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Falleció el último 1 de octubre, István Mészáros. Autor de una vasta obra, Mészáros es, sin duda, uno de los autores marxistas más influyentes y serios de las últimas décadas. Su muerte, lamentablemente interrumpió una de sus mayores obras: un extenso tratado sobre el Estado, que abarca desde las formaciones sociales más antiguas hasta el capitalismo, pasando por las muchas elaboraciones sobre el tema, abundantes desde la modernidad.

Por: Gustavo Machado, para Teoria & Revolução

En este artículo, no obstante, no pretendemos abordar este su trabajo más reciente, solo parcialmente y muy recientemente publicado; antes que eso queremos problematizar lo que fue, a nuestro juicio, el trabajo de la vida de Mészáros: Más allá del Capital. Principalmente, porque ese libro se entrelaza con el destino de la Revolución Rusa, sus caminos y descaminos, que precisamente este año cumple 100 años. Más particularmente, el trabajo de Mészáros se liga, de algún modo, al colapso de la antigua URSS, ya que problematiza sus límites, insuficiencias y contradicciones.

Evidentemente, tratándose de un trabajo tan amplio como es el de Mészáros, una obra que supera las 1.000 páginas y expone el resultado de 25 años de investigación, no pretendemos, de modo alguno, en este corto artículo, tratar ese importante trabajo en su conjunto sino problematizar si este supera lo que nos parece ser el límite mayor de su maestro, György Lukács: la adhesión a la teoría del socialismo en un solo país. Esta cuestión gana notoria relevancia por el hecho de que el tema central de la obra de Mészáros es justamente cómo ir Más allá del Capital, cuyo subtítulo es: hacia una teoría de la transición.

Algunas notas sobre la teoría del socialismo en un solo país

Como se sabe, la teoría del socialismo en un solo país fue obra de Bujarin y Stalin, en diciembre de 1924. Este tema es, entre todos los del marxismo, seguramente uno de los más incomprendidos. A diferencia de lo que comúnmente se piensa, la defensa del socialismo en un solo país no pasa por negar pura y simplemente la revolución internacional, no pasa por negar la colaboración y solidaridad con los trabajadores y revoluciones en curso en otros países en un sentido genérico y abstracto.

Ni Stalin ni Bujarin jamás afirmaron tal cosa. La teoría del socialismo en un solo país se caracteriza por postular la posibilidad del éxito y continuidad de una revolución aislada, esto es, la posibilidad de que una revolución socialista sobreviva y se consolide incluso en medio de un mundo inmerso en relaciones sociales capitalistas. O sea, si antes la revolución internacional era planteada como una condición necesaria para la sobrevivencia de toda y cualquier revolución socialista en el ámbito nacional, según esta nueva teoría, una revolución internacional podría hasta ser deseable, pero no necesaria. En las palabras de Stalin: “La victoria del socialismo en un solo país es evidentemente posible y probable, incluso si este país es menos desarrollado desde el punto de vista capitalista e incluso si el capitalismo subsiste en países más desarrollados desde el punto de vista del capitalismo” (STALIN, 1990).

En ese sentido, la teoría del socialismo en un solo país no se contrapone únicamente a la teoría de la revolución permanente de Trotsky, con sus especificidades, sino que se contrapone con el internacionalismo tal como legado por Marx y Engels. Ambos consideraban que era imposible la superación del capital en el ámbito puramente nacional. Sin el éxito de la revolución internacional, temprano o tarde, tendríamos en cualquier revolución nacional necesariamente la restauración del capitalismo, ya sea por interferencia externa, sea por la imposibilidad de reproducción interna de un modo de producción pretendidamente “socialista” en medio del capital.

Al sostener la efectividad de un modo de producción socialista nacional en medio de un mundo capitalista, en texto de 1938 Stalin parece resumir la posibilidad de la restauración capitalista en la URSS a la intervención militar externa y no tanto en función de su dinámica interna: “¿Se puede considerar como definitivo el triunfo del socialismo en un solo país, si este se encuentra en un cerco capitalista y no está completamente asegurado contra el peligro de la intervención y de la restauración? Claro que no”. Ora, es únicamente sobre ese prisma de la intervención (militar) externa de potencias capitalistas hostiles que Stalin “reinterpreta” las innumerables afirmaciones de Lenin sobre la necesidad de la revolución internacional. Él dice, todavía, que “como no vivimos en un isla, sino sí en un ‘sistema de Estados’, gran parte de los cuales mantiene una actitud hostil contra el país del socialismo, creando el peligro de una intervención y de una restauración, decimos clara y honestamente que el triunfo de socialismo en nuestro país no es aún definitivo” (STALIN, s.d., p. 493).

