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A pesar de las bravatas iniciales de algunos gobernantes de economías importantes, como Donald Trump y Jair Bolsonaro, está claro que el capitalismo está muy preocupado con la gravedad de la crisis provocada por la pandemia de coronavirus.

Por Em Luta

Como relata el economista Michael Roberts, los gobiernos anunciaron paquetes con medidas de reducción de impuestos de cerca de 4% del PBI y otros 5% del PBI en garantías de crédito y préstamo al sector capitalista. En la recesión de 2008, iniciativas similares habrían totalizado solo el 2% del PBI mundial.

Es más: el Congreso de EEUU aprobó una ayuda de 2 billones de dólares para apoyar a la economía del país. El problema es que solo 1/3 de esos recursos servirán para ayudar a los 157 millones de trabajadores norteamericanos, una gran parte de ellos – 33 millones – sin derecho a licencias pagas y sin seguro de salud. Los 23 restantes tendrán como destino las empresas.

La desigualdad del impacto de la pandemia en el mundo e incluso dentro de los países capitalistas más ricos es brutal. Hasta hace poco, Trump se negaba a apoyar las medidas decretadas por gobernadores, como el cierre de escuelas y el estímulo al teletrabajo. Evitaba parar la producción para no reducir las ganancias. Pero el crecimiento del número de casos –Estados Unidos es hoy el país con más enfermos del mundo– y la presión de los trabajadores lo hizo retroceder y decidir prorrogar el aislamiento social hasta fines de abril. Anthony Fauci, el epidemiólogo de la Casa Blanca, calcula que el país podrá registrar millones de casos de infección por coronavirus y entre 100 mil a 200 mil muertes.

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Pero si el aislamiento, una medida fundamental para reducir el ritmo de propagación del virus e impedir el colapso de los hospitales, es una fuerte reivindicación de los trabajadores de los países ricos, lo mismo no sucede en algunos de los más pobres o incluso en aquellos considerados emergentes.

En estos países, como una gran parte trabaja en la calle, no posee ningún tipo de protección social y los gobiernos no garantizan su subsistencia durante el período de cuarentena, el aislamiento significa morir de hambre.

Por eso, la India presenció una fuga de millones de trabajadores de las ciudades después de que, la semana pasada, el primer ministro, Narandra Modi, anunciara el aislamiento obligatorio los próximos 21 días. Comercios, fábricas y restaurantes estarían cerrados y la gente obligada a quedarse en casa. Sin medios de ganar el sustento, esos millones de trabajadores decidieron volver a sus aldeas, muchas de estas a miles de kilómetros de distancia, a pie, dada la ausencia de transporte público. Indignados también quedaron los angolanos cuando el Gobierno de João Lourenço decretó el estado de emergencia e impuso restricciones a la circulación.

En vez de crear alternativas para la supervivencia de los millones de trabajadores que ganan de las calles su sustento, la parasitaria burguesía angolana prefirió, con la truculencia habitual, poner el ejército y la policía en la calle. Ya existen denuncias en las redes sociales de actos de violencia contra los ambulantes.

En Brasil, donde la desocupación llega al 11% de la población económicamente activa y el 40% de los trabajadores están en la informalidad, el Gobierno Bolsonaro, después de mucha presión decidió activar un auxilio de emergencia por valor de 600 reales (cerca de 120 euros) mensuales, durante tres meses, para los trabajadores informales y 1.200 reales (240 euros) para madres a cargo de sustentar la familia. Estos valores, como está claro, no garantizan el sustento de una familia, pero tiene por objetivo evitar una explosión social contra un gobierno cada vez más odiado por la mayoría de la población.

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La pandemia que hoy tortura a la humanidad es todavía más dura para los más frágiles. En el continente africano, especialistas alertan sobre una posible hecatombe. Quien lo reconoce es el propio secretario general de la ONU, António Gutiérrez. “África necesita urgentemente kits, máscaras, ventiladores [mecánicos], equipos de protección para los profesionales de la salud”, dijo. Pero ¿qué han hecho la ONU, la Unión Europea o Estados Unidos para proteger a los pueblos con mayores dificultades para enfrentar esa amenaza? Nada. La burguesía no es solidaria. Su única preocupación es adoptar medidas que protejan a sí y a su capital de la gigantesca recesión que se vislumbra. Un ejemplo de esto lo da EEUU: en la ciudad de Las Vegas, llena de hoteles completamente vacíos, los sin techo duermen en un estacionamiento. En Twitter, un usuario comentó de la siguiente manera la foto que mostraba el lugar donde los sin techo pasarían la noche: “Esta fotografía resume todo lo que está mal en este país y en su respuesta a la crisis de covid-19”. Tiene razón.

Traducción Miriam Dolagaray