Compartir

El curso de la revolución ucraniana se encuentra amenazado por dos grandes fuerzas contrarrevolucionarias.

Por Daniel Sugasti
De un lado, los bandidos imperialistas, tanto norteamericanos como europeos, no escatiman esfuerzos para consolidar el nuevo gobierno fantoche de sus designios y apuestan todas sus fichas al desvío del proceso revolucionario por el callejón sin salida de la reconstrucción de las instituciones y la realización de elecciones en los marcos de la democracia burguesa. Este plan contrarrevolucionario se desarrolla al tiempo en que las potencias mundiales refuerzan las cadenas de dominación semicolonial en el país, por medio de nuevos acuerdos y empréstitos con el FMI, el Banco Mundial y la Unión Europea (UE) con sus consecuentes “planes de ajuste”.

De otro lado, el futuro de la revolución ucraniana se enfrenta a la ofensiva contrarrevolucionaria del reaccionario gobierno ruso de Vladimir Putin, el cual, con la caída de Yanukóvich a manos de la movilización revolucionaria de las masas, sufrió una derrota incluso más directa que la del bloque imperialista, debido a que el ex presidente ucraniano era un agente directo del Kremlin en ese país.

Como sabemos, inmediatamente después de ese primer triunfo de la revolución, el gobierno de Putin comenzó una agresión militar a la soberanía ucraniana, invadiendo con sus tropas la península de Crimea, donde miles de soldados rusos han tomado aeropuertos, edificios públicos y cercado las principales bases militares ucranias.

Paralelamente a esto, Putin impulsa, a través de la imposición de nuevas autoridades completamente serviles a sus intereses, la separación de ese territorio de Ucrania y su anexión a la Federación Rusa mediante un fraudulento referéndum que será realizado el 16 de marzo.

En esta senda, el 11 de marzo, esas autoridades separatistas de Crimea aprobaron en el Soviet Supremo local (Parlamento) una declaración de independencia unilateral, dando un paso “legal” más en el sentido de la anexión a Rusia. Estas medidas se combinarán con el resultado del fraguado referéndum, sustentado en una ocupación militar extranjera, que sin duda alguna será amplísimamente favorable a los intereses de Putin.

No es casual que Crimea sea erija como centro de la reacción contra la revolución ucraniana, intentando arrastrar en esta línea a otras provincias del este ucraniano, como Lugansk, Donetsk, Járkov y Odessa.

La península de Crimea es la región de Ucrania donde existe una clara mayoría de origen y cultura rusos, siendo la población que habla este idioma casi 60% de los pocos más de dos millones de habitantes. Además, en Crimea, Rusia tiene intereses estratégicos, no sólo económicos (como los gasoductos) sino militares, pues en la ciudad de Sebastopol reside su poderosa e histórica base naval a orillas del Mar Negro.

Nosotros, como hemos declarado[1], condenamos la ocupación militar rusa de Crimea y el referéndum secesionista, impulsado por el Kremlin y sustentado por esta agresión rusa a la soberanía territorial ucraniana.

Es una clara reacción de Putin ante la derrota que el movimiento de masas le asestó en Kiev.

Desde la perspectiva de la revolución, además de un ataque al derecho a la independencia del pueblo ucraniano, el separatismo en Crimea no pasa de un intento reaccionario de dividir a la clase trabajadora, que busca amputar el fundamental elemento proletario (más concentrado en el este) del proceso revolucionario que se está desdoblando con más claridad en Kiev y en el occidente del país.

Sin embargo, es un hecho innegable que la población rusa o de origen ruso es mayoritaria en Crimea y, al mismo tiempo, es evidente que este sector desea separarse de Ucrania y ser parte de Rusia.

Ante esta realidad, se podría plantear: ¿No será que los marxistas deberíamos defender el “derecho a la autodeterminación nacional” de este sector étnico y cultural (el ruso) dentro de Ucrania? ¿Aunque no concordemos con su separación, no será el caso de apoyar su “derecho” a decidir sobre tal cuestión?

Para responder a esta cuestión fundamental, como orientaba Lenin a la hora de encarar cualquier debate que involucrase a la llamada “cuestión nacional”, se hace necesario analizar cada caso específico de forma concreta.

Por ello, para entender este problema particularmente complejo y poder definir una posición revolucionaria ante el referéndum convocado en Crimea se hace indispensable conocer y analizar, aunque sea en sus trazos generales, el proceso histórico que determinó la actual composición étnica, lingüística y cultural de la península.

De los cimerios al imperio ruso
 
Entre los siglos VIII a.C. y VII a.C., el actual territorio de Crimea estuvo habitado por civilizaciones cimerias y escitas. De hecho, el propio nombre de la región deriva de Kymeria o Cimeria (país de los cimerios).

