecimiento “de Vasena”, como se le decía, involucraba a 2500 trabajadores. Así pasó el fin de año sin respuesta alguna.
 
 
Las noticias del mundo
 
El conflicto de Vasena, con eje en la planta de Pepirí y Amancio Alcorta en Nueva Pompeya era, para los diarios, uno más de la página de gremiales. Los titulares destacan esos días las tratativas hacia un armisticio de paz tras el fin de las acciones en la Primera Guerra Mundial, comentan la ofensiva bolsheviki en Rusia, fantasean –“informan”– con que ¡¡León Trotsky había dado un golpe de estado en Rusia y metido preso a Lenin!! y, entre otras situaciones nacionales, como las luchas independentistas de Catalunya, destacan la crisis desatada en Alemania y las movilizaciones dirigidas por los spartaquistas. Casi a diario hay noticias de Berlín y de la actividad de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht que serán asesinados poco después, el 15 de enero.
La revolución social es una palabra que está en el ambiente. Menos menciones refieren al curso de la revolución mexicana que también indicaba el camino de que los derechos sociales y democráticos –como la tierra y la democracia– podían conseguirse con la lucha. También Emiliano Zapata, el jefe de la revolución mexicana del Sur, será asesinado en abril.
Revolución y contrarrevolución son los polos que definen la inmediata posguerra. Y en la Argentina hay un movimiento sindical y obrero in crescendo, alimentado por muchos inmigrantes españoles, italianos y judíos rusos de tradición anarco-sindicalista, algunos de ellos expulsados de sus países de origen.
 
Piquete de huelga, carneros y represión
 
En la puerta de los Talleres Vasena los piquetes obreros impiden la entrada de “crumiros” (rompehuelgas pagados por la patronal). El control es férreo: “¡nada de personas ni mercancías, nada de camiones ni chatas”. Pasan los días, se cumple un mes de huelga y la patronal no responde mientras el gobierno radical de Hipólito Yrigoyen aparece como “prescindente”. El día 5 un camión intenta forzar la entrada y los trabajadores repelen el intento. Los agentes patronales, con respaldo de la policía y los bomberos atacan a los huelguistas a balazos: mueren cinco personas: cuatro obreros y un vecino, uno de ellos, menor de edad.
La violencia patronal no logra sino templar la lucha. Cientos de trabajadores se agolpan en las casas donde se vela a los muertos y se organiza un imponente funeral cívico que partiendo de Pompeya, debe pasar por la otra planta de Vasena, ubicada en Parque Patricios (donde hoy está la plaza Martín Fierro) y dirigirse al cementerio de la Chacarita. Asambleas de los diversos gremios adheridos a la FORA V Congreso –el ala más combativa y anticapitalista– deciden parar en solidaridad y entre 20 y 30.000 obreros se encolumnan para acompañar los féretros llevados a pulso. Encabeza la marcha una “Comisión de Mujeres”, formada por costureras, telefonistas, modistas.
 
Al paro en Vasena se pliegan los capataces y comienza a haber expresiones de repudio en el interior del país, como los empleados de tranvías de Mendoza, los municipales de Rosario y los carreros de Junín que suman sus propios reclamos. Esa misma noche el consejo federal de la FORA V Congreso declara la huelga general y sus 32 gremios adheridos participan del sepelio: obreros del calzado, caldereros navales, motormans de los tranvías, albañiles, pintores, panaderos, entre otros. La FORA del X Congreso, con mayoría en el personal de Vasena y también anarquista pero más conciliadora, se suma también, aunque, a la vez, establece puentes de negociación con el gobierno por vía del nuevo jefe de policía, recién asumido, Elpidio González.
 
Masacre y reacción
 
El imponente funeral marcha, respetuoso y en duro silencio hacia el cementerio. Cada tanto algún trabajador insulta a los policías y bomberos que la “custodian”. La situación es muy tensa y los “anarcos” no se andan con chiquitas. Muchos de ellos están armados con revólver y todos llevan algún cuchillo o facón. Al pasar por la otra planta fabril, ubicada donde hoy está la plaza Martín Fierro en La Rioja y Cochabamba la manifestación es atacada a balazos por francotiradores apostados en los techos de la fábrica: la complicidad de la patronal es evidente.
 