Ora, lejos de ser un mero debate literario, bajo la perspectiva de la teoría del socialismo en un solo país toda la intervención internacional de la URSS será alterada por medio de la Tercera Internacional. Sus secciones pasaron a priorizar la sobrevivencia de la URSS ante la expansión de la revolución. De ahí al apoyo a la coalición con los republicanos en España para que la “patria socialista” recibiese apoyo de Inglaterra y de Francia en una guerra que se anunciaba; de ahí el pacto con Hitler; de ahí el apoyo al frente popular francés; al Kuomintang en China y a las innumerables burguesía nacionales con el criterio de la defensa de la Unión Soviética.

Como se sabe, Mészáros fue secretario de Lukács entre 1951 y 1956 y uno de los grandes divulgadores de la elaboraciones de este último. El apoyo de Lukács a la teoría del socialismo en un solo país es largamente documentada, desde por lo menos su Carta sobre el Stalinismo de 1957 hasta los Diálogos de un pensamiento vivido, entrevista concedida en su lecho de muerte. Por ejemplo, en Carta sobre el Stalinismo, a pesar de criticar a Stalin en varios otros aspectos, Lukács afirma que “Stalin se reveló un estadista notable y que veía lejos. Su enérgica defensa de la nueva teoría leninista en cuanto a la posibilidad del socialismo en un solo país, contra los ataques de Trotsky, representó, como no puede dejar de reconocerse hoy, la salvación de la revolución soviética” (LUKÁCS, 1977, p. 3). Podrían citarse innumerables otros pasajes en el mismo sentido.

Ocurre que, en Más allá del Capital, Mészáros hace justamente la autocrítica de su maestro en ese dominio. Llega al punto de afirmar que la adhesión a tal teoría sería un límite fatal de Lukács para desarrollar una crítica radical a lo que pasaba en la URSS. Para Mészáros, “como ya se había comprometido completamente con la búsqueda de soluciones en el margen de acción creado por el eslabón más débil de la cadena y, subsecuentemente, por el ‘socialismo en un solo país’, él no tiene más libertad de cuestionar en términos sustantivos las determinaciones y consecuencias fatales de ese margen de acción para el movimiento socialista históricamente dado” (MÉSZÁROS, 2002, p. 487).

El presente tema es recurrente en la obra de Mészáros, particularmente en el capítulo 17. En todos los casos, él afirma que es “imposible sostener la idea […] de que la conocida estrategia de Stalin del “socialismo en un solo país” hubiese tenido cualquier posibilidad de realizarse” (MÉSZÁROS, 2002, p. 727).

¿Tendría el autor de Más allá del Capital, en la especificidad de su elaboración, de hecho superado la teoría del socialismo en un solo país y dejado atrás los límites de su maestro? Es lo que analizaremos a partir de ahora.

Entre el capital y el capitalismo

La tesis central de la obra de Mészáros y, pensamos, decisiva para el tema aquí en debate es la distinción entre capital y capitalismo.

Para nuestro autor, la URSS fue más allá del capitalismo, pero no del capital, lo que justifica su designación de los regímenes soviéticos como pos capitalistas. Para él, “la tragedia de las sociedades pos capitalistas de tipo soviético fue el fracaso en la realización de esa difícil tarea histórica, en la medida en que siguieron la ‘línea de menor resistencia’ –al proponer el socialismo sin radicalmente superar los presupuestos materiales del sistema del capital” (MÉSZÁROS, 2002, p. 726). Ora, ¿en qué consiste, entonces, esa distinción? ¿Cuáles serían los presupuestos materiales del capital no superados por los regímenes soviéticos? Veamos:

Al caracterizar lo que sería capitalismo, curiosamente, Mészáros remite a aquel conjunto de determinaciones que Marx en El Capital anuncia como trazos distintivos del capital. Serían ellos; “la producción para el cambio”, “la propia fuerza de trabajo es tratada como mercancía”, “la motivación del lucro es la fuerza reguladora fundamental de la producción”, “el mecanismo vital de formación de la plusvalía, la separación radical entre medios de producción y productores, asume una forma inherentemente económica”, “la plusvalía […] es apropiada privadamente por los miembros de la clase capitalista” y, todavía, “la producción del capital tiende a la integración global, por intermedio del mercado internacional, como un sistema totalmente interdependiente de dominación y subordinación económica” (MÉSZÁROS, 2002, pp. 736-737).