Posteriormente llegó el turno a los griegos, que fundaron muchas ciudades y conocieron el lugar como Chersonesus Taurica, nombre proveniente de taurí, una tribu descendiente de los cimerios.

En el año 438 a.C. los griegos milesios formaron en el lugar el llamado reino de Bósforo, el cual, en 114 a.C. fue gobernado por Mitrídates VI Eupátor, rey del Ponto y uno de los más fascinantes enemigos del imperio romano. Cuando el rey Mitrídates fue derrotado por los romanos (alrededor del año 64 a.C.), la península pasó a formar parte de las posesiones de Roma, inaugurando un periodo de dominación de casi tres siglos.

En 250 d.C., la actual Crimea fue conquistada por los godos, que fue la primera de una serie de invasiones, que se extendieron por un milenio y en las que se sucedieron hunos, alanos, ávaros, jázaros, pechenegas, varengos, romanos y genoveses.

En medio a ese proceso, durante la Edad Media, un mestizaje étnico entre clanes genoveses, venecianos y túrquicos, que habían logrado asentarse en ese territorio, dieron origen a los llamados tártaros de Crimea, grupo étnico-lingüístico que finalmente pudo consolidarse como una población más propia de la península.

Los tártaros de Crimea, musulmanes suníes, con el tiempo dominaron todo el territorio y llegaron a conformar un Estado propio, el llamado Kanato de Crimea, que gobernó la región desde 1441 hasta 1783, siendo parte del antiguo imperio otomano.

El imperio otomano, a través del Kanato de Crimea, pierde el dominio de la península como consecuencia de la derrota militar ante el imperio ruso (1768-1774), hecho que marcó el comienzo del control de facto de todo ese territorio por parte de la dinastía Romanov.

El imperio ruso, entonces, impuso condiciones leoninas a los vencidos, como el pago de pesadas indemnizaciones y la construcción de puertos y de una base naval en el Mar Negro, con lo cual tuvieron una salida al mar Mediterráneo, y que permanece hasta nuestros días.

Tras esta guerra, el Kanato de Crimea sobrevivió sólo formalmente, quedando dividido entre facciones que apoyaban a Rusia o a Turquía, situación que dio inicio a una guerra civil. Esta situación se desarrolló hasta que finalmente, en 1783, los rusos ocuparon Crimea al mando de la emperatriz Catalina II, llamada la Grande, anexando definitivamente la península al imperio de los zares.

A partir de ahí comienza un proceso de rusificación de ese territorio, que revistió una importancia estratégica para el zarismo. Crimea fue la punta de lanza del expansionismo imperial ruso en la zona, fundamentalmente contra intereses del imperio otomano, que comenzaba a manifestar su decadencia.

Desde Sebastopol, donde instalaron la base naval que actuó como puesto militar de avanzada, los Romanov consiguieron intimidar a los otomanos y afianzar el dominio ruso en toda la región circundante, incluidos el Cáucaso y los estrechos turcos para salir al Mediterráneo.

Fue justamente el expansionismo ruso y, por supuesto, la defensa de los intereses de las principales potencias europeas, sobre todo las del Reino Unido, que veía amenazado su control en Medio Oriente (la ruta hacia la India), los elementos centrales que detonaron la conocida Guerra de Crimea (1853-1856), una especie de ensayo de contienda mundial que enfrentó a rusos contra una entente británico-francesa, turco-otomana y piamontesa, y que terminó en la derrota del imperio ruso luego de once meses de un feroz cerco a Sebastopol, episodio bélico que quedó inmortalizado en los escritos de Tolstoi.

El genocidio de los tártaros a manos del Stalin
 
Ya en el siglo XX, tras el advenimiento de la revolución rusa y la victoria soviética en la guerra civil que le sucedió, Crimea se convirtió en una república autónoma para los tártaros, en el marco del respeto a los derechos nacionales que caracterizó a los primeros años de la revolución.

Pero esta política, como sucedió con todas las nacionalidades no rusas del antiguo imperio zarista y de la ex URSS, fue cambiando con el triunfo de la contrarrevolución stalinista a mediados de la década de 1920, que volvió a imponer una política chovinista gran rusa brutal a las nacionalidades oprimidas.

En 1941, Crimea fue invadida por el Ejército alemán. En junio de 1942, tras cruentas batallas y al costo de un terrible cerco de 10 meses y más de 170 mil bajas, los alemanes conquistaron Sebastopol y la base naval rusa. La ocupación nazi se prolongó hasta 1944, cuando sus tropas fueron expulsadas por el Ejército Soviético.
 
La situación generada por la ocupación alemana fue aprovechada por Stalin para dar un salto cualitativo en la rusificación forzosa de Crimea. El ataque comenzó con el rebajamiento de la categoría de República Autónoma de Crimea por la de oblast (provincia).

