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Marx algunas veces se refirió a la Rusia zarista del siglo XIX como el bastión de la reacción en Europa. Guardando las debidas proporciones, la Rusia bajo Putin vuelve a jugar ese rol lamentable.

Por: POI-Rusia, para Correo Internacional

La situación en Rusia merece la atención de cualquier activista en el mundo, ya que su significación ultrapasa en mucho las fronteras nacionales del país. Rusia está directamente involucrada en algunos de los puntos más calientes de la lucha de clases hoy, con la sangre de al menos cuatro revoluciones (ucraniana, siria, caucásica y egipcia) manchando las manos de Putin, además de los mercenarios rusos en Libia y el apoyo, incluso con “especialistas” militares, a las medidas represivas de Maduro en Venezuela. Además, es uno de los pocos países del mundo donde hay un gobierno estable hace ya muchos años. Y en un marco de crisis políticas por todo el mundo, incluso en Europa, esta situación exige explicación.

Rusia vive hace ya casi 20 años una situación reaccionaria, es decir, donde el gobierno y la burguesía mantienen no solamente el control, sino toda la iniciativa política. La correlación de fuerzas en el país es claramente desfavorable a los trabajadores y pueblos oprimidos. Prácticamente no hay organizaciones sindicales reales, hay una gran atomización de los trabajadores y ausencia de organizaciones casi que de cualquier tipo. Putin tiene pleno control político del país y de sus instituciones. No es solamente que Rusia siga con retraso la dinámica de los demás países en dirección a crisis políticas y situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias, sino que, al revés, se mantiene y se reafirma como uno de los bastiones de la reacción en el mundo, así como Arabia Saudita o Israel.

Putin: Un gobierno producto de una guerra contrarrevolucionaria…

Es un gobierno que llegó al poder luego de haber masacrado la resistencia en la 2ª Guerra de Chechenia (1999-2000) y, consecuentemente, en toda la región del Cáucaso que luchaba por su derecho a la autodeterminación. Es decir, Putin llegó al poder como resultado de una guerra contrarrevolucionaria, imponiendo en Chechenia un régimen de características directamente fascistas. Por haber sido una contrarrevolución restringida al Cáucaso, no alcanzó para imponer un régimen de tal tipo en toda Rusia, pero sí un fuerte régimen bonapartista, con importantes rasgos autocráticos y con la FSB (ex-KGB) en el centro del régimen. La victoria de Putin en la guerra se combinó con 15 años de precios altos del petróleo y gas, lo que dio base material a su gobierno para garantizar estabilidad social por todo el país. Convirtiéndose cada vez más gracias a estos elementos en el gran Bonaparte de toda la Rusia, Putin disciplinó y centralizó a la burguesía rusa y de las distintas regiones.

Hay que agregar aún el cansancio de las masas rusas, que venían de grandes huelgas y luchas hacía más de década contra las políticas de Gorbachov y Yeltsin, sufriendo en su piel los terribles efectos de la restauración del capitalismo, toda la decadencia de estos años, la brutal disminución de la clase obrera con el cierre de fábricas, el desempleo, desabastecimiento, etc. Comparado con la catástrofe de esos años, la llegada de Putin, con las migajas derivadas del boom del petróleo y del gas, significó una relativa mejora en el nivel de vida (sin recuperar los índices anteriores a la restauración), al mismo tiempo que completaba la vuelta al capitalismo y consecuentemente, profundizaba la dependencia de la economía en relación a Occidente. Todo eso acompañado por las “justificaciones” de Putin de que la masacre de Chechenia era parte de la “guerra contra el terrorismo internacional”, al estilo de las peores mentiras de Bush.

…que llega al poder para profundizar la colonización de Rusia y demás repúblicas exsoviéticas

La política más estratégica de Putin, más allá de las leyendas neostalinistas que lo pintan como un patriota antinorteamericano, consiste en atraer inversiones imperialistas, en especial a los sectores de gas y petróleo, para seguir transformando el país, antiguamente gran potencia industrial, cada vez más en un proveedor de combustibles y materias primas para las fábricas imperialistas y chinas. De hecho, de la mano de Putin, la economía de Rusia se primitiviza, convirtiéndose más y más en una semicolonia que depende más y más de capitales y tecnología de las potencias imperialistas, incluso y principalmente en el sector de gas y petróleo. Hoy todos los sectores de la economía rusa son profundamente dependientes de los capitales imperialistas. Incluso las principales compañías bajo control estatal (Gazprom, Rosneft, Sberbank) están endeudadas hasta la médula ante los bancos de los países imperialistas.

