Compartir

Discutir las lecciones de la huelga de los conductores nos permite ver más a fondo la realidad del país en que vivimos y que tantas veces está encubierta por la discusión de la coyuntura política de cada momento.

Por: Em Luta

El ataque sin precedentes al derecho de huelga

Después de usar a la policía para quebrar la huelga de los estibadores, el gobierno, con el ataque a la huelga de los conductores de materiales peligrosos, subió la apuesta en el ataque al derecho de huelga. Los servicios mínimos dejaron de ser para garantizar cuestiones centrales de la sobrevivencia humana y social, como apoyo a hospitales o a bomberos, y pasaron a servir para impedir el impacto de las huelgas en los bolsillos de los patrones. Costa fue todavía más explícito: “en el límite, puede no haber distinción entre los límites mínimos y el servicio normal”. Pero claro que esto es difícil, Costa está protegido y apoyado por el resto de las instituciones del Estado, como la Fiscalía General de la República, que muestran que en nada son imparciales.

Recordemos que los patrones tienen el cuchillo y el queso en la mano y que es con las huelgas (y su impacto) que los trabajadores procuran cambiar la relación de fuerzas para conseguir negociar mejor el precio de la venta de su fuerza de trabajo. Por lo tanto, impedir el impacto de las huelgas es, de hecho, impedir el derecho constitucional a la huelga. Por eso, en el caso más reciente de la huelga de la Ryanair, los servicios mínimos sirvieron para garantizar rutas que no afectaban un servicio básico de la aviación –la ligazón entre islas y continente– y que también eran hechas por la TAP.

Reivindicaciones más que justas (y la necesidad de ir más allá)

Como ya dijimos en otros textos, las reivindicaciones de los conductores son más que justas: aumento del salario de base en una profesión especializada, pago real de las horas extras, derecho a descontar para la Seguridad Social sobre el salario de conjunto, para tener derecho a una reforma y/o baja dignas.

Pero queremos ir más allá. Es preciso decir que vivimos en un país de salarios bajísimos, en que el salario mínimo de 600 € no alcanza para vivir con dignidad, aún más cuando el costo de vida –en particular la habitación, pero no solo esta– crece a simple vista. Un estudio reciente del ISEG apunta que con menos de 1.000 € es difícil vivir dignamente. Por eso, es necesario decir que todos los trabajadores precisan ver sus salarios aumentados y dar vuelta al revés la discusión del supuesto exagero y la exigencia de los conductores (o, antes, de la Autoeuropa o de los estibadores).

Las empresas petrolíferas, entre otras, hicieron millones de ganancias en los últimos años. El hecho de que el servicio de materiales peligrosos ya no sea directamente de estas empresas, sino intermediado por otras empresas, agrava todavía más el robo que se hace a los trabajadores todos los días. En ese sentido, es fundamental exigir la renacionalización de la GALP, sin indemnización y bajo control de los trabajadores, para recuperar un sector estratégico (y lucrativo) de la economía al servicio del bien público, pero también para acabar con las intermediaciones, y garantizar un nuevo nivel de derechos a los conductores y a todos los trabajadores del sector.

Por otro lado, los conductores tienen razón en exigir que les sean pagas las horas extras que sostienen de hecho al sector. Pero es necesario ir más allá: reducir las horas trabajadas y contratar más empleados. Históricamente, los trabajadores entablaron duras luchas por la reducción del horario de trabajo para 40 horas, que en Portugal solo fue conquistado con el 25 de Abril. El aumento de la automatización y de la tecnología debería hacer que trabajásemos cada vez menos horas. Nuestra necesidad como sociedad es la reducción a 35 horas semanales para todos, ya, como un paso para la división del trabajo existente con los trabajadores disponibles, para que todos puedan tener trabajo y tiempo para vivir (y no solo sobrevivir). Por el contrario, lo que vemos es que se trabaja cada vez más (sin remuneración o con remuneraciones cada vez más bajas), los horarios son cada vez más rotativos y los turnos generalizados en sectores que ni siquiera precisan, mientras las máquinas aceleran el ritmo impuesto a los trabajadores (a costa de su salud), creando un desgaste sin precedentes, mientras por la reforma, la edad [de jubilación] está cada vez más lejos.

Lea también  La crisis económica está de vuelta y la xenofobia también

Gobierno Costa: el administrador de los intereses de los patrones

Analizadas las reivindicaciones, saquemos entonces las lecciones sobre el papel de los intervinientes en este conflicto.