Pero esto no fue lo peor. La rusificación brutal de Crimea impulsada por Stalin tomó la forma de una de las más brutales y criminales limpiezas étnicas de la historia moderna. Nos referimos a la política de exterminio de los tártaros, la población histórica de la península.
Fue así que, en 1944, con la acusación de que los tártaros de Crimea habían colaborado de forma generalizada con el ocupante nazi, Stalin, de un plumazo, simplemente declara que esa nacionalidad estaba “abolida” y comienza un proceso de asesinatos y deportaciones en masa de los tártaros y, en menor medida, de otras minorías griegas, búlgaras y armenias con destino a Asia central y otras regiones de la URSS. 

Este terrible destierro y limpieza étnica es conocida, entre los descendientes de los tártaros de Crimea como el Sürgün (exilio, en tártaro). El Sürgün comenzó el 17 de mayo de 1944 en todas las localidades de Crimea. Participaron del operativo más de 32 mil efectivos de la siniestra NKVD. De esta forma, fueron deportados más de 190 mil tártaros (se habla incluso de 250 mil) a Uzbekistán, Mari, Kazajistán y a otros oblasts rusos.

Entre mayo y noviembre de 1944, más de 10 mil tártaros de Crimea murieron de inanición en Uzbekistán (alrededor de 7% de los deportados a esa ex república soviética). Del total de desterrados, aproximadamente 20% murieron en el exilio durante el siguiente año y medio, según datos de la policía política soviética. Sin embargo, según activistas tártaros, el número real de muertes representaría 46% de los deportados.

Es claro, aunque estos hechos son poco conocidos, que el stalinismo aplicó una política sistemática no sólo de segregación, sino de exterminio físico de la nación tártara. De hecho, las organizaciones de descendientes de tártaros de Crimea reivindican que el Sürgün sea reconocido oficialmente como un genocidio por los organismos internacionales.

La población tártara en Crimea fue diezmada y expulsada de su propia tierra, para después ser sustituida por colonos rusos. Por lo tanto, podemos afirmar que la actual “mayoría” rusa en Crimea deviene de aquel proceso de rusificación comenzado a finales del siglo XVIII y, específicamente, del atroz genocidio de 1944-45.

Con la disolución de la URSS, los remanentes de la diáspora tártara fueron retornando a su tierra de origen, pero lo hicieron sobre la base de una nueva composición demográfica, en la cual no superan el 12% de la población de Crimea y, al lado de los ucranianos (24%), son actualmente una minoría en su propia patria, por lo cual se oponen a la unificación con Rusia, sus verdugos históricos.

Esta es la base objetiva del permanente separatismo de la población de origen rusa en Crimea, el cual se acentuó cuando, en 1954, el ex líder soviético Nikita Kruschev “regaló” la península a Ucrania, en teoría para conmemorar el tricentenario del tratado de 1654 que unió Ucrania y Rusia.

En realidad, esta medida tuvo que ver con una necesidad del Kremlin de equilibrar relaciones y atenuar tensiones a nivel de la propia burocracia gobernante en el periodo inmediato a la muerte de Stalin, donde uno de los problemas latentes eran las tendencias separatistas en la Ucrania soviética. En ese sentido, con aquel “gesto”, Kruschev buscaba aplacar ciertos ánimos hostiles en sectores de la burocracia, sin dejar de controlar la península a través de Ucrania.

En síntesis:
 
1. Los revolucionarios no pueden apoyar en ningún sentido la política separatista concretada en el referéndum que impulsan el Kremlin y sus representantes en Crimea, debido a que la población rusa o de origen ruso en la península, en primer lugar, no constituye una nacionalidad oprimida. Por el contrario, históricamente es el chovinismo gran ruso el que oprime a Ucrania como un todo y a las demás ex repúblicas soviéticas no rusas.

2. En el caso concreto de Crimea, como apuntamos, la actual “mayoría” rusa se debe a un proceso agresivo de “rusificación” de ese territorio que lleva más de dos siglos y que incluye la abominable limpieza étnica (a través de un genocidio y deportaciones masivas) que fue realizada por Stalin contra la originaria población tártara y otras minorías étnicas.
Ese proceso de “rusificación” en Crimea es inseparable no sólo de la política general de opresión nacional ejercida tanto por el zarismo como por el stalinismo, sino de la necesidad de garantizar el control total del territorio sede de la base naval en Sebastopol, histórico puesto militar de avanzada de los intereses rusos en la región y que actualmente cuenta con trece mil soldados rusos.

Debido a lo expuesto anteriormente, concluimos que los sectores rusos o pro rusos en Crimea no tienen ni pueden tener el derecho democrático a la autodeterminación nacional (separación) que tienen las nacionalidades oprimidas.