Ahora, planteadas tales determinaciones con integradoras de lo que sería el capitalismo, Mészáros admite que “hablar de capitalismo en las sociedades prerrevolucionarias [como la ex URSS] […] implica el desprecio o la confusión de las condiciones objetivas del desarrollo, con serias consecuencias para la posibilidad de entendimiento de la naturaleza real de los problemas en cuestión” (MÉSZÁROS, 2002, p. 737). No obstante, el capitalismo sería solo una forma particular de la producción del capital, pero no el capital como tal.

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En ese punto ya es posible entrever que Mészáros recurre a una “definición” de capital más amplia que la de capitalismo, ya que este es solo una “fase particular de la producción del capital”, de modo de abarcar a los países que denomina de regímenes soviéticos como partícipes, de alguna manera, de esa nueva acepción de capital así planteada. Y realmente, ese es el camino que recorre.

Para Mészáros, “el capital en su ser-para-sí es la personificación necesaria del capital que, dependiendo de las circunstancias históricas específicas, puede o no ser el propietario capitalista privado de los medios de producción. Lo que decide la cuestión es la relación-capital en la cual el controlador del trabajador […] enfrenta y domina al trabajador” (MÉSZÁROS, 2002, p. 720).

En términos más simples, la subordinación del trabajo al capital no exige, necesariamente, la figura del capitalista individual. Ya que el capitalista es la personificación del capital en las sociedades capitalistas, pero no su forma de personificación necesaria. ¿Qué sería necesario, entonces, para tener un forma de sociedad basada en la relación-capital? Mészáros enumera cuatro condiciones:

1. la separación y la alienación de las condiciones objetivas del proceso de trabajo del propio trabajo;

  1. la imposición de tales condiciones objetivadas e alienadas sobre los trabajadores como un poder separado que ejerce comando sobre el trabajo;
  2. la personificación del capital como “valor egoísta” […] que persigue su propia auto expansión, con una voluntad propia (sin la cual no podría ser “capital-para-sí” como controlador del socio metabolismo); […] la forma de capital pos capitalista heredada y reconstituida hace emerger su propia personificación en la forma del burócrata […];
  3. la equivalente personificación del trabajo […[] lo que ocurre cuando pensamos en la categoría de “trabajo” como el trabajador asalariado bajo el capitalismo o aún como el “trabajador socialista” cumplidor y súper cumplidor de normas bajo el sistema del capital pos capitalista, con su forma propia de división horizontal y vertical del trabajo (MÉSZÁROS, 2002, pp. 720-721).

Trazadas tales condiciones como típicas del “capital para-sí, Mészáros puede finalmente caracterizar los regímenes soviéticos como una especie de subsistema del capital, incluso siendo distinto de una de sus formas particulares: el capitalismo. En las palabras de Mészáros: “Esas cuatro condiciones básicas son constitutivas del ‘sistema orgánico’ del capital y compatibles con todos los tipos de transformaciones parciales sin que eso altere su sustancia. El capital puede, por lo tanto, cambiar prontamente la forma de su dominio mientras estas cuatro condiciones básicas no sean radicalmente superadas por la formación de un sistema orgánico alternativo, genuinamente socialista” (MÉSZÁROS, 2002, pp. 720-721).

Las inconsistencias de la acepción “capital” en Mészáros

Pensamos, sin embargo, que la acepción de capital de Mészáros, esbozadas arriba rápidamente, presenta varias inconsistencias en relación con la fuente primera de sus reflexiones, que es Marx. Particularmente, la obra a la que él más veces recurre en la suya: los Grundrisse. Veamos, en principio, punto a punto, cada una de las condiciones arriba señaladas, propuestas por Mészáros como definidoras de la relación-capital.

En el primer punto se dice de la “separación de las condiciones objetivas del proceso de trabajo del propio trabajo”. Ese aspecto, de hecho, es repetido por Marx casi una centena de veces en los Grundrisse. No obstante, ¿ella sería de hecho satisfecha en el caso de los regímenes soviéticos? Para responder a esa cuestión es necesario examinar cuáles serían esas “condiciones objetivas del proceso de trabajo” que el capital presupone como separadas del trabajador. Los manuales de marxismo normalmente tratan de la separación entre los trabajadores y los medios de producción, pero la cuestión es más compleja de lo que parece a primera vista.