El gobierno Costa dijo que venía para dar vuelta la página de la austeridad. En este caso, como en la Autoeuropa, con los profesores, los enfermeros, los estibadores, entre tantos otros, Costa muestra que no acabó con la austeridad y, por el contrario, defiende mantenerla para los trabajadores.

Además, Costa hizo un ataque sin precedentes al derecho de huelga, en una escalada autoritaria que se asemeja mucho con los conflictos de la época de los gobiernos de Cavaco Silva.

Durante el conflicto de los conductores, el gobierno se volvió fiel representante de la ANTRAM –asociación patronal–, y tal como en el conflicto de la Autoeuropa salió a defender la multinacional alemana, que quería imponer el trabajo obligatorio los fines de semana para aumentar sus ganancias a costa de la salud y de la vida de los trabajadores. Tomó también el lado de los patrones en el caso de los estibadores, enviando a la policía para garantizar las “exportaciones” contra la huelga de quien trabajaba por día.

El gobierno de Costa, que siempre quiso parecer el gobierno de la diplomacia (o mejor, de la conciliación de clases, muestra de hecho lo que es: un gobierno de los patrones, con conversaciones lisonjeras para engañar a los trabajadores.

Esta es la democracia en que vivimos: los patrones y los banqueros pueden huir de los impuestos y de la Seguridad Social, pueden no cumplir la legislación en el país, y encima pueden vivir de exenciones y subsidios del Estado (o sea, de todos nosotros) y, en verdad, son defendidos y protegidos por las instituciones: gobierno, tribunales, policía, ejército. Por eso, para nosotros, no hay democracia en general. Existe hoy una democracia de los patrones y los banqueros, o sea, de la burguesía. Nosotros tenemos el derecho de votar y elegir, pero de hecho las elecciones son un juego de cartas dadas, donde quien manda son los grandes grupos económicos. Los gobiernos, dentro del capitalismo, pueden ser autoritarios o democráticos, pero no son más que administradores de los intereses de los patrones.

PCP y BE con la Geringonça, contra los trabajadores

Los partidos que dicen defender a los trabajadores mostraron también la bancarrota de sus proyectos.

El PCP atacó el sindicato de los conductores y la huelga, diciendo que estaban creando motivos para que el gobierno atacase el derecho de huelga. Así, aunque haya dicho que estaba contra la requisición civil, en lugar de atacar al gobierno que la levantó, culpó a los huelguistas. Además, el partido que dice defender los derechos de los trabajadores y que en esta campaña electoral defiende un salario mínimo de 850 €, consideró que las reivindicaciones de aumento salarial de estos trabajadores eran exageradas ¡y que expresaban una falta de conciencia de clase!

Lea también  El Brasil precisa de una revolución Socialista

Pero, peor que eso, la FECTRANS (Federación de los Sindicatos de Transportes y Comunicaciones), que está dirigida por miembros del PCP y es minoritaria en el sector de los conductores de materiales peligrosos, no solo se negó a juntarse a la huelga, como fue a negociar en medio de la huelga un contrato colectivo con la ANTRAM (contrato que afecta directamente a los conductores en huelga), con valores mucho más bajo que los exigidos por la lucha en curso, todo esto a espaldas de los trabajadores. Cumplió, así, aquello que tantas veces acusó a la UGT de hacer: fue el sindicato amarillo que aceptó las migajas e hizo el favor a los patrones y al gobierno, que atacaron la huelga sobre la base del acuerdo ya alcanzado con la FECTRANS. Lo mismo había ocurrido ya en la Autoeuropa: dijo que el horario impuesto por la multinacional no tenía nada de ilegal (lo que se comprobó no era verdad) y que no había nada que hacer; se negó a marcar una nueva huelga para contestar el horario (cuando dirigía el sindicato del sector) y, a través de sus electos en la CT, aceptó la propuesta rebajada de compensación que hizo la empresa.

Muchas veces, la CGTP y las direcciones de los sindicatos nos dicen que es preciso aceptar el “mal menor” porque los trabajadores no están movilizados y no es posible conseguir nada mejor. Es preciso ver que la falta de movilización, la mayor parte de las veces viene del alejamiento que las direcciones burocráticas imponen a sus trabajadores (que nada pueden decidir), pero también de la desilusión con décadas de sindicalismo que cede a los patrones. Pero cuando los trabajadores están movilizados (como ocurría con los conductores o en la Autoeuropa), el sindicalismo de la CGTP pasó por encima de la movilización, ignorando la voluntad de los trabajadores y prefiriendo cerrar un acuerdo rebajado con los patrones a encarar de frente la lucha contra ellos. Este sindicalismo burocrático y de conciliación no sirve a los trabajadores.

Este problema no es de ahora. En el primer gran levantamiento huelguista de Mayo de 1974, el PCP estuvo contra las huelgas, acusándolas de irresponsables, frente al gobierno en que participaba. Fueron esas huelgas las que arrancaron (contra las “orientaciones” del PCP) los primeros aumentos salariales y derechos económicos básicos de la democracia en Portugal. Hoy, con el apoyo del PCP al gobierno de la Geringonça, este tipo de actuación dio un nuevo salto de calidad, repitiéndose en cada conflicto de la lucha de clases que enfrenta al gobierno (Jerónimo de Sousa quiso decir que el PCP no apoya al gobierno, pero parece olvidar que votó los cuatro Presupuestos de Estado que lo viabilizaron y organizaron las prioridades del país en esta legislatura).

Finalmente, el Bloco de Esquerda (BE) actuó de forma muy similar. No defendió las reivindicaciones de los huelguistas y después de mucho tiempo de silbar para otro lado, también dijo que estaba contra la requisición civil. No obstante, no llevó ninguna solidaridad a los trabajadores en huelga. En este sentido, la gran diferencia con el PCP es que el BE no actuó sindicalmente sobre el conflicto… porque no estaba allí. Como vimos en el caso de la Autoeuropa, donde dirigía la Comisión de Trabajadores (CT), se puso del lado de la cesión a los patrones, siendo completamente rechazado y sobrepasado por los trabajadores en lucha; en el caso de los conductores, si tuviese responsabilidad sindical, la política del BE sería la misma que la del PCP: acuerdos rebajados con los patrones, para evitar los conflictos y proteger la Geringonça.

Lea también  Vea el debate Marxismo y crisis ambiental del 27 de setiembre

Ni la derecha ni la Geringonça sirven a los trabajadores

Dicho todo esto, creemos que es preciso que los trabajadores rechacen estas políticas, que son de la Geringonça pero también son de la derecha, que cuando gobierna hace exactamente lo mismo. Las luchas durante toda esta legislatura muestran, además, que votando al BE o al PCP los trabajadores tampoco ven representados sus intereses.

Entonces, ¿cuál es el camino para los trabajadores? No hay respuestas fáciles a esta pregunta, pero hay pasos que podemos dar.

La primera cuestión es continuar luchando y unir las diversas luchas. Desde el inicio, en esta y otras luchas, desafiamos a las centrales sindicales y a los partidos de izquierda a rodear de solidaridad las justas luchas de los trabajadores, a unificar los diversos sectores y sus reivindicaciones. Prefirieron aliarse con el gobierno y aceptar las migajas de los patrones. Por lo tanto, mostraron que no nos sirven.

Por eso, hoy quedó clara la necesidad de construir alternativas de lucha –sean ellas nuevos sindicatos, oposiciones en los sindicatos que existen, movimientos, comités de lucha, etc.– para que no quedemos presos a representantes que aceptan vender derechos. No queremos solo lo nuevo por lo nuevo, porque una parte de lo nuevo, muchas veces, repite las viejas políticas. Pero precisamos, sí, de un sindicalismo alternativo, que tenga como centro la independencia de los gobiernos y de los patrones y la democracia interna, para que los trabajadores puedan verdaderamente decidir sobre los rumbos a tomar, y llevar sus luchas a buen puerto.

La segunda cuestión es saber que los problemas que vivimos son parte de un sistema capitalista cada vez más predatorio y destructivo de la Humanidad y de la Naturaleza, en el que cada avance tecnológico no sirve para mejorar la vida del colectivo sino solo para dar más ganancias a una pequeña minoría. Nuestra lucha es, hoy, por derecho de huelga o contra los salarios de miseria, pero es también por la necesidad de una nueva revolución contra el capitalismo, porque ya vimos que la democracia de los ricos no sirve a los trabajadores, los jóvenes y los jubilados. Por eso, es preciso andar un camino de luchas, que va par a par con la construcción de una alternativa revolucionaria y de los trabajadores. Es al servicio de eso que está Em Luta.

Artículo publicado en https://emluta.net

Traducción: Natalia Estrada.