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El 24 noviembre fue abatido por el ejército turco un avión militar ruso que bombardeó Siria. Uno de los pilotos, que se había arrojado en paracaídas, fue muerto por los rebeldes sirios.

Por: I. Razin

La propaganda del régimen de Putin afirma que el ejército ruso en Siria combate al Estado Islámico. Es falso. Caso Putin quisiera hacerlo, debería entregar las armas necesarias para los rebeldes que luchan contra el EI. Pero él hace todo lo contrario: son los rebeldes los más bombardeados por la aviación rusa. Incluso el avión abatido bombardeó la región donde el EI no está presente. Putin lo hace porque los rebeldes luchan también contra la dictadura del Assad, y salvar esta frente a la revolución es un objetivo central para Putin, mientras que el EI se ve como un problema secundario y un buen pretexto para la intervención militar directa a favor del régimen ventajoso. Sobre que Assad es un problema clave, Putin tiene razón; y defendiéndolo tiene el mérito de ser coherente con su lógica contrarrevolucionaria.

Putin, que ayer criticó las intervenciones de las potencias occidentales en el Medio Oriente (aunque de manera hipócrita, porque mientras mostró el “teleshow” patriótico para la población rusa, su régimen al mismo tiempo transportó por el territorio ruso los carros para el ejército de ocupación norteamericana en Afganistán y garantizó los helicópteros con equipajes para servicios de la OTAN en Irak), hoy directamente las hace, y con el acuerdo con los EEUU y UE, la misma cosa: bombardea Medio Oriente con los mismos pretextos de “lucha contra el terrorismo”, “defensa de la nación fuera de sus fronteras” y “para llevar la democracia”. La única diferencia es que para Putin la “democracia” es “Assad legalmente elegido por el pueblo”, cuyo ejército ya hace casi cinco años no consigue vencer a este mismo pueblo.

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Un ruso que se burla de un pancista norteamericano, que cree en la hipocresía de Bush-hijo y de Obama, pero al mismo tiempo cree en la hipocresía de Putin, no es muy consecuente en su visión de la situación. Y tanto menos consecuente, cuando la administración norteamericana – hay que reconocerle su mérito de ser coherente – nunca afirmó que bombardear Medio Oriente fuera simpático, mientras que para la propaganda de Putin lo que fue malo ayer, se hace bueno hoy.

La aviación rusa en Siria defiende el régimen de Assad, que a todo precio intenta mantenerse en el poder y que con las armas concedidas amablemente por Putin ya exterminó más de 200 mil ciudadanos de su propio país, junto con ciudades enteras como Alepo, y obligó a huir a millones de personas. Las atrocidades del EI no son en verdad mayores que las que ya cometieron Assad y Putin. Los crímenes así, contra pueblos enteros, son propios casi exclusivamente de los Estados imperialistas occidentales (EEUU en Irak, Francia en África…).

Para los sirios, los términos “armas rusas” y “asesinato en masa” se hicieron sinónimos. Un ruso que siente orgullo nacional porque con los hechos cometidos en Siria Rusia entró en la fila de las potencias mundiales, ganó una gloria eterna para sí y para las armas rusas, confunde todo. Pero es verdad que con los hechos cometidos por Putin, Rusia entra en el club: en el club de las fuerzas políticas más criminales de mundo, rivalizando con los EEUU y otras potencias occidentales.

El ejército ruso (como el norteamericano o el francés) no tiene nada que hacer en Medio Oriente, ni en el suelo ni el cielo. Por eso, en esta situación, si alguien abate un avión militar ruso sobre Siria o Turquía, los rusos no tienen nada de qué lamentarse o por qué enojarse, a excepción de que los aviones rusos están allá, en Siria, y hacen su trabajo sucio.

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Lo que sí merece la indignación es que Putin, salvando el régimen de Assad, no solo ayuda a la dictadura a aplastar al pueblo que se rebeló contra ella sino que, simplemente, participa en la exterminación masiva de la población civil siria en nombre de la Gran Rusia y del pueblo ruso.