De resultas, quedan decenas de muertos y heridos en las calles mientras los “cosacos” –la caballería montada– repartían palos y sablazos a discreción. La marcha continuó pero muy cerca, en Oruro y Constitución, fue nuevamente balaceada. Los trabajadores asaltan una armería, en San Juan y Loria y prenden fuego al coche del jefe de la policía. Ya la situación se fue de las manos y, sin dirección, los obreros sitian la Comisaría 21. Los bomberos aparecen en auxilio, abren fuego sobre la multitud y hay otro tendal de caídos. Cuando la columna llega a la Chacarita –tras nuevos cruces sobre la antigua calle Triunvirato (actual último tramo de Corrientes) por tercera vez es atacada a balazo limpio con policías escondidos tras las lápidas y mausoleos. La “cristiana sepultura” no contaba: se trataba de pobres ácratas “rusos” y ateos…
 
Huelga general y brotes insurreccionales
 
La noticia de la salvaje represión corrió como reguero de pólvora y las FORA decretaron la huelga general “por tiempo indeterminado”. El paro fue realmente masivo: durante tres días la ciudad careció de abastecimiento y de todo tipo de transporte. Varias ciudades del interior se plegaron, como Rosario y Mendoza. En Santiago del Estero se prende fuego a un tren que intentaba circular; se militariza Mar del Plata con 300 marineros ante el anuncio de los portuarios de que se plegarían a la huelga. Incluso en Montevideo el gobierno ordenó redadas de anarquistas temiendo que se coordinara un movimiento y en Chile el gobierno dispuso la censura a toda noticia proveniente de Buenos Aires. En Río Gallegos y Punta Arenas también hay huelgas explosivas.
En la Capital, entretanto, decenas de “piquetes” –o “cantones”– impedían cualquier tráfico y levantando barricadas y armados a revólver, y algunos rifles winchester, miles de obreros de diversos gremios tomaron el control de la ciudad. Se llegan a contabilizar hasta 20 focos simultáneos en distintos barrios como Barracas, La Boca, Almagro, Palermo, Once, Congreso, Boedo y Pompeya donde los tiroteos y refriegas se multiplicaron. Hubo ataques a comercios, se incendió una iglesia en Almagro y varias comisarías fueron rodeadas.
 
Desbordada la policía y “amenazado el orden público”, el 10 de enero el general Luis J. Dellepiane, comandante de Campo de Mayo asume el comando de las fuerzas acuarteladas y dispone actuar con la máxima energía. La represión es violenta y en dos días las listas de muertos, heridos y “desaparecidos” sumará varios cientos. La morgue se satura de cadáveres que son sacados a escondidas a altas horas de la noche. El gobierno clausura La Protesta –diario anarquista—y la adhesión de los canillitas impide la circulación de los diarios como La Nación y La Prensa o La Época (yrigoyenista) y El Pueblo, católico. No hay reparto de telegramas y hasta se producen escaramuzas y tiroteos en el Departamento Central de Policía y el Correo Central
Han pasado cuatro o cinco días de lucha callejera abierta y los datos de los diarios –a pesar del silencio informativo del gobierno que no aporta información precisa– resultan escalofriantes. Se habla, como mínimo, de unos 200 a 300 muertos y miles de heridos. Los diarios obreros, La Vanguardia y La Protesta, informan sobre 700 muertos, cifra que coincide con la que reporta la embajada de los Estados Unidos. El consulado francés dice que los muertos son más de 1400. Los heridos de gravedad superan los 3000 y los presos, encauzados o deportados alcanzarán a 45.000 en todo el país.
 
Vuelta a la “normalidad”
 
El sábado 11 se decide continuar el movimiento pero el domingo una mediación encabezada por el jefe de policía Elpidio González concluye cuando Pedro Vasena en persona acepta la mayoría de los reclamos y el presidente Yrigoyen ordena la liberación de todos los “presos sociales”, que era un nuevo reclamo. Lentamente, la combatividad declina, los trabajadores retornan paulatinamente a sus tareas y, entre el 14 y el 15 de enero, la ciudad vuelve a la “normalidad”. Los diarios festejan que, nuevamente, la gente ha vuelto asentarse a tomar cerveza en “la Avenida” (Avenida de Mayo), en días en los que el termómetro marcó valores apremiantes: todos los días se superó los 30 grados.
 