3. En este sentido, no existe comparación posible con los casos de las nacionalidades catalana o vasca, citando ejemplos más conocidos, que son oprimidas dentro del Estado español. En tales casos, si bien los marxistas podemos discordar respecto de la separación de esas nacionalidades del Estado español, expresamos un reconocimiento incondicional al legítimo derecho que tienen para decidir libremente sobre su autodeterminación nacional.

4. Si lo fundamental para definir una posición revolucionaria se encuentra en las consideraciones anteriores, no se puede dejar de señalar que, en cualquier caso, el referéndum que está en marcha en Crimea carece de cualquier tipo de legitimidad al estar siendo impuesto por una ocupación militar extranjera, en este caso el ejército de Putin. Esta agresión militar, además de violentar la soberanía ucraniana, es una reacción directa a las primeras victorias del proceso revolucionario con epicentro en Kiev, por lo cual tiene un carácter profundamente contrarrevolucionario.

En tal sentido, presentar este referéndum como un ejercicio democrático de expresión popular cuando las botas rusas pisotean la soberanía ucraniana y Putin extorsiona al país aumentando el precio del gas y amenazando con cortar el suministro, es un absurdo que no merece un calificativo menor que el de farsa.

5. Estamos al lado del pueblo ucraniano en la defensa de su soberanía y su revolución. Exigimos la inmediata retirada de todas las tropas rusas y sus representantes políticos de Crimea, así como la invalidación del fraudulento referéndum en ciernes.

Estamos al lado de quienes, en la plaza Maidán, gritan ¡Unidad! ¡Ucrania es indivisible! ¡Crimea es Ucrania!; estamos al lado, en Crimea, de las minorías tártara y ucraniana, que luchan contra el secesionismo reaccionario.

Reafirmamos que la única salida para que el proceso revolucionario avance, partiendo de la enorme victoria que significó haber derrocado a Yanukóvich, es la reanudación de las grandes movilizaciones y de las ocupaciones de plazas y edificios públicos. Estas movilizaciones deben ser democráticamente organizadas por organismos obreros y populares, que a su vez estén cohesionados alrededor de un plan de lucha nacional, al que se incorporen las reivindicaciones democráticas y económicas más sentidas del pueblo, de las minorías y, sobre todo, del proletariado ucraniano.

En tal sentido, la tarea más urgente del momento es la lucha por la expulsión del invasor ruso y la defensa de la soberanía y de la unidad territorial de Ucrania.
En esta lucha, el movimiento de masas ucraniano sólo debe confiar en la fuerza de su propia movilización.

No puede confiar ni por un momento en el nuevo gobierno liderado por Yatseniuk-Turchínov, que asiste impasible cómo Putin consolida sus posiciones en Crimea y, fundamentalmente, a pesar de sus encendidos discursos “nacionalistas” y frases como “no cederemos de un centímetro de tierra ucraniana”, están vendiendo el país a los capitales imperialistas europeos y estadounidenses.

La misma posición tienen los sectores neonazis y de ultraderecha, como el “Sector de Derecha” y Svoboda: mientras se llenan la boca de “nacionalismo”, integran el nuevo gobierno servil y apoyan sin cortapisas la entrega del país a la UE y al FMI.

El pueblo ucranio tampoco debe confiar en la falsa retórica sobre la “defensa de la soberanía” o el “respeto al derecho internacional” de Obama y los líderes de la UE. Estas potencias sólo quieren colonizar a Ucrania, sujetarla con mil cadenas a sus designios y, por lo tanto, son enemigas irreconciliables del pueblo ucraniano.

Los líderes imperialistas de la UE mantienen negociaciones con Putin y, en los hechos, están “dejando correr” la vergonzosa anexión de Crimea a Rusia, pues no se animan siquiera a aplicar reales sanciones económicas al Kremlin, debido a la dependencia europea del gas de Putin[2] y a las inversiones que los oligarcas rusos tienen en los países europeos. Esto, sin hablar del temor a perjudicar las numerosas inversiones de capitales imperialistas en Rusia.

Por su parte, en este conflicto Obama prefiere moverse con pies de plomo para no romper el pacto contrarrevolucionario que tiene con Putin para derrotar la revolución siria y estabilizar Medio Oriente.

Por esto, la lucha contra la anexión de Crimea y la bandera histórica de una ¡Ucrania independiente y unida! recae en las manos de la clase obrera y el pueblo pobre, que al calor del proceso revolucionario necesita urgentemente construir una dirección socialista revolucionaria que combine esta lucha democrática con la estrategia de una Ucrania obrera y socialista.

Notas:
[2] La dependencia europea del gas ruso es enorme y se resume en tres cifras: una cuarta parte de la energía consumida por los europeos tiene el gas como fuente, un tercio de este gas es ruso y 15% de todo el gas europeo llega a través del gasoducto que atraviesa Ucrania.