Al mismo tiempo en que Putin lleva a cabo esta política de contenido pro-imperialista, Rusia mantiene contradicciones con el imperialismo. Después de todo, no es normal que un país dependiente tenga tal poderío militar y tanta influencia en los países vecinos. Al imperialismo eso no le gusta, preferiría llevar a cabo la colonización de Rusia, Ucrania y otros países sin necesitar pasar por el “atravesador” Putin, que cobra caro por sus servicios. Tampoco le gusta que un país semicolonial concurra en el mercado de armamentos, vendiendo armas incluso a países de la OTAN, como Turquía. De ahí los recurrentes roces y mutuos chantajes. Es decir, tienen acuerdo general en implementar una política de colonización de todo lo que fue un día la antigua URSS, pero diferencias en cómo hacerlo “en concreto”, es decir, en relación al peso de Putin y de la burguesía rusa en ese gran negocio, como “administradores de la colonización” en toda la región.

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Un modelo en crisis

La crisis mundial puso en jaque este modelo de precios altos del gas y petróleo y atracción de inversiones imperialistas. En especial a partir de 2011, Rusia entró en crisis económica. Menos ingresos debidos a la exportación de gas y petróleo y, consecuentemente, menos migajas obligaron el gobierno a avanzar en una política de ataques a las conquistas de la clase trabajadora y de la población en general, que hasta entonces habían sido recortadas, pero no con tal crudeza. En especial en los sectores de educación, salud, jubilaciones, salarios.

En este marco, en 2011/12 irrumpió un movimiento de carácter democrático, principalmente de juventud y clases medias de Moscú, contra los elementos más sofocantes del bonapartismo de Putin, llegando en su auge a cerca de 100 mil personas en las calles de Moscú. En su dirección se afirmó un frente entre la izquierda reformista y los liberales, bajo la total hegemonía de esos últimos. Toda su política iba en el sentido de no incorporar las demandas sociales al movimiento para así no extenderlo a la clase obrera y sectores más explotados. Fue un movimiento progresivo, pero de hecho limitado centralmente a Moscú y a sectores medios. La clase obrera se mantuvo apartada del movimiento.

La Revolución Ucraniana y la Primavera Árabe amenazaron el régimen bonapartista de Putin, que contraatacó

En este momento estalló la Revolución Ucraniana (2013/2014), marcando el punto más alto de la lucha de clases europea. Paralelamente aún se desarrollaba la así llamada Primavera Árabe. Los dos procesos significan un gran peligro para el régimen de Putin, ya golpeado por la crisis económica y las manifestaciones democráticas. La caída del expresidente Yanukovich en Ucrania por la acción directa de las masas, en contra de todas las direcciones, fue la primera verdadera derrota política de la carrera de Putin. Estaban dados todos los elementos para poner en crisis el gobierno de Putin, que por eso decidió contraatacar. Envió mercenarios al Este de Ucrania, arrebatando territorios (Donetsk y Lugansk) del control de Kiev, ocupó y anexionó la península de Crimea, entró en la guerra en Siria en apoyo al dictador Assad acorralado por las masas. La virulencia contrarrevolucionaria de la respuesta de Putin deriva del riesgo, mortal para él, de que la revolución ucraniana llegara a Moscú y la primavera árabe al Cáucaso, así como del temor a ver cuestionado su rol como “administrador de la colonización” de Ucrania, como mínimo del Este del país.

La nueva ofensiva contrarrevolucionaria de Putin en Ucrania y Siria, junto a una inmensa campaña chovinista de los medios oficiales y una relativa recuperación de los precios del gas y petróleo, permitió entonces a Putin cerrar la coyuntura desfavorable del 2012 y fortalecer su gobierno. Jugaron su papel en el campo político las distintas fuerzas de “oposición”, desde el totalmente putinista PCFR (Partido Comunista[1]) hasta la oposición “antisistema” liberal[2], donde todos, sin excepciones, apoyaron activamente o por omisión la política chovinista y contrarrevolucionaria contra Ucrania y Siria.