Principalmente porque los medios de subsistencia del trabajador son necesarios para su reproducción y sobrevivencia, siendo, así, una condición objetiva del proceso de trabajo. Por ese motivo, es necesario expropiar al trabajador también de los medios de su subsistencia –no solo su propiedad, sino también su posesión garantizada por una clase o institución– para que él esté de hecho separado de las “condiciones objetivas del proceso de trabajo”. Marx, en los Grundrisse, enumera cuatro condiciones objetivas de las cuales el trabajador es separado, posibilitando, así, el surgimiento del capital: 1) la relación en que el individuo que trabaja es propietario de la tierra en tanto miembro de una comunidad; 2) la relación en que el individuo es propietario de los instrumentos de trabajo; 3) la relación en que el individuo es propietario del fondo de consumo para su sobrevivencia; 4) la relación en que el individuo que trabaja forma parte directamente de las condiciones objetivas de producción, como el esclavo y el siervo (MARX, 2011, p. 408).

Ora, inicialmente podemos concordar con Mészáros que en los regímenes soviéticos los trabajadores no eran propietarios de los medios de producción, sino el Estado controlado por la burocracia, confirmando que la separación de las condiciones objetivas (1) y (2) eran satisfechas en los regímenes soviéticos. No obstante, ¿los trabajadores soviéticos serían expropiados del fondo de consumo para su sobrevivencia? Ora, tal fondo, fuertemente descuidado en los análisis corrientes de las clases sociales, consiste en una reserva oriunda de un trabajo anterior que posibilita al individuo ejercer su actividad particular, productiva o no. Ese es el caso, por ejemplo, de las castas burocráticas características del despotismo oriental, ocupen ellas funciones de naturaleza religiosa o administrativa. Aun cuando pueda parecer que no son propietarios de nada, además de recibir una remuneración periódica, los integrantes de tales castas no son trabajadores asalariados, ya que han garantizado el fondo de consumo para su sobrevivencia por el Estado. En este sentido, el concepto de trabajador asalariado es corrientemente confundido con la mera existencia de un pago periódico a aquel que trabaja, lo que es falso.

La noción de trabajador asalariado presupone que no exista ninguna institución (estatal o no) que garantice su subsistencia, volviendo necesaria la continua reventa de su fuerza de trabajo en el mercado y, por lo tanto, la existencia de un mercado de trabajo. Solamente así podemos decir que ocurre una “separación entre el trabajador y las condiciones objetivas de su trabajo”. El propio Mészáros admite que este no es el caso en los regímenes dichos “pos capitalistas”; según él, el “modo político de extraer el trabajo excedente se hizo necesario en el sistema del capital de tipo soviético porque era estructuralmente incompatible con las exigencias objetivas de montar y mantener en operación un mercado de trabajo posrevolucionario” (destacado nuestro) (MÉSZÁROS, 2002, p. 780). Ora, si asumimos que el Estado burocrático es el propietario de los medios de producción y, además, que no existe un mercado en que el trabajador vende libremente su fuerza de trabajo, o tendremos que asumir que los trabajadores han garantizado la posesión del fondo de consumo (caso 3), o, entonces, que el Estado burocrático es el propietario, también, de los trabajadores (caso 4). En ambos casos, la condición “de la separación de las condiciones objetivas del proceso de trabajo del propio trabajo” señalada por Mészáros no es satisfactoria.

La segunda condición señalada por Mészáros como distintiva del capital para-sí, la imposición de condiciones alienadas sobre los trabajadores como un poder separado y que comanda su trabajo, creemos que es todavía más difícil de sostener. En realidad, es una condición un tanto extraña para definir una relación-capital, ya que en todas las formas de organización social marcadas por la explotación de una clase obre la otra, tenemos un poder externo que comanda el trabajo de los individuos. Lo que diferencia la forma de capital es justamente el hecho de que esa dominación no es directa de individuo a individuo, implementada directamente por una casta o clase dotada de poder político, sino económica, esto es, efectivizada bajo la mediación de las determinaciones, al principio impersonales, del mercado. En los Grundrisse, Marx dice que el “intercambio privado de todos los productos del trabajo, de las actividades y de las capacidades está en contradicción […] con una distribución fundada en la dominación y subordinación (naturales y espontáneas, o políticas) de los individuos entre sí” (MARX, 2011, p. 107). O sea, no es la dominación y comando directo de una clase social sobre la otra lo que constituye la especificidad del capital, sino exactamente la dominación indirecta, mediada por la compra y venta en el mercado.

En ese sentido, Marx dice explícitamente que “el capital se diferencia de la relación de dominación precisamente porque el trabajador se depara con él como consumidor y ponente de valor de cambio, en la forma de poseedor de dinero, como simple centro de la circulación” (MARX, 2011, p. 344). En otro momento, Marx incluso diferencia el “trabajo forzado inmediato”, marcado por la dominación directa del “trabajo forzado mediado”, típico del capital, marcado por la dominación indirecta, ya que existe la mediación del mercado. Él dice que “riqueza no se enfrenta con trabajo forzado inmediato como capital, sino como relación de dominación” (MARX, 2011, p. 256). Como se ve, la existencia de la dominación, de la imposición, del comando externo sobre el trabajo es absolutamente insuficiente para hacer de una relación de dominación una relación-capital.

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La condición (4) señalada por Mészáros dice sobre personificación del trabajo. Ocurre que, según Marx, la personificación del trabajo es incomprensible sin la noción de valor y trabajo abstracto. Es justamente porque la forma social capitalista iguala, por medio del intercambio, al conjunto de los trabajadores, que ellos pueden ser vistos, ante el capital, como tiempo de trabajo personificado. Todas diferencias individuales se disuelven en la distinción entre trabajadores” (MARX, 2013, p. 317). Toda colorida “multitud de trabajadores de todas las profesiones, edades y sexos que nos atropellan con más impaciencia que las almas de los muertos a Ulises, y en los cuales se reconoce a primera vista […] las marcas del sobretrabajo” son indistintamente igualados. Por eso, “frente al capital, todos los seres humanos son iguales” (MARX, 2013, p. 327).

Ora, como se ve, no se trata de una personificación meramente subjetiva presente en la mente de un burócrata que quiere explotar a todos. Al contrario, existe un proceso social objetivo que despersonaliza a los individuos y personaliza su actividad genérica medida por el tiempo de trabajo. ¿Dónde encontrar ese proceso en una sociedad en la que el conjunto de los trabajadores confronte con el capital en tanto vendedor de su fuerza de trabajo?

Como se ve, las tres condiciones que enunciamos arriba pueden ser impugnadas con la mera constatación de que no es posible pensar una relación social capital sin que existan trabajadores asalariados vendedores de su fuerza de trabajo en el mercado.

Más allá de eso, pensamos que la condición (3) planteada por Mészáros encierra problemas aún más profundos: la personificación del capital considerada como un “valor egoísta” […] que persigue su propia auto expansión, con una voluntad propia”. Ora, es extraño que esta expresión, “valor egoísta”, utilizada por Marx en los Grundrisse en un fragmento que remite, claramente, a la tradición liberal, pueda ser elevada al estadio de categoría fundamental para definición del capital.

Más aún, ¿cómo hablar, rigurosamente y en términos marxistas, de valor en una sociedad que no es regulada por el intercambio?¿Qué auto expansión es esta si Mészáros no habla de plusvalía, sino, antes, de trabajo excedente? La acepción de capital fundada en el trabajo excedente puro y simple, que no sea en la forma de plusvalía, es negada explícitamente por Marx: “el capital no inventó el plus-trabajo. Donde quiera que una parte de la sociedad detente el monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre o no, tiene que adicionar al tiempo de trabajo necesario para su auto conservación un tiempo de trabajo excedente a fin de producir los medios de subsistencia para el poseedor de los medios de producción”. Sea este un “ateniense, el teócrata etrusco, el ciudadano romano, el barón normando, el esclavista americano, el boyardo valaco [rumano de la Valaquia, antiguo principado del reino de Rumania, ndt], el señor rural moderno o el capitalista” (destacado nuestro) (MARX, 2013, p. 309).

Además, nos parece bastante cuestionable la tesis de que los Estados soviéticos se regían por una lógica de auto expansión. Seguramente, buscaban ampliar el trabajo excedente a fin de garantizar los privilegios de la casta burocrática e incluso garantizar los intercambios y pagos con los países capitalistas externos; no obstante, si existían objetivos de acumulación y auto expansión, se debe constatar que fallaron cabalmente, como demuestra la restauración capitalista.

Por fin, es curiosa la teoría de Mészáros del capital sin capitalistas que se basa en un pasaje de los Grundrisse en el que Marx dice exactamente lo contrario. En ese fragmento se dice que, si es verdad que el capital consiste en una relación social, un modo de relacionamiento específico entre los hombres en la producción, jamás puede ser considerado independientemente de los hombres que él presupone y reproduce. No sin razón, “el capital es al mismo tiempo necesariamente capitalista, y la idea de algunos socialistas, según la cual precisamos del capital pero no de los capitalistas, es enteramente falsa” (MARX, 2011, p. 421).

En ese fragmento, Marx se refiere, entre otros, a los llamados socialistas ricardianos como John Gray, Thomas Hodgskin y John Francis Bray, así como Proudhon. Según ellos, bajo diferentes matices, la propiedad privada de los medios de producción debe ser abolida en beneficio de cooperativas pertenecientes a las asociaciones de trabajadores y, en ese sentido, abogan por la eliminación de los capitalistas concomitantemente con la conservación del capital. Contra todos ellos, para Marx, de la misma forma que “en el intercambio entre capital y trabajo, el trabajo en tanto tal, existente para sí, apareció necesariamente como trabajador”, “el capital existente para sí es el capitalista”. Sin duda, el capital puede separarse de un capitalista singular, pero “perdiendo el capital, él pierde la calidad de capitalista. Por consiguiente, el capital es seguramente separable de un capitalista singular, pero no del capitalista que, como tal, se enfrenta con el trabajador”. De la misma forma que el “trabajador singular también puede dejar de ser el ser-para-sí (Fürsichsein) del trabajo; puede heredar, robar dinero, etc. Pero entonces deja de ser trabajador” (MARX, 2011, p. 236).

Además de esos elementos, queda claro que Mészáros descuida cabalmente la esfera de la circulación del capital, sobre todo porque esa esfera impugnaría directamente su acepción ampliada de este. Marx insiste, innumerables veces, que el capital es una unidad de producción-circulación y, como es sabido, todo el Libro Segundo de El Capital está destinado al tema de la circulación. Ese libro jamás es citado por Mészáros. Aún en el Libro Primero se expone que la fórmula general del capital es D-M-D’. Ocurre que esta fórmula no remite al intercambio de mercancías-producto en el mercado, sino a la compra y venta de la fuerza de trabajo. No es el trabajo excedente puro y simple que la caracteriza, sino el hecho del que el trabajador intercambia su fuerza de trabajo por un equivalente en dinero (D-M), sino ser el consumo de esa mercancía fuerza de trabajo (que ocurre fuera de la circulación, en la esfera de producción) que valoriza el valor (M-D’). Sin forma-valor que, por su parte, presupone el intercambio de mercancías generalizado, incluso la mercancía fuerza de trabajo, no se tiene plusvalía ni capital. Mészáros reduce la plusvalía a su contenido histórico, el trabajo excedente; reduce el proceso de valorización del valor al proceso material de producción; reduce la forma social-valor, que presupone la circulación general de mercancías, a un valor abstracto (valor egoísta) y, así, transforma la forma histórica capital en un capital vacío de su contenido esencial. Hace el exacto opuesto de Marx, que camina desde contenidos más generales hacia sus respectivas formas históricas específicas.

¿Más allá del socialismo en un solo país?

Ora, dicho esto, resaltamos que, según nuestro juicio, los regímenes soviéticos, de hecho, no superaron el capital, no obstante, no por los motivos indicados por Mészáros. En el Libro Segundo de El Capital, ampliamente ignorado por nuestro autor, como ya dijimos, en un extenso pasaje que citamos integralmente, Marx da una explicación que nos permite deducir en qué sentido podemos decir que los regímenes soviéticos no superaron el capital:

Dentro de su proceso de circulación, en que el capital industrial funciona como dinero o como mercancía, el ciclo del capital industrial, sea como capital monetario o como capital-mercancía, se entrecruza con la circulación de mercancías de los más diferentes modos sociales de producción, en la medida en que esa circulación sea, al mismo tiempo, producción de mercancías. Poco importa si las mercancías son el producto de un sistema de producción basado en la esclavitud, o del trabajo de campesinos (chinos, ryots, indianos), o de comunidades (Indias Orientales holandesas), o de la producción estatal (como aquella que, basada en la servidumbre, ocurre en ciertas épocas primitivas de la historia rusa), o de pueblos cazadores semisalvajes, etc.: sea cual fuere su origen, ellas se confrontan, como mercancías y dinero, con el dinero y las mercancías en que se representa el capital industrial y entran tanto en el ciclo de este último como en el del plus-valor contenido en el capital-mercancía, siempre que ese plusvalor sea gastado como renta; entran, por lo tanto, en los dos ramos de circulación del capital-mercancía. El carácter del proceso de producción de donde ellas surgen es indiferente; funcionan como mercancías en el mercado y entran como mercancías tanto en el ciclo del capital industrial como en la circulación del plus-valor en él contenido. Es, por lo tanto, el carácter multifacético de su origen, la existencia del mercado como mercado mundial, lo que caracteriza el proceso de circulación del capital industrial (MARX, 2015, pp. 188-189).

Ora, como podemos ver, nos parece correcto afirmar que la URSS no superó el capital. No obstante, el motivo no fue porque la especificidad de su lógica de reproducción interna pudiera ser determinada como una especie de subsistencia del capital, sino por el hecho de permanecer dependiente, y en dosis cada vez más ampliadas, del mercado mundial. Los productos comprados por la URSS del mercado externo actuaban en estos como capital-mercancía. De la misma forma, las mercancías vendidas actuaban en el exterior como capital-mercancía. Eso, sin hablar del capital monetario en permanente intercambio con los Estados soviéticos a partir de la deuda pública constituida por la URSS desde la posguerra. Es desde el punto de vista del mercado mundial que el capital penetra sus tentáculos sobre los regímenes dichos soviéticos por todos los poros, de la cabeza a los pies, imponiendo, es claro, contradicciones internas de todo tipo. Entendida en esos términos, los límites de la Unión Soviética nos remiten directamente a la necesidad de la revolución mundial, la inadecuación de un Estado de este tipo inmerso en relaciones sociales globales regidas y orientadas para la valorización del valor, independiente de cuan satisfactoria o no puedan ser las medidas adoptadas en el ámbito interno.

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Pensamos que, a pesar de hacer correctamente la autocrítica de su maestro, no es ese, al fin de cuentas, el camino indicado por Mészáros. Sus críticas se dirigen, predominantemente, a los aspectos internos de la reproducción social soviética y, sobre todo, al proceso de trabajo que sería alienado, jerárquico y desigual.

Ya el internacionalismo aparece en su obra en el mismo sentido abstracto y subjetivo que se haría presente en los ideólogos del socialismo en un solo país, esto es, como algo deseable, no como condición necesaria para una forma social más allá del capital. Por eso, Mészáros tiene que torturar los textos de Marx para encuadrar la dinámica interna soviética en el concepto de capital. De la misma forma, la necesidad política de la toma del poder en otros países es tratada de forma secundaria. Veamos.

Mészáros parece minimizar la necesidad de la toma del poder cuando dice que “la cuestión de la ofensiva estratégica no se reduce a la necesidad de acción política, a pesar de ser esta una parte necesaria –pero lejos de suficiente– de la transformación socialista” (MÉSZÁROS, 2002, p. 918). Y más adelante: “la alternativa hegemónica del trabajo al dominio por el capital es inconcebible sin la erradicación completa del capital del proceso socio metabólico. Por eso, el derrumbe del capitalismo puede tan solo arañar la superficie del problema” (MÉSZÁROS, 2002, p. 919). Aunque muchas de sus críticas sean perfectamente válidas, preguntamos si sería posible un proceso socio metabólico radicalmente diferente, en sus fundamentos, en un país aislado.

Ora, si es verdad que el derrumbe del capitalismo tan solo araña la superficie del problema, ¿cómo imaginar, sin la teoría del socialismo en un solo país, que una nación aislada pueda tener éxito en esa tarea? ¿Cómo superar el aislamiento de la revolución rusa sin la “acción política” de la toma del poder en los demás países del globo”. No obstante, Mészáros se remite, principalmente, como dijimos, al proceso de trabajo tal como fue realizado en los regímenes soviéticos. Habla de “superar la relación antagónica/conflictiva en la cual se ejecuta el proceso de trabajo bajo la dominación estructural jerárquica del trabajo por el capital en todas sus formas conocidas y posibles” (MÉSZÁROS, 2002, p. 928). O sea, el proceso de trabajo ejercido sobre un control y dominio jerárquico en el sentido que él considera es una alienación del trabajo, tal como indicamos arriba. Dice todavía que la necesidad de “trascendencia del fetichismo de la mercancía –necesariamente heredado del pasado por todas las sociedades pos capitalistas– es inconcebible sin que progresivamente se supere la determinación conflictiva del proceso de trabajo” (MÉSZÁROS, 2002, p. 929).

Coherente con su concepción ampliada de capital, él insiste siempre que “la clave para que ocurran cambios significativos en la complejidad de la reproducción socio metabólica es la superación radical de la determinación antagónica/conflictiva del proceso de trabajo, tanto si tenemos en mente la extracción de trabajo excedente primordialmente económica del capitalismo como la forma políticamente dirigida del pos capitalismo” (MÉSZÁROS, 2002, p. 930). Ora, si Mészáros tiene razón en los aspectos centrales que aborda, preguntamos: ¿cómo superar el fetichismo de la mercancía en una nación aislada que precisa de un excedente cada vez más ampliado para intercambiar con un mercado internacional que se rige, por su parte, por la valorización del valor y no por las necesidades humanas? ¿Cómo superar los imperativos de una producción rígidamente jerarquizada si el imperativo del intercambio no fue, ni podría ser, abolido en un país aislado, fuertemente dependiente del mercado internacional?

En resumen, Mészáros se remite, siempre, a posibles adecuaciones y fallas de orden interno al régimen soviético posrevolucionario, y, no tanto a la necesidad de expansión de la revolución socialista como presupuesto necesario e ineludible para la superación del capital y, por eso mismo, para la definitiva superación de las debilidades de una economía planificada (burocráticamente) en intercambio con naciones regidas por la relación-capital.

Con ese énfasis, nuestro autor no analiza la intervención política externa de la URSS en los demás países del globo cuando la defensa de la patria socialista se transformó en la tarea histórica número uno. No analiza el hecho de que los PCs de todo el mundo, fuerza marxista casi siempre hegemónica en aquel contexto, pasaron a sacrificar los procesos revolucionarios internos para garantizar una situación más cómoda con los posibles aliados de la Unión Soviética. Un ejemplo importante es la política de Frente Popular. Como parte de esa estrategia centrada en la sobrevivencia de la URSS, el Frente Popular pasó a ser el carro jefe de la Internacional Comunista a partir de los años ’30. Se trataba de una alianza política permanente de los PCs con las burguesías nacionales. El Frente Popular sirvió como freno principal en diversos procesos revolucionarios. Ora, si la sobrevivencia de la URSS y sus satélites pasaba a primer plano, los dirigentes soviéticos no dudaron, tampoco, en disolver la Internacional Comunista a pedido de los aliados, a partir de la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Lo que pocos saben es que quien primero formuló esa línea de intervención de modo consciente, el Frente Popular, antes incluso de la Internacional Comunista, fue Lukács, en sus Tesis de Blum de 1928. ¿Mészáros criticó esas tesis? Por el contrario, él elogia el hecho de que Lukács haya sido el primero en formularla, motivo por el cual sufrió un fuerte ataque en la Internacional Comunista en aquel momento, y dice solo que tales tesis fueron “internacionalmente innovadoras” (MÉSZÁROS, 2002, p. 348).

En resumen, el problema central es que sin una revolución internacional los presupuestos históricos de las cuestiones planteadas por Mészáros en su obra no están dados. Al mismo tiempo, nuestro autor no analiza la profunda influencia del estalinismo como una barrera objetiva en el desarrollo de un sinnúmero de revoluciones en el siglo XX. Sin negar la relevancia de los problemas planteados por Mészáros, preguntamos si su propuesta “sustantiva” en relación con los males y el colapso de los regímenes soviéticos, en la medida en que pone en segundo plano la acción política de la toma del poder sin la cual la URSS no podría superar su aislamiento, y [ni] cualquier otra revolución nacional, aunque originada en el “eslabón más fuerte de la cadena”, no estaría presuponiendo que, si las medidas internas de la Revolución de 1917 hubiesen sido otras, sería posible superar el capital en las sociedades pos capitalistas y, de ese modo, realizar la creencia del socialismo en un solo país.

Referencias

LUKÁCS, G. “Carta sobre o stalinismo”. En: Temas de ciêcias humanas. São Paulo: Grijalbo, no 1, 1977.
MARX, K. Grundrisse, São Paulo, Boitempo, 2011.
______. Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie. Werke (Band 42) Berlin: Dietz Verlag, 1974.
______. O Capital Livro I. Rio de Janeiro: Boitempo Editorial, 2013.
______. O Capital Livro II. Rio de Janeiro: Boitempo Editorial, 2015.
MÉSZÁROS, István. Para além do capital: rumo a uma teoria da transição. São Paulo: Boitempo, 2002.
STALIN, Josef. A revolução de outubro e a tática dos comunistas russos. En: Em defesa do socialismo científico. São Paulo: Anita Garibaldi, 1990.
STALIN, Josef. “Carta del camarada Ivanov y respuesta del camarada Stalin” OBRAS XI.

Artículo publicado originalmente en Teoria & Revolução, sección capital e imperialismo, 10/10/2017. Disponible en: http://teoriaerevolucao.pstu.org.br/

Traducción: Natalia Estrada.