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Estados Unidos es el mayor productor de armas en el mundo. Venden balas dentro de los supermercados. Sacar un permiso para portación de armas sale sólo unos cuantos dólares. Además, tiene una industria del odio que funciona perfectamente. Desde la televisión, la publicidad, y todos los medios de comunicación fomentan el odio y la intolerancia hacia todo lo diferente. 

Por: Carmen Barbieri y Dina Ciraolo

Rechazamos con toda nuestra fuerza el ataque homo y xenófobo contra el boliche gay Pulse, en su noche para latinos. No se ha confirmado si el autor, Mateen actuó movido por fines de alguna organización terrorista. El Estado Islámico reivindicó la autoría de la masacre, lo cual es posible, dado su programa teocrático profundamente reaccionario y los métodos fascistas que utiliza dentro del “Califato” para asesinar y cometer todo tipo de atrocidades contra los homosexuales y las minorías religiosas. Y este ataque sin duda fortalecerá las posiciones xenófobas e islamofóbicas, que pueden ser capitalizadas en los EEUU por sectores de ultraderecha.

Sin embargo, lo de Orlando no es una tragedia producto de un acto de locura individual, ni proveniente de fronteras afuera como acusa el candidato ultraconservador Donald Trump.

Es el resultado de una política mundial sistemática al servicio del imperialismo. Es el resultado de pretender hacer encajar a todas las expresiones de la vida y del amor, dentro de los límites de lo que nos quieren imponer como “normal”.

Para las travestis, los transexuales, las lesbianas, los gays, transitar la vida es en sí mismo un acto de rebeldía. Salir a la calle todos los días implica fuertes dosis de valor. Porque si bien hay una sociedad que se acartona la cara para la foto y dice ser progre y “tolerante”, la realidad cotidiana demuestra una cosa bien distinta. En la escuela, en la parada del colectivo, cuando vas a pedir trabajo, son todas odiseas diarias. Y las cosas empiezan antes, empiezan en el mismo seno de la familia, que muchas veces no entiende, no acepta, no “aprueba”, nos desampara.

¿Por qué es tan importante el lazo entre nosotros, que muchas veces se nos acusa de auto excluirnos, de formar guetos? Porque es la mirada del otro que ha sufrido las mismas cosas que yo, la que me devuelve el aire que me falta todo el tiempo, dentro de este sistema que me culpabiliza, me hostiga y me denigra a cada paso que doy.

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¿Pero por qué? ¿Qué desafía mi acción individual? ¿Qué cimientos tan profundos de la sociedad corroe a quién amo, a quién beso, con quién me acuesto, qué ropa uso? ¿Por qué lo que hago con mi vida le preocupa a este sistema?

El sistema capitalista necesita para subsistir, de credibilidad y de control social. Necesita estar legitimado y mantener en cauce a quien pretenda apartarse de la norma, a cualquier expresión que lo cuestione. ¿Qué significa eso? Un sistema que se basa en que una minoría ínfima explote sistemáticamente a la gran mayoría, necesita hacernos creer que eso es “normal”, que es lo que corresponde. Y eso sólo se logra a través de la ideología. Es decir, que un sistema de explotación material y concreto precisa de un sistema de ideas abstracto, para mantener a esa gran mayoría dominada.

Todos los aparatos que el sistema capitalista permite y no persigue, son aparatos destinados a reproducir esa ideología. Y son los estados a través de sus gobiernos quienes determinan, con la implementación de determinadas políticas y el uso y dirección que le dan a los fondos públicos, la supervivencia, el sostenimiento y la propagación de esas ideologías.

La ideología machista, la ideología homófoba, la xenofobia, son parte de la persecución de lo distinto en pos de normalizar dentro de ciertos cánones la vida de la población, en especial de la clase obrera. Así dividen a los trabajadores, en hombres y mujeres, en blancos y negros, en hétero y homosexuales, en argentinos versus bolivianos o paraguayos. Y así esa división ayuda al imperialismo y a los patrones a disciplinar, a reducir la fuerza de la clase obrera, a sofocar las posibles rebeldías, a seguir dominándonos y explotándonos.

La Iglesia, y las distintas religiones predominantes pregonan una imagen de familia idílica, en dónde no pueden tener cabida, ni la imagen de una mujer libre, ni la posibilidad de pensar en otros tipos de familias. La Iglesia Católica sostiene una cruzada desde sus inicios en contra de las mujeres que se apartan del modelo de mujer esposa y madre. De la misma forma, todo tipo de sexualidad que atente contra el modelo de familia, un modelo que sirve para garantizar la explotación de la fuerza de trabajo, debe ser perseguida y eliminada…Aunque paralelamente los derechos de las familias obreras y pobres son brutalmente atacados por los sueldos bajísimos, la precariedad laboral, la desocupación, las carencias de salud y educativas, la falta de viviendas, la droga, la prostitución, la trata y muchos etctéteras.

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¿Acaso la proliferación de familias gays en los programas de televisión y en las películas, no son modelos de familia que vuelven a “ordenar” lo “normal”? Ser gay está bien si cumplen con el juego de roles que se le impone al resto de la sociedad, si la pareja cumple con los roles de mamá y papá, si los dos trabajan para el sistema, si uno demuestra su instinto materno, para de esa forma garantizar la crianza de los futuros “esclavos”, si uno es lo suficientemente femenino como para ser feliz planchando y ordenando la casa, entonces, el sistema vuelve a ganar, a tener ordenada las cosas.

Pero Pulse no garantiza eso. La movida nocturna no controla ni garantiza las cosas ordenadas. De cómo el sistema a través del narcotráfico mantiene controladas y ordenadas a las disidencias es motivo de otra nota.

Pero lo que sucede en Pulse, o en cualquier boliche gay, es una expresión de lo que causa terror al imperialismo, porque atenta contra la disciplina, la norma, todo lo que lo sostiene. Es la exaltación de la diferencia, es la fiesta, entendida como la festividad, la celebración, de la diversidad. Nos reivindicamos únicos. Nos reivindicamos distintos. Nos reivindicamos diferentes.

Y por eso es tan grave y demoledor lo que sucedió en Orlando. Es un intento por adoctrinar las conciencias, por atemorizar, por volvernos a encorsetar dentro de los moldes que no queremos, porque no nos representan, no nos identifican.

Cuando finalmente entendamos que la pelea en contra de toda forma de discriminación por orientación sexual es parte la pelea de todos los trabajadores y excluidos por derrocar a este sistema que nos explota y quiere mantenernos sedados, entonces sí. Empezaremos a dar la batalla final.

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Y venceremos. Por los 49 de Orlando. Por los que diariamente son cazados. Por todas las obligadas a prostituirse en las esquinas frías de las plazas, por todos los que se esconden para pintarse los labios y probarse la ropa de mamá, por todas las que pelean contra un sistema que no las deja ser madres si no es bajo la atenta mirada y aprobación de la Virgen María, por todas las que son asesinadas y lo último que escuchan mientras son violadas es “yo te voy a hacer mujer a vos”.

Por todos ellos, por todas ellas, vamos a seguir luchando hasta terminar con este sistema.

Artículo publicado en: www.pstu.com.ar

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