Esta política agresivamente contrarrevolucionaria de Putin le permitió, como ya dijimos, cerrar la coyuntura anterior, pero al mismo tiempo engendró contradicciones y nuevos roces con el imperialismo, que condujeron incluso a sanciones contra su régimen, empeorando aún más la situación económica de Rusia. Eso se explica por una diferencia importante entre la política del imperialismo y de Putin para tratar con los procesos revolucionarios. Desde la derrota de la ofensiva de Bush en Iraq y Afganistán que el imperialismo se ha visto obligado a maniobrar en los procesos revolucionarios y ha tenido dificultad en reprimirlos directamente, manu militari, por una correlación de fuerzas que le era desfavorable, tanto dentro de los EEUU o la Unión Europea como a nivel mundial. Por eso ha apostado por negociaciones, elecciones y discursos democráticos demagógicos para desviar las luchas. Es una política que denominamos “reacción democrática”[3]. No es que no utilicen también la represión pura y simple, sino que no siempre pueden hacerlo.

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Putin, al revés, actúa más de acuerdo a la correlación de fuerzas interna de Rusia, que le es favorable. Eso le da algunas ventajas sobre el terreno, como queda claro en Siria, por ejemplo, donde viene avanzando posiciones al imperialismo. Pero su política está en contradicción con la correlación de fuerzas mundial y con la política del imperialismo en algunas regiones. Y está la naturaleza de su régimen, profundamente bonapartista, nacido de una guerra contrarrevolucionaria, que le impide jugar la carta democrática, estando obligado a reprimir duramente cualquier proceso de lucha que lo amenace. Es, por así decirlo, menos “flexible”. De ahí los roces entre las políticas de los EUA y Unión Europea por un lado y de Rusia por otro en Ucrania y Siria. Incluso con la posterior elección de Trump y las declaraciones de simpatía mutuas entre él y Putin (cada vez menos frecuentes), en la arena internacional tienen fuertes contradicciones. Aunque ese enfrentamiento no es algo absoluto, ni está descartado que lleguen a acuerdos; hay movimientos de parte del imperialismo de acercamiento a Putin.

Putin se apoya en el chovinismo ruso

La pasividad de la clase obrera, que no tomó parte en el movimiento de 2012, también se cobró su precio. Con la anexión de Crimea, el incipiente movimiento social de 2012 se quedó completamente huérfano y aislado. La ausencia de anticuerpos del pueblo ruso contra el chovinismo ruso demostró al rojo vivo la máxima de Marx de que no puede ser libre el pueblo que oprime a otro. Muchos de los activistas de 2012 apoyaron la política chovinista de Putin contra Ucrania. Se cerró así la coyuntura de 2012, se fortaleció el régimen de Putin e incluso se profundizó su carácter bonapartista. Putin se apoya en ese chauvinismo ruso para llevar adelante su política anti-obrera y anti-nacionalidades oprimidas. Todos los ataques de Putin contra la población de Rusia se profundizaron después de la anexión de Crimea, con la euforia de la campaña “¡Crimea es nuestra!”, en especial la reforma del sistema de jubilaciones. Es la justificación en nombre de la cual se puede soportar todo…

Por eso no es previsible ahora una victoria contra Putin en la arena interna que no esté acompañada por una gran crisis de su política en Ucrania y el Cáucaso, del mismo modo que expulsar a las tropas rusas de esas regiones no es posible sin combinarse con una gran crisis política dentro de Rusia. Es decir que, con su política, Putin dificultó la lucha de los ucranianos, pero al mismo tiempo soldó el proceso ucraniano con los destinos de Rusia y de todos los pueblos que la componen, incluidos los del Cáucaso. Ucrania, además, es el puente con los trabajadores de Europa, así como el Cáucaso con el mundo musulmán. Por eso es fundamental el apoyo y solidaridad de los trabajadores y pueblos de Europa con la revolución ucraniana, así como de los pueblos musulmanes con sus hermanos del Cáucaso. El aplastamiento de la rebelión en Chechenia y el Cáucaso, como vimos, fue la piedra fundacional del régimen de Putin. Y la agresión a Ucrania le posibilitó fortalecer su régimen. Ucrania y Cáucaso son también el talón de Aquiles del régimen de Putin. Una derrota de Putin en Ucrania sería el inicio del fin de su gobierno. Lo mismo en Cáucaso.

