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Ciento cincuenta años después de decretada la abolición de la esclavitud en el imperio portugués, mujeres negras africanas continúan sucumbiendo y, principalmente, resistiendo. Hace dos siglos, matar a un recién nacido de propio vientre era un gesto desesperado de resistencia contra la sociedad esclavista. Hoy, las mujeres negras, pobres y prostituidas que –sin esperanzas– abandonan a los hijos no precisan ser vanagloriadas, pero tampoco necesitan de la mirada fría e indigna de cualquier empatía.

Por: Em Luta

El niño está vivo y, por lo que todo indica, saludable. Fue encaminado para una institución de salud y, posteriormente, para un abrigo estatal. La madre, una caboverdiana de 22 años, continúa sobreviviendo. Otrora invisible, ahora la mujer tiene atención especial del Estado, principalmente la del perfil criminal y punitivo, y es juzgada también en los tribunales libres de las redes sociales.

El bebé fue encontrado por un hombre habitante de la calle, en la basura. La madre fue capturada por la policía. Ahora, además de un techo y de refecciones regulares, incluso cuando sean garantías mínimas provistas por una prisión, Sara ganó momentáneamente visibilidad social, y está en el centro del debate sobre la cuestión moral portuguesa. Ella es la mujer que intentó matar al hijo, según las autoridades de la Justicia.

Al final, ¿tener o no alguna empatía, la menor y más distante que sea, por una mujer negra, sin abrigo e inmigrante que, sola –e inmediatamente después de parir–, deja al recién nacido en la basura de una calle cualquiera de Lisboa, en una noche del 5 de noviembre?

Las respuestas son las más diversas posibles. Una, en particular, llama más la atención. La opinión de Raquel Varela, historiadora y profesora universitaria, causa impacto por tratarse de una figura respetada en la academia, y también por sectores progresistas de los movimientos sociales que se reivindican de izquierda.

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En el artículo del último 19 de noviembre, Raquel define a Sara como una mujer que sucumbió. E incluso que no sea este el punto, dice que nuestro padrón de comportamiento social no puede ser los que sucumben sino los que sobreviven, o los “que se salvan”, como si el modelo de comportamiento de la mujer hoy presa hubiera sido alguna vez defendido como algo a ser seguido.

Acertadamente, la articulista denuncia la hipocresía de la Presidencia de la República y del Ministerio de Justicia, al visitar a la joven presa bajo la acusación de tentativa de homicidio. Argumenta que la misma solidaridad no es dada por el gobierno a las mujeres negras inmigrantes que sobreviven con subempleos, con subsalarios. Tampoco son dignos de visita los que son en realidad criminalizados por ejercer el derecho de luchar por lo que es justo, como es el caso de los camioneros, estibadores, enfermeros en huelga. En eso, la indignación de Raquel Varela tiene todo fundamento. Así como nos llama la atención el silencio de las diputadas negras recién electas, que pierden la oportunidad de denunciar el oportunismo de los representantes del Estado y de proponer medidas que ayuden a prevenir y lidiar con este tipo de casos.

Raquel Varela se equivoca, no obstante, en una cuestión fundamental. Trata a quien “sucumbe” como si actuase con un libre deseo para “sucumbir”. Es un preconcepto, un juicio moral típico del sentido común. Tal posición da a entender que Sara, perteneciente al lumpenproletariado –el estrato social más vulnerable, fruto del capitalismo– tendría que ser tratada por la ley y por la sociedad como cualquier otra mujer. Todo porque la acusada de tentativa de homicidio no tiene, aparentemente, “perturbación mental”, según concluyó la articulista. Es como aislar al individuo sin considerar el peso del tejido social. Ni siquiera la legislación consigue ser tan implacable. No son pocas las naciones “civilizadas” cuyos códigos penales garantizan atenuantes para el infanticidio, el acto de matar al hijo después del nacimiento, teniéndose en cuenta las cuestiones que, por ventura, hayan presionado a la mujer a cometer el crimen, incluso cuestiones sociales y también psicológicas, luego de dar a luz.

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La misma libertad y capacidad de tomar decisiones no es atribuida al hombre que rescató al niño de la basura. Así juzga Raquel Varela: “un sin abrigo no consigue salvarse a sí mismo, cuanto más a un bebé. Un sin abrigo precisa ser salvado, no puede salvar a nadie”. ¿No sería también Sara un tanto incapaz?

No podemos caer en el error de ignorar el contexto social que crea este tipo de situación. El capitalismo, valiéndose del machismo y del racismo, relega a las mujeres, inmigrantes, negras, jóvenes y pobres a las peores condiciones de vida y, cuando con suerte, de trabajo. La actitud de Sara es, a primera vista, apenas individual. No obstante, es también, y principalmente, consecuencia de las relaciones sociales que vivimos.

Ciento cincuenta años después de decretada la abolición de la esclavitud en el imperio portugués, mujeres negras africanas continúan sucumbiendo y principalmente resistiendo. Hace dos siglos, matar a un recién nacido de propio vientre era un gesto desesperado de resistencia contra la sociedad esclavista. Hoy, las mujeres negras, pobres y prostituidas que –sin esperanzas– abandonan a los hijos no precisan ser vanagloriadas, pero tampoco necesitan de la mirada fría e indigna de cualquier empatía.

Artículo publicado en https://emluta.net

Traducción: Natalia Estrada.