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Señalar los 45 años del 25 de abril es tomado por los medios de comunicación, por el gobierno y por la mayoría de las organizaciones políticas esencialmente como la conmemoración de una fecha histórica. Para nosotros, ella significa hablar de la actualidad de la revolución: tiene que ser una fecha de lucha y de aprendizaje con el pasado, para poder encarar los desafíos de la clase trabajadora y de la juventud en el presente.

Por: Maria Silva

El fracaso de la dictadura

En tiempos de Salazar, la tasa de analfabetismo era de cerca de 26%; después del boom de crecimiento de la posguerra, aún era de cerca de 36% y las viviendas no tenían electricidad, 52% no tenían agua canalizada, y 41% no tenía desagües. La tasa de mortalidad infantil era de 55/1000 (hoy es 2/1000). Estos son ejemplos demostrativos del atraso que los 48 años de dictadura significaron para las condiciones de vida de la clase trabajadora. Eran niños sin zapatos, una sardina para una familia: miseria y pobreza. Por eso, entre 1960 y 1973 emigraron más de un millón y medio de portugueses.

Pero fueron tiempos áureos para los Espírito Santo, los Melo, los Champalimaud, para quienes el salazarismo significó ganar mucho dinero, con trabajadores amordazados y torturados por la PIDE. Fueron los tiempos de la presión colonial ­-10.000 muertos para garantizar la continuidad del colonialismo- y de la desigualdad brutal entre hombres y mujeres. El discurso de elogio a Salazar solo sirve a los ricos de Portugal, mientras engaña a los que viven de su trabajo.

Por eso, la revolución fue tan profunda y explosiva como la opresión y la explotación sufridas durante décadas por los trabajadores, la juventud y los pueblos de los países colonizados.

Abril fue mucho más que “democracia”

Pero, cuando la clase trabajadora enfrentó a la dictadura hasta el fin y comenzó a luchar por todos sus derechos –paz, pan, vivienda, salud, educación-, puso a la orden del día no solo la “democracia” sino también el socialismo: acabar con el capitalismo y construir una sociedad gobernada por los propios trabajadores, sin explotación ni opresión. No por acaso, la Constitución portuguesa de 1976 dice que Portugal camina hacia el socialismo, una sociedad sin clases.

Por eso, la democracia de la burguesía (defendida por el PS y vencedora), se oponía a los proyectos autoritarios de la burguesía (véanse los dos golpes fallidos de Spínola) y también al proyecto autoritario del MFA-PCP de un capitalismo “independiente”, no alineado y antimonopólico.

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Pero la democracia burguesa fue también el instrumento para derrotar a la democracia y el poder obrero que existía de hecho en paralelo, en las comisiones de trabajadores, soldados, habitantes, etc., con el potencial para construir un futuro Estado de los trabajadores.

No existe transición gradual hacia el socialismo

Luego de las primeras elecciones legislativas de 1976, el país estaba lejos de ser estabilizado. Las conquistas arrancadas en el período revolucionario llevaron cerca de 15 años para comenzar a ser globalmente revertidas. Entre 1976 y 1986 el país tuvo 10 gobiernos. Las huelgas y conflictos, producto del proceso revolucionario, continuaron. La revolución no acabó de un día para otro.

Las luchas de los trabajadores arrancaron de la burguesía varias concesiones, durante la revolución y después –derecho de huelga, vacaciones pagas, Servicio Nacional de Salud, salario mínimo nacional, Seguro Social, protección al desempleo y enfermedad, etc.-. Dos lecciones son fundamentales. Las reformas alcanzadas fueron producto de la lucha revolucionaria y no de la buena voluntad y negociación con los capitalistas. Se mostró que no existe transición gradual hacia el socialismo: o los trabajadores toman el poder –y ninguna de sus direcciones lo quería- o la revolución retrocede.

El PS y el PCP se pusieron de acuerdo para permitir el 25 de noviembre y ahogar la revolución en la institucionalidad democrática. El PS integró diversos gobiernos, el PCP se consagró como el gran partido de oposición de la izquierda, inserto en los sindicatos y autarquías. Fue el “pacto social” en el que el PS y el PCP participaron lo que permitiría estabilizar las relaciones capital-trabajo. El “camino hacia el socialismo” fue, así, la normalización del capitalismo.