La lucha de clases se ha tensado al máximo y al calor de los enfrentamientos, aparece un nuevo fenómeno: sectores “civiles” de “niños bien” y jóvenes radicales defensores del gobierno “democrático” de Hipólito Yrigoyen, se organizan para operar como “guardias blancos”. Bajo protección policial se arman y, con total impunidad, asolan por las tardes y noche los barrios como Once y Almagro donde se aloja mayormente la inmigración judía: salen a apalear “rusos”. La Argentina cargará entonces con un nuevo título nada honorífico: el de ser el único país de América en el que hubo pogromos, esto es, planes orquestados desde lo alto de la burguesía para atacar y amedrentar en especial a la población judía. La Legión Cívica, el Comité de la Juventud y la Asociación del Trabajo, sentaron ese espantoso precedente que retomaba políticas del Zar de Rusia y que anticipó en dos décadas al nazismo alemán y austríaco. En efecto las Kristallnacht, –noches de los cristales rotos– se realizarán recién en 1938.
 
El balance
 
Durante tres días la clase obrera “tuvo el poder” en la ciudad. Se confirmó así que cuando la clase obrera realiza una huelga general poderosa es capaz de paralizar todo –si está decidida a hacerlo—y que la patronal no tiene medios para “poner en movimiento” las empresas, los transportes y el comercio. En enero de 1919 la furia obrera desbordó a todas las direcciones y se asistió a una verdadera insurrección obrera y popular, altamente espontánea y desorganizada, pero que –por vía de los hechos– comprendió también la idea del enfrentamiento armado y no dudó en pelear como fuera: cerca de diez comisarías fueron rodeadas por la multitud y en varias de ellas hubo muchos muertos y heridos.
 
Todas las direcciones fueron desbordadas –incluyendo a los más decididos– y tanto la FORA del X Congreso como los socialistas demostraron su “pacifismo” denunciando al ala revolucionaria encarnada por la FORA V. La división en la dirección, sin embargo, no impidió que a altísimo costo, los reclamos se lograron y finalmente Vasena debió aceptarlas.
Por otro lado, la democracia radical se puso a prueba y quedó demostrado el carácter de clase de ese gobierno demagógico. Yrigoyen había asumido en 1916 con el discurso de enfrentar a las viejas oligarquías, pero sus salvajes métodos represivos, se repetirían luego en la Patagonia y en el Chaco de La Forestal. El bautismo de la “democracia representativa” generada con la Ley Sáenz Peña de voto masculino obligatorio y secreto, no puso ser más elocuente: la UCR actuó con tanto odio antiobrero como sus antecesores aristocráticos y oligárquicos.
 
Además, el gobierno “democrático” armó a los civiles e integró y protegió a grupos parapoliciales como el “Comité de la Juventud (radical)”, la Asociación del Trabajo –grupo de rompehuelgas–, los “Protectores del Orden” –que realizaban colectas para la policía y el ejército– y la “Legión Cívica”, que funcionaba en el Centro Naval y era presidida por el fascista Manuel Carlés. Todos estos grupos de “niños bien” organizaban marchas de apoyo al gobierno con banderas argentinas y entonando el himno nacional y sus destacamentos se desprendían de ellas para atacar a todo obrero que se cruzara, en especial si tenía barba y apariencia de judío.
Desde el punto de vista de la clase trabajadora, la “Semana Trágica” evidenció que con la valentía, la audacia y el arrojo –que “sobró”, se podría decir– no alcanza. En la movilización obrera espontánea y masiva se puso en claro que la clase necesita de organismos propios, democráticos, al estilo de los soviets, para discutir y tomar decisiones unitarias. Por otro lado, la carencia de un partido revolucionario centralizado se hizo evidente. Los sindicalistas revolucionarios y anarquistas de profesada fe anticapitalista, lucharon con denuedo pero la falta de un programa político les impidió ver las maniobras políticas del gobierno y la patronal y, más aún, plantearse el tema del poder que, como dijimos desde un principio, la huelga general había puesta a la orden del día.

La terrible represión, sin embargo, dejó un saldo: el “milagro” económico que muchos recuerdan como la Argentina opulenta de Marcelo T. de Alvear, el sucesor de Yrigoyen, se asentó sobre una notable disminución de las luchas obreras: en 1919 hubo más de 300.000 huelguistas, mientras que el promedio entre 1925 y 1930 será diez veces menor.

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