Unir los trabajadores y pueblos de Rusia y Ucrania contra Putin

Una nueva victoria de la revolución ucraniana podría impulsar, por esas razones, la lucha de los trabajadores rusos y de otros pueblos oprimidos contra Putin. Juntos, los trabajadores ucranianos y rusos son capaces de derrotar al verdugo de la revolución ucraniana, el mayor responsable por la colonización de Rusia, defensor de los regímenes más odiosos del planeta, agresor de pueblos y naciones y aliado del imperialismo, que tiene aún bajo su control el segundo ejército (y arsenal nuclear) del mundo. Derrotar a Putin tendría repercusiones no sólo en Rusia y Ucrania, sino alcance mundial, dado su rol contrarrevolucionario internacional. Significaría también el fin del gobierno Assad en Siria y el debilitamiento de la dictadura en Egipto, lo que podría impulsar una nueva ola de la primavera árabe. Tendría profundo impacto entre los pueblos del Cáucaso en su lucha por independencia. Derrotar a Putin es una tarea INTERNACIONAL de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, su derrota sería también la derrota de los últimos restos podridos del estalinismo mundial y sus satélites, que encubren los crímenes de Putin.

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Las contradicciones se acumulan

Las ilusiones en Putin disminuyen en Rusia y hoy hay un gran descontento en relación a la economía, la inflación, los servicios sociales, y en especial a la reforma del sistema de jubilaciones, profundamente impopular. Los trabajadores rusos y los pueblos oprimidos por Putin son cada día más pobres. Aún sigue el apoyo a Putin en la política internacional, pero ya sin entusiasmo. La gente tiene cada vez menos disposición a aceptar sacrificios en nombre de “¡Crimea es nuestra!”. Esporádicamente ocurren luchas aisladas, pero importantes, como en Ingushetia (república del Cáucaso vecina a Chechenia), o contra la construcción de una iglesia en Ekaterinburgo, o contra la acusación fraudulenta y la prisión de un periodista, o las recientes marchas en Moscú contra la represión con cerca de 20 mil personas, a veces con victorias parciales. Una gran proporción de la clase obrera en Rusia hoy es de obreros inmigrantes de las exrepúblicas de la antigua URSS, muchos de ellos musulmanes. Esos ya no están dominados por la ideología chovinista, más bien son sus víctimas directas. Hay elementos de insatisfacción en la juventud, con expresiones típicas del sector, contra la acción de la policía, de la burocracia o de la iglesia. El peso del chovinismo también se muestra menor ahí. Puede que de estos sectores surjan las luchas más decisivas.

Sin embargo, por encima de estos importantes elementos, se sigue manteniendo la situación reaccionaria, que sigue garantizando a Putin la posibilidad de aplicar su política contrarrevolucionaria en las arenas regional e internacional. La reciente elevación otra vez de los precios del petróleo también juega a su favor. Y a pesar de serias señales de crisis económica, de hecho, hasta ahora, no hay una “quiebra” del país. La crisis avanza a pasos, hasta ahora, lentos.

Una política correcta hoy para Rusia debe estar dirigida a unificar a los trabajadores con los demás explotados del país, incluidas las capas medias y en especial con la juventud, unificando las consignas económicas con las democráticas, contra las reformas antipopulares y contra cualquier represión, contra el empeoramiento de las condiciones de vida y por los derechos y en defensa de las minorías nacionales y pueblos oprimidos, dentro y fuera de las fronteras de la Federación Rusa. Es fundamental denunciar y desenmascarar al régimen de Putin como administrador de la colonización de Rusia a servicio de las grandes potencias imperialistas, al mismo tiempo que denunciar su rol opresor contra naciones menores y pueblos oprimidos de Rusia, su rol contrarrevolucionario en Ucrania, el Cáucaso o Siria, y también, como el principal responsable del empeoramiento de las condiciones de vida de la población en Rusia.

Notas:

[1] Es importante recordar que el PCFR no es un partido obrero traidor de oposición según el molde estalinista clásico. Es un partido burgués, pro-oligarcas, chovinista ruso, clerical, parte integrante del régimen de Putin, con lazos importantes con las más reaccionarias instituciones del putinismo como los servicios de seguridad, las FFAA y la Iglesia Ortodoxa. Apoyan desvergonzadamente las agresiones contra Ucrania y Crimea y boicotearon el movimiento del 2012

[2] Los liberales son profundamente proimperialistas, totalmente favorables al proceso de colonización de Rusia y de sumisión al capital internacional, así como totalmente favorables a las reformas antipopulares, como la del sistema de pensiones.

[3] De hecho, una política que ya venía desde la derrota americana en Vietnam, pero que Bush intentó cambiar, sin éxito, por una política más agresiva.

Artículo publicado en Correo Internacional n.° 22, noviembre de 2019