Los muchos millones venidos de la Comunidad Económica Europea (CEE) fueron determinantes para absorber las tensiones del período revolucionario, al mismo tiempo que sirvieron de chantaje y presión para atacar las conquistas de la revolución. El precio fue el enorme crecimiento de la dependencia externa del país y la sumisión total al imperialismo europeo.

¿Homenajear Abril? ¡Solo luchando por una nueva revolución!

Las conquistas arrancadas por las duras luchas de los trabajadores durante la revolución de 1974-1975 fueron siendo destruidos por los sucesivos gobiernos. La entrada en la Unión Europea sirvió para ahogar los conflictos sociales y profundizó la dependencia y la sumisión del país. La Geringonça conmemora el 25 de Abril, pero no es diferente: se dice de izquierda, pero mantiene la austeridad y ataca los derechos democráticos más básicos de los trabajadores.

Lo que no avanza, retrocede

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La democracia vio surgir nuevos burgueses y volver a los comandos del país a las grandes familias burguesas que históricamente dominaron y sojuzgaron el país, en muchos casos en alianza subordinada al capital internacional.

Los derechos conquistados fueron siendo destruidos. La precariedad sustituyó la estabilidad en el empleo. El salario mínimo no alcanza –en relación con el costo de vida- el valor que tenía en 1975. De la nacionalización de la banca, sobró hoy la privatización de las ganancias y la nacionalización de los perjuicios de los banqueros, del que el caso del Novo Banco es solo el más visible. De las industrias y sectores estratégicos nacionalizados, tenemos la privatización de todo, con un avance extraordinario del dominio del capital internacional (incluso en sectores que siempre fueron públicos, como es el caso de los aeropuertos). Tenemos la enorme dependencia de las inversiones internacionales que llevan al chantaje constante sobre los trabajadores, como  el caso de los estibadores mostró recientemente.

El derecho a las 40 horas semanales y el descanso del fin de semana están siendo totalmente destruidos por la aceleración de los ritmos de trabajo y explotación, como mostró la lucha de los trabajadores de Autoeurpa. El derecho a vacaciones pagas está cuestionado por la generalización de los recibos verdes. La salud y la educación son asfixiadas por los cortes presupuestarios (explícitos o producto de los incautaciones, como es la moda del ministro Centeno) y por el reparto del déficit, lo que abrió las puertas al crecimiento del servicio privado y el deterioro de las condiciones y calidad de lo público.

La Geringonça no es diferente

António Costa afirma que la fiesta de la democracia continúa “bonita’. Pero es su gobierno el que mantiene la austeridad basada en la destrucción de los derechos conquistados con el 25 de Abril. Es su gobierno el que ataca el derecho democrático de huelga –véase el caso de los enfermeros y el de los estibadores- y a la manifestación –véase el caso de los jóvenes negros el 21 de enero-  reprimiendo a aquellos que luchan por los derechos más básicos, mientras protege el robo de los banqueros y los patrones.

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PCP y BE dicen que es preciso defender las conquistas de Abril. Pero apuestan en la receta que derrotó la revolución: apoyan un gobierno de la burguesía, diciendo a los trabajadores que es posible conciliar los intereses entre trabajo y capital, que con su poder negociador es posible conseguir derechos. Sabemos bien adónde nos llevó esa política.

Es preciso una nueva revolución

Precisamos de una nueva revolución que alcance aquello que estuvo a la orden del día en 1975, pero fue boicoteado: el socialismo, el poder de los trabajadores. Esa revolución, hoy, tiene que pasar necesariamente por la salida de la Unión Europea y de euro, porque dentro de la UE solo hay austeridad y ataques sin fin contra los trabajadores.

Esa revolución precisa de una alternativa de los trabajadores y de la juventud, independiente de los gobiernos, sean ellos de derecha o de “izquierda”, para que pueda triunfar: una alternativa de lucha y sindical, en los lugares de trabajo y de estudio, pero, sobre todo, una alternativa política, un partido revolucionario, que pueda hacer la diferencia en la próxima revolución; es en ese proyecto que estamos hoy empeñados.

Artículo publicado en Em Luta n. 14 (abril de 2019).

Traducción: Natalia